LÁZARO

Capítulo 26

– Dios mío, Dios mío, sácame de este lugar. Tú eres mi único pastor…

Musita William entre dientes mientras desciende por las escaleras, inundadas de llamas, escuchando a lo lejos los últimos gritos de Alfonso, del hombre que dejó a su suerte con su hijo ya muerto, mientras los furiosos cadáveres encendidos en llamas como antorchas vivas o ángeles de divino fuego les devoran a pedazos, sin importar que sus horrendas caras y fauces se hagan negras como la ceniza, porque la Maldad misma supera los peores incendios. Sin detenerse un solo instante, William repasa mentalmente este día de locos, desde las primeras horas en que los veteranos de guerra del Batallón Colombia se quedaron desde el amanecer de ayer quietos como reptiles hibernando, con la mirada estancada en un punto fijo, vomitando las pastillas y el agua en su solitaria sala a oscuras en un Asilo olvidado en las veredas de Cundinamarca. Horas después el desgarrador grito del doctor Felipe Ortiz cuando uno de los ancianos que había muerto el día anterior tuvo como primer reflejo en la sala de autopsia levantarse y apuñalar al doctor, para luego correr desnudo con su estómago en harapos y los intestinos afuera, hasta dar contra la cara de Ángela y destrozarse mutuamente, el cadáver caníbal en un arrebato de furia y ella de supervivencia, terminando ambos en un pozo de entrañas y sangre derramada. Media o una hora más tarde encontrar en el primer piso con doña Marina a los cuatro pacientes de la sala de fonoterapia destrozados y devorados brutalmente, y sospechosamente vacía y en calma la sala de los veteranos de guerra. Minutos después haber perdido a doña Marina quien decidió regresar para irse del Asilo, ¿qué habrá sido de ella, entonces? William no sabe que los hambrientos del sepulcro la devoraron brutalmente esa misma noche en la sala destinada a los veteranos en presencia de un niño de nueve años, escondido bajo la cama. Todavía escucha en su cabeza las pisadas del monstruo putrefacto que decidió perseguirlo por las escaleras auxiliares hasta que él pudo escapar por un segundo de una muerte implacable, cerrando de golpe la pesada puerta de hierro, para al fin llorar su infinita desgracia entre la fiebre y el desmayo por tantos horrores vividos en tan pocas horas. Durante esos momentos no supo que a escasos cincuenta metros otro habitante de la muerte destrozó a martillazos al moribundo doctor Felipe Ortiz, enredado en las tablas podridas de la escalera sin reparar. También se acuerda cuando escuchó al despertar en la noche los gritos de una pareja en la cocina, obligándolo a bajar a toda velocidad para salvarlos del horrendo cadáver que era el padre del hombre que forcejeaba con un cuchillo tratando inútilmente de salvar a su esposa de ser asesinada. Recuerda haber tomado un extintor y destrozarle al cadáver su cráneo en mil pedazos, estallando todos los sesos del monstruo contra la pared, para encontrar al final de la cocina los restos devorados de su amigo cristiano. Ignora que ese mismo monstruo que acababa de aniquilar, hacía escasos veinte minutos había desangrado a mordiscos al enfermero Carlos Alberto en la camioneta de la pareja que acababa de salvar y que estaba buscando a su hijo Felipe o Pipe. Eso sí, tenía claridad que el papá y ese niño ya debían estar muertos porque no había sido capaz de ayudarlos a salir del último escondite posible en el Asilo, ya sea alcanzados por el hambre de los cadáveres o la furia de las llamas. Muertos. Todos están muertos. Enteramente muertos.

El hombre a medida que baja las escaleras busca la llave en sus bolsillos. La encuentra y siente algo de alivio. Escucha alaridos de los monstruos en todos los pasillos y no deja de imaginarlos revoloteando enloquecidos de dolor y furia, retorciéndose o arrastrándose por los pasillos. Algo explota dentro de la cocina. Es el infierno mismo. Las llamas se mueven como un oleaje de arriba abajo. Ya se encuentra en las últimas gradas de la decadente escalera del Asilo, viendo las llamas alzarse como luminosos espectros. Escucha unos pasos avanzando del lejano pasillo del ala izquierda inferior, donde estaban las salas de los veteranos y los pacientes de fonoterapia, y alcanza a ver algo parecido a un enorme pelícano negro avanzando a pasos cansados y difíciles…

– Dios mío, Dios mío, sácame de este lugar. Tú eres mi único pastor…

A medida que la figura se acerca se hace más clara y es el remedo de un hombre alto que camina arrastrando sus piernas penosamente, con la inmensa boca abierta como los curvos picos de un buitre hambriento de carne de ahorcados frescos, apoyándose en la pared con una mano enteramente abierta con sus dedos largos como zarpas, y estirando hacia el santandereano un muñón ensangrentado como un tentáculo enrojecido de donde con algo de dificultad se ven pedazos de huesos sobresaliendo como espinas. Pero el cuerpo del cadáver está lleno de huecos, de pedazos abiertos, como si un hombre pudiera también ser una telaraña, y se viera la luz a través de la miseria y los harapos de su propio cuerpo. Don William tiembla porque sabe que esta casa, esta vereda, esta Bogotá, el mundo mismo está habitado por la Maldad y el horror mismo. Nuestra cotidianidad de levantarnos todas las mañanas, ver por la ventana ese sol deshecho y gris que ilumina Bogotá, tomar el carro o un autobús para ir a la oficina o la universidad, regresar con el sol a nuestras espaldas rojizo como sangre y perdiéndose entre los árboles o con la lluvia y la tempestad de las tardes a nuestros apartamentos a ver telenovelas o realitys de mierda; esa cotidianidad es tan frágil como una ligera gota suspendida de una hoja a punto de evaporarse con la menor brisa. Así de frágil es tu vida y tu felicidad a punto de estallar por la noticia de un cáncer inesperado y hacer de tu cuerpo un despiadado campo de batalla diario en el que ganar es también morir; por un accidente automovilístico donde pierdes a alguien amado para siempre; por la llamada notificando la muerte de alguno de tus padres por un inevitable paro cardiaco y recuerdes de inmediato el abrazo que nunca diste o la palabra estancada en tu garganta. Así se filtra la Maldad en la cotidianidad de tu universo, como un prehistórico fantasma anterior al Hombre mismo, y dispuesto a colarse por la menor rendija de tu vida o de tu sueño para sumir tus días en la tiniebla y hacer del sol la mortaja que no te abandona. Paso a paso avanzaba el cadáver hacia don William, arrastrando su cuerpo putrefacto y carnicero, mientras desde arriba se sentían otros pasos empezando a bajar lentamente por las escaleras sin importar las llamas.

– Dios mío, Dios mío, sácame de este lugar. Tú eres mi único pastor…

No para de repetir don William esta salmodia a su inexistente dios, sin ver como a unos veinte metros desde el pasillo y las escaleras bajan los demonios del sepulcro cubriéndose de llamas, como mártires convertidos en antorchas vivas, rodeándolos de fuego en su cara despedazada por el calor, alzando los brazos con la ropa y la piel levantándose como crestas rojas, y de los roídos pies hasta sus pechos se alzaba un halo luminoso como apocalípticos santos anunciando el infierno en la tierra. Al fin don William encuentra la llave en el bolsillo de su pantalón, repasa exactamente cuál es la que tiene marcada con pintura roja. Está temblando sintiendo la muerte cada vez más cerca. La introduce en la puerta doble de hierro que abre el Asilo hacia la vereda que conduce a las altas y escarpadas montañas de Cundinamarca. El hombre introduce la llave pero…

– ¡No entra! Dios mío, no entra. No entra la puta llave.

Revisa con cuidado rápidamente las otras llaves que guarda, y por descartarlas intenta introducirlas una a una, pero no deja. No deja. El hierro ante el calor cambia de forma. Especialmente una vieja cerradura en un incendio de estas proporciones. Como reafirmando su ira, sintiendo nuevamente la burla y el desprecio del Universo ante él. Llegar a este punto y ¡la llave no entra!

– ¡No entra la puta llave!, ¡no entra!, ¡no entra!, ¡no entra esta puta llave!

Las llamas cada vez son más altas y los gritos de los muertos se acercan de todas las direcciones. Mira los vidrios rotos de las ventanas hexagonales de la puerta. Toma con fuerza una de las sillas de la recepción y la estrella contra una de ellas, para terminar de tumbar con las patas de la silla los vidrios de alguna de las ventanas rotas. Algunos quedan en la cornisa de la ventana de escasos treinta por cuarenta centímetros. El viento de la noche a punto de amanecer entra a sus pulmones como una bocanada de aire fresco, de vida. Regresa al corazón de William el deseo de vivir. Esa es la gula que nos mata a cada instante. Comer más. Dormir más. Trabajar más. Beber más. Vivir más años. La gula de vivir es el peor pecado capital. Nada mejor que morir joven y antes de tu tiempo. El corpulento santandereano se apoya en la silla para empujar su cuerpo a través de la ventana hexagonal. Jamás imaginó que fuera tan estrecha y no le permitiera mover bien sus hombros y brazos, sin embargo con sus manos cortándose con algunos fragmentos de vidrios en los bordes de la ventana, empieza a empujarse con dificultad hacia el exterior, como si el infierno estuviera pariendo un alma réproba entre una espesa cortina de humo y fuego. Siente las puntas de los vidrios clavándose en su estómago como agudas espinas que lo van tajando desde el pecho hasta el bajo vientre a medida que se arrastra. En ese momento, William casi desdoblándose de su propio dolor en su cuerpo, empieza a comprender algunos aspectos de su vida sobre los que jamás había reflexionado a lo largo de sus años, como si a un moribundo le mostraran su rostro de fiebre en un espejo para redoblar su agonía. Tu también en tus últimas horas aprenderás amargas verdades que suponías desde antes. Tu entera vida, tu familia y tu sociedad gