LÁZARO

Capítulo 2

– Mi teniente Aguirre, ¿si vamos en dirección correcta? Siento que estamos totalmente perdidos.

Ya no importaba mirar o no la brújula o el mapa, era como estar en una tierra maldita bajo la luz de una luna amorfa que se consumía entre su propia tiniebla. Nos sentíamos abandonados de toda patria en un país extrañamente similar al nuestro, de montañas altas y oscuras, de vegetación indómita y de hojas afiladas, pero a la vez profundamente distinta, como quien se arroja al otro lado del espejo y encuentra al revés sus propias cicatrices. Llevábamos perdidos más de treinta horas, sin el menor contacto con el campamento base ni el escuadrón con el que acabábamos hace casi dos días de tomar el Old Baldy. Sentíamos constantemente la presencia del enemigo, así como un enfermo siente la respiración de la muerte en cada vaso de agua que bebe. Así sentíamos la muerte presente en el chirrido largo y agudo de las alas de los grillos en la vegetación, en el vaho enfermizo que se levanta del lodo pútrido de estas montañas, en las marcas de las piedras antiguas que pisábamos, como perdidos talismanes de un mundo soñado milenario y atroz. Ya las bebidas se habían acabado hace varias horas y ni qué decir de los alimentos. De hecho bebíamos el agua lluvia a lengüetazos contra el limo de la piedra de las montañas, y comíamos algunas plantas de agua similares a las que crecen en Cundinamarca y tienen un sabor amargo pero que calma por instantes la sed. Nada peor que la sed, que es como un muerto que va creciendo desde tu garganta hacia tus brazos, tus piernas, como un monstruoso feto de largas uñas y enredado en su pelo, que va aruñando, destrozando y alimentándose de ese rojo sepulcro que es tu propio cuerpo vivo. Esa es la sed y nos estaba matando lentamente.

– Vea! Sargento Rojas, vea! Hay una luz a doscientos metros. Parece una casa habitada.

A lo lejos, casi diminuta, se veía una luz temblando como una luciérnaga en su primera noche. No habíamos visto población civil en nuestro recorrido y esta sería la primera casa donde podríamos pedir posada. De hecho, gran parte de la población civil eran campesinos atormentados por el régimen comunista, despoblados de sus tierras y sus reses, abandonados por la ley y el gobierno y con un largo histórico de horrores perpetrados contra ellos por los grupos insurgentes: constantes robos de cosechas y animales de granja, hijas violadas impunemente hasta matarlas o enfermarlas, hijos con las manos amputadas sólo por saber escribir y leer, fusilamientos y torturas a doquier. Por eso en muchos aspectos, nos sentíamos en nuestra patria. El dolor y el sufrimiento nos hermanaban con un país tan extraño, sin embargo…

– ¿Y sí será una casa amiga…?, ¿O una emboscada, mi “lanza”?

Pregunta con su marcado acento santandereano mi subteniente García. La respuesta es simple porque es la única:

– Que vaya Ramírez que entiende esa lengua y pregunte… Nosotros vamos detrás y lo cubrimos a treinta metros de distancia.

Así avanzamos como lobos moribundos hacia la temblorosa luz que a esa hora intermedia entre la noche y el amanecer, donde las oscuridad se hace más negra aún, como una espesa tinta rodeándonos, que nos ocultaba enteramente hasta el punto de sentir que caminábamos despojados de toda carne, como almas en pena arrastrándonos hacia una casa para sembrar el horror y el espanto. Caminábamos en total silencio, no escuchábamos nuestros fusiles automáticos aún apuntando hacia la puerta de la casa cada vez más visible en ese cuadro de oscuridad total, tampoco sentíamos nuestros pasos sobre la hierba y las piedras, solamente se oían los latidos de nuestros corazones, lentos, pesados y temblorosos, como rojas frutas a punto de ser cortadas y servidas en un banquete inmemorial.

La casa era de una sola planta baja como las de nuestros pueblos, y con el techo plano de tejas pobres y remendadas con plásticos que se elevaban con el viento de la noche, como la cabellera gris de una mujer enloquecida. Alrededor de la casa había una pequeña huerta con legumbres arrancadas de raíz, con furia y desprecio, matando toda conexión con la tierra, para que no nazcan de nuevo. Esas son las pisadas de la guerra que donde pone su pie no retoña la fruta ni palpita de nuevo la sangre. Son huecos en la tierra llenos de moho y hongos alrededor de la casa, donde antes hubo una huerta. Se ven los pocos corrales en madera quebrados a golpe de culata de fusil. Se huele la sangre, ese tufo a potasio mezclado con chamusquina. Es apenas obvio que hace unos días pasó un escuadrón, ¿nuestro o de ellos, los chinos?, y mató y devoró estas gallinas. Hay matas endebles sembradas en latas de té y gaseosas. El ambiente que rodeaba la casa era desolador y desde esa casi única ventana enrejada brillaba una lámpara de aceite, como un insistente ojo abierto en una carne muerta. Así se veía desde los treinta o cuarenta metros donde aguardábamos escondidos tras los árboles, mientras nuestro único intérprete golpeaba suavemente la puerta, esperando una posada o una emboscada mortal.

Un golpe suave en la puerta.

Dos golpes.

El silencio.

Un golpe más.

Unos pasos apresurados.

La puerta se abre y la luz interior se derrama sobre la huerta que rodea la miserable casa escondida en las montañas. Nuestros ojos se van aclarando lentamente con la luz mortecina que iluminaba esa noche de infinita oscuridad, porque hasta en la noche más profunda un cabo de vela ilumina tanto como un sol. La figura en la puerta era una anciana coreana de mediana estatura, con los ojos casi inexpresivos entre las muchas arrugas que cortaban su rostro anguloso, envuelta en una túnica oscura y de muchos ropajes que imposibilitaban entender su contextura, y con las manos alargadas sobre un nudoso bastón. Bastó una sola mirada para entender que éramos los invasores, los gringos, los americanos que estaban en sus tierras, y ni para qué explicarle que nosotros éramos colombianos, abandonados en mitad de un conflicto y que estábamos perdidos y necesitábamos agua y comida inmediatamente para poder continuar. La mirada fue larga y casi inexpresiva. Sólo habían dos posibilidades: nos ofrecía posada o podía gritar y alarmar a cualquier enemigo a la redonda. Cuando terminó la mirada, ya habíamos caminado desde los árboles hasta su casa, quitándonos los cascos en señal de cortesía y humildad. La anciana sonrió y nos hizo un ademán con la mano que siguiéramos, mientras algo le decía a Ramírez, el interprete.

– ¡Mi teniente, que sigamos rápido! Que nos da posada esta noche.

Entramos casi agachados por la pequeña puerta, como niños entrando en una casa de juguete. Allí estaba la lámpara de aceite sobre una amplia mesa de madera, brillando como un ángel de oro líquido durmiendo de pie y abrazado entre sus largas alas, sin importarle las tinieblas que lo rodeaban. Las paredes eran en ladrillo casi negro y la casa mucho más grande de lo que parecía desde lejos, a pesar de ser de una sola planta. Al fondo se veía una puerta que seguro conducía a un amplio zaguán, al estilo de las de Antioquía, desde donde provenía el olor fresco de las matas aromáticas y las enredaderas. Nos sentamos alrededor de la mesa, mientras la anciana corría la lámpara de aceite hacia un humilde nochero. Al cabo de unos segundos se sentó con nosotros en total silencio. Ninguno había cruzado una sola palabra desde que entramos a la casa. La anciana mira lentamente nuestras caras, descubriéndolas distintas a las de su patria, o tal vez recordando en nuestros rostros alguno de los muertos de esta guerra. Va a hablar algo, pero se detiene, suspendiendo sus delgados labios en un instante, como una mariposa nocturna dormida en pleno vuelo de verano. Agudiza sus sentidos para escuchar más allá de la casa, esa naturaleza indómita de profundos pantanales y árboles de alargadas ramas. Nada se escucha. Al fin habla pausadamente, marcando bien cada una de sus vocales, mientras Ramírez la va interpretando lentamente y mirándola a su boca, casi en perfecta sincronía, como un médium tomando los irrevocables dictados de un muerto.

Dice que: “se siente agradecida que seamos nosotros quienes hayamos llegado a su casa”… “que su familia ha sufrido muchas maldades por parte de los soldados chinos y de Corea del Norte”… “que vive sola desde hace muchos años en esta casa abandonada en las montañas”… “muy lejos del pueblo más cercano”… “anteayer pasó un escuadrón chino y mató sus gallinas y dañó sus legumbres”… “pero que guardó algunas provisiones en el patio y que nos va a preparar comida”… “que no le hagamos daño ni le robemos su hogar”… Le sonreímos para darle a entender que no somos hostiles. Ella nos mira cada vez con más cuidado, como detallando nuestros rostros, y baja humildemente su cabeza, mientras nos deja en su casa y ella camina entre la oscuridad sosteniendo un velón, y se pierde en la puerta que da hacia el zaguán, de donde provenía el dulce olor de las plantas aromáticas.

Así esperamos casi una hora o más en silencio, con nuestros rostros iluminados por la lámpara de aceite, una decena de hombres diezmados por el hambre y la sed, con las ropas revueltas en lodo y plantas, sentados temblando por el frío mientras aguardábamos por un plato de sopa.

Al rato apareció la mujer con los dos primeros platos de sopa hirviendo. No sé si olía bien o no, pero el hambre era cuestión de supervivencia. El plato hondo era un burbujeante amasijo de raíces negras, hierbas y pedazos de carne, creo que de ternera o cerdo silvestre porque era blanca y suave. No habían cubiertos e íbamos bogándonos esos platos y despedazando la carne en amplios bocados. Los primeros platos eran en barro y los últimos dos eran ya en latas de galletas o té. Los devoramos en segundos, y de hecho la anciana nos ofreció repetir, cosa que hicimos sin dudar. Era tanta el hambre y el desespero que más tardaba ella en ir al zaguán a servir la comida que nosotros en tener los platos y las latas enteramente vacías. Las relamíamos sin pudor porque nos estábamos muriendo de hambre. Casi instantáneamente después del banquete empezábamos a sentir calor en nuestras extremidades y sonreíamos los unos a los otros y nos palmeábamos suavemente la espalda. Hace muchos meses no sentíamos esa rara felicidad de estar vivos. Incluso, me pareció que la anciana también iba retomando más color en su rostro, tenía los ojos más abiertos y había en ella una pizca de alegría. Fue un raro instante de fraternidad, de humanidad en la brecha que abre la guerra entre los países.

Mientras la anciana recogía el desorden dejado en la mesa, me levanté unos instantes y me dirigí hacia la puerta del zaguán atraído por el olor de las matas aromáticas que en parte me recordaban la casa de mis abuelos en Antioquia, donde me contaban los relatos de la Madremonte y el Mohán, mientras comíamos mazamorra con panela. Así entré sin el velón a la oscuridad de aquél patio. Efectivamente era casi como lo imaginaba desde el comienzo: amplio, profundo y lleno de plantas de enredaderas. Al fondo asomaba unas dos puertas que seguramente llevaban a otros cuartos o a la cocina misma. Avancé siete metros más para curiosear su interior y todos parecían pesebres, pero uno de ellos estaba levemente iluminado por varias pequeñas velas dispuestas en el suelo. Decidí entonces entrar, y ese fue mi primer paso hacia un territorio poblado de pesadillas y horrores más allá de este mundo.

Me acerqué dos pasos más a la habitación y vi que las diminutas velas estaban alrededor de un cuerpo amortajado entre unas sábanas blancas y roídas, empapadas en sangre seca, y anudado como un tenebroso capullo en ambos extremos de lo que podrían ser su cabeza y sus pies. Parecía una humilde sala de velación por la cantidad de colgandejos y largas hierbas que rodeaban el sudario, que no tendría más de un metro y medio de largo.

Con el aliento sostenido y los ojos abiertos en la oscuridad empecé a rodear lentamente la figura blanca que por la luz de las velas, cada vez me parecía más y más empapada en sangre, como si estuviera sangrando desde su interior. Mis pasos eran más lentos y difíciles en aquella improvisada cámara mortuoria. La luz de las velas temblaba suavemente con el débil frío de la madrugada que ya estaba por llegar en un par de horas. El piso de la sala era casi tierra pura y estaba lleno de líneas trazadas como por ¿un bastón o algo similar? Mirando de una esquina a otra del cuarto, parecía una mezcla de caracteres antiguos o símbolos matemáticos o ambos quizá. Levanté la mirada y en las paredes de la cámara mortuoria continuaban los caracteres subiendo desde la tierra hasta encontrarse en el techo como una telaraña de horrendos grabados y números, que partían como largos y negros tentáculos del sudario cada vez más cubierto de sangre.

No pude soportar más el horror, tomé mi cuchillo y rasgue las telas de un solo golpe y apenas pude evitar el grito, el infinito grito que hubiera querido proferir aquella noche, los largos gritos que hubiera desgarrado si no supiera que de mi silencio dependía la vida de mis hombres. Ese sudario de sangre, ese capullo de horror de sábanas revueltas, guardaban en su interior el cadáver del niño al que habíamos disparado a su pecho por error hace unas noches, pero su estómago estaba prácticamente vacío como una alacena saqueada, y con las costillas enteramente abiertas como un panal. No tenía adentro corazón, pulmones, hígado, intestinos, riñones, ¡nada!, ¡absolutamente nada!

Vi entonces sobre la tierra un rastro de sangre que salía de la cámara mortuoria del velado niño asesinado por nosotros, y que seguía hasta otra de las puertas del zaguán. Entré corriendo y ya sin dudarlo encendí la linterna. Ese otro cuarto era la humilde cocina de la casa, llena de ollas de barro, utensilios de madera por doquier y al fondo, como recostada contra la pared y con el fuego de la leña ya apagado, yacía una gran caldera oscura con raíces y legumbres. Caminé lentamente hacia ella, como quien va a recibir una revelación. Me acerqué al borde de la caldera, con la boca temblando de miedo, y ante lo que vi, tuve que arquearme de las nauseas y el vértigo, para no caer de bruces a la tierra. Entre el espeso caldo de las raíces, se levantaban como extrañas cuerdas las vísceras del niño muerto, los azules intestinos retorcidos y los despedazados y negros retazos de su hígado y el páncreas, como en una horrible visión del banquete de primitivos dioses.

Apenas me pude incorporar, salí corriendo de la cocina, atravesé el patio y a la luz de la lámpara de aceite vi a mis hombres todavía sentados en la mesa, satisfechos del festín, y mirando como sin entender mi rostro revuelto por el horror y la infinita nausea. A diferencia de la primera vez, esta vez veía perfectamente claro el piso de la casa, y debajo de la mesa también se veían los mismos caracteres y grabados matemáticos de la sala mortuoria, como saliendo desde el piso, subiendo por las raídas paredes hasta llegar al techo. Estábamos inmersos en un extraño ritual concebido desde quién sabe qué tiempos lejanos y con qué motivos inhumanos y aborrecibles. Le grite a la anciana, ya sin importar que pudieran o no descubrirnos el enemigo acechante, casi aullándole en su rostro malvado que no dejaba de sonreír.

– ¿Qué putas nos hizo comer????, ¿qué nos hizo comer?????, ¿qué diablos nos hizo comer, maldita puta bruja del demonio???

– ¿Qué pasó mi teniente?, ¿qué pasa?

Me cogían mis “lanzas”, que me calmara, y yo más gritaba enloquecidamente y la maldita bruja no dejaba de sonreír mientras me miraba fijamente.

– !!!!!!La perra esta nos hizo comer la carne del niño que matamos anteanoche por error!!!!! ¡Ramírez, hágala hablar!

Mi cabo Ramírez le gritaba en su imposible idioma y la anciana solamente sonreía satisfecha, como un demonio que acaba de cebar la carne negra de un cadáver y se dispone al dulce sueño. Todos le gritábamos y la empujábamos de un lado a otro, como una góndola, como un ave borracha que se tambalea en altamar. Pero la anciana sólo se reía frenéticamente, como si la única respuesta a hacernos comer la carne de un muerto fuera la risa, la infinita risa.

– ¡!!!!Deje de reírse, maldita bruja y diga qué putas hizo con nosotros!!!

Uno de mis hombres enloquecido de ira cogió su fusil y le asestó un golpe tremendo al estómago de la bruja que la hincó de rodillas, con tanta furia que debió haberla casi reventado por dentro como una bolsa de agua, porque apenas levantó su rostro cadavérico y todavía envuelto entre los negros ropajes, tenía la boca babeante de espesa sangre en largos hilos que escurrían sobre su pecho. Sólo ahí, en ese maldito instante, murmuró una larga, muy larga frase, marcando cada palabra, cada vocal, mirándonos fijamente con un odio superior a cualquier fuerza en este mundo, como imprimiéndonos a fuego una frase para no olvidarla nunca en nuestras vidas, como un sello imborrable forjado en el hierro de los más bajos infiernos.

– 너희의 육신의 살을 먹 / 네 죽은 자의 육체 / 무한 굶주림 / 죽음과 함께 아무리 많아도 끌 수가 없는 너희의 육신의 살을 먹 / 네 죽은 자의 육체 / 무한 굶주림 / 죽음과 함께 아무리 많아도 끌 수가 없는 너희의 육신의 살을 먹 / 네 죽은 자의 육체 / 무한 굶주림 / 죽음과 함께 아무리 많아도 끌 수가 없는  너희의 육신의 살을 먹 / 네 죽은 자의 육체 / 무한 굶주림 / 죽음과 함께 아무리 많아도 끌 수가 없는 (*)

El único que la pudo entender esa salmodia fue mi cabo Ramírez, el intérprete, el joven que dictaba clases en La Candelaria, el que era culto de nosotros, pobres campesinos y zambos, el más pacífico de nosotros, quien se acercó a la anciana agonizante que ya no tenía en su boca una sonrisa, sino un macabro gesto de rencor. Ramírez se acercó lentamente con las manos temblando de pavor y odio, mientras la anciana seguía repitiendo su larga salmodia una y otra y otra y otra vez, y entonces levantó la culata de su fusil y le asestó un golpe brutal a la cabeza de la bruja, destrozándola como una fresca y roja calabaza que se parte en mil pedazos, dejando un amplio estallido de sangre contra la tierra. Salimos corriendo de aquella casa atroz, con la anciana muerta y el niño destazado, casi sin mirarnos, apenas iluminados con la primera luz del amanecer, caminando hacia las montañas que clareaban con el día y todavía envueltas en la niebla.

– Ramírez, ¿qué era lo que decía esa mujer cuando usted le reventó la cabeza?

Sin mirarme a la cara, y con un gesto de tristeza y resignación, como si estuviera embebido en las sombras de ahora y para siempre, me contestó temblando como un niño:

– Mi teniente… ¿Cómo decírselo fácil? Lo que la perra esa decía una y otra vez era que la muerte sería siempre nuestra cosecha… Y que esa cosecha jamás satisface el hambre eterna…

(Al cabo de unos días encontramos la presencia de la Cruz Roja Internacional que nos regresó al campamento base. Unos meses más tarde estuvimos de regreso en la oscura Bogotá, para afrontar la crisis económica y el desempleo absoluto).

(*) Traducción: comerás la carne de tu carne / la carne de tus muertos / con infinita hambre / que no se sacia con la muerte

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