12 Oct

Desde el lado oscuro de la luna

Los mejores discos siempre se parecen a las catedrales, porque son altas y a la vez profundas. Esas catedrales que debes recorrer como un peregrino que viene de tierras lejanas a buscar una respuesta, y que en cada paso que das bajo los interminables arcos de la nave y apenas iluminado por los inmensos vitrales, vas encontrando asombro y belleza en el silencio de tu propia alma. Ese sentimiento de catedral, de renovado silencio, de hermandad con otras almas, me sucede cada vez que escucho el Dark Side Of The Moon. Desde esas primeras notas difusas de un corazón latiendo, mezcladas con las turbinas de un helicóptero, el péndulo de unos relojes y el repiqueteo de unas cajas registradoras, hasta terminar con el grito ahogado de una cantante de jazz, siento que algo nuevo me habita y que, como toda música, no se puede traducir en palabras. No te sabría decir desde qué año en mi vida amo a Pink Floyd, porque tengo la rara conciencia de haber casi nacido con esos sonidos grabados en mi ADN. Mi mamá tenía una colección de elepés que me fascinaban y todavía siguen dentro de mis favoritos: Hotel California, Led Zeppelin IV, un destartalado The Beatles 1962 – 1966 y el doble The Wall. Para ese entonces, mi mayor ambición era hacerme a mis amados elepés de Pink Floyd, que cada vez que los escuchaba, sentía en ellos, desde la aguja de diamante sobre el vinilo, la verdadera y melancólica belleza que hace girar al mundo. A veces pienso que la música de un elepé amado es como cuando arrojas una linterna al interior de un largo pozo, y en su caída incierta se van iluminando algunos tramos de las paredes del pozo, llenándolas de memoria, limpiándolas de olvido. Eso me pasa con mi Dark Side Of The Moon, que, en sus 43 minutos, me regresa a esas calles de la Candelaria y cerca de los Andes, al olor dulzón del incienso y la marihuana, a sentir en mis manos el peso del vinilo rodando antes de llegar al tornamesa. Ese elepé me rompe en mil pedazos. Me quiebra. Me lastima. Me desangra. Me desangra por completo en 43 minutos dejando mis venas secas como ríos muertos. Y también por eso mismo, me resucita en cada acorde, en cada nota, como un pájaro perdido que abre las alas para unirse a la bandada, como un corazón dormido que decide apostarlo todo a un último latido, porque todavía extraña el calor de la tierra. All that is now. All that is gone. All that’s to come and everything under the sun is in tune, but the sun is eclipsed by the moon.

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