2 Dic

HEXE

Potsdam, Alemania- 1690 d.C.

Sentado en su trono, el anciano duque Manfred Von Richthofen, mascullaba pensamientos tan oscuros como la copa de vino que sostenía en su mano. “¿Qué desgracia pudo arrebatarme a Duncan, mi primogénito y heredero de mi reino?”, era algo que martillaba su cabeza ebria desde hacía más de una semana cuando desapareció el joven heredero en los lánguidos bosques de Potsdam que rodeaban su pequeño palacio. A veces, el duque salía del salón, subía las escaleras en caracol de la torre y por la ventana de piedra contemplaba con desasosiego esas leguas de pinos, abetos, eucaliptos y robles que juntos parecían un verde mar. “¿Dónde podrá estar mi hijo Duncan?”, gritaba con desesperación y solo respondía el graznido de los cuervos escondidos en los tejados de los torreones. “En nuestro estómago, oh duque, en nuestro estómago está tu hijo”, creía escuchar el duque Manfred en el vértigo de su locura.

Potsdam durante muchos años se convirtió en una ciudad de fantasmas rodeada por un frío bosque. Durante la guerra de los Treinta Años entre las noblezas europeas, Potsdam había perdido más de la mitad de su población entre los saqueos, pillajes y asesinatos entre los distintos bandos. Sin embargo, ahora parecía Potsdam levantar cabeza ya que el rey Federico Guillermo I había decidido aprovechar esos silenciosos bosques llenos de pequeñas casuchas deshabitadas para usarlos como su territorio personal para la caza de venados, jabalíes, faisanes y zorros. “¡Esos malditos bosques están devorando a mi hijo!”, se lamentaba el duque cuando contemplaba desde su castillo esa naturaleza agreste. Con el asentamiento de Federico Guillermo I, también muchos nobles del reino de Prusia debieron mudarse a esa región inhóspita para atender sus actividades administrativas, entre ellos, el duque Manfred Von Richthofen, cuyo hijo mayor había salido a cabalgar por los linderos del bosque y no había regresado desde hacía una semana. Dos veces el duque soñó que las torcazas hacían nidos sobre la cabeza muerta de Duncan y de su boca abierta descendían ríos de cucarachas azules que se perdían en las aguas del pantano.  

– Tranquilízate, padre, recuerda que tenemos a los mejores rastreadores buscando a mi hermano por todo Brandemburgo – le suplicaba Hans, su hijo menor que hacía veinte años había nacido con una pierna más pequeña que la otra. “El cojo Hans” le apodaban para mortificarlo.

– ¡No me digas que me calme! Tú todavía no sabes qué significa perder a un primogénito – rechinaba sus dientes el viejo duque, a quien le avergonzaba tener un hijo lisiado que parecía un engendro en comparación del bien formado y alto Duncan.

A la mañana del décimo día, entró a la sala del palacio uno de los rastreadores, un sargento de apellido Neumann. Cuando se presentó, todavía tenía la ropa rota por el trajín de la búsqueda y mostraba una larga barba de más de cuatro días. 

– Su alteza, debo comunicarle algo que descubrí en los bosques de Potsdam.

– ¿Encontraste a mi hijo? – le brillaron los ojos al duque.

– No, no encontré a Duncan. Esto es… distinto – repuso el sargento.

– Entonces, no me interesa… Vuelve a buscar a Duncan… – lo despachó con furia el noble. – ¡trae los huesos de mi hijo o no regreses con los tuyos!

– Hay una enorme casa escondida en el bosque… – murmuró Neumann.

– ¡Oh, por Dios, sargento!, ¡este bosque es un cementerio!, ¡treinta años de guerra en Europa devastaron esta ciudad!, ¡debe haber miles de casas vacías en el bosque como para que una de ellas sea noticia! – gritó desencajado el duque Manfred.

– …. Pero esta casa no está vacía… – gruñó el soldado.

– ¡Maldita sea, sargento!, ¿qué había allí para que me importune de esa forma?

– Suplico al duque que reúna de inmediato a todo su ejército y se dirija al bosque para derribar esa casa hasta sus cimientos.

– ¿Está usted loco? Cada esfuerzo de mi ejército está concentrado día y noche en buscar a mi hijo Duncan, el heredero del reino.

– Mi señor, si primero no se ocupa de esa casa, en un par de años no habrá reino ni comarca.

Intrigado, el duque se acomodó en su trono como un buitre plegando sus alas sobre una roca.

– Hable y mida sus palabras, sargento, porque si no son verdad, pagará con su cabeza.

Entonces, Ludwig Neumann, sargento segundo del ejército prusiano, contó la más asombrosa historia que alguna vez pudieron escuchar el duque Richthofen y su hijo “el cojo” Hans.

– Desde el primer día que iniciamos la búsqueda del joven Duncan, opté por galopar en dirección al norte del bosque. Al cabo del cuarto día, por la humedad en el ambiente supe que estaba acercándome a la región de los pantanos que rodean al río Havel. Entonces me apeé del caballo para bordear los juncos y continuar el curso del riachuelo hasta el corazón del bosque. A medida que avanzaba, las casuchas de los aldeanos iban desapareciendo, como si el bosque se tragara las migajas de la ciudad. Entre a cada una de esas casas y me sorprendió que estaban vacías por dentro e incluso, les habían arrancado los cristales de las ventanas. Al amanecer del quinto día, descubrí un claro artificial en el bosque. Todos los árboles habían sido talados o incluso, arrancado de raíz. Por el opresivo silencio, ese claro del bosque parecía un cementerio. Así continué caminando una hora más en aquel campo de troncos talados como tumbas, hasta que encontré aquella casa y cuando la vi, tuve que restregarme los ojos para creer que fuera verdad y no una alucinación por el cansancio y la sed.

– ¿Qué viste? – preguntó interesado el joven cojo.  

– La casa más grande y extraña que he visto en toda mi existencia. Cada tronco, cada rama, cada leño que le habían arrancado al bosque, se encontraba allí entablado, entrelazado o anudado en las paredes y el techo de aquella casa. El sol de la mañana brillaba sobre los cristales de las veinte o treinta ventanas que asomaban en hileras sobre ese entramado de madera que se abombaba en su techo como si fuera un globo. Comprendí que los cristales de las casuchas habían terminado adheridos en aquellos vitrales. Era como ver un nido de pájaros, pero del tamaño de una torre de guardia.

– ¿Un nido gigante? – preguntó Hans.  

– Sí, mi señor. – musitó Neumann – Además tenía una enorme puerta tan grande como la de un establo. Allí una persona podía entrar a caballo sin apearse. Entonces, amarré lejos mi caballo y me aposté entre la hierba y saqué mi catalejo para detallar cada palmo de esa geométrica construcción. Una de las ventanas inferiores no tenía cristales y pude ver lo que sucedía en su interior.

Neumann tomó aire antes de continuar.

– Allí había una mujer muy, muy alta y encorvada. Parecía estar rodeada de muchas figuras humanas que parecían juguetes al lado suyo. Decidí arrastrarme todo lo que pude hasta acercarme al nido de madera. Cuando miré de nuevo por el catalejo, entendí que la giganta estaba apretando las bisagras de la pierna de un maniquí sentado al frente suyo.

– ¿Un maniquí?, ¿se refiere a los muñecos en escala humana que construyeron en Francia para exhibir la vulgaridad de su lujo? – repuso furioso el conde.

– Así es, mi señor. Había veinte o cuarenta de ellos, algunos estaban sentados y la gran mayoría tirados en el suelo.

– ¿Y qué hacía la mujer? – retomó Hans francamente interesado.

– Apretaba con un destornillador la rodilla de ese maniquí. Lo asombroso vino después.

– ¿Qué pasó? – musitó Hans.

– La mujer dio un sonoro aplauso y todos los maniquíes se pusieron de pie. Abrieron las puertas del nido y salieron aquellos autómatas de movimientos rígidos y torpes, cargando palas, azadones, hachas y carretillas en dirección hacia el bosque. ¡Cómo quisiera no haberlos visto nunca! – Neumann frunció el ceño – porque no eran autómatas, maniquís ni máquinas…

– ¿Qué eran?

– Eran personas como nosotros, como usted, como yo, pero alguien había amputado sus brazos y piernas para reemplazarlos por aquellas extremidades de madera… ¡eran títeres humanos convertidos en esclavos! Unos talaban árboles y otros rastrillaban y araban la tierra buscando nabos, zanahorias o papas silvestres. Nunca había visto tanto sufrimiento y dolor como el que vi en aquellos infelices…  

– Eran esclavos de aquella bruja… – concluyó Hans.

