LÁZARO

Capítulo 18

– ¡Dios mío, el doctor aún está vivo!

Era la última frase que había dejado caer en la oscuridad del anochecer Pablo Gutiérrez, el asistente en la autopsia del Asilo y estudiante de último semestre de medicina, viendo a un cadáver abriendo con desespero de naufrago la cabeza destrozada del doctor Felipe Ortiz, casi dos horas antes de que llegaran Alfonso y Paula en su camioneta para pedir auxilio para su moribundo padre, un ex combatiente del Batallón Colombia, junto con su nieto y un asistente de enfermería. El enfermero se encuentra totalmente estático a escasos metros de la puerta de metal que conduce a la inmensa cocina del Asilo, donde décadas atrás cuando fue un Hospital Militar en los días de Rojas Pinilla se cocinaba para docenas de soldados heridos, y detrás de él se ven las cerradas puertas dobles con vidrios hexagonales, algunos rotos, por donde se cuela el viento de la alta noche que viene de las montañas decadentes y escarpadas de Cundinamarca, inclinando los cipreses y la naturaleza con sus ráfagas heladas de la brutal lluvia desatada en la tarde. El aire frío se mezcla tenuemente con el olor dulzón de los sembradíos de tomate aún brillantes por las gotas de agua y con un tufo penetrante a sangre que viene de los muertos de las escaleras y de las salas que se pierden en el corredor de la izquierda totalmente a oscuras. Dos horas antes de que llegue la familia Aguirre con el moribundo abuelo, Pablo Gutiérrez tendrá que ver cómo un hambriento cadáver arranca en largos mordiscos la carne blanduzca y grisácea del cerebro del doctor Ortiz, todavía con su brazo absurdamente atorado entre las gradas de madera del Asilo, como un gigantesco insecto decapitado y destripado temblando en una telaraña.

– ¡Don Williaaaaaaaam!, ¡Doña Marinaaaaaaaaaaaaa!

Grita pero nadie responde. Únicamente consigue llamar la atención del harapiento cadáver con su camisa abierta que levanta su cabeza de piel apretada y rota en pústulas sangrientas, desde donde se entrevén sus ojos blancos y sin vida como un alma infectada de la más desproporcionada maldad, quien se incorpora lentamente apoyándose de sus manos, como un tigre preparándose para una nueva cacería. De lejos parece un fabuloso y corrompido dios pagano con su cabello gris levantándose con el viento de la noche, los ojos profundos como precipicios, el vientre descomunalmente inflado por la carne devorada y marcado en cientos de líneas y venas como un fruto de la estación del mal. Las fauces abiertas de un modo descomunal, como una negra ave de carroña, hastiada de carne de ahorcados y con el pico desencajado como una sangrienta tijera. Así fue como el monstruo fue bajando lentamente una a una las gradas, parecido a un descastado monarca, invencible y miserable a la vez. Estampando sus sangrientas huellas descalzas una a una en las gradas, mientras de su boca abierta escurren pedazos de la deshilachada carne del doctor Ortiz. Caminando como un sonámbulo caníbal, como un visitante del reino de las pesadillas, con las manos engarfiadas y caídas, justo hacia donde se encontraba temblando el asistente Gutiérrez.

Pablo sabe que no tiene las llaves del Asilo, al fin y al cabo es un simple estudiante de medicina y no tiene esa responsabilidad a cargo. Él sólo sabe tomar desde Ciudad Salitre donde vive con sus papás una ruta en Transmilenio y luego un alimentador que lo deja lo más cerca posible al Asilo, donde diariamente debe coger un colectivo de la localidad que lo sube hasta la encumbrada vereda. Sin embargo, se acerca velozmente a las puertas dobles, sin dejar de mirar a cada instante, a cada micro segundo hacia atrás, viendo el lento cadáver bajando las envejecidas gradas del Asilo. Jala con desespero las puertas dobles del Asilo como un preso los barrotes de su celda. Nada abre. Están cerrados. Ve la inmensa noche enmarcada por los altos cipreses y quisiera salir corriendo como un alma perdida que huye de Satán. Grita con más desespero:

– ¡Don Williaaaaaaaam!, ¡Doña Marinaaaaaaaaaaaaa!

Pero nadie, nadie le responde, ¿por qué? Pablo Gutiérrez, cristiano militante que cree en la oración y la caridad, ni siquiera se imagina la masacre sucedida a unos escasos cien metros suyos, cuando los veteranos ingresaron a la sala de fonoterapia destrozando a cuatro pacientes. Pablo Gutiérrez, metalero desde los quince años cuando un tío suyo le prestó un viejo disco de Deep Purple, no supone que don William está en el segundo piso temblando de miedo en posición fetal detrás de una pesada puerta de metal desde la que rematan las escaleras auxiliares al fondo del pasillo, con un colérico cadáver queriendo traspasar la puerta y devorarlo hasta los huesos. Pablo Gutiérrez, hijo único de un hogar bogotano de clase media, jamás supondría a doña Marina embarazada de cinco meses, escondida bajo una de las camas de la sala con las cortinas cerradas donde antes reposaban los diez veteranos del honorable Batallón Colombia. Pablo siente a escasos centímetros suyos la aureola de podredumbre y maldad que corona al putrefacto demonio que abre sus fauces con renovada hambre. Grita por última vez mientras jala las inútiles puertas dobles:

– ¡Don Williaaaaaaaam!, ¡Doña Marinaaaaaaaaaaaaa!

Como si el grito surgido de una garganta pulposa y viva únicamente encendiera la oscura llama de odio y brutalidad que aviva a estos seres del sepulcro, el monstruo se abalanza hacia Pablo, que apenas tiene los segundos exactos para agacharse y correr directo hacia la cocina, abriendo y cerrando la puerta de metal en un solo movimiento.

Cuando cerró la puerta, Pablo se vio adentro de la inmensa y centenaria cocina del Asilo. Por alguna razón no se atreve a prender la luz, igual sus ojos ya se sienten acostumbrados a la oscuridad. Mira a doquier dónde esconderse: el amplio mesón en madera vieja en la mitad, el gastado horno de gas todavía con las gigantescas ollas para hacer sopas y pucheros encima suyo, las despensas con pastas, arroces, lentejas, azúcar, sal y cajas de gelatinas, las dos neveras una junto a la otra, las canastas con legumbres, plátanos, papas y frutas a medio secar, más arriba los cajones con los platos y cubiertos, y en la mesa auxiliar un par de tablas para cortar con afilados cuchillos para la carne. Instintivamente toma uno, el más afilado que encuentra, a pesar que no tiene la más remota idea de cómo usarlo. Jamás estuvo en una pelea callejera y apenas tiene la idea que para luchar con cuchillo debe cubrirse el otro brazo con un saco o algo. Siente el golpeteo de las garras abiertas del cadáver al otro lado de la puerta, empujándose para entrar de un golpe. Cada segundo cuenta la vida misma. Pablo se quita la bata de médico y la anuda lo mejor que puede en su brazo libre, con el otro toma de nuevo el afilado y largo cuchillo para cortar carne, y se esconde detrás de la última nevera, sintiéndose como uno de los antiguos cristianos arrojados a morir en el cruel coliseo de los Emperadores Romanos, casi escuchando el rugido de los espectadores en las inmemoriales escalinatas en piedra.

Al fin (los segundos antes de morir son eternos) la puerta de la cocina se abre, y entra el cadáver con la boca babeante de sangre y temblando de hambre, con los brazos enteramente abiertos como un Cristo de la Contrarreforma. Su cuerpo está tan destrozado que a través suyo se alcanza a ver la luz de la noche, como un espantapájaros en el trigal. Parece lleno de mil madrigueras por la cantidad de huecos y aberturas en su cara desfigurada y su cuerpo corrupto, apenas cubierto por una camisa y un pantalón roto. Cuando camina el inflado vientre se mueve pesado por la imposible cantidad de largos intestinos devorados, de carne arrancada de los pies y las manos, de los dedos con uñas tragados en largos bocados e incluso de pedazos de cráneo con pelo y enredados con tiras de sesos del malogrado doctor Ortiz. Pablo tiembla. Tiembla de verdad. Tiemblan sus manos y sus rodillas. Tiemblan sus ojos como una frágil carne que mágicamente le permite ver el mundo y la noche. Tiembla su corazón como una roja cometa encumbrada en el cielo de agosto. Tiembla porque sabe que va a morir. El horrendo cadáver abre su impensable boca de aserrados dientes dejando emitir un gruñido largo, a la vez de odio y de pesar, como un alma gritando desde la putrefacta carne que le encierra como el puño de Satán a la garganta de un réprobo. El monstruo mira a cada lado con sus ojos vacíos sin encontrar su presa, escondida a unos diez metros suyos. Como un sabueso olfateando el miedo de un venado en el bosque, la cosa putrefacta empina su nariz inflando sus fosas nasales, llenándola instintivamente del aire que no necesitan ya sus secos pulmones. Olfatea en fuertes intervalos los profundos olores de la cocina, del arroz todavía en la olla, de las cebollas y los pimientos, del pan de centeno y la carne de res empacada en pequeñas bolsas, como si el olor de la vida atrajera a estos monstruos del sepulcro, así como una gota de sangre derramada en el océano invita a los tiburones. Pablo siente el sonido inmundo del cadáver olfateando la cocina y mirando las paredes y el techo, mientras camina como un lento sonámbulo cada vez más cerca de él. Sabe que está a punto de identificarlo por el olor de su carne fresca y temblorosa, como un animal a punto de ser cazado en su inútil madriguera. También sabe que el cadáver está a pocos centímetros suyos por el halo a podredumbre que exhala como una tumba abierta.

Pablo ve el putrefacto caníbal pasar al lado suyo, mientras él sigue de espaldas contra la pared y al lado de la gran nevera, empuñando un largo cuchillo que no sabe manejar y con un brazo envuelto en su bata blanca de medicina, todavía empapado por sangre y bilis del primer cadáver que se había levantado en mitad de la autopsia a asesinar al doctor Ortiz. Como una marioneta de hilos invisibles, el monstruo se detiene casi en el aire, olfateando la carne temblorosa de Pablo, quien está a escasos centímetros de un abismo a punto de abrirse ante él. Ve la parte posterior de su cráneo donde bajan los finos cabellos grises apelmazados de sangre y vísceras, como un mapamundi del horror, bajando sobre su cuello desde donde se atisban las vertebras apenas cubiertas por la piel ajada y casi transparente. Pablo sabe que tiene una sola oportunidad para escapar con vida del infierno que cada vez se cierra más alrededor suyo como un sudario apretando un cadáver fresco. Apenas el monstruo avanza un par de pasos más lejos de la nevera sin dar cuenta de su presencia aún, Pablo se arroja en una veloz carrera en la mitad de la cocina en la oscuridad, enredándose con los pesados cucharones y platos que habían en el mesón, como un ave buscando la salida de la casa, sin darse cuenta por completo que el monstruo ya ha girado sobre sus talones en una curva perfecta y estirando sus largos y nudosos brazos como raíces, engarfiando sus corrompidas y quebradas uñas en la camisa del joven enfermero, que grita de espanto y dolor. Pablo avanza un par de pasos pero en cuestión de instantes, el inmenso cadáver se arroja directo contra su espalda, empujándolo de bruces contra el suelo grasoso de la cocina, llevando en su caída todas las ollas y pailas en un estallido brutal que resuena en todas las paredes como una lluvia metálica.

Pablo apenas cae al suelo se retuerce con rapidez como una sanguijuela ante la presencia del fuego, sintiendo el chasquido de los mordiscos que asesta en el aire el horrendo cadáver del veterano de guerra, intentando llevarse en cada mordisco un largo pedazo de carne. Quedan uno frente al otro, Pablo está de espaldas y el cadáver encima suyo a centímetros de su boca babeante de sangre y fétida de entrañas muertas. Instintivamente intenta protegerse de los repetidos mordiscos con su brazo cubierto con la bata, que el cadáver roe con fruición como un perro de caza. El enfermero aúlla de dolor cuando siente los afilados dientes hundirse con infinita furia en su brazo a pesar de la tela de la bata que si bien le evita desgarrar su piel, no impide las hemorragias internas por las venas reventadas a causa de la presión de las mandíbulas del cadáver. Con su único brazo libre Pablo aprieta con fuerza su cuchillo y lo clava directo al cuello del monstruo, dándole un golpe seco del que escurre la envejecida sangre espesa y sin vida por su mano hasta su hombro. Pero como si el dolor únicamente sirviera para redoblar las fuerzas del hambriento cadáver, este muerde con más fuerza el brazo de Pablo quien siente choques eléctricos que van del codo a las falanges. El putrefacto demonio con un brazo intenta detener las puñaladas que Pablo le propina, mientras con la otra intenta clavar sus uñas en su cara para enceguecerlo. En un arranque de ira y desespero Pablo golpea una nueva puñalada directo a la tráquea, hundiendo el cuchillo hasta la empuñadura, viendo como la punta de metal sobresale detrás de la nuca del monstruo, y estando allí, jala con toda su fuerza hacia su derecha en un brutal tajo horizontal, casi decapitándolo de un único golpe, dejando al entrevisto las amarillas vertebras apenas cubiertas por un líquido purulento y casi transparente, y envueltas en los rojizos tendones del cuello que abiertos parecían una intermitente fuente de sangre negra y estancada. Con el aliento apenas justo para respirar, Pablo ve como el cadáver se va quedando progresivamente quieto y estático, como alguien a quien Dios al fin ha dejado de soñar y empieza a desaparecer del mundo. Parecía un reptil hibernando al sol, pesado y corrupto, envuelto en vapores malsanos. El enfermero lo empuja de lado cayendo suavemente y quedan ambos de espaldas en el suelo, como un par de náufragos desmigajados por el mar y la sal, arrojados en cualquier playa, entrando por el cansancio a un infinito sueño profundo, hundiéndose de lleno en una pesadilla de mil rostros desencajados como buitres de aserrados picos curvos. Una pesadilla dentro de la pesadilla misma, como un esclavo que quiere soñar con la libertad, pero su imaginación es incapaz de sobrepasar los grilletes y el cadalso de la horca. Así Pablo duerme hasta que lo despiertan unos gritos inhumanos fuera de la casa:

– ¡Alfonso!, ¡Pipe está gritando!, ¡Pipe está gritando!

Todavía empuñando el cuchillo, Pablo Gutiérrez se levanta mareado por el cansancio y apoyándose en el mesón de la cocina, y se aproxima lentamente hacia la puerta de metal, respirando aliviado de haberse salvado de una muerte brutal. Camina como alguien a quien el destino le ha permitido una segunda oportunidad en la vida. Camina tambaleante por el agotador esfuerzo de haber casi decapitado un monstruo que está tendido un par de pasos atrás suyo, con el cráneo apenas colgado de cuerpo por algunos jirones sangrientos del cuello. Sigue escuchando los gritos a lo lejos, son de una mujer:

– ¡Alfonso!, ¡Pipe está gritando!, ¡Pipe está gritando!

¿Quién será Pipe?, ¿y Alfonso?, ¿qué horas serán todavía de la noche, acaso las 10 o las 11?, ¿doña Marina y don William ya habrán salido del Asilo sin él? Como el primer hombre después del apocalipsis, Pablo camina por la ruinosa cocina y abre de golpe la puerta de metal que da contra la recepción del Asilo, apenas iluminada por la tenue luz de la luna fungosa y blanca, encumbrada entre los altos cipreses y perdida en las montañas de Cundinamarca. Como una figura soñada ve a un niño de unos nueve años estático en las envejecidas gradas de madera, contemplando horrorizado y absorto el cadáver destrozado del doctor Ortiz, todavía aprisionado en la madera abierta. Le grita (cree gritar cuando por el cansancio su voz parece un susurro) desde abajo:

– ¡Niño, baja inmediatamente de ahí!

Pablo tiene un cansancio infinito en su mirada, tanto que apenas tiene espacio para desconcertarse con la respuesta del niño mirando la puerta doble, como si él no estuviera ahí presente…

– ¿Abuelo?

Con la furia y velocidad de un tigre, el monstruo que perseguía al niño entra a la casa de un salto por una de las amplias ventanas hexagonales, sin importar que los vidrios se claven en su cara y su cuerpo, abriéndole enormes agujeros. No bien cae el nuevo cadáver en la sala como un pájaro torpe atraído por la tormenta al interior de la casa, dirige su imposible mirada hacia su derecha, se incorpora rápidamente y arremete en un empujón brutal contra el débil enfermero tomándolo del cuello, y arrastrándolo hacia la cocina. Pablo apenas alcanza a abrir la boca en un grito sin voz y clava sus uñas ensangrentadas en la puerta de la cocina, como el alma de un condenado pataleando antes que el diablo la hunda en el infierno, dejando como única huella de su existencia en el mundo un arañazo sangriento en el metal de la puerta.

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