LÁZARO

Capítulo 21

 

– ¿Pipe estará en el segundo piso?

– Es probable que se haya escondido en uno de los cuartos de arriba, Alfonso… No sé…

María Paula y Alfonso ven desde la recepción las sinuosas y envejecidas escaleras de madera donde se asoma como un montículo de carne y sangre el cadáver del doctor Ortiz coronado por una nube de moscas y zancudos, y detrás suyo en la cocina escuchan los pasos apresurados de don William buscando los galones de gasolina para prender la envilecida casa donde los muertos se levantaron para alimentarse de los vivos. Serán ya casi las doce de la noche o más y el frío de las montañas en Cundinamarca se cuela por las ventanas hexagonales y rotas de la puerta, exactamente por donde hace algo más de una hora pudo ingresar un niño de nueve años y minutos más tarde, abruptamente el de un demonio enfermo de maldad que en cuestión de segundos supo cobrar la vida del enfermero Gutiérrez, quien acababa de dejar toda su fuerza en el desesperado intento de decapitar el cadáver que le perseguía como un sabueso en la cocina. Así eran las cosas ahora, así de simples y brutales como un puñetazo en plena cara. No encontraban a su hijo y don Alfonso acababa de ver al monstruo de su padre devorando los largos intestinos del moribundo Pablo Gutiérrez, minutos antes de ver cómo don William estrellaba su cabeza con un extintor para salvar a su esposa María Paula de caer en las afiladas garras de quien un día fue un honorable veterano de guerra del Batallón Colombia. Así eran las cosas ahora, así de simples y brutales como una puñalada que abre el vientre de un solo tajo.

– Subamos María Paula, toca encontrar a Pipe antes que ese loco le prenda fuego a la casa…

Afuera del Asilo se levanta la neblina a esa hora en las veredas de Cundinamarca, que es espesa y fantasmagórica como el vapor pesado y fétido que se desprende de los sudarios frescos. Adentro de la inmensa casona era una mezcla de olor a sangre derramada y del sonido taladrante de las mandíbulas de la mosca devorando la carne muerta, y las luces parpadeantes de la electricidad que hace que la realidad misma parezca incontinua, a cuenta gotas, como un veneno antiguo. Alfonso y María Paula suben lentamente las escaleras envejecidas, como un par de réprobos avanzando hacia el patíbulo que les espera con los palos bien templados de la horca. Caminan temblando de horror sin saber dónde está su hijo, ¿acaso estará muerto y destrozado en algún oscuro rincón?, ¿temblando de miedo tras una puerta y sin poder gritar?, ¿en los salones de abajo donde antes estaba su abuelo, el veterano de guerra, o en las oficinas del segundo piso?, ¿dónde?, ¿dónde?

– Esto es de locos, Alfonso, esto está mal. Muy mal…

Susurra María Paula en un hilo de voz detrás de Alfonso, mientras ven el cadáver destrozado del doctor Ortiz, como un insecto al que un niño caprichoso le haya arrancado una a una todas sus patas. Tiene el cráneo abierto a martillazos y la sangre seca y empotrada en los restos de su pelo, y uno de sus ojos está vaciado por completo como una cueva de amenazantes tinieblas. Una de sus piernas está inflamada por una hemorragia interna y apretada con una correa, mientras que uno de sus brazos está casi enterrado entre la abierta madera de la oscura escalera que conduce al segundo piso, donde están las oficinas administrativas del Asilo y al fondo una pequeña sala de autopsia donde floreció el primer atisbo del Mal hace unas horas, despertando de su antiguo sueño un hambriento cadáver dotado de una malignidad y odio insospechado, mientras sus antiguos compañeros de guerra empezaban a morir en sus habitaciones para luego despertar para siempre.

– María Paula, no mires…

Le dice Alfonso, pero el horror no necesita ser mirado para ser comprendido. También el horror se escucha y el sonido de la pesadilla es devastador. Las casas siempre están vivas, especialmente aquellas que están deshabitadas. En el Asilo a veces se escucha una ventana abierta que azota monótonamente el viento contra la pared como una veleta. Las maderas crujiendo por la presión natural de la casa, como un cocodrilo levantándose de su nido y pisando pedazos de huesos y cráneos secos. Se escuchan sobre el tejado las goteras del agua estancada en las canaletas, cayendo espectrales y fantásticas como las últimas gotas de sangre inundando un corazón muerto. El titilar de los bombillos que parece una suma de pequeños relámpagos, que dan la bienvenida a las apariciones súbitas. Las casas siempre están vivas, especialmente aquellas que están deshabitadas. Casas llenas de fantasmas respirando tras las paredes como rumiando su odio y venganza hacia los vivos. La cal que se despedaza lentamente de las paredes como una implacable lepra de la decrepitud. La madera humedeciéndose y llenándose de hongos invasores en franjas completas del piso, que a cierta hora de la tarde por el calor de Bogotá, levantan un leve vapor condensado de humedad y decadencia. Los espejos que se van agrietando como una puerta que se abre para dar paso a los habitantes más antiguos de la casa, porque todo espejo roto es una puerta abierta a las tinieblas del más allá, rebosantes de espectros hambrientos de vida y siempre dispuestos a colarse en nuestro mundo a través de la más mínima rendija: una grieta en el espejo, la sal derramada, una tijera abierta bajo la almohada, una foto cortada en pedazos, una planta muriendo y secándose bajo el sol. Las casas siempre están vivas, especialmente aquellas que están deshabitadas, porque tú nunca, nunca has dormido realmente solo. Así atravesaron como dos almas María Paula y Alfonso el infierno de las escaleras, hasta llegar al segundo piso, todavía a oscuras, y donde todavía se reposaba el olor a sangre. Apenas iluminando con la linterna de los celulares, para encontrar el interruptor de luz para poder ver este nuevo territorio del horror y la maldad del segundo piso del Asilo…

– Alfonso, ¿qué es eso?

María Paula siente un frío recorriéndole la espalda, inunda sus helados pulmones como una cascada de hielo puro de los nevados, haciéndose arcadas de nausea que bajaban de su garganta hacia su estómago y viceversa, ante el nuevo espectáculo: el cadáver de una mujer morena, Ángela María, sobreviviente de la masacre de El Salado, arrodillado todavía frente a un monstruo desnudo y destazado con los ojos llenos de tiniebla, que tiene una de sus afiladas manos clavada en el rostro destrozado de su víctima, y ambos a su alrededor se encuentran en un pozo de sangre y entrañas, de gruesos intestinos derramados y cabellos arrancados dolorosamente. De fondo se ve el resto del corredor rematando en la pesada puerta de la sala de autopsia abierta estrepitosamente.

– Puta sea, ¿qué es esta mierda de lugar?

Mientras el ingeniero prende el interruptor, llenando de la mortecina luz el amplio corredor a izquierda y derecha, viendo de frente el horror de ambos cadáveres enredados en una infinita lucha por sobrevivir la una y por alimentarse el otro.

– Por Dios, ¿dónde estará Pipe?

Como si el universo escuchara de tanto en tanto nuestros más profundos ruegos, se escucharon unas rápidas pisadas subiendo del primer piso al segundo. Aunque no necesariamente el universo concede lo que verdaderamente se le pide, como un monarca cruel que da la dicha del pan con una mano y con la otra corta de golpe la garganta de quien lo come.

– ¡María Paula, son pasos!, ¿Escuchas los pasos? Alguien corre por las escaleras.

– Justo hasta nosotros…

Los pasos cada vez se escuchan más cerca. Son pasos seguros y decididos. La pareja retrocede temblorosa hacia el pasillo, que remata unos sesenta metros al fondo en las escaleras de seguridad. Incluso, en los peores momentos, puede haber algo de luz. Cuando nada importa. Cuando no vale de nada gritar o llorar o suplicar. Cuando nos hundimos de bruces en el fango y la miseria, donde jamás condesciende la mirada de los dioses. Cuando todo está perdido, es el tiempo de los milagros, el margen para lo inesperado…

– !Hijoooooooooooooooooo!

– ¡Mamaaaá!!

Pipe sube ahogado de la carrera desde el salón de los veteranos de guerra hasta el segundo piso, apenas escuchó las voces de sus padres, como una joven luciérnaga buscando la luz en medio de la oscuridad, corriendo por la escalera en medio de la pesadilla, hasta llegar a los brazos de su mamá. Quien abraza a su mamá, también está abrazando al mundo entero. La primera palabra en el mundo y la última también será “mamá”. El niño abraza a su mamá como en la mitad del infierno, y siente otra vez el calor inundado su cuerpo de pequeño pájaro en la lluvia. Abrazar a la mamá es abrazar la vida, es afirmar la voluntad de permanecer vivo. María Paula le acaricia su cabello dulcemente, despejándolo de hojas secas y sangre fresca. Un gesto infantil en la mitad de un campo de muerte. Pipe sonríe por un par de segundos y en ese instante recuerda los juguetes que María Paula le compraba en el centro comercial de Cedritos, cuando lo recogía en el paradero del bus sin importar la lluvia o el sol, cuando le enseñaba operaciones de matemática jugando herradura en la cancha de basquetbol, la promesa que para este cumpleaños le iba a obsequiar un cachorro para salir a jugar al parque. Un instante de luz en la oscuridad brilla tanto como un sol. Un gesto de amor en mitad del infierno puede cambiarlo todo. Una gota de luz puede llenar la oscuridad. Una lámpara de aceite puede iluminar al mundo. Una sonrisa puede cambiar al mundo. Es un abrazo fuerte. Mamá e hijo. Parece un naufrago aferrado a una tabla en mitad del mar. No hay mejores metáforas para ese abrazo. Abrazar a la mamá realmente es abrazar el mundo. Los ojos del niño están temblorosos. El papá se agacha para quedar a la altura de sus ojos, y le pregunta susurrante, tomándolo de la mano:

– Hijo, ¿qué fue lo que te pasó?, ¿huiste del abuelo?

– …….

Nunca hubo respuesta. Un quejido largo, ahogado y profundo ascendía espectral y ululante desde las escaleras. Y detrás, una legión más.

 

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