LÁZARO

Capítulo 13

– Oiga Carlos Alberto, ¿por qué todo está a oscuras en el asilo, si apenas son las nueve de la noche? No se ven luces, no se ve a nadie.

Al fin había llegado el ingeniero Alfonso Aguirre con su esposa y su hijo en su camioneta, trayendo con el enfermero Carlos Alberto a su octogenario padre, veterano de la guerra de Colombia en Corea, el teniente Aguirre, héroe condecorado del desaparecido Batallón Colombia. Las luces altas de la camioneta en la oscuridad hacen ver más grande el escenario ante el que se encuentran, como una enorme puerta que conduce hacia un mundo prehistórico, llena de gigantescos árboles con las ramas caídas por el peso del inclemente aguacero bogotano que comenzó desde las tres de la tarde y escampó hace poco menos de una hora. El mundo después de la lluvia parece un lugar recién inventado donde los olores se hacen más intensos, el olor fuerte del pasto y el lodo inunda los sentidos quedando en la boca un sabor dulzón y antiguo, la vieja madera de los cipreses carga con su olor a humedad el ambiente y pareciera que la misma noche fuera un perfume milenario que envenenara con su solo aliento. El malsano vapor de la humedad de la tierra se levanta en delicadas siluetas que se hacen cada vez más claras con las luces de la camioneta que llegan hasta el enorme portón del Asilo.

– Lo raro, don Aguirre, es que en todo este rato ninguno de mis compañeros me ha contestado al celular o al fijo. Es… como si se hubieran ido para algún lado.

Casi desafiante se levanta la inmensa casona del Asilo sobre la vereda poblada de altos árboles, y detrás suyo se ven las monumentales montañas de Cundinamarca que se hacen negras y escarpadas como las rodillas empinadas de un crucificado, todavía temblando de dolor desde los pies amarrados hasta las manos clavadas en el leño. La lluvia ha cesado pero su magisterio se hace sentir en cada detalle, en las goteras que escurren de las canaletas que bajan por los tejados de dos aguas de la casona, arrastrando lentamente hojas caídas, lodo, pedazos de pájaros muertos, insectos destrozados de mil formas y basura, como si fuera la espesa y putrefacta savia que nutriera a la casi centenaria casa, con el aliento apenas justo para hacer palpitar de maldad su invisible corazón. El agua escurre del tejado, se cuela entre las canaletas y baja alrededor de las múltiples ventanas que parecen los mil ojos de un insecto carroñero que jamás parpadea en la noche, con sus mandíbulas aserradas esperando el menor movimiento para lanzarse a la masacre. Y la enorme puerta doble asemeja una boca vertical con su juego de ventanas hexagonales, donde de tanto en tanto falta uno que otro vidrio y el viento de la noche se cuela inmisericorde. Alrededor de la casa, la vereda por la lluvia está reducida a un gigantesco lodazal cubierto de ramas, de hojas y de nidos caídos con sus polluelos muertos entre las piedras.

  • Me bajo de una vez a timbrar o a golpear la puerta, mi amor.
  • Te acompaño.
  • Vale. Carlos Alberto, le recomiendo a mi papá. Pipe, cuida a tu abuelito, que ya se va a poner bien cuando el doctor Ortiz lo atienda.

En ese momento mira en el asiento trasero de la camioneta a su hijo Pipe que está por cumplir nueve años, abrazando tiernamente a su abuelo totalmente dormido, sin importarle el aspecto terrible que ha ido adquiriendo con las pústulas en la cara enteramente abiertas y la boca babeante en hilos de sangre que escurren sobre su camisa leñadora, y las manos apretadas contra su pecho en una posición fetal, como un monstruo a punto de ser parido en la noche del universo. Al lado suyo está Carlos Alberto, un joven enfermero, que no deja de revisar fechas de medicamentos, revisar datos en el celular y abrir una y otra vez su botiquín de emergencias.

– ¿Quieres mucho a tu abuelito, verdad Pipe?

El niño suavemente acaricia los finos cabellos grises de la cabeza de su abuelo, sin importarle que su mano se manche de sangre. Esencialmente, los abuelos y los nietos son dos clases de niños en extremos opuestos de una misma línea en el tiempo. Por eso se entienden con facilidad, porque ambos mienten constantemente a los adultos que están en la mitad de la línea del tiempo. Pipe tiene los ojos enteramente abiertos y su piel se ve más oscura de lo que realmente es por la noche y la camioneta todavía con las cobijas tapando las ventanas. Con los ojos suspendidos en el vacío y todavía sosteniendo en su mano una medallita de la Cruz Púrpura que su abuelo le acababa de regalar hace unas horas en su paseo a Chiquinquirá, Pipe recuerda cuando llegaba del colegio Refous en Cota y lo recogía su abuelito en el paradero. Desde las tres de la tarde casi hasta las siete de la noche cuando su papá y su mamá llegaban del trabajo, y él se quedaba con su abuelo en el apartamento de Cedritos, muchas veces mirando desde la ventana el momento en que iban a llegar sus papás. Recuerda el calor de estar sentado en la ruana de su abuelo mientras caía la lluvia más allá de la ventana. Recuerda la voz rasposa de su abuelo contándole los mismos cuentos de la Madre Monte, del Mohán, de la Pata Sola, de la Bola de Fuego que a él le resultaban tan miedosos como fascinantes. Otra voz, la de Carlos Alberto saca a Pipe de su pensamiento:

– Pipe, mejor no te acerques tanto a tu abuelito. No sabemos si es una infección o qué…

Como si del sueño con el menor ruido de la noche, descendiéramos a la más brutal pesadilla en cuestión de segundos, Pipe abre más los ojos recordando cuando su abuelito parecía estar enloqueciéndose y el momento en que su papá decidió que lo mejor para todos era llevarlo al asilo. Recuerda esas noches en que el abuelo se levantaba a las tres de la mañana de su cama a vagar con los ojos abiertos como sonámbulo por el apartamento, siempre repitiendo las mismas palabras, en un salmo de infinito odio. Eran casi siempre las mismas palabras, por eso es imposible olvidarlas. Eran algo como “maldita mujer amarilla”… “esa casa, ese bosque”… “la carne del niño”… “las raíces negras”… “del piso hasta el techo”… “la carne del muerto”… “no paraba de reírse la maldita”… Una y otra vez hasta que el sueño lo vencía en cualquier momento y se desplomaba como el cadáver de un fusilado con la carne apelmazada de plomo y pólvora.

– De verdad Pipe, no te acerques mucho a tu abuelito…

Corta tajante el enfermero un poco fastidiado por el aspecto terrible que ha ido cogiendo el anciano. Las pústulas con los rayos de la luna parecen flores amarillas esperando despertar y estallar de un modo violento, a pesar que duerme como alguien que acaba de sufrir un ataque de epilepsia. Mientras tanto, el señor y la señora Aguirre se acercan a la gran puerta de vidrios hexagonales del Asilo, apenas iluminada por las luces de la camioneta, todavía con la puerta abierta. Los padres parecen un par de viajeros ingresando a las marismas de la boca del infierno y a punto de pagar la última y dolorosa moneda al barquero del Aqueronte, desde donde atisban en sus riberas brumosas dolientes almas encadenadas a la crueldad de insoportables demonios que jamás duermen.

– Pipe, por favor, aléjate de tu abuelo…

error: El contenido está protegido.