23 Abr

Hay días en que me siento acercándome a la madurez.

Hay días en que me siento acercándome a la madurez. Y otros en que no tanto, como si quisiera emprender una carrera alocada hacia las calles que caminé de niño, volver a respirar el aire fresco de la quinta en Cali, sentir el sonido de las chicharras en la noche cuando mueren entre los árboles, abrir la puerta de mi casa en Galerías, ver mis plantas de la escalera todavía vivas, abrir las cortinas, tirarle su pelota roja a mi perro ahora fantasma, subir y darle un beso a mi abuela durmiendo perpetuamente en su cuarto y verla despertar de ese largo sueño. Pero es imposible correr hacia atrás. La vida es una larga sucesión de puertas que se van cerrando unas tras otras, obligándote a ir hacia adelante, siempre hacia adelante, dolorosamente hacia adelante, como un tren sin frenos hacia su propio abismo. Así siento mis días y mis horas. Mi corazón es melancolía pura; es un corazón hecho con los mismos átomos del atardecer, la neblina y los cerros orientales. Cuando viajo en Transmilenio siempre me siento en las sillas que van hacia atrás. Amo mirar hacia atrás y ver cómo las torres, los parques, las personas, las calles y el mundo duran más en ese tiempo pasado, como luces pálidas gravitando en esa neblina de melancolía, enredados en largos hilos como los tesoros de una araña. En cambio, el futuro es sólo una sucesión de imágenes y eventos que te golpean en la cara, incapaz de entenderlos y así, el tren sigue andando, hacia adelante, siempre hambriento de nuevos abismos.

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