3 Dic

Comfortably Numb

Ayúdame a cruzar este agobiante río hasta llegar a sus blancas orillas y poder dormir bocabajo. Ayúdame a atravesar esta tormenta que me ciega y déjame ver la luz. Ayúdame a soportar las toneladas de palabras diarias que me inundan y me ahogan, hasta dejarme en silencio como una jarra vacía. Ayúdame a que al fin cese el tamborileo de mi corazón que mueve mi sangre como los hilos jalan los brazos y las piernas de una marioneta. Ayúdame a morir pronto – eso me dije años enteros, cuando lo único que deseaba era cesar en mi existencia. Ayúdame a morir pronto – era algo que le suplicaba al universo casi diariamente, como si fuera una chicharra de esas que cantan una sola noche en Cali y vacían en ese canto toda la angustia de su delirante poesía. En esos días sentía que había un puerto esperando para mí al final de la noche, y que debía apurar mis días y mis horas como si fueran una cicuta en la que no era bueno detenerse en su sabor. Cuando llegaban los instantes del insomnio, sentía una voz hermana hablando a mi oído, – ¿Duermes o quieres despertar? Apágate y descansa, hermano, que las jornadas largas no valen la pena. Agota todos tus días en un solo instante y duérmete rápido sobre tu cruz para que no sientas el aguijón de los clavos que te atan a la vida. Así era esa voz que, en la mitad del sueño, la sentía idéntica a la mía, como si fuera un oscuro reflejo. Así, los soles se tornaban eternos en la tarde haciendo la vida más larga aún. Los eternos días del colegio. Los eternos días de la universidad. Los eternos días del trabajo. Siempre esperando una señal, un silbato o un guiño para saltar como un sabueso hasta el fondo de la noche, hasta el final de la ribera, como un globo quedándose sin aire en sus pulmones, como un globo quedándose sin sangre en sus venas. Descendiendo. Constantemente descendiendo. Ayúdame a cruzar este agobiante río hasta llegar a sus blancas orillas y poder dormir bocabajo. Ayúdame a atravesar esta tormenta que me ciega y déjame ver la luz. Ayúdame a soportar las toneladas de palabras diarias que me inundan y me ahogan, hasta dejarme en silencio como una jarra vacía. Ayúdame a que al fin cese el tamborileo de mi corazón que mueve mi sangre como los hilos jalan los brazos y las piernas de una marioneta. Ayúdame a morir pronto – esa era mi eterna súplica a mi insomne corazón y al universo que me perpetuaba en su anaquel de cosas monótonamente vivas. Comfortably Numb era mi letanía, mi repetida terapia, mi canto fúnebre y por lo visto, también mi salvación. Hay algo en esa canción de Pink Floyd que con su arrastrado dolor en su voz y su guitarra me salva diariamente, porque la esencia de la vida es dolor. Cuando no hay dolor, tampoco hay vida. En ese abandono de sí mismo, en esa caída libre, en esa entrega espontánea a la muerte, donde la cotidianidad raya con lo trágico, cuando vas olvidando tus mejores momentos, cuando dejas de llamar a quienes quieres, cuando te acercas peligrosamente a la monotonía, allí también hay un instante de reflexión, una epifanía, en que resplandece la esperanza, toda esperanza, con el brillo de una moneda desde el final del abismo. Sigo vivo. Sigo vivo.

 

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