23 Abr

En definitiva, soy un hombre feliz que escribe pesadillas.

¿Te acuerdas, Marco, de los días felices del pasado? No sé nada de tu vida desde hace 32 años o más cuando eras mi mejor amigo en la primaria en el Refous. Voy a recordarte la fiesta de mi primera comunión cuando nos reunimos todos en la casa de Galerías. Estabas vos, Fabio, Juan Manuel, Federico, los hermanos Moncada y casi todos los de la ruta 10 (…excepto Rodrigo que vivía enfermo con todo el huevo diario que le hacía desayunar su mamá…), el bus que nos llevaba medio dormidos hasta el colegio cuando quedaba en Suba y luego finalmente en Cota. Cada mañana, antes de levantarme, sentía que estaba a punto de lanzarme por un precipicio. ¿Te acuerdas, Marco, de esas clases de matemáticas y francés? Seamos sinceros, nunca fuimos buenos y menos yo que cualquiera. Esa fiesta fue una maravilla, la tengo como uno de los recuerdos más lindos y sencillos de mi vida; comimos ravioles de carne, helado de Popsi y vos estabas feliz. Todos lo estábamos y nos reíamos de cualquier nadería. Allá algunos jugaban parqués en unas mesas del patio, otros escuchaban música en la radiola de la casa. Así como los papás los fueron recogiendo uno a uno esa tarde, así nos fuimos desvaneciendo todos, como velas que se apagan en distinto orden. Ya no recuerdo las caras de ninguno, sinceramente tampoco de la tuya. Seguramente nos habremos cruzado en alguna multitud sin reconocernos. En ese entonces, le preguntabas a mi mamá, “¿qué me daba de comer para que yo fuera tan feliz?” A veces las preguntas, Marco, se parecen mucho a los sabuesos, los sueltas a correr y así, corren y corren, años tras años, hasta que al fin dan con la liebre. Te podría decir, aunque creo que ya es tarde la respuesta, que he sido razonablemente feliz ajustándome a la vida misma, sin presentar mayor resistencia a los cambios, entendiendo que el caos es el verdadero nombre del universo y que cualquier intento de sistematización, de autoridad o de entendimiento únicamente conduce a la depresión, a la angustia y al miedo. Obviamente pienso eso ahora, a mis cuarenta años. De joven me parecía romántica la tristeza, hoy me resulta un desperdicio, una artesanía inútil del pensamiento ocioso. ¿Sabes, Marco? Te confieso que me hacen feliz los instantes efímeros y simples; buscar la felicidad en lo eterno es contener demasiado la alegría esperando un buen final. El azul exacto que tiene el cielo en las mañanas de enero, la dulzura de los perros de la calle, la voz de mi mamá cuando me saluda y la compañía de los libros y los elepés. Eso todavía me hace feliz. En definitiva, soy un hombre feliz que escribe pesadillas. Tardé 32 años en responderte algo, mi querido Marco Vinicio Ribero. De corazón espero que también a tu edad, que debe ser la mía, también seas feliz en donde quiera que estés, invisible amigo mío.

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