LÁZARO

Capítulo 24

– ¡Don William, ayúdenooooooos!, ¡Don William, ayudaaaaaaaaaa!! ¡Estos hijos de puta nos van a matar ya!

Alfonso grita con todas sus fuerzas pidiendo ayuda en el inmenso Asilo, desde el apretado y pequeño cuarto del aseo, donde se ha podido resguardar de la maldad de los cinco muertos caníbales que siguen devorando hasta los huesos a su esposa María Paula que ya lleva muerta más de diez minutos todavía sosteniendo inútilmente con su peso una puerta cerrada, como una el esqueleto seco de una mártir arrodillada de lado y rodeada por negros y putrefactos lobos que lamen la sangre directamente del suelo con una avidez sobrenatural, a la vez que siguen arrancando pedazos de tendones, nervios, músculos, pedazos de órganos deshilachados, los intestinos hechos flecos, los pulmones como vacías bolsas de aire, y hastiándose de carne en sus estómagos muertos e inflados. Únicamente se escucha el monótono golpeteo de furia de un sexto cadáver con un brazo amputado que está detrás de la puerta de hierro de las escaleras de emergencia que dan contra el segundo piso. Pipe llora y mira con helado terror sus tenis empapados de la sangre de su mamá que acaba de dar la vida por ambos.

– ¡Don William, ayúdenooooooos!, ¡Don William, ayudaaaaaaaaaa!! ¡Estos hijos de puta nos van a matar ya!

Sigue gritando Alfonso con la esperanza de ser escuchado. Los muertos que han regresado a la vida se están cebando con el cadáver de su esposa pero en cuestión de minutos volverán a sentir hambre y se encuentran a escasos centímetros de él y su hijo, escuchando ambos una sinfonía brutal de los sonidos de la carne siendo desgarrada por los dientes aserrados de los monstruos, de la grasa de los músculos siendo sorbida por imposibles gargantas y casi atascándose entre ellas por los movimientos mecánicos de tragar, el crujido de las costillas cuando las abren como si fuera una jaiba o una ostra para sacar la suave carne de las entrañas. Parecen antiguos demonios devorando a un ángel en mitad de la noche. Cada vez aumenta el golpeteo del cadáver amputado de su brazo y su ira para abrir la puerta y cobrar una sangrienta venganza. Nadie responde, nada se escucha…

– ¡Don William, ayúdenooooooos!, ¡Don William, ayudaaaaaaaaaa!! ¡Estos hijos de puta nos van a matar ya!

– ¡Salgan ya que hay gasolina en todo el primer piso!, ¿ya encontraron al niño?

Por fin se escucha la voz de William son su marcado acento santandereano, como subiendo desde el final de las escaleras, bufando de cansancio a causa de su gran tamaño y peso, semejante a un inmenso y fatigado toro, arrastrando en una mano un galón de gasolina. Rodea con cierta dificultad el cadáver del doctor Ortiz atrapado en las escaleras, mientras espanta las moscas con su mano libre. Resopla con más fuerza, porque a medida que sube porque el aire se hace más fétido y espeso. Huele a muerte y descomposición. Escucha los gritos enloquecidos de Alfonso tras la puerta al final del largo corredor. También los golpes sordos y monótonos contra la puerta de la escalera de emergencias, y un recuerdo atroz que le enfría el corazón. Sabe que todavía hay algo detrás de esa puerta. Alfonso grita con redoblado ánimo, casi al tiempo que los cadáveres se levantan pesadamente del suelo como espectros de negras y largas zarpas que se alzan en la tierra maldita de las montañas de Cundinamarca.

– ¡Don William! ¡Por favor, ayúdenos a salir de aquí!, ¡Estos hijos de puta mataron a mi mujer y aquí tengo a mi hijo!, ¡Venga y nos ayuda a salir de aquí!

El santandereano desde lejos ve a los corrompidos cadáveres aullar y jalonear la débil puerta, intentando entrar para devorar a Alfonso y a su hijo que se aferran a la manija como un par de náufragos abrazados a la última tabla en mitad del oleaje. Siente como entra en sus pulmones el ambiente corrupto y malsano del Asilo, escucha a lo lejos el batir de las inmensas ramas de los árboles con el frío de las dos de la madrugada en Cundinamarca, como aves invisibles revoloteando alrededor de la cabeza de un ahorcado. Aguza la mirada y ve a lo lejos una mujer hecha un sangriento rompecabezas entre los muertos que siguen forcejeando la puerta como imparables caníbales, con sus cuerpos grises e inflados de carne muerta, lentos y pesados como bestias prehistóricas y con su largas uñas como raíces de una naturaleza de otro planeta. Las voces del hombre detrás de la puerta caen casi a la súplica misma, al ruego, al llanto quebrado de quien pide por su vida, como un réprobo que pide misericordia desde el pozo de sangre y lodo en que se ahoga a los pies de Satán. Así rogaba Alfonso a don William para que le ayudase a escapar…

– ¡Don William!, ¡venga, por favor, venga! Esta gente nos va a matar. ¡Se comieron hasta los huesos a mi mujer y ahora vienen por mi hijo!, ¡ayude, maldita sea!

Don William está petrificado viendo esta escena mientras sostiene con su mano un enorme galón de gasolina, después de haber empapado todo el primer piso del Asilo para prender fuego a la casa. Dentro de su infinita ignorancia y conocimiento rudimentario del mundo, sabe que lo que importa es evitar que estos endemoniados cadáveres salgan a las veredas, deambulando como animales drogados en la noche, ingresando a las casas de los campesinos y devorando cruelmente a sus hijos, espantando al ganado con sus bufidos infernales y sembrando el horror a donde quiera que vayan. El fuego lo purifica todo y la ceniza se eleva de regreso al cielo. Por unos instantes William recuerda su vida, cuando llegó con su papá y su mamá del Norte de Santander a la infelicidad y desesperanza de vivir en una Bogotá todavía rural; los días de llanto y hambre en el inquilinato; la tarde en que mataron a sus papás en plena Séptima para quitarles la pensión con que se sostenían; los primeros trabajos como celador o taxista o carnicero o plomero o lo que fuera, porque el objetivo era sacar adelante a Emerson, su hermano menor. Dentro de su infinita ignorancia y conocimiento rudimentario del mundo, sabía que lo que importa es la familia y la prioridad de sacarla adelante a toda costa, y su hermano resultaba su único familiar cercano en la cada vez más gigantesca y oscura Bogotá que no paraba de crecer como una infección, haciendo a sus habitantes más solitarios y más iguales, como los platelmintos que pueblan hambrientos y sin sentido la carne enferma de las reses. William recuerda la vez que encontró a su hermano inhalando pegante en la pequeña habitación del inquilinato en que vivían, en lugar de estar en el colegio distrital, y la bofetada en plena cara que supo darle, por malgastar el esfuerzo para hacer que fuera alguien distinto, alguien mejor. Fue la primera y última vez que William golpearía a su hermano menor, y casi a la semana se lo llevó para que le ayudara en la obra de construcción, ya que si no le gustaba el colegio, a las buenas o malas tenía que hacerse hombre y aprender un oficio para vivir: pintar paredes, pegar ladrillos o enchapes, cortar baldosas o mezclar cemento, pero algo en todo caso. Así pasaron los primeros largos años, los dos hermanos, William y Emerson, entre trabajos mal pagos como obreros en Bogotá y algunas tardes de cerveza en tiendas mal iluminadas, en una ciudad que cada vez se extendía más y más, que recibía gente desamparada de otras regiones huyendo de la violencia en los departamentos únicamente para llegar a una calles llenas de miseria y hambre. Bogotá, una ciudad de mil acentos de pobreza, como una Babel de almas que no comprenden que ya están muertas. Dentro de su infinita ignorancia y conocimiento rudimentario del mundo, William sabía que tenían que seguir él y su hermano en esa Bogotá que no paraba de construir y construir edificios en cualquier lugar para esa población que se expandía como un cáncer por doquier. Hasta llegar al día fatal en que los dos hermanos se encontraban pintando una fachada en un edificio del Barrio Gaitán, sostenidos en un andamio hecho con tablas, casi a ocho metros del pavimento. Un 15 de octubre del 2002, una fecha que a don William no le gusta recordar ni siquiera en sus más delirantes borracheras o pesadillas, porque los muertos encuentran a los vivos por los senderos del vino o del sueño. Era el amanecer y ya los dos hermanos habían casi terminado de pintar la fachada del edificio, cuando William escuchó desde arriba un ruido seco como si algo se reventara, como un caucho cuando estalla y se destiempla en cuestión de segundos, y alcanzó a enredar su pie y su brazo en la polea que estaba detrás de su espalda. “!Emerson, cójase ya de las tablas que esta mierda se reventó!” Le alcanzó a gritar a su hermano menor que en ese mismo instante silbaba un vallenato de moda, cuando simultáneamente se desplomaba del lado suyo hacia el pavimento. Por unos segundos Emerson se sostuvo en el aire como una marioneta de la fugacidad, antes de aferrarse del último extremo del andamio. Don William todavía aferrado a su extremo de polea le gritaba que no se soltara, que aguantara, mientras le estiraba inútilmente su mano como un puente que no lleva a ningún lugar, mientras desde abajo Emerson gritaba que no lo dejara morir, con los ojos encharcados de miedo y la voz agigantada por el vértigo. El viento era helado a esa altura y se sentía la fragilidad de la vida colgando del andamio. Don William recuerda con un nudo en la garganta el instante, el exacto instante, el doloroso instante, el imborrable instante en que los dedos frescos de pintura blanca de su hermano se soltaron de físico cansancio del extremo del andamio, como si el cruel Dios hubiera dejado de soñar su mano por unos segundos, arrojándolo directo al vacío mirando hacia arriba a los ojos de su hermano, sin siquiera girar de miedo, sino simplemente bajando con su mano estirada hacia arriba en un eterno adiós y los zapatos soltándose en el aire, como un meteorito despedazándose en la noche del universo. Hasta caer de pie literalmente contra el pavimento prácticamente descalzo y con la mirada vacía y la boca enteramente abierta de sorpresa. La muerte siempre es una sorpresa, nunca te imaginas realmente cómo o cuándo morirás. Los huesos de los pies de Emerson estallaron casi en el primer golpe contra el pavimento, y la fuerza de la brutal caída quebró instantáneamente ambas rodillas que le hicieron aullar de dolor, aunque fue breve el aullido porque casi al mismo tiempo se iba de bruces contra la calle con toda la velocidad de su brutal caída. La explosión de sangre de su cara contra el piso fue como la de un globo de agua en una tarde feliz de verano. Los próximos años de soledad de don William estuvieron en el Asilo, con la inquebrantable sensación de que necesitaba hacer algo por alguien, a toda costa para redimirse de esa inevitable muerte que pesaba como sombra en sus noches y como un sol en sus días. Dentro de su infinita ignorancia y conocimiento rudimentario del mundo, sabía que lo que importa verdaderamente es la vida misma y protegerla como un fuego en la noche. Pero como decía el Nazareno, para ganar la vida hay que perderla primero. Perder la vida es de héroes, no de humanos. El santandereano con la boca abierta y la frente empapada en sudor, mira estático como asistiendo a una obra de teatro ajena a este mundo, viendo como casi media docena de muertos desfigurados por la descomposición, intentan hambrientos y enloquecidos derribar una puerta, para devorar a un hombre y su hijo. No salvarás a nadie de la muerte ni la enfermedad. No salvarás a tus hijos del cáncer y de trabajar en oficinas donde nada importan. No salvarás a nadie, porque no tienes las agallas de sacrificarte en verdad. No salvarás a nadie, porque no tienes suficiente amor para vencer la muerte misma. No salvarás a nadie porque tu corazón es una jaula de sombras muertas. Las manos de don William tiemblan y deja caer el galón con la gasolina, que se va esparciendo fácil y ligera a lo largo del corredor…

– ¡Ayúdenos!, ¡ya van a entrar!

Grita desde el fondo Alfonso rogando por última vez, a la vez que uno de los muertos torna su cabeza hacia atrás, dramática y lentamente. Su cabello raído y gris, seco de sangre negra, apenas cubriendo su cráneo y escurriendo sobre lo que podría ser su rostro, una masa ajada y abierta en boquetes rojos, convergiendo en una boca abierta más de lo normal, como las quijadas de un tigre, dejando ver sus dientes partidos y afilados, de los que babea sanguinolento un líquido espeso y oscuro, que parece habitarlo como una alma en descomposición, rebosando los límites del cuerpo. Los ojos, negros y sin vida, como los de un pelícano hambriento de carroña. Llenos de océano y de horror. Mirando desde otro mundo a don William, pálido, casi sin fuerzas y temblando como una hoja o como el agua de un arroyo bajo la lluvia.

– ¡Auxilio!, ¡haga algo ya!

– No puedo…

Fue la única palabra del santandereano. Como convenciéndose de su cobardía, como asumiendo su papel de extra en el universo, de fatal anónimo, la repitió para creerla. Tantos años recordando la muerte de su hermano Emerson para hoy al fin ser incapaz de ayudar a alguien más, porque siempre serás una sombra de lo que realmente quieres ser. No eres un héroe, no salvarás a nadie y eres tan anónimo como cualquiera.

– No puedo… Lo siento… Sálvese usted.

Dejando caer un fósforo encendido al piso, entrando la madera en una combustión inmediata. Las llamas al comienzo son azules, pero crecen como crestas de un mar y se hacen violentas y rojas. Alcanzan el techo y allí se unen con las del suelo en una telaraña de fuego, donde nadie escapa. Por eso el fuego lo purifica todo y la ceniza regresa al cielo como los restos de un alma desmenuzada por las fauces de Satán Trimegisto. Mientras el corpulento hombre baja corriendo por las gradas para escapar, escucha un grito prolongado, de furia y desprecio, es un grito de un solo hombre, pero tiene el sentimiento de toda la humanidad que ha sido traicionada y vendida alguna vez…

– ¡¡Cobarde hijo de puta!!

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