–  Pronto apareció la mujer y era tan alta que tuvo que agachar la cabeza para atravesar la puerta del nido… Estaba envuelta de pies a cabeza en ropajes púrpura y sus manos eran tan grandes que parecían aletas… Arrastraba un costal tan grande como mi caballo… Lo abrió de un zarpazo y de su interior escurrió una maloliente comida hecha de cáscaras de arroz, zanahoria, papa y quién sabe qué más… Los títeres se arrodillaron a picotear con sus bocas esa comida infame… Cuando entraron, la giganta dio un segundo aplauso y todos se derrumbaron como juguetes sin cuerda… Después cerraron las puertas de aquel espantoso nido… “¿Cuánto podrá crecer si siguen arrancándole árboles al bosque?, ¿por qué necesita un nido crecer tanto?, ¿en cuántos siglos devorará al bosque y luego al palacio y la comarca?”, me pregunté mientras me alejaba galopando de allí. – así terminó Neumann su relato.   

– ¡No le creo una sola palabra de esa historia de locos! – gritó el rey encolerizado a su sargento.

– ¿Y si fuera verdad? – preguntó muy serio Hans – ¿si existiera un nido construido por títeres?

– ¡No sabía que aparte de lisiado, fueras tan impresionable! Dime, ¿qué otra sorpresa hay en ti? – insultó el conde a su hijo.

– ¿Y qué pasa si Duncan se encuentra preso en aquella casa? – insistió Hans.

– ¡Enviaría todo mi ejército con tal de traer a mi hijo Duncan! – manoteó el duque ofuscado. – Cuando muera, ¿a quién podré legarle mi ducado?

– A mí, ¿por qué no?, soy tan hijo tuyo como mi hermano Duncan – repuso Hans.

– ¿A un débil y lisiado como tú?, ¡jamás! – el duque lo empujó gradas abajo. – ¡Hasta caes con el menor empujón! ¡Contigo en el trono caería todo el castillo, fanfarrón!

– Y si a Duncan le faltaran brazos y piernas, ¿quién sería el lisiado ahora? – preguntó con rencor desde el suelo.

– ¡La respuesta es obvia!, ¡seguirías siendo tú! ¡siempre serás tú! – vociferó el duque -, ¡El temperamento de Duncan es fuerte y el tuyo es débil!, ¡nunca serías capaz de tomar una decisión de importancia!, ¡eres el hazmerreir de toda la comarca con tu cojera!

