8 Oct

La carne del monstruo (Ensayo)

Monstruo. Monstruo. Monstruo. Te saludo tres veces porque eres sagrado y mi alma es pagana. Palabras más gastadas, “vida”, “muerte”, “amor”, “eternidad” o cualquier otra se quedan cortas ante tu voz de abismo y tu mirada de mar nocturno. Por eso te hice mi Dios, mi becerro de dos cabezas y me inclino para besar tu pezuña de bronce. Monstruo, eres el objeto de mi arte, la madera que afino durante las tardes y el fuego que atizo al comenzar la noche.

Cuando los griegos, los primeros sabios, inventaron tu nombre original “monstro” se referían a los designios de los dioses. La deformidad de un niño de tres piernas o cuatro cabezas era un aviso de la ira del Olimpo. De forma inmediata al niño le enterraban vivo para aplacar aquellas tormentas que ya se asomaban sobre el mar Egeo. Y así, como las monedas que sobreviven de una época a otra, también pasa lo mismo con las palabras. Unas perderán valor, otras el significado. Pero la palabra “monstro” siguió comprendiéndose hasta el medioevo como un designio, como un aviso o como una señal.

Porque en verdad, el medioevo fue una época de extrañas señales. Los muros de Roma caían ante las hordas de bárbaros que huían de la furia de Atila. Y cuando las paredes caen, las nubes de polvo hacen extrañas figuras con el aire de la mañana. En los relatos orales cobraron vida otro tipo de “monstruos”. La Biblia había señalado a los demonios, a los fantasmas y (en voz baja también) a los vampiros. Pero con el cruce de la cultura latina con la del resto de aquella incipiente Europa, sobre las ruinas del imperio se alzaron los licántropos, las brujas y otro tipo de vampiros. El miedo a las plagas y a la guerra hizo del medioevo una tierra fértil para las nuevas pesadillas que sobrevivirían siglos enteros.

Durante esos siglos el miedo se perfeccionó en las noches de narración oral en los pueblos y aldeas a la luz de la llama. Sucedieron otras cosas en ese mundo todavía joven. Comenzó la inquisición en Europa, la masacre de América, el renacimiento y hasta el barroco con toda aquella riqueza inesperada. Pero también los mismos monstruos se fatigaron con tanta plaga y tanto oro, y se hicieron débiles.

Pero en el siglo 18 encontraron nueva energía, literalmente. Había comenzado en Inglaterra la revolución industrial cambiando el mundo para siempre. Y lo enfatizo: para siempre. Aquel mundo antiguo, medievo y renacentista había conocido la misma perspectiva de la distancia y la velocidad. Pero todo cambió cuando llegó la máquina a vapor. Mary Shelley dio a luz a Frankenstein, subtitulado El Prometeo Moderno, porque ese libro lo cuestionaba todo, la divinidad, la humanidad y la ciencia. Amanecía la modernidad.  

En la costa baja de Estados Unidos dos hombres taciturnos labraron la modernidad del cuento gótico. Edgar Allan Poe y Howard Phillip Lovecraft, el primero con sus abismos del alma y el segundo con su mitología pagana. En términos universales, ellos descubrieron el átomo en el arte de terror. El género tuvo la mayor evolución histórica. Sin ellos dos el mundo actual sería muy distinto porque tendríamos un imaginario más pobre y limitado. No existiría más de la mitad de las películas y series del género, por señalar lo apenas obvio.

Con la postmodernidad vendrían otros nombres como Stephen King, Clive Barker, Guillermo del Toro, Neil Gaiman y George RR Martin, entre otros, donde cada uno aportaría al género elementos de su propia cosecha.

La primera vez que leí un libro de Lovecraft, El Horror de Dunwich, no pude pasar de la primera hoja. “Cuando el que viaja por la zona norte del centro de Massachussets toma la bifurcación equivocada en el cruce de la carretera de Aylesbury, después de pasar Dean’s Corner, llega a una región solitaria y extraña”, era la primera línea y me arrasó en lágrimas. Tuve que cerrar el libro y llorar sobre su portada como una viuda sobre una lápida. No había leído nada más hermoso e inspirador que aquello. Mi corazón y mi destino estaba cifrado en aquellas líneas.

Más de un 90% de mi obra gira en apariencia alrededor del terror, pero en la profundidad el corazón de mi trabajo es el asombro. Los buenos cuentos superan la primera lectura porque su fortaleza no radica en el final, sino en la belleza, elegancia y exactitud con la cual se llega y se construye ese mismo final, provocando el asombro incluso en su relectura. Esto aplica para cualquier género y es algo que vale la pena recordar a los escritores de terror, fantasía o gore. “No importa lo que digas, siempre dilo con belleza”, “que la violencia nunca supere el umbral de la belleza” y que “si tu corazón no palpita al escribir, jamás harás palpitar el corazón de tu lector”, serían mis sinceros y humildes consejos a un escritor nuevo.

Yo debí haber muerto hace unos años, es cierto. Pero los monstruos me han salvado y me salvan diariamente. “¿Qué es la belleza?, ¿qué es la fealdad? ¿y qué es la monstruosidad?” Siempre me respondo lo siguiente y en ese mismo orden: “lo que amas, lo que no podrías amar y lo que no entiendes”. Creo que no hay día en que no me cuestione sobre esos tres conceptos, porque ahí está la nuez de mi obra. Entonces, pienso en la fábula del Minotauro, el monstruo del laberinto asesinado por Jasón siguiendo el hilo de la bella Ariadna. En sí, ¿qué era el minotauro? Las posibilidades son tantas… ¿Un toro con cabeza de hombre?, ¿un hombre con cabeza de toro?, ¿un ser mixto con órganos de toro y de hombre?, ¿en un mismo ojo pueden caber dos pupilas?, ¿un hombre con corazón de toro?, o más terrible aún, ¿un toro con alma de hombre? No hay una línea divisoria clara entre el toro y el hombre, como tampoco la hay entre la belleza y la fealdad.

Hay un momento muy poético en el Génesis, cuando Dios le hace entrega a Adán de toda la creación. Todo lo que pueda nombrar es suyo, ya sea que nade, que vuele en el cielo, camine o se arrastre por la tierra. Por eso Adán lo que hace al nombrar todas las criaturas es clasificarlas, entenderlas y, por ende, apropiarse de ellas. Pero, ¿qué sucede con lo innombrable?, ¿qué pasa con lo que se escapa al análisis y a la enciclopedia? Hemos llegado, entonces, al territorio de mis amados monstruos.

Nosotros no sentimos miedo de su extraña anatomía. En absoluto. Nuestro mayor miedo es no encontrarles espacio en el anaquel de nuestra lógica. Eso es lo que nos espeluzna de los monstruos y por eso necesitamos exponerlos a la luz, diseccionarlos, viviseccionarlos y al fin, darles un nombre.

En resumen: el monstruo es el límite de la razón. Lo aterrador es que nuestras mentes están sobrepobladas de monstruos. En un mismo día somos racistas, machistas y fanáticos en política o religión. Nuestra incapacidad de aceptar al otro, al distinto, al extraño y al ajeno, es lo que nos convierte en los mismos monstruos que tanto tememos. Nuestra mala costumbre de construir muros, de adorar catedrales y pantallas de celulares, nos ha hecho ciegos de nuestras propias luces y sombras. Porque los verdaderos monstruos son prejuicio en estado puro. Son el dedo que señala. La boca que discrimina. El ojo que envidia. La lengua que calla. La mente nublada por la ira. El alma muerta de desamor. Esos son las formas de la carne del monstruo.

Una cabra con cinco ojos mirando desde su paladar.

Un humano convencido de ser mejor por su sexo o piel.

No veo la diferencia entre ambos horrores.

Me despido de ti, amada esposa que bajo tu velo de lepra ocultas la profunda belleza. También me despido de tu mirada de bronce, dulce emperador mío. Eres mi álgebra, mi vocabulario y mi astronomía, porque cuando me reflejo en tu espejo torvo encuentro ahí mi verdadera humanidad. Te invoco una vez más, amor pagano, amor propio y amor sin cortapisas. Monstruo. Monstruo. Monstruo.

 

L.A. Suescún

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