8 Oct

La carne del monstruo (Ensayo)

¿Qué es la belleza?, ¿qué es la fealdad? ¿y qué es la monstruosidad?

En ese mismo orden, las respuestas podrían ser: lo que amas, lo que no podrías amar y lo que no entiendes.

 

Creo que no hay día en que no me cuestione sobre esos tres conceptos, porque ahí está la nuez de mi obra. Entonces, pienso en la fábula del Minotauro, el monstruo del laberinto asesinado por Jasón siguiendo el hilo de la bella Ariadna.

En sí, ¿qué era el minotauro? Las posibilidades son tantas… ¿Un toro con cabeza de hombre?, ¿un hombre con cabeza de toro?, ¿un ser mixto con órganos de toro y de hombre?, ¿en un mismo ojo pueden caber dos pupilas?, ¿un hombre con corazón de toro?, o más terrible aún, ¿un toro con alma de hombre? No hay una línea divisoria clara entre el toro y el hombre, como tampoco la hay entre la belleza y la fealdad.

Hay un momento muy poético en el Génesis, cuando Dios le hace entrega a Adán de toda la creación. Todo lo que pueda nombrar es suyo, ya sea que nade, que vuele en el cielo, camine o se arrastre por la tierra. Por eso Adán lo que hace al nombrar todas las criaturas es clasificarlas, entenderlas y, por ende, apropiarse de ellas.

Pero, ¿qué sucede con lo innombrable?, ¿qué pasa con lo que se escapa al análisis y a la enciclopedia? Hemos llegado, entonces, al territorio de los monstruos.

Nosotros no sentimos miedo de su extraña anatomía. En absoluto. Nuestro mayor miedo es no encontrarles espacio en el anaquel de nuestra lógica. Eso es lo que nos espeluzna de los monstruos y por eso necesitamos exponerlos a la luz, diseccionarlos, viviseccionarlos y al fin, darles un nombre.

En resumen: el monstruo es el límite de la razón.

Lo aterrador es que nuestras mentes están sobrepobladas de monstruos.

En un mismo día somos racistas, machistas y fanáticos en política o religión. Nuestra incapacidad de aceptar al otro, al distinto, al extraño y al ajeno, es lo que nos convierte en los mismos monstruos que tanto tememos.

Los verdaderos monstruos son prejuicio en estado puro.

Son el dedo que señala. La boca que discrimina. El ojo que envidia. La lengua que calla. La mente nublada por la ira. El alma muerta de desamor. Esos son los retazos de la carne del monstruo.

Una cabra con cinco ojos en su paladar.

Un humano incapaz de sentirse igual a otro.

No veo la diferencia entre ambos.

 

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