LÁZARO

Capítulo 19

– ¡Alfonso, alguien está llorando en la cocina!

Dice María Paula en un hilo de voz tan tenue que parece la última luz de sol al atardecer. El ingeniero Alfonso, su esposo, la toma de la mano, mientras se quedan absortos en silencio a medio subir en las gradas, entre la recepción y el segundo piso, tratando de escuchar algo, algo más entre el zumbido infernal de las moscas que meriendan el cadáver del doctor Ortiz. Se miran uno al otro como un par de sepultureros a la media noche. Alfonso le responde:

– Vamos a la cocina. Puede ser Pipe o mi papá.

Descienden lentamente y mirando a doquier, como si cada sombra que proyectan los ruinosos muebles con la luz de la luna, fueran pozos de infinita caída donde se perdiera completa el alma en las tinieblas. Serán acaso las once de la noche y desde hace media hora perdieron a su hijo, que al parecer huyó de una camioneta abierta de par en par, donde antes se encontraba su padre moribundo junto con un ahora enfermero muerto con la cara destrozada a mordiscos arrojado en el asiento de atrás. ¿Dónde estarán su hijo y su moribundo padre? Miran hacia el techo de la gigantesca casa, sintiendo como baja por las canaletas el agua reposada de la lluvia, arrastrando en su caída piedras, lodo, hojas y pájaros muertos.

– Vamos, mi amor.

María Paula le toma de la mano y con el brillo de los celulares encuentran el interruptor de la luz y la encienden. Los bombillos del corredor arrojan una luz mortecina y amarilla como las venas del estómago de un insecto, y como si se despertara de una pesadilla a una realidad aún más atroz, se ve la casona envejecida, rota y envuelta en un insoportable tufo a sangre, como las entrañas abiertas del cadáver de un anciano. Pero también deja entrever otras cosas…

– Mira Paula, es sangre…

– Y va de la puerta de la cocina hasta el corredor…

– Y luego regresa a la cocina…

Dice Alfonso señalando un arañazo de sangre en la puerta de metal, que es como una alargada mano y rota como una telaraña. Se escucha un llanto intermitente, como el del alma moribunda cuando todavía no tiene la fuerza suficiente para abandonar las ruinas del cuerpo al que se había acostumbrado durante tantos años. Es un llanto ahogado de querer morir y no poder.

– ¡Dios mío, nuestro hijo está muriendo!

Abrieron la puerta de metal de solo un golpe, sin importar que decenas de cucharones metálicos colgados detrás cayeran contra el piso, desatando mil ruidos en la ruinosa cocina del Asilo, únicamente para ver a escasos metros suyos un bulto inmenso arrojado en un charco de sangre fétida y estancada entre las baldosas del piso. María Paula se lleva las manos a la boca para ahogar el grito. Tiene los ojos vidriosos como si fuera a llorar. No importa haber visto más de dos mil quinientos muertos en Armero dejando su alma entre el lodo. Siempre la muerte es un impacto brutal, no importa cuántas veces la hayas de ver. Sin embargo, Alfonso intenta que ella no vea aquello que estaba recostado y muerto tras la puerta de la cocina, pero es imposible. Nada más difícil de ocultar que un cadáver. El sol y la luna los reclaman siempre.

– ¿Qué es esto, Dios mío?, ¿qué sucedió en este lugar?

La mano de María Paula tiembla de auténtico pavor apretando la de su esposo. Frente a ellos yace un anciano con la camisa abierta totalmente empapada en sangre, con un único y brutal tajo en la garganta, permitiendo ver su tráquea abierta de par en par como el vientre de un pez, en su interior brillando hermosamente por la luna algunos fragmentos de los amarillos discos del cuello, sobresaliendo entre los tendones, como las piezas de un tesoro antiguo entre las marismas del barro. Los ojos del anciano están abiertos como ostras sin perlas. Oscuros y todavía inyectados en odio. Como un tiburón disecado en una inmensa pecera de formol o como una flecha mortal suspendida en el aire.

– ¡Mírale la piel!, ¡tiene los síntomas del abuelo! Está llena de pústulas y llagas en la cara, en las manos y en los pies, ¡en todo lado!

– ¡Él era uno de los amigos de mi papá!, ¡él fue con mi papá a Corea!, ¡él estaba en la sala esta mañana!

Un tenue llanto cortó la respuesta. Provenía del fondo de la cocina, entre un camino de sangre, como si un cuerpo pesado hubiera sido arrastrado de la puerta hacia el fondo, mientras se desangraba como una bolsa de agua, entre un reguero imposible de cucharas, tarros regados de arroz, papas y legumbres por todo lado, hasta perderse en la curva final de la cocina, que da contra la puerta trasera del Asilo. De ahí provenía el llanto, de aquella esquina. Una ventana enrejada al fondo de la cocina proyectaba una luz azul, derramándose como cientos de hidras a lo largo del piso de la cocina.

– ¡Dios mío! Pero mira, hay sangre por montones hacia el fondo de la cocina…

Como corroborando cada palabra, se escucha el gimoteo de alguien llorando al final de la cocina. Es un llanto interrumpido, ahogado y triste, como si la vida de alguien estuviera escurriéndose gota a gota, sin siquiera poder defenderse. La pareja avanza presurosa hacia el final de la cocina, donde se encuentra la ventana enrejada abierta y la luz de la luna se esparce atroz como una telaraña, enmarcando un extraño cuadro de horror: Pablo, un hombre joven, con un brazo a medio envolver en una bata de médico, y con un pie descalzo, está recostado contra la pared del ángulo final de la cocina, como un borracho recién atropellado en la autopista. Tiene su boca abierta al mejor estilo de los querubines de mármol en las fuentes del Renacimiento, y de ella brota lenta un agua roja, lenta y espesa. La boca de Pablo Gutiérrez proporciona una increíble y fascinante impresión de redondez porque ya no tiene labios. En cambio tiene a su alrededor una serie de marcas de afilados colmillos, como una extraña cremallera absolutamente imposible de cerrar. Una boca convertida a mordiscos en un círculo profundo como pozo, sin lengua y casi sin dientes, explicando la notable ausencia de gritos. Pablo tiene los ojos vidriosos de miedo y las mejillas surcadas de amargas lágrimas. La sangre baja babeante en hilos y sin sentido sobre su pecho, cubriendo parcialmente un escapulario que cuelga de su cuello, y allí como si fuera un río desembocando en el mar, se encuentra con el bajo vientre enteramente abierto a zarpazos y sus intestinos expuestos como extrañas frutas grisáceas y rojizas. A su lado enteramente de espaldas, hay un ser oscuro y corpulento de cabellos revueltos, que parecen de oscura plata a la luz de la luna, con su camisa a cuadros manchada de sangre negra a la altura del pecho, arrodillado como una bruja hambrienta escarbando con sus afiladas manos el estómago de un huérfano. La voz de María Paula es apenas audible, entre el sonido de la carne desmigajándose entre las manos y la boca del monstruo…

– ¿Qué diablos es eso?

Las fotos tienen un único propósito en el mundo: permitirnos ver el proceso de nuestra decadencia para no impactarnos con los resultados finales. Cuando un hijo se va de la casa y regresa hecho un hombre nos sentimos incómodos ante su presencia, porque lo percibimos como un extraño, a pesar de saber quién es. Es como ver al trasluz dos mapas de distintas fechas de una misma ciudad. Por eso necesitamos ver los álbumes de fotos, para no evitar que nos atropellen los constantes cambios del mundo. Te tomas mil fotos con tu celular al mes en tus fiestas, en tus vacaciones, en tus almuerzos, en los centros comerciales, en las visitas familiares, frente al espejo, de frente, de lado, sonriendo, fingiendo sonreír, intentando sonreír, ensayando una pose nueva. Mil fotos que subes en tus páginas de facebook para inconscientemente recordar cada instante de la banalidad de tu vida, como un cadáver fotografiándose a sí mismo para no perderse de vista en el largo proceso de su corrupción. Mil fotos marcadas una a una, como Hansel y Gretel arrojando piedritas para regresar del bosque de niñitos muertos a la casa de donde los arrojan para morir. Mil fotos, mil piedritas para regresar en la memoria. Nunca saldrás del bosque de los niñitos muertos y no podrás recuperar en una foto el instante perdido, como tampoco se recupera la sangre derramada en la primera puñalada. Pero lamentablemente solo podemos fotografiar nuestros procesos vivos, los días inciertos de la infancia, los días de dolor y decepción de la adolescencia, los días de frustración y resignación de la madurez, y los días de soledad y enfermedad de la vejez. Jamás podemos fotografiar el proceso de los días de nuestra muerte que son los más largos y sorprendentes, las de tu carne hecha escombro y el escombro hecho polvo, las de tus uñas que no paran de crecer y se enredan en tus falanges como afiladas hidras, la de tu pelo que te envuelve como un cordón umbilical que te atará por siempre a la noche que te consume como un hambriento útero con paredes de salitre y mortecina. Esas fotos podrían aterrarte y pensar que ese escombro no eres tú. El monstruo se dio la vuelta por completo, mirando fijamente a la pareja desde el vacío de sus ojos muertos.

– ¿Papá?…

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