Antes de que el sol disipara la niebla en los bosques de Postdam, Hans se encontraba afuera de los muros del castillo, cabalgando sobre un pequeño rocín y una mula con suficientes provisiones de comida seca para ocho días. Cuando encontró las primeras casuchas le asombró que esas ventanas no tuvieran cristales en sus ventanas. Sin querer pensó en los ahorcados a quienes los cuervos siempre les arrebatan los ojos; se estremeció y no fue capaz de entrar a ninguna de esas casas. En el fondo su padre y su hermano mayor tenían algo de razón en llamarlo cobarde, débil e incapaz de tomar una decisión de importancia. No le era difícil imaginar al robusto y alto Duncan entrando con su espada en alto a una casa abandonada, sin importarle el peligro que pudiera representarle aquella osadía. Cuando anochecía, Hans amarraba su caballo y su mula a los troncos de los árboles, encendía una hoguera para espantar a los lobos y se envolvía en una cobija lo más cerca posible del fuego. Prefería ahogarse de calor que permanecer en la oscuridad del bosque. Una noche soñó que estaba cenando en el comedor con su padre el duque y su hermano Duncan. Para celebrar su regreso, los criados escanciaban vino tinto y servían sendas tajadas de carne en salsa de pimienta y champiñones acompañada de puré de papa. En el sueño le entristecía sentir tanta envidia hacia su hermano y tanto rencor por el desamor de su padre. Entonces, fastidiado por la celebración, Hans decidió bajarse de la silla y se cayó de bruces contra el suelo en medio de las carcajadas de los demás comensales. En ese instante contempló horrorizado que no tenía piernas, que sus piernas eran esa carne en salsa de champiñones con la que todos habían cenado. “¡Bueno, hijo, al menos tenían buen sabor!”, decía su padre entre carcajadas. Hans despertó con los rebuznos de dolor de la mula. Al levantarse, descubrió que los lobos del bosque la estaban devorando viva. Alzó un leño en llamas de la hoguera y logró espantarlos antes de que alcanzaran al caballo y tuviera que continuar su trayecto a pie. Al día siguiente Hans, cargó algunos víveres en el rocín y prosiguió su camino hacia los pantanos que rodean al río Havel. El olor de aquel largo paraje era tan agrio como dulzón y las flores de loto flotaban sobre las aguas estancadas. Al quinto día descubrió el primer árbol talado y supo que se estaba acercando a la casa que había referido el sargento Neumann en su extraña historia. Muchos pasos atrás habían quedado los cantos de las alondras, las mirlas y los ruiseñores; el bosque se había tornado en una naturaleza tan silenciosa que solo podía escuchar el sonido de los cascos del rocín y el de su corazón palpitando. Temiendo lo que podía encontrar, amarró el rocín al tronco de un abedul de esqueléticas ramas y continuó a pie, con su espada al cinto y un catalejo en la mano. A medida que avanzaba, veía más y más árboles talados, cortados y algunos arrancados de raíz, como si miles de enormes pájaros estuvieran despiezando al bosque para construir un gigantesco nido. Al anochecer, entrando al desolado y talado valle, Hans encontró la casa de madera y la luna iluminaba su techo abombado de ramas. “No es un nido, es un panal”, pensó Hans al ver la simetría de las celdas con vitrales que rodeaban las paredes hexagonales entabladas en madera. Las puertas dobles estaban cerradas como una boca vertical. Con la lentitud a que le obligaba su pierna lisiada, Hans rodeó el enorme nido de madera hasta encontrar la ventana sin vidrios que había visto el sargento Neumann, y a ella se acercó en silencio. Debajo del olor a madera rancia, gravitaba otro más amargo aún que inundaba la casa. Era el olor de la sangre seca y la enfermedad del tétano. A pesar de su cojera, Hans se apoyó con sus manos en el alfeizar de la ventana hexagonal y de un solo impulso cayó adentro de aquella construcción. El piso era de tierra y no de madera. También la tierra olía a sangre. Cuando se incorporó, prendió una cerilla y en ese segundo comprendió la singularidad de aquella casa. En el piso había decenas de cuerpos en silencio, algunos boca arriba y otros boca abajo. Se agachó para revisar a uno en detalle y se tapó la boca para no gritar de espanto. Estaba vivo aquel hombre, sí, pero, ¿en qué condiciones? La cabeza rapada, el pecho cicatrizado por el látigo y lo peor, los brazos y las piernas amputadas y en su lugar, tenía atornilladas unas largas extremidades de madera como si fueran títeres. “¿Y dónde está la titiritera?”, se preguntó Hans analizando aquellos cuerpos de carne y madera que tenían todas las edades y aspectos posibles. Algunos habían despertado y abrían la boca sin emitir sonido alguno. Hans se acercó a uno que le miraba a sus ojos, como queriendo transmitirle un mensaje con su parpadeo. Era un hombre viejo y abría desmesuradamente la boca para que se acercara. Cuando Hans se acercó y prendió otra cerilla cerca de la cara del títere anciano, comprendió que también les habían arrancado la lengua, explicando esa agonía en silencio. Así fue revisando uno a uno los cuerpos de los demás títeres y descubrió que había ancianas, jóvenes, hombres fuertes y hasta niños, pero ni rastro de su hermano mayor Duncan. Aquí estaban regados por el suelo los sobrevivientes de la Guerra de los Treinta Años en Europa, esclavizados, torturados y obligados a trabajar hasta la muerte en pleno corazón de la naciente Alemania. En su cojera, Hans avanzó hacia el centro de la casa de madera, a pesar que cada vez el olor a sangre derramada se hacía más intenso. Prendió una cerilla y sus ojos se iluminaron de asombro: al frente suyo se abría un verdadero abismo y de ahí provenía aquella fetidez. “No es un panal, es un hormiguero”, murmuró Hans. La luz le permitió ver que unas escaleras en tierra sólida descendían en caracol del boquete hacia el estómago del abismo. Los ojos de los títeres le pestañeaban con fuerza para que huyera de allí, pero Hans hizo todo lo contrario. Cojeando descendió apoyándose contra la pared, mientras que con la otra mano se tapaba la boca para no vomitar por el intenso olor a matadero que ni siquiera tenían las más ordinarias carnicerías de Francia y España. Es difícil saber cuántos escalones pudo bajar Hans en aquel abismo, pero pronto encontró piso firme y se encontró en un largo corredor hecho en tierra. No tuvo que prender la cerilla porque cada tanto habían colgadas a la pared lámparas de aceite. Caminó lentamente por aquel paraje subterráneo hasta una sala con paredes de piedra viva, de donde provenía más luz. “He llegado al corazón del hormiguero”, se dijo a sí mismo Hans y entró a aquella sala. Apenas dio un par de pasos, soltó un terrible grito que ahogó de inmediato con sus manos. En aquella sala únicamente había una larga mesa de madera con una silla al frente. En la mesa había todo tipo de herramientas, como mazos, cuchillos, destornilladores, martillos, bisagras y una eternidad de tornillos y clavos regados por doquier. Pero lo que hizo gritar a Hans fue descubrir que al lado de la mesa había un montón de hombres y mujeres acostados en el suelo. Alrededor suyo había decenas de brazos y piernas amputados y dispersados en todas las direcciones. Algunos prisioneros no les habían arrancado la lengua aún y se quejaban en distintos acentos. “Aquí es donde los convierten en títeres”, murmuró Hans mientras se acercaba a los prisioneros.

