LÁZARO

Capítulo 14

– Alfonso, mi amor, definitivamente aquí nadie contesta y toca hacer algo ya con tu papá…

Las puertas de hierro están totalmente cerradas y los golpes en la aldaba o el timbre no tienen ninguna respuesta. Es como si adentro del asilo todos estuvieran muertos o algo peor. No se escucha nada adentro. Todo es silencio como el interior de una gigantesca telaraña templada con hilos invisibles esperando con hambre y fruición una nueva carne para succionarle todos y cada uno de sus líquidos vitales hasta dejarla seca como una hojarasca. Todo es silencio como una enorme y abandonada catedral gótica construida con las uñas y los huesos de los condenados, sosteniendo su aliento para no desatar mil alaridos de un solo golpe. Así era el silencio de aquella casa. Alfonso mira desconcertado a su esposa María Paula tratando de encontrar una explicación coherente a todo este escenario donde pareciera que la vida ya se hubiera apagado por completo. Caminan de espaldas mirando hacia arriba tratando de atisbar algo en las ventanas. Algo que de indicios de vida, pero nada. Se asoman por algunas ventanas hexagonales sin vidrio, estirando su rostro como un caracol en la lluvia hacia la peligrosa oscuridad en que se hunde la casa, y nada sienten o ven. Regresan un par de pasos hacia la camioneta y le hacen gestos a Carlos Alberto, el enfermero que no entiende absolutamente nada de esta situación donde el mundo entero ha dado una vuelta por completo…

– Don Aguirre, ¿por qué no mira por la puerta trasera de la cocina? Puede estar abierta. Usted llega pasando este jardín…

Completa la frase mientras desde el carro señala con su mano el jardín derecho, al que se llega por un empedrado camino cubierto por cipreses de distintos tamaños que parecen inmensos cadáveres caminando bajo la luna por la expresión de las ramas como brazos caídos por el peso de la lluvia. Es un amplio sendero de tal vez unos sesenta metros para bordear la casa desde la entrada hasta el remate de la puerta de la cocina.

– Vamos María Paula…

La toma de la mano sintiendo en la de ella una ráfaga de miedo preternatural hacia la naturaleza. Ella respira profundo, aprieta la mano de su esposo y baja de la escalinata hacia el enlodado jardín, respondiendo con su marcado acento tolimense:

– Vamos mi amor…

María Paula tendrá acaso unos treinta y ocho años, pero parece de menos en algunos momentos por su piel trigueña, y desde niña siente auténtico pavor a las tempestades y sobre todo al lodo, al fango. El miedo de María Paula comenzó una noche del 13 de noviembre de 1985, cuando la despertó en su casa la voz fuerte de su papá, don Leonidas, gritándole como nunca la había gritado: “mija, p’arriba, hágale que esta vaina se hunde. Apure con sus hermanitos p’arriba, camine p’al techo”. Como en sueños, despertó ella y únicamente escuchaba un zumbido constante, como cuando está llegando la electricidad en los pueblos, que parece un gigantesco enjambre de insectos empollándose a sí mismo. Los hermanitos de María Paula se despiertan sobresaltados en el pequeño cuarto de la casa donde han vivido desde siempre en las bellas tierras de Armero en el Tolima. “¿Qué pasa, papito, qué pasa?”, “¿qué es ese ruido, papá?” Como haciéndolas callar con su mirada, don Leonidas lo resume todo en una frase: “Explotó el volcán”. Desde hace varios días caía una insistente lluvia de ceniza que con el viento se elevaba como millones de millones de millones de puntos negros en el cielo, desde donde se distinguía el blanco y dormido volcán de Armero. Ahora se sentían miles de golpes contra las paredes de la casa hechas con barro y argamasa, de la avalancha que bajaba a la velocidad de un carro desde la cumbre del volcán arrastrando consigo lava, nieve y lodo, con árboles arrancados de raíz, buses, automóviles destrozados, tejas, piedras, basura desbordada y más de veinticinco mil cadáveres con los pulmones llenos de fango y podredumbre. Ese era el zumbido, el ruido contra las paredes. “Mijita, pa’arriba”, le dice Leonidas mientras jala a María Paula y a sus dos hermanitos, Argemiro y Jorgito, mientras su mamá, doña Aleyda subía con dificultad a su abuela por el terraplén que conducía del segundo piso a la plancha en donde estaba asentado el tercero, que en los días de sol usaban como un patio de ropa. La casa se estremecía por doquier, como si fuera un barco de papel hundiéndose en un remolino de aguas oscuras, y el zumbido se hacía insoportable de toneladas de lodo cubriendo por completo las tierras de Armero, borrando de un solo golpe las casas de los vecinos, la iglesia del pueblo y todas las caras, como un rencoroso Dios que borra su obra de un plumazo o arrojando contra el lienzo un baldado de pintura negra. Casi como en un instante donde todo, absolutamente todo sucede de golpe para sentir lo irremediable, las paredes cedieron al peso de la avalancha tumbando los ladrillos y la argamasa, entrando el lodo con una furia inusitada, trayendo consigo árboles enteros y automóviles yendo a chocar justo contra los cimientos de la humilde casa, hundiendo a la vez el segundo piso, mientras que precipitaba el tercero casi totalmente, como un juego de dominó. En un solo instante María Paula vio a su mamá y a su abuela precipitarse del terraplén contra el abierto abismo de su casa que iba del segundo piso al primero, y la cabeza de su abuela yendo directo en un largo grito contra el filo del patio del primer piso y literalmente estallando en mil pedazos, haciéndose en el lodo una enorme burbuja roja y su mamá cayendo de rodillas contra las baldosas, sintiendo todos como se astillaban ambas como si fueran maderas viejas. Don Leonidas apenas pudo sostenerse de una de las paredes mientras aferraba con un solo brazo a sus hermanitos, mientras María Paula se elevaba en el aire para hundirse junto con el resto de la casa en una segunda y más intensa oleada de fango, dejándolos a todos, a su papá, a ella y a sus hermanos hundidos en la podredumbre de la avalancha, apenas con la cabeza afuera, como peces esperando el anzuelo que los destroza desde adentro. Y ella, María Paula, sintió en ese momento de alucinante pesadilla, cuando se hundía como si tuviera plomo en los pies, que unas largas manos la aferraban de los tobillos y la levantaban un par de centímetros para respirar. Era su mamá, doña Aleyda que con su último aliento de vida y con las rodillas destrozadas en el piso la levantaba con sus brazos para pararla en sus hombros, mientras ella acababa de petrificarse en vida como un insecto en una gota de ámbar. Alrededor de la casa destruida se sentía el viento huracanado de la noche y los vecinos llamando a grito tendido a sus familiares, el llanto de los hombres y las mujeres con el crujir de las casas que se desplomaban a cada instante con el peso de las toneladas de lodo que seguían bajando como inmensos trenes. Con el frío lodo a milímetros de su mentón, María Paula de nueve o diez años, veía las cabezas de su papá don Leonidas y sus dos hermanitos, a escasos tres o cuatro metros de ella, abajo totalmente desaparecidos para siempre los cadáveres de su abuela en el patio y el de su mamá infinitamente sosteniéndola desde abajo, sintiendo todavía su cabello muerto bajo sus pies. Sin linternas. Sin luces. Sin velas. Sin Dios. Solamente ellos condenados a su fatal destino de petrificarse en vida. Así empezaron a pasar los segundos, los minutos, las horas, del día a la noche. De un día a otro. Sintiendo como el lodo se empezaba a hacerse piedra en sus pulmones, en su garganta, en su boca, en cualquier lugar. Sentían de lejos los helicópteros de la Cruz Roja sobrevolando Armero sin poder hacer absolutamente nada sobre un gigantesco cementerio hecho piedra y silencio. Veinticinco mil cadáveres. Alrededor de la casa se escuchaban las inútiles motobombas, mezclados con los gritos de los sobrevivientes a quienes tenían que cortar las piernas y los brazos para poderlos extraer de la piedra viva que crecía alrededor y dentro de ellos como un sepulcro hambriento que se extiende como hidra. Veinticinco mil almas. El hambre duele cuando el estomago mismo se contrae involuntariamente, como un balón cayendo y dando vueltas sobre sí mismo. “Mijos, esto es el final, ahora sí”… “Papá, no diga eso, aguante un poco que ya nos van a sacar” insistía María Paula. “No mija, es mejor acabar esto ya”… Casi sin mediar palabra, con su único brazo libre, don Leonidas alcanza una botella de gaseosa y la rompe contra la pared… “Perdónenme, mijitos, vamos a rezar el padre nuestro todos juntos”… María Paula con la voz arenosa del lodo que ha tragado y que ya se hospeda en su estómago y que algún día habrá de matarla de una segura peritonitis, le dice en un tono de voz casi demencial… “¿Papá, qué va a hacer?”… La respuesta es estremecedora… “Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…” Un hombre dentro del lodo reza a cuenta gotas el padre nuestro, mientras con una botella rota corta las venas una a una de los brazos sin fuerza de sus dos niños, que están pálidos como un par de fantasmas apenas asomando sus cabezas y sus blancas manos sobre el lodo, como si ya no fueran personas, sino maleza creciendo entre la piedra y su papá el cruel segador… Semejante cuadro de la humanidad reducida a una maleza que crece según se lo permiten las piedras… La sangre corre débil y espesa sobre el lodo casi sólido alcanzando cada vez más la cara de María Paula que no deja de mirar con espanto y horror a su padre que acaba de cortar la agonía de sus dos hermanos…

– ¿Estás bien, María Paula?

Su esposo Alfonso conoce bien sus temores y sabe que el camino enlodado que conduce de la puerta del Asilo hacia la cocina trae extraños recuerdos de la infancia a su mujer. Caminan ambos sobre el camino hecho un lodazal de afiladas piedras y espinosas plantas, atravesando tambaleantes los contiguos jardines de tomates que parecen corazones abiertos en la noche profunda.

– Sí, todo está bien. Creo…

Casi sin pensarlo, respira profundamente mientras recuerda la última imagen de su papá… “Mija, venga pa’acá, con su papá, acérquese para que descanse de todo esto”… Mientras intenta jalarla del cabello hacia su lado, donde reposan las cabezas de sus hermanos muertos, con la boca perpetuamente abierta, como peces ahogados en un pozo de sangre oscura… La niña no es capaz de musitar una sola palabra, le tiemblan los labios y le escurren las lágrimas por las mejillas llenas de lodo… “Venga mija, recemos juntos antes de dormir”… Llevan casi tres días desde la avalancha y todavía no llega el equipo de rescate… El olor fuerte de la gangrena y la podredumbre inunda el breve espacio de aire entre el lodo y el techo de la casa… “Acérquese, María Paula, que sus hermanitos la están esperando… Terminemos de una vez esto”… María Paula grita (fue el grito lo que hizo que los rescatistas la escucharan ese mismo día) con toda la angustia represada en sus pulmones casi reducidos a tierra… “!No papá, yo no me voy a morir aquí!, ¡no me voy a morir aquí!” Don Leonidas por la falta de sangre en la cabeza actúa demencialmente, como un monstruo de un único tentáculo hundido entre la podredumbre y los cadáveres, e intenta alzarse en un último intento de terminar la agonía de su hija y la de él, pero en ese esfuerzo sobrehumano, se abre un impensado espacio de aire entre el lodo que lo sostenía y se hunde como un caballo de guerra en el fango, sin dejar de mirar a su hija y estirando los dedos hacia ella en un gesto imposible de descifrar, si era de súplica o consumado odio. Ya están cerca a la puerta de la cocina del Asilo…

– Creo que es aquí, María Paula…

La mujer parpadea como recuperándose de sus recuerdos, levantando la mirada de sus pies enlodados contra la puerta de metal de la cocina. Es una puerta a medio oxidar y casi sin pintura. Golpean insistentemente con las llaves la puerta, haciendo un ruido infernal, como agitando un sonajero en mitad del infierno. Pero los demonios no se acercan cuando se les llama, sólo cuando ellos tienen hambre.

– Maldita sea, mi papá se está muriendo y aquí no contesta nadie. ¿Qué hacemos?, ¿nos vamos de una vez para un hospital?

– Yo creo que sí, además siento algo raro en el corazón. Como un mal presentimiento. Tú sabes, cosas de madre…

– Insistamos cinco minutos más y nos vamos…

Ese es el primer eslabón de toda tragedia. No hacer caso al primer impulso. Todos alguna vez lo hemos sentido. Es esa especie de voz interior que nos avisa de las cosas malas que van a pasar. Las vemos casi pasar ante nuestros ojos y todavía queremos saber qué sucede. Sabemos que por determinada calle nos pueden atracar, pero aún así avanzamos por ella confiando que nada va a pasar. Una voz nos ruega evitar ciertas personas, sin embargo más nos interesamos en ellas, aunque nuestro corazón lata de impaciencia y temor por alejarse. Nunca escuchamos las voces del corazón, hasta que se convierten en alaridos…

– ¡Alfonso!, ¡Pipe está gritando!, ¡Pipe está gritando!

Se escuchaba un alarido agudo en mitad de la noche, como un lobo herido. Sin importar caerse en mitad del lodo y estrellarse contra las piedras, Alfonso y María Paula atraviesan el amplio jardín de la parte trasera de la casa hasta la puerta principal donde tienen la camioneta. Corren lo más rápido que pueden sintiendo que el corazón les va a estallar de angustia en cualquier instante. Su hijo ya ha dejado de gritar hace muchos minutos y esos sesenta metros que los distancian de la camioneta se les hacen gigantescos como una milla olímpica. A veces parecen resbalar pero siguen corriendo, llamando a su hijo por su nombre en cada bocanada de aire que pueden tomar, para llegar jadeantes y temblorosos al frente de la camioneta con las puertas totalmente abiertas…

– ¿Pipe?

Nadie contesta como si la camioneta fuera un sepulcro recién saqueado.

– ¿Pipe?…

El papá da la vuelta a la camioneta y retrocede temblando…

– Alfonso, ¿qué pasa?

María Paula avanza dos pasos y grita con todo el aire en sus pulmones. Grita enloquecida el nombre de su hijo. La camioneta está llena de sangre fresca por doquier, y con las piernas todavía afuera está el cadáver de Carlos Alberto, que de lejos se ve con la cabeza destrozada en mil jirones como si un animal le hubiera devorado el rostro hasta los huesos.

– ¿Y Pipe?, ¿y el abuelo?

– No están…

El sonido de un pequeño vidrio cayendo al piso hace que ambos miren hacia el Asilo. Uno de los vidrios hexagonales está totalmente roto. Como si alguien hubiera entrado. O salido. Uno nunca sabe.

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