23 Abr

El eterno campanario del Refous

Los recuerdos más antiguos de mi vida se encuentran en mi Colegio Refous, el del eterno campanario. El olor amargo del aserrín bajo la lluvia me recuerda la carpintería del Refous, con sus maderas botadas a doquier sobre unas mesas rústicas. Estaba ubicado en diagonal al campanario de ladrillos y también, oh Dios mío, demasiado cerca del temible salón de profesores. Mentiría si digo que yo era bueno con la madera, para nada. De hecho, una tarde casi me serrucho una pierna por contemplar a mi adoración infantil de aquel entonces, a Paula Jimena Matiz, la más bella combinación de cabello castaño y ojos de almendra, siempre tan indiferente como un ave dormida en pleno cielo.

Desde el parqueadero se avistaban unos salones con paredes de piedra y pintados de amarillo, agua marina o blanco hueso y con los tejados a doble agua de madera o teja. Entre esos salones había caminos de piedra en cuyas esquinas crecían plantas de hojas verdes con pequeñas moras. Amo ese olor a mora silvestre porque es el olor mismo de la soledad. De esa soledad pura que siente el alma desde la infancia como un destino, como el ruido del mar cuando anima al río a llegar hasta él.

También recuerdo las montañas de oscuros pinos y verdes árboles. Cortaban el horizonte mucho más allá de la cancha, de los campos de cultivo de rábanos y lechuga y de los últimos salones amarillos de primaria. Las montañas de Cota, majestuosas al amanecer y adustas cuando cae la tarde. Siempre las imaginé habitadas por espantos levitando sobre el musgo y las hojas secas. Durante once años mi mirada estuvo anclada en las montañas, sin importar el salón en donde estuviera. Algo en ellas todavía me llama.

Pero en el centro de todas mis memorias, persiste la de un hombre alto, cabizbajo, de cejas pobladas y voz con acento francés que hablaba tan fuerte como preciso: Monsieur Roland Jeangros, un verdadero genio del espíritu humano. En ese entonces, mi mamá Ana trabajaba en la Cámara Colombo Suiza y conocedora de la patria de Jeangros, cada año le enviaba un enorme calendario de paisajes suizos.  Incluso, lo siguió haciendo cuando yo ya no me encontraba en el colegio.

Con el tiempo comprendí que la admiración es un asunto de perspectiva, como esos cuadros impresionistas cuya belleza reside en la lejanía. Eso mismo me ha sucedido con el rector del Refous, mi colegio, mi eterno colegio, y en lo mucho que él significó y continúa significando en mi vida. No sé cómo explicarlo, pero para mí su presencia se parece a la de un cabo de vela que con su terquedad ilumina la amplia noche.

Roland Jeangros, viejo sabio, dulce ogro, no te imaginas cuánto te pude admirar y querer desde la distancia.

L.A. Suescún

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