LÁZARO

Capítulo 22

– ¿Qué mierda son esas cosas?

– Alfonso, mejor retrocede lentamente.

Sentencia gravemente María Paula mientras toma de la mano a Pipe, retrocediendo lentamente como si la lentitud pudiera hacerlos invisibles. Desde el fondo del pasillo y subiendo por las escaleras, avanzaba la legión de monstruos, apenas iluminados por la luz de los bombillos de sesenta bujías. Una luz casi blanca, enfermiza y como de hongos. Esa luz que tiene la blancura espantosa del vientre del tiburón y la traslucidez de los gusanos de las criptas. Los cinco monstruos avanzan de un modo atroz, lentos e inconscientemente seguros de sí mismos. Como criaturas de un nuevo mundo que ahora les pertenece. Invulnerables y corrompidos. Imparables y monstruosos. Cinco putrefactos demonios avanzando a distinto compás, porque la degeneración se expresa de distintas formas. Los rostros y las extremidades retorcidos por el rigor mortis, permitiendo muecas imposibles, las bocas abiertas más allá de lo imaginable y las articulaciones de las manos enredadas en sí mismas, como nudosas y fantásticas raíces de endiablados árboles. Los rostros verdes y casi irreconocibles por las pústulas abiertas, como celdas en un panal de horror, donde apenas se entreven los ojos muertos abriéndose entre los párpados inflamados y gruesos, como abismos de tinieblas. Las pupilas deshechas y vidriosas. Sin ninguna luz ni humanidad en ellas. Algunos tienen los ojos mirando hacia atrás, atenuando la maldad en su mirada hueca. Muchos de ellos se ven inflamados y pesados, con sus gruesos abdómenes a punto de estallar, entre la camisa abierta, a razón de los líquidos espesos y a medio estancar que se desplazan dentro de ellos, sin la menor escapatoria, como un fango de sangre y entrañas almacenado perpetuamente en sus cuerpos. Abren las bocas espasmódicamente, dejando escurrir aquello que les ahoga en su interior. Pareciera que les aliviara ese movimiento involuntario. Caminan con dificultad, como si a cada paso que dieran, pudieran estallar en el aire, soltando al fin ese mar corrupto que llevan dentro carcomiéndolos y hundiéndolos en la más absoluta degradación. Encorvados la gran mayoría, dejando sus manos colgar como inertes, a la altura de sus tobillos. Casi tambaleantes y apoyándose de las paredes, como ebrios de maldad y muerte. Uno de ellos se arrastra con dificultad, apoyándose de sus codos como un extraño pez fuera del acuario. Se nota que tiene la espalda abierta a mordiscos y algo le ha sucedido en sus piernas, que rematan en un par de muñones secos en sangre. Parece el sobreviviente de un acto de canibalismo entre ellos mismos al no encontrar más carne fresca en el Asilo. Uno más adelante que parecía un hombre alto desde lejos camina a pasos lentos y de sus fauces rotas y astilladas escurre como una sangrienta soga un largo cordón umbilical que seguramente conduce a los pedazos informes de lo que ya no es Natalia o Andrés reposando en el inmundo vientre del horrendo cadáver. Y otro monstruo avanza a cuatro patas, como un lobo enorme y monstruoso, con la mirada muerta, y lleva en su boca un atroz trofeo enredado de sangrientos cabellos castaños…

– ¡Dios mío, Alfonso!, ¡tiene en la boca una mano!

Pipe con un sobresalto en el corazón, recuerda el color del cabello de la enfermera escondida bajo la cama. La mano destrozada y casi en los huesos de doña Marina, la enfermera servida en el Banquete de los Dioses en la sala de los veteranos. El cadáver la relame gustoso y la tritura lento y fuerte con sus dientes afilados, como un exquisito gato engolosinado con los restos de un pájaro muerto. La legión de monstruos parece surgida del célebre cuadro de Rembrandt sobre las lecciones de anatomía de Nicolás Tulp, donde el anatomista y sus alumnos abren el cadáver de un ladrón para examinarlo, y el pintor exhibe toda su maestría en las gamas de blancos, negros, rojos y verdes de las entrañas del hombre muerto. “Constatad la maravilla mecánica de esta máquina de Dios”, decía el célebre médico Nicolás Tulp a sus alumnos. Es dudoso que hubiera dicho lo mismo de esta galería de cadáveres acercándose hambrientos, harapientos y temblorosos a la media noche.

– Retrocede, Alfonso, retrocede de una maldita vez…

La pareja retrocede tomando al niño de las manos. Parece un nido de polluelos tratando de defenderse de los gavilanes de picos afilados. El pasillo es largo y está lleno de puertas cerradas de las oficinas administrativas del segundo piso. Alfonso sin dejar de mirar hacia atrás intenta abrirlas con fuerza, con auténtico desespero, apretando sus manos en las manijas de metal y haciendo presión con su pierna contra la pared. Pero no abre. No abre. Están cerradas con llave.

– ¡María Paula, no abre esta puerta!

Avanzan cinco o diez metros más los tres buscando la siguiente puerta. Parece que conduce a la droguería donde están todos los medicamentos para los pacientes del Asilo. Alfonso intenta abrir la manija. Tampoco abre. María Paula intenta con su cédula probar si la puerta cede, pero nada. Pipe mira el esfuerzo y angustia de sus papás por abrir las puertas con sus ojos agigantados de miedo.

– No abren, no abren, no abren estas putas puertas…

Grita María Paula con toda la angustia de cada vez ir agotando las posibilidades a lo largo del corredor. Todas las puertas del pasillo están cerradas y cada vez la legión de cadáveres está más cerca, haciendo sentir su halo críptico y carnicero…

– No puedo respirar, me voy a vomitar mamá…

– ¡Alfonso, trata de abrir alguna puerta!

– ¡No deja!, ¡No abre!

El tiempo es una larga serie de puertas que constantemente cerramos y progresivamente nos conducen a nuestro prefijado cadalso. Toda puerta que se cierra es para siempre y nuestro pasado es una serie de puertas que se van cerrando desde el instante de nuestro nacimiento, haciendo todas juntas un laberinto de hierro que nos empuja hasta la soledad de nuestro sepulcro. La llave que conservamos como agüero del apartamento que ya no es nuestro hogar. Una agenda de teléfonos de quienes desde hace años no son nuestros amigos. Una fotografía desdibujándose de alguien una vez amado. Una caligrafía condenada a perderse para siempre. Una muñeca o un juguete perdido en un lago, infinitamente deshaciéndose entre sus aguas oscuras. El tiempo es una larga serie de puertas que constantemente cerramos y progresivamente nos conducen a nuestro prefijado cadalso. La radiografía de un hijo muerto flotando en un útero hostil. Un amor que prefiere morir en el olvido que agonizar silenciosamente en la amistad. Un ciego recordando los atisbos de un atardecer donde acaso fue feliz. Un hombre que toca con la yema de sus dedos el muñón de su otro brazo amputado para siempre. Una mujer con cáncer de seno mirando al espejo su pecho socavado por la enfermedad. El tiempo es una larga serie de puertas que constantemente cerramos y progresivamente nos conducen a nuestro prefijado cadalso. Nuestros rencores que despiertan de noche y no los podemos reconciliar durante el largo día. Nuestros amores que jamás mueren de bruces en el olvido. Nuestras domésticas venganzas que jamás encuentran perdón. Todo porque esencialmente somos mil puertas que se cierran y nos conducen a la miseria que finalmente somos.

– ¡Esta puerta no tiene candado, mamá!

La puerta de metal que da contra las escaleras auxiliares no tenía candado, como una oscura salvación.

– Ábrela Pipe, ¡ábrela!

– Es muy pesada…

Apenas Alfonso corría a abrir la puerta, ésta se abrió con una fuerza brutal e inesperada, como si algo desde las escaleras también la empujara hacia fuera…

– ¡Hay algo en las escaleras!, ¡me llevaaaaaaaaaaa!!!!!

Un brazo ennegrecido y largo como una zarpa se estira desde la oscuridad, donde unos ojos grises y muertos esperaban desde hace horas, como un gato salvaje al acecho. Hunde sus uñas amarillas y roídas en la carne del brazo del niño que grita con todas sus fuerzas. La piel sangra rápidamente en abundantes hilos. El papá y la mamá se abalanzan decididos como un par de furiosos tigres contra la puerta de metal de afilados bordes, cerrándola de un golpe atroz que resuena en toda la casona. Con tanta fuerza que…

– ¡Le cortamos la mano a esa cosa!

– ¡Quítamela, mamáaaaaaaaaaaaa!

El chasquido de sangre seca y negra sobre la puerta fue terrible. Apenas se escuchó la voz del niño entre el alarido de dolor del monstruo, dejando escapar toda la potencia de su voz hueca y pesada, como el profundo bufido de una res antes de morir. Semejante a cinco aguijones de abejas, las uñas todavía quedaban clavadas, taladrando por la inercia del infinito odio el brazo del niño buscando el hueso. María Paula la arranca con furia y la mano cae inerte, como un objeto inútil de un museo del horror. El cadáver carnicero y atroz detrás de la puerta parece enloquecido y frenético, dando golpes espantosos con su único brazo, alaridos secos y gruñidos de animal, como un marinero ebrio golpeando con un remo.

– ¡Cada vez están más cerca!

El círculo de los cinco demonios del sepulcro está a un par de metros y la muerte será despiadada y larga. Tras la puerta de emergencias, un monstruo manco intenta abrirse paso y cobrar una terrible venganza sobre su amputación. Las puertas cerradas en todo el corredor. Alfonso agudiza la vista y ve que al final del pasillo, la última puerta está entreabierta.

– ¡María Paula, hay una puerta abierta!

– ¡Nos salvamos!, ¡nos salvamos!

Los tres desdichados corren y la abren rápidamente. Es un pequeño cuarto de implementos de aseo que más bien parece un closet con su pequeña puerta de metal con una rejilla. Definitivamente los griegos establecieron perfectamente los fundamentos de la tragedia. ¿Qué es la tragedia? Es tener que escoger entre dos caminos igualmente amargos o igualmente felices. Es el deber y el oprobio de ser juez en una balanza de pesos iguales. Se escucha el hilo de la voz de Alfonso, frío y tajante…

– Apenas aquí cabemos dos…

– Y somos tres…

error: El contenido está protegido.