23 Abr

Tenía seis años cuando vi la primera tortuga.

Tenía seis años cuando vi la primera tortuga. Era de esas pequeñas que caben en una mano. La miré largos minutos en su poceta detrás del vidrio sucio de la tienda esquinera donde la vendían, cerca de mi paradero de la ruta escolar del Refous, casi llegando a la 54 con 17.

Con mi abuela ahorramos doscientos veintisiete pesos que guardábamos religiosamente en una lata de aceite. Realmente fuimos rápidos ahorrando porque temía que alguien se la llevara primero, a mi tortuga, que siempre la saludaba antes de llegar al paradero. Y ahí estaba ella, con su mirada impasible y su caparazón negro con enormes manchas amarillas, haciendo burbujas de agua con su nariz y parpadeando cada eternidad. Cuando la compramos, sentí que esa tortuga era lo más lindo que había visto en mis siete años de vida. No sé por qué la llame “Huevito”, a lo mejor me enternecía la idea de imaginarme a una tortuga saliendo de su cascarón.

Allá en Galerías la acomodé en un inmenso platón de lavar ropa que me cedió alguna de las empleadas de servicio. Le puse unos pedazos de icopor para que pudiera subirse en ellos y descansar del agua. También la alimentaba con comida de pescados que con solo recordar el olor dulzón de esas hojuelas rojas todavía se me revuelve el estómago.

Mi lugar favorito de esa inmensa casa era el balcón de grandes ventanas y cortinas verdes que daba justo contra los cerros orientales. Allí me quedaba horas en compañía de mis dos abuelas, Ana escuchaba radio por cantidades y Amparo bordaba unas carpetas de manteles. Y yo llevaba mi tortuga de un lado a otro, para que sintiera la frescura de la lluvia que entraba por la ventana, cayendo de esos cielos grises y verticales que definen a Bogotá. Porque mi recuerdo de la Bogotá de mi infancia es una constante lluvia y un cielo plomizo que iba del azul pálido del amanecer a la oscuridad ciega de las noches por el racionamiento de energía de aquellos días. Esa Bogotá que veo ahora en diciembre, de cielos azules límpidos y soles radiantes, me resulta falsa y algo hipócrita. Mi Bogotá es implacablemente fría, con olor a ladrillos húmedos y de edificios negros por la tempestad.

Mi mamá y mis tías llegaban por la noche de sus trabajos con sus zapatos empapados de charcos y con los abrigos pesados de lluvia. Y así transcurrían mis días con la tortuga, hasta que en octubre mi mamá tuvo a bien regalarme dos pescados rosados para que le hicieran compañía. Creo que eso fue el error. Las tortugas con su caparazón son la metáfora más cruda de la soledad absoluta: alguien preso en su propia casa y atado para siempre al desorden acumulado; alguien amordazado con su propio silencio y convertido en una estatua de prejuicios que avanza hacia el final de los días.

Las tortugas no necesitan compañía. Lo supe el día en que vi los espinazos de los pescados flotando sin orden en el platón. Había olvidado echarle a la tortuga, y por supuesto, a sus amigos peces, la comida de las hojuelas rojas que me hacía vomitar. No había forma de regañar a una tortuga, a un perro le puedes gritar y baja la cola y te pide perdón. La tortuga es un reptil que, si fuera más grande y le faltara la comida de hojuelas rojas, se comería sin el más mínimo remordimiento hasta al niño que la alimenta. Nunca volvimos a comprar pescados, ni por error.

Hay quienes dicen que hay tortugas que viven cien años, pero la mía sólo vivió dos.

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