– Has venido por mí, hermanito… – escuchó una voz lastimera. Era Duncan.

Con el corazón sobresaltado, Hans se agachó y prendió una cerilla para comprobar que era cierto. Ahí estaba tirado en el suelo Duncan, el bien formado hijo primogénito de su padre, el duque Manfred Von Richthofen. Le habían arrancado medio brazo y toda una pierna.

– Dios mío, ¿qué te han hecho, Duncan?, ¿quién te hizo esto? – susurró Hans sosteniendo la cabeza de su hermano mayor.

– La mujer… la bruja… la giganta… – murmuró Duncan. Estaba famélico y en los huesos. – No debieras de estar aquí…

– ¿Cómo te atrapó?, ¿quién es ella? – la voz de Hans temblaba tanto como el fuego en las antorchas de las paredes de la recámara.

– Entré a una casucha deshabitada… cerca de los pantanos… ahí estaba ella en la sombra… robando los vidrios de las ventanas… por el tamaño pensé que era un oso pardo… pero cuando se levantó… era más grande aún y abrió sus alas… me arrastró hasta aquí…

Hans quedó perplejo y no supo qué decir. Ante el silencio, Duncan continuó.

– Es un monstruo… ella es un monstruo… nos corta los brazos, las piernas y la lengua… somos títeres vivos… no sé qué hechizo hace que se muevan esas extremidades de madera… lo cierto es que necesita nuestros corazones o nuestros cerebros, no sé… nos hace trabajar de sol a sol talando árboles… arrastrando leños… anudando ramas… clavando maderas… para agrandar este nido… a otros los hace arar y recoger la comida con que nos alimenta… si alguno muere, oh Hans, si alguno muere, lo separa de sus extremidades de madera… y pica su cabeza y pecho dentro de nuestra comida… ¡nada, nada queda de nosotros!…

– ¿Puedes caminar? – dijo Hans en un hilo de voz – Yo podría cargarte y escapar juntos…

– Es imposible… – Duncan sonrió débilmente. – Ni siquiera sé cómo has podido llegar hasta aquí… Soy un hombre muy alto y muy pesado para que…

– Un lisiado pueda cargarte, ¿verdad? – completó Hans con frialdad.

Duncan quiso responderle, pero en ese instante, escucharon unos pesados pasos a lo largo de la escalera. Era la bruja.

– Tírate al suelo Hans, por Dios santo… que no te vea aquí. – le rogó Duncan.

Cuando Hans se arrojó entré los cuerpos desmembrados, entró aquella mujer. Era tan alta como un oso grizzli y a la vez, por su largo vestido negro, parecía un pájaro con las alas cerradas. Se retiró la capota de su abrigo y su cabeza era tan grande como la de una vaca. El pelo le caía en largos ramales, a pesar que la mitad de su cráneo estaba calvo. Respiraba con fuerza por sus fosas nasales y miraba a doquier con sus ojos negros. Se acercó al montón donde reposaban sus prisioneros. Extendió su brazo y abrió una de sus manos blancas, “tan anchas como aletas”, habían sido las palabras de Neumann. Como escogiendo la fruta más madura, la mujer cogió de la cabeza a un hombre viejo y lo alzó del suelo sin mayor esfuerzo. Al viejo le habían cortado la lengua y estaba tan desnudo como un pez y pataleaba con su única pierna y agitaba sus dos brazos cortados a la mitad. Entonces, lo cargó para acostarlo en la enorme mesa de madera que se encontraba a unos cuantos metros. La mujer se sentó en la butaca de madera, acercó una potente lámpara de aceite y con la paciencia de un juguetero, empezó a separar con cuidado la pierna que le quedaba al viejo. De inmediato taponó la hemorragia con un torniquete y le apretó al muñón una larguísima pierna de madera que se doblaba en fémur, peroné y tibia. El hombre se había desmayado, mientras ella le instalaba la otra pierna de madera.

– Huye Hans, huye de inmediato…  – le susurró Duncan – trae a todo el ejército de nuestro padre. Sálvame, cuéntale todo lo que has visto.

Acostado en el suelo, Hans temblaba viendo cómo aquella bruja construía un títere a partir de un ser humano. “¿Cuántos títeres tendrá bajo su control?, ¿hasta qué puntos de Europa se ramificará este hormiguero?, ¿para qué necesita construir un nido tan grande?, ¿esta bruja es la única de su especie?”, eran preguntas que congelaban la cabeza del hijo menor del duque.

– Hans… necesito que hoy seas un hombre, que seas valiente y tomes una decisión… – le suplicó Duncan -… Padre ya está viejo… yo necesito regresar al palacio… trae al ejército y libérame… Salva al reino y a la comarca… Huye y vuelve con todos los soldados que puedas…

Como pudo, Hans se levantó cojeando y se alejó en silencio de aquella cámara subterránea, mientras la giganta continuaba cosiendo unas extremidades de madera a los hombros del viejo todavía inconsciente. Sin dejar de temblar por completo, se regresó caminando contra la cornisa de aquella escalera en caracol que se le hizo eterna hasta que salió a la superficie del interior del nido de madera. Los títeres abrieron los ojos de asombro cuando lo vieron salir de la oscuridad. Sin cruzar una sola palabra, Hans se acercó a la ventana hexagonal por donde entraba el viento de la noche y, con todas sus fuerzas, se arrojó hacia el exterior. Allí cayó de bruces en la hierba y se arrastró entre la hierba agreste de ese valle de árboles talados. No se atrevía a levantar la cabeza por miedo a ser descubierto. Se arrastró hacia el sotobosque, donde cojeó muchas horas antes de encontrar al rocín que había amarrado al tronco de un abedul. Lo soltó y cabalgó sin parar hasta alcanzar la región pantanosa del río Havel. Temblaba cada vez que descubría en el bosque una casucha deshabitada porque sabía que allí podía llegar esa terrible mujer. Siguiendo el curso contrario al riachuelo, al cabo de cuatro días, Hans salió del bosque y se encontró frente a los muros del palacio.

Cuando entró al salón, su ropa estaba hecha jirones y su cara también. Taciturno se encontraba el duque Manfred Von Richthofen, sentado en su trono y mirando ebrio el fondo de su copa vacía.

– ¿Qué tal estuvo tu paseo con venados y ardillas, hijo mío? – lo saludó con desprecio.

– El bosque es más grande de lo que piensas, padre – respondió Hans con la garganta seca.

– Cuando uno es lisiado, el mundo es todavía más grande aún – concluyó el duque – Cuéntame, ¿existe la gigantesca casa de madera que soñó el ebrio de Neumann?, ¿el nido fabricado con árboles?, ¿encontraste a tu hermano Duncan?

La travesía y el peligro habían forjado a Hans como un hombre en muy pocos días, incluso tenía los rasgos más maduros. Definitivamente, el abismo construye a los hombres de verdad. Entonces, con el aplomo de un joven príncipe respondió marcando cada palabra.

– No padre, no encontré a mi hermano Duncan y ese Neumann es un embustero de primera categoría. En el bosque no hay nada más que árboles y ardillas muertas.

– Lo suponía… – musitó el viejo duque con tristeza. – Quiero que mañana cuelguen a ese mentiroso en el patio…

Ese mismo mes, el duque Manfred murió de un paro cardiaco. Los doctores del palacio dijeron que, en realidad, había muerto de tristeza ante la desaparición de su primogénito. Antes del invierno de 1690, su único hijo se coronó como el nuevo duque Hans Von Richthofen de Potsdam. Por supuesto, le seguían llamando a espaldas suyas, “el cojo Hans”, pero era algo que ya no le importaba.

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