LÁZARO

Capítulo 25

– Papá, no me quiero morir…

Es difícil que Alfonso responda o diga algo sensato a semejante comentario de su hijo Pipe, cuando a duras penas resiste con su espalda la embestida de los monstruos tratando de entrar a su escondite, como las larvas abriéndose paso a dentelladas hacia el exterior de un animal muerto. Y más allá, el pasillo extendiéndose en llamas hacia ambos lados del corredor. Se nota que el fuego ya ha llegado al laboratorio de la sala de autopsia, porque una explosión atroz se escucha sorda y prolongada en el ala izquierda de la casa. Seguramente las llamas encontraron algún ácido o material inflamable. En el fuego sucede lo mismo que en el mar, el movimiento en cualquiera de sus puntos, implica un oleaje y sacudida brutal. Las llamas se impulsan desde el ala izquierda hacia donde están ellos escondidos al final del pasillo del segundo piso, alcanzando las rotas y gibosas espaldas de los muertos que aúllan de furia y dolor y abren espasmódicamente sus bocas, pero sin parar de dar zarpazos, tratando de entrar al escondite, donde el padre y el hijo tienen los rostros enrojecidos del calor y la angustia. Los monstruos no cesan en su intento y cada vez están más cerca de abrir la puerta, son como cucarachas que a pesar de prenderles fuego persisten en su vileza y hambre. Se dice que una cucaracha sin cabeza puede seguir viviendo, mientras tenga su estomago intacto. Únicamente el hambre nos mantiene vivos, porque es la llama de la vida. Y mientras haya hambre en el mundo habrá vida o muerte. Son tan parecidas a veces.

– Papá, no quiero que esas cosas me coman como a mamá. Tampoco me quiero quemar. Tengo miedo…

– …Yo también Pipe. Yo también…

La súplica es amarga, pero encierra el sentido de nuestras vidas. Como los decadentes etruscos y su obsesión por el arte funerario, desde el comienzo de nuestros días indagamos por el modo en que habremos de morir, como un misterioso ser que desde su nacimiento empieza a envolverse en su propia mortaja. Quieres morir de un modo justo y sin dolor, ojalá durante el sueño para despertarte dentro de otro sueño y no sentir el proceso ahogado de la muerte, respirando su frío aliento en tu rostro y lamiendo gustosa la fiebre en tu frente, tus brazos sin fuerza rendidos como un par de remos de un bote que ya no va a ningún lugar, y tu lengua pesada gastando las últimas palabras, mientras que tu cerebro palpitante proyecta en tu cámara funeraria las imágenes de lo que has vivido y lo que no. Querrás morir dentro del sueño pero como un condenado a muerte ingresarás sobrio y despierto al cadalso para ver el filo de la navaja. Cada sendero andado o no, cada noche que desgranas hasta el amanecer, cada respiración que exhalas te conduce inevitable a la muerte. Ahogarte es fácil, sentirás un brutal dolor en tus oídos por la presión del agua estallando en tus tímpanos y a veces también en tus globos oculares, dejando finas líneas de sangre en tu bañera, pero cuando el agua llegue a tus pulmones sentirás solamente frío en tu pecho, mientras tu conciencia se desvanece iniciando un largo y profundo descenso hacia el abismo final. Cortarte las venas es doloroso cuando pasas la navaja por las muñecas, no hagas cortes horizontales sino en diagonal para que sea más pronto el desangre, y si tienes tus manos en agua tibia el calor llamará tu sangre, sintiendo que los ríos de vida que poblaron tus días, se alejan con tus recuerdos y todo tu oxigeno, nublando tu visión en mil destellos como una pintura de William Turner, en un infinito mareo como una mariposa cayendo de bruces al suelo al atardecer. Envenenarte es el límite del dolor porque sentirás el fuego desgarrando las paredes de tu estómago, y los jugos gástricos que son ácido puro desatándose al fin como potros en la llanura y abriéndose paso desde la entraña hasta tu piel, reventándote como una bolsa inútil y dejando tus intestinos flotando como una maleza. Llenarte de pastillas para dormir y tomarlas de un solo golpe con un vaso de agua o vino sentirás un sufrimiento brutal en las paredes de tu cabeza, como si dos manos inmensas las apretaran, casi bajando la intensidad por tus mejillas como delgadas raíces hasta alcanzar tu boca temblorosa y azul. Evita morir en las llamas, especialmente cuando no hay oxígeno o leña verde para provocar la asfixia, porque el fuego puro no arde en la carne, sino que son como puñetazos de hierro que en cada golpe arrancan pedazos enteros de nervios, carne y hueso puro. Dispararte no es tan fácil como pareciera, porque tu cráneo es evolutivamente la fortaleza más difícil de atravesar incluso por una bala y la agonía puede ser inmensa, por eso necesitas un camino de tejidos blandos, desde la boca dolorosamente abierta hasta el cerebro o desde la mandíbula inferior debajo de tu mentón en un ángulo de 45º, para fulminar tu conciencia y existencia de un único disparo. Cortarte la yugular y desangrarte de un tajo no es fácil, aunque si lo logras hacer tardas entre ocho y diez segundos, viendo la sangre dispararse de tu garganta hacia el espejo con la velocidad de un automóvil, sin embargo tu cuerpo no se inventó para autodestruirse, únicamente para sobrevivir y tu mano puede temblar en el último segundo. Ahorcarte es doloroso y rudimentario, y debes escoger muy bien la altura y saber la resistencia de la cuerda respecto al peso de tu cuerpo, porque al saltar lo más probable es que tus vertebras se rompan cortando tus tendones y ahogándote en tu propia sangre, antes que por falta de oxígeno, como lo demostraron las horcas en el salvaje Oeste americano. Drogarte de cocaína o ácidos hasta la saciedad es lo más cercano a generar un múltiple paro cardiaco de mil dolores en el pecho, porque pondrás tu corazón a palpitar hasta destrozarlo como una campana, después de haber atravesado el infierno de la fiebre y la asfixia. Arrojarte desde una ventana de bruces al vacío del pavimento como un ángel con las alas abiertas y corrompidas por la gangrena, con la boca abierta reduciendo en cada palmo la distancia entre tu vida y la muerte, genera muchas veces un paro cardiaco por la inmediatez del vértigo, estallando tu corazón como una burbuja de jabón, antes de que tu cuerpo inerte se estrelle contra la calle. Tantas formas hay de desprender el alma del cuerpo que la encierra, y solo esperas hacerlo mientras duermes. Todos los días estas muriendo un poco y a cuenta gotas, como un odre de agua secándose en el desierto. Sentirás el alma desprendiéndose del cuerpo al cual se había habituado como un moribundo a su enfermedad, levantándose desorientada hacia un nuevo territorio de oscuridad y voces temibles que con falsas luces la hunden cada vez más en los círculos del infierno. Te obsesiona saber qué sucederá con ese cuerpo inútil que gastaste como una moneda con amores inútiles, con drogas que te disipaban del sopor de estar vivo y en universidades donde nada tenías que aprender, con ese cuerpo de largas uñas insomniacas que no paran de crecer. ¿Lo cremarás dejando las cenizas vacías en una bandeja de carbón humano?, ¿lo enterrarás para que las uñas y tu pelo te envuelvan infinitamente como el capullo de un insecto?, ¿lo arrojarás al mar para contaminar con tu podredumbre el agua que no navegarás ya? Eres un animal de ritos funerarios y tu corazón es una llama temblando a punto de apagarse en la noche. Todos los días estas muriendo un poco y a cuenta gotas, como un odre de agua secándose en el desierto. Los persas, dorios y jónicos subían a sus muertos en altas columnas para prenderles fuego. Los vikingos e irlandeses arrojaban a sus muertos en barcas ardiendo en fuego hacia el mar. Los griegos temían que despedazaran sus cadáveres porque de ese modo resucitarían en las riberas del Aqueronte. Los egipcios conservaban sus oscuras momias para resguardarse de la muerte. La Europa Medieval cubría los ojos de sus muertos con monedas para pagar al barquero de la muerte. Todos los días estas muriendo un poco y a cuenta gotas, como un odre de agua secándose en el desierto. Y nada peor que un día cualquiera tener que suplicar la muerte a manos de tu prójimo.

– Papá, no quiero morir devorado…

– Cierra los ojos, Pipe, piensa en otras cosas. Piensa en tu mamá que te quiere. Piensa en tus amigos del colegio. Cierra los ojos ya

Como si el mundo se sumiera en un oscuro silencio, a pesar de las llamas destrozando la casa y casi entrando hasta el escondite, y los alaridos de los monstruos deshaciéndose en el fuego, pero aún dominados por el hambre, y sus manos largas y corrompidas entrando como tentáculos por las rejillas de la puerta. Silencio. Absoluto silencio. Sin dejar de sostener la puerta con su espalda, Alfonso con la mirada llorosa besa a su hijo en la frente, todavía con los ojos cerrados y las manos apretadas, temblando de miedo. En una de ellas sostiene todavía la medalla de la Cruz Púrpura que le había regalado su abuelo. Los niños se adaptan con más facilidad a los cambios que los adultos. Sin embargo, es entendible que tenga miedo, tiene nueve años y hoy era un día feliz de paseo con el abuelo, su héroe de infancia. Definitivamente el mundo es algo de no entender. Felices quienes no pretenden comprender ni ser comprendidos. Alfonso lo toma suavemente de la cabeza mientras peina sus cabellos delicadamente y pone la mano en su pecho. Siente el corazón de su hijo, caliente y palpitante, como un canario presintiendo la muerte desde la jaula. Con fuerza tuerce de un golpe seco el cuello del niño y el crujido es rápido y fulminante. Pipe cae lentamente de rodillas, desvaneciéndose como un animal soñado, liviano y mudo, que se olvida con las primeras luces del amanecer.

– Perdóname, hijo…

Nunca terminó la frase. Los muertos entran envueltos en llamas como brujas, pero aún con las bocas abiertas y sangrantes, dispuestos a festejar con un último banquete de los dioses, hasta que no queden más que cenizas. Alfonso no intenta siquiera defenderse y los recibe en su escondite con los brazos abiertos y la mirada serena, como un santo a punto de recibir el bautismo de Pentecostés.

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