LÁZARO

Capítulo 16

– ¿Y Pipe estará dentro del Asilo?

– ¿Y mi papá…?

Se acercan a la inmensa puerta doble del Asilo, cerrada en hierro, como un lugar prohibido al género humano porque es un territorio donde moran las abominaciones de la noche. Detrás de ellos apenas se ven las piernas del cadáver de Carlos Alberto, sobresaliendo de una de las puertas de la camioneta, como los restos de un horrendo festín, todavía inertes y temblando de miedo y dolor. Los árboles parecen más altos que nunca, como cerrando la salida o invitando a vagar por una vereda enlodada que se hace más amplia con la noche. La luna se hace más borrosa entre las montañas de Cundinamarca, iluminando débilmente las últimas casas de los campesinos, donde todavía practican oscuros rituales paganos prehispánicos de gallinas decapitadas y yugulan ovejas para leer en su sangre derramada los designios de la cosecha. Con el aliento apenas suspendido, como una vela contra el viento, María Paula señala una de las ventanas hexagonales…

– Alfonso, mira que aquí hay algo azul…

Miran ambos con atención confirmando una nueva realidad…

– ¡Dios mío! Es de la chaqueta de Pipe… Está adentro… Se metió por la ventana sin vidrio…

– Pero mira al lado… ¡Hay sangre y está roto el vidrio!

Casi al lado de la ventana abierta por donde Pipe ingresó hace menos de diez minutos, huyendo de un despiadado monstruo, en un largo camino de lodo, hay otra abertura brutal, con largos vidrios empapados en sangre fresca, como si alguien enloquecido se hubiera arrojado a través de la ventana, destrozándose en su intento y cumpliendo así su cometido de llegar al otro lado del Asilo.

– María Paula, ¿qué putas le pasa a este lugar? Esto no es normal. Nada es normal ahora. Algo mató a Carlos Alberto de un modo brutal. Mi papá no está. Pipe está adentro. ¿Qué los habrá hecho huir a los dos de ese modo?

– !!!!!!!Pipeeeeeeeeeeeeee!!!!, !!!!!!!!Pipeeeeeeeeeeeeee!!!!!!!!!!!

María Paula no deja de gritar en la noche como esperando una respuesta, pero únicamente hay silencio. Alfonso la toma del brazo firmemente y le dice en el tono más seco de su voz:

– Entremos.

El hombre ayuda a su mujer a pasar a lo largo de una de las pequeñas ventanas hexagonales de la puerta doble principal del asilo, entrando como un par de ladrones en la noche. El lugar está enteramente a oscuras. La oscuridad siempre otorga dimensiones impensadas a las casas vacías. La sala parece un territorio casi infinito, apenas habitada por unos muebles que se hacen más decadentes en la noche. A su izquierda se abre el pasillo con las dos salas de los pacientes, donde hasta hace unas horas visitaban a su papá y abuelo, un veterano de la guerra de Corea. Alguna ventana habrá quedado abierta, porque se levanta fantasmal una cortina, como una gigantesca mano azul alargándose con el viento de la noche. A la derecha, el espacio de la oficina de administración y a su lado, la puerta de metal de la cocina y la despensa. Adentro todo está en silencio. Afuera se escuchan los grillos aumentando la intensidad de sus gritos a medida que la luna de mil cuernos asciende dorada y furiosa en el negro firmamento. El frío cala los huesos y entra por las ventanas rotas de la puerta, ascendiendo como un río espectral y rebosante de neblinas hacia el fondo del asilo, donde se ve a lo lejos la escalera nada nítida en la oscuridad. Los ojos se van ajustando paulatinamente al nuevo territorio. Nada más amargo que acoplarse a una nueva realidad, tanto así que requiere de cambios físicos. La pupila abriéndose a la oscuridad para llenarse de luz y los sentidos agudizándose. La pareja se toma de la mano, como petrificada ante un nuevo mundo donde la lógica es adversa y distinta. Parecen Adán y Eva tomados de la mano no saliendo del Paraíso, sino ingresando a la oscuridad del Infierno, alentados por el canto de las serpientes y el perfume de las manzanas mordidas. En un hilo de voz, María Paula pregunta:

– ¿Qué sucedió aquí, Alfonso?…

– No sé, pero ¿hueles algo raro acá?

– Me recuerda al olor de una carnicería…

– Más bien a un matadero.

El hedor es penetrante, se hunde en las fosas nasales y llega hasta la garganta, y parece provenir de cada punto de la casa misma, casi aumentando en intensidad a causa del silencio aparente. Parece que hubieran desangrado a cientos de reses desde hace días. Es imposible no pensar en cuerpos vaciados de sus entrañas regados por doquier, como bolsas inservibles y restos de un banquete de antiguos dioses prehispánicos.

– Huele a sangre… Aquí pasó algo malo, Dios mío.

Sólo se siente el silencio, el opresivo y primordial silencio. Pareciera que uno de los mayores miedos de la sociedad moderna es el silencio. Evitamos estar en silencio con nosotros mismos. Caminamos por las calles del Centro con los auriculares puestos para no escuchar esa Bogotá mendigante y enferma, como ajenos e indiferentes a esa marea de mil rostros (“mi nombre es Legión”) sumida en la podredumbre, de niños drogadictos y perros sarnosos, de indigentes inhalando pegante y putas viejas en las esquinas. No queremos escucharlos y por eso caminamos con nuestros auriculares a todo volumen como cerrando las puertas a cualquier resquicio por el que se pueda colar esa realidad. No bien llegamos a nuestros tristes apartamentos, prendemos el televisor para no escuchar las noticias provenientes de ese mundo de horror lejano a las capitales del país, pero sí para sentir voces y ruidos. Prendemos los televisores, los equipos de sonido o la música del computador para exorcizar ese prehistórico fantasma llamado Silencio. La música nos persigue como sombra en ascensores, iglesias, supermercados, autobuses, restaurantes, dentisterías y en cualquier lugar. Tememos al silencio tanto como a la muerte misma. Cuando no es la música o el televisor, llenamos el silencio con nuestras conversaciones torpes y vacías. No podemos estar en silencio más de una hora porque nos sentimos muertos. Tememos que en el silencio se escuchen otras cosas que no podamos entender, como el crujir de nuestros huesos que se hacen polvo con los días, la arritmia de nuestro corazón como un río perdido de su mar que con la tierra se va haciendo lodo y olvido, el crecer de las uñas y el pelo que no paran con la muerte, nuestros ahogados pulmones como un par de bolsas vacías guardan el viciado aire que no valemos. Queremos sofocar la conciencia en el ruido. Buscamos amigos y pareja para no estar en silencio con nosotros mismos. Escribimos todo lo que pensamos por Twitter y Facebook para no reconocer nuestra diaria progresión hacia la muerte, dejando epitafios de nuestra pobre cotidianidad. Nos hacemos sordos e impenetrables a los latidos de nuestro corazón y a los de quienes nos rodean, y nos escalofría escuchar el barboteo de la sangre corriendo en nuestras frágiles venas. Tememos al silencio tanto como a los espacios vacíos y la soledad. Algo habita en esos territorios pre-humanos que no podemos controlar, y cuando sale a flote, despierta un caudal de horror jamás escuchado…

– ¿Escuchas ese zumbido, Alfonso?

– Parece la electricidad…

– No, escucha bien. Son moscas.

En la antigüedad y el medioevo el zumbido de las moscas acusaba la presencia del Diablo. Ese zumbido todavía persiste en los oídos de María Paula de las últimas horas que vivió durante el terremoto de Armero, casi petrificada en un sepulcro vivo de seis metros cuadrados, viendo a su papá hundirse en el lodo con una botella despicada, dejando a sus dos hermanos con las venas cortadas para arrancarlos de la agonía en que llevaban casi tres días sin agua, comida o luz, y escuchando a otras veinticinco mil almas despegarse de sus cuerpos, como luminosos cometas que abandonan la roca para encontrarse con el universo. Las moscas son los antiguos señores del mundo y se ceban con nuestra carne seca, abriendo sus mandíbulas afiladas y empollando mil huevos en nuestros ojos huecos, como ungiéndonos de un nuevo evangelio de la descomposición y la sombra. Por su parte Alfonso siente en la oscuridad de esos pasillos como un extraño recuerdo de su infancia regresa con inusitado rencor, trayendo extrañas imágenes de su fantasmagórica mamá devorada por el cáncer y su papá (¿dónde estará ahora?) yendo de un lado a otro musitando extrañas pesadillas sobre una mujer amarilla y la carne muerta de un niño en tierras lejanas.

– Vienen de las escaleras.

– También de la cocina… Y del corredor de las salas. Santo Dios, ¿qué pasa en este lugar?

– ¿Ves algo en las escaleras? Acerquémonos.

“Si el ojo humano pudiera ver más allá, vería que los mares y los cielos están poblados de demonios”, escribían los judíos en el Talmud. Sin embargo este no parece ser el caso… En las escaleras se encontraba el descompuesto cadáver del médico del asilo de un modo imposible. Tenía un brazo atorado y a medio desgarrar entre una de las gradas de madera de la escalera, como un insecto que hubiera sufrido una brutal vivisección. El doctor Felipe Ortiz tiene una pierna inflamada en sangre rematando en un torniquete, ennegrecida por la sangre estancada y abierta en mil filamentos. La cabeza parecía un balón enorme por las hemorragias causadas al parecer por un martillo ensangrentado a su lado. Tiene el cráneo abierto con varios boquetes, donde las moscas zumbaban gustosas, dando la apariencia perfecta de un panal humano, y uno de sus ojos era una cuenca vacía de carne blanduzca, como vaciado con una cuchara de postres. El hombre no soporta más la tensión y grita fuerte:

– ¡Hijo!!, ¡!!!!hijooooooo!!!!!!, ¡estamos aquí!

El eco es el fenómeno más misterioso del mundo, porque responde a veces de modos insospechados. Como si el grito mismo hubiera dotado de vida a la oscura casa, despertándola de un profundo sueño. En respuesta empezaron a escucharse pasos frenéticos e indecisos en corredores y cuartos, portazos terribles y muebles de metal que caen repicando agudos contra las baldosas, incluso ruidos más humanos como si…

– ¡Alfonso, alguien está llorando en la cocina!

 

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