Demonios

Salomón siempre recomendaba no invocar demonios que no se pudieran domar. Nosotros somos seres de luz y sombra, pero siempre estamos rechazando nuestro lado sombrío como si fuera un error de nacimiento. Cuando en realidad, para vivir necesitamos tanto del día como de la noche, además de cumplir con nuestra obligada presencia en ambos mundos, el sueño y la realidad.

Con el tiempo he aprendido a aceptar, a agradecer y a reconocer las apetencias y los pensamientos turbios, porque también hacen parte de mi humanidad y mi identidad. Al reconocerlos los he sabido domesticar y transmutar en arte. De tanto en tanto, en mis sueños escucho bufar a mis demonios en sus corrales, me acerco a ellos con la mano extendida para que coman de mi mano, con sus lenguas bífidas y rasposas. Ellos me cuentan narraciones imposibles de sus viajes, de sus melancolías y hasta de sus propios miedos. Entonces, les acaricio el pelaje aspero de sus cornudas cabezas y les dejo dormir hasta el día siguiente. Pero jamás se salen de sus corrales, ellos también respetan el territorio de la luz.

Durante el día cultivo con amor y humildad las flores del patio de mi casa, agradezco la vida de quienes me rodean y cada detalle de mi cotidianidad. La espuma en el chocolate del desayuno. La constelación de sabores en el vino tinto. La frescura del agua que bebo por cantidades porque sé que algún día no habrá. En mi territorio de luz no se escuchan los bufidos de los demonios en sus corrales. Por eso agradezco al universo el don de la serenidad en mi vida, porque me permite amar de corazón a mis ángeles y a mis demonios, sin obligarme a rechazar a ninguno.

Consejo de corazón: tiembla de miedo ante alguien que haya perdido de vista a sus demonios y crea que solamente vive entre ángeles.

 

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