7 Dic

Un cuento para Frida Kahlo

Ambos sabían que era la última noche y la contemplaban desde las amplias ventanas del estudio en la Casa Azul. Llovía y el patio rectangular, conocedor de lo inevitable, guardaba un profundo duelo y todo allí era silencio. Los jardines de girasoles y geranios, las enredaderas y los cactus, los cráneos en piedra y la pirámide rosada.

– Hay tanto dolor en la naturaleza. – murmuró Diego. Parecía un cabizbajo oso de pelo gris y chaqueta marrón, a quien los años habían domado hasta hacerlo parte del circo.

– Es mejor el dolor que el sufrimiento. – replicó Frida y giró en su silla de ruedas hacia el caballete donde pintaba su última tela en oleo. – Porque el dolor es el único latido de la vida… y el sufrimiento es la más estúpida y cobarde de las actitudes.

Bien mirado el caballete de madera parecía una horca. Sostenía un cuadro mediano que estaba a punto de terminar.

– A mí me habita el dolor, nunca el sufrimiento. – concluyó Frida, mientras refrescaba los pinceles en su paleta.

– ¿Quieres acabarlo…? –  Diego bebió un largo trago de tequila que sonó como un gorgoteo entre su garganta y estómago.

– Para eso estoy viva esta noche. – musitó mientras sostenía unos delgados pinceles con su boca.

El cuadro tenía tanta luz interior que parecía alumbrar el oscuro estudio. Era un autorretrato desnudo de Frida, doblando los brazos hacia arriba como un cactus y sus pies se fundían con una pirámide hecha de maíz. El fondo era una arrugada bandera mexicana, cuyo verde-blanco-rojo sostenía a la izquierda un sol y a la derecha una luna. En contraste con el cabello corto y ceniciento de la Frida pintora, el de la Frida pintada era negro, anudado en una trenza campesina y festejado de flores amarillas, rosadas y lilas. “La vida se celebra hasta el último sorbo”, pensó Frida apurando una copa de licor.

Con pinceladas rápidas trazó unas afiladas líneas sobre su piel para personificarse como un cactus crucificado contra la bandera. Cuando terminó tenía los brazos y la piel agrietados por los hongos que la aquejaban desde años atrás.

– No tenías que ser tan cruel contigo misma. – le reprochó Diego.

– ¿Qué comerá, entonces, el pueblo? – respondió Frida sin mirarlo.

Estaba concentrada en pintar las gotas de leche que escurrían de las espinas del cactus hasta el polvoriento suelo amarillo. Allí unas diminutas figuras de sombrero, rebozos de colores y con guitarras recogían, como si fuera maná, la leche que sangraba el gigantesco cactus de Frida. Incluso, en la gradería de la pirámide que formaban sus pies, algunos aztecas la recogían en cuencos.

Con cuidado bosquejó unas negras raíces que descendían de la base de la pirámide y se adentraban en el subsuelo donde alimentaban a tres úteros: el de León Trotsky con gafas y barba, el del Cuauhtémoc con su atuendo de emperador azteca y Emiliano Zapata con bigote, fusil y poncho. Los tres todavía eran fetos con caras de adultos. “Porque los dioses siempre están naciendo y el tiempo nunca los contamina”, se dijo Frida. Cuando dibujó la última raíz, los dedos de sus pies se desplomaron por la gangrena. Hizo una mueca que era más de fastidio que de dolor. Los dedos negros de Frida nunca tocaron el suelo, pero reverdecieron la maleza de su cuadro.

Diego le puso su enorme mano sobre su hombro. Su esposa parecía un pajarito remendando su nido para morir en él.

– ¿Me sirves más, panzón? – le estiró Frida su copa vacía.

Lo bebió lento para sentir el fuego en su garganta. Hizo un largo trazo amarillo para completar la base de la pirámide y crujieron los huesos de su última pierna. Al mirar su regazo, comprendió que ya no estaba. “Acaba de ingresar al cuadro”, concluyó con frialdad. Diego cerró los ojos de espanto.

– Te estás matando a ti misma, mujer.

– ¿Y no he hecho eso desde la primera pincelada? – replicó Frida sosteniendo su torso sobre la silla de ruedas. – Solo un artista de verdad sabe mutilarse a sí mismo… sin esperar a que el tiempo y la crítica lo hagan… ¿no te parece? – y arqueó la ceja mirando a su esposo.

En un solo movimiento dibujó el símbolo rojo del martillo y la hoz sobre la bandera mexicana. “Comunistas hasta el fin, cabrones”. Cuando terminó la curva de la hoz, su brazo izquierdo había desaparecido por completo aumentando el color del rojo, el blanco y el verde. El derecho era un chamizo de piel y huesos que se difuminaba con el viento de la noche.

– No podrás terminarlo… – reflexionó Diego -, siempre quedará algo de ti fuera del cuadro.

– No, panzón, todavía me quedan átomos y cojones para terminar. Ponme el pincel en la boca. – ordenó con la boca abierta. – Álzame hasta mi pecho.

Como si fuera una porcelana, Diego alzó el torso de Frida a la altura del lienzo. Con su boca pintó su propio corazón abierto como una oscura fruta, con sus ventrículos y la constelación de sus arterias.

– Te entrego mi corazón, amado Diego. – suspiró mientras dejaba caer el pincel.

A medida que se secaba el óleo, también se desvanecía el torso de Frida con sus costillas, sus pulmones, su hígado y su enamorado corazón. Al final Diego, con lágrimas, sostenía entre sus manos la cabeza de su esposa.

– Dame más tequila. Los mejores viajes son una buena resaca.  – sonrió Frida.

Diego alzó la cabeza y besó sus labios azules. Luego tomó la botella y la vertió hasta la última gota en la boca de su mujer agonizante, escuchando como el licor repicaba como una lluvia en la madera del suelo. Al final terminó con las manos vacías y empapadas en tequila.

Al día siguiente, cuando Diego abrió las puertas de la Casa Azul y encendió el motor de su automóvil, un afanado sirviente le preguntó:

– Don Diego, ¿dónde se encuentra su esposa?

– Aquí, ella siempre viaja conmigo. – respondió antes de acelerar.

A su lado el cinturón de seguridad terciaba un autorretrato de Frida envuelto en sábanas.

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