12 Oct

30 años de Apetito de Destrucción

Hay discos que marcan a fuego tu existencia como un tatuaje. Uno de ellos fue Appetite For Destruction. Desde esa tarde que escuché en la radio de entonces, 88.9 FM, las primeras líneas de Welcome to the jungle, me dejé perder para siempre, como quien salta con los brazos abiertos como un Cristo hacia un vacío eterno. Welcome to the jungle, we got fun and games, we got everything you want. Todo lo que podías querer estaba en ese pulsante disco, que ahora cumple tres décadas y no ha perdido nunca su filo de navaja suiza. Treinta años escuchando Guns N’ Roses. Ahora sí es imposible negar mi edad. Casi 40 fucking years, 30 de ellos entregados al rock y al metal. Pero devolvámonos un momento a los años ochenta, cuando comprar un elepé de rock era toda una odisea. Yo vivía con mi abuela en una de esas casonas gigantescas del barrio Galerías, cuando apenas comenzaban los primeros signos de violencia y de pobreza de esa Bogotá que iba desplazando su centro hacia el norte, como una bestia acomodando su propio corazón. If you got the money honey, we got your disease. Desde ahí yo tomaba un 128 El Sol que me llevaba por todo el paseo de árboles de Teusaquillo, subía por el Parque Nacional, luego la circunvalar que me fascinaba con sus altos edificios y así, bajaba por la quinta hasta la diecinueve, que era el paraíso de los coleccionistas. Desde que me bajaba del bus, sentía el olor dulzón del asfalto negro de lluvia, mezclado con cartones y periódicos mojados, y el de la marihuana cuando está fresca. Cuadras más abajo estaba Omni 19, in the jungle, welcome to the jungle, watch it bring to your knees, con sus vendedores, jíbaros y hippies trasnochados. Ahí vi, entre una pila más de discos, la portada cruda de Robert Williams y su eterno ciclo de violencia, estampada entre las letras de molde de Guns And Roses y la de Appetite For Destruction. Toda una epifanía. Amor a primera vista. Esos 52 minutos eran un torbellino de genuina bronca, de amor reprimido, de palabras ahogadas en silencio, de pacto solidario con la caída eterna, de afirmación con sangre de una perpetua juventud. I wanna watch you bleed. Encontrar un elepé y comprarlo te definía, decía quien eras y definitivamente esas doce canciones eran un código de vida para ese entonces. You know where you are. Hay quienes ahora dicen que Axl está viejo y gordo, que no debiera cantar tampoco con AC/DC, que se reunieron solamente por dinero y que Guns N’ Roses no ha publicado un disco en décadas. Cierto. Pero también es cierto que todos nosotros cambiamos. Cada 10 años somos alguien distinto, como una caja de muñecas rusas, que cada tanto engendra algo mejor o peor de nosotros mismos. ¿Qué puedo yo decir de ellos? Ya son otros, igual que nosotros, que vos y yo. Todos nos hemos vuelto viejos, descorazonados, cínicos, frívolos, decantados, como una magia venida a menos, como una oscura inversión de la fórmula de Paracelso, donde el ansiado oro se reduce a la simple y resignada piedra. Welcome to the jungle, it get worse everyday. Treinta años de escuchar por primera vez ese elepé y aún siento un nudo en la garganta de los años vividos en cada acorde. Los amigos idos. Las mujeres olvidadas. Los muertos sin voz. Las calles sin nombre. Dont you ever leave me, say you will always be there, dear Rocket Queen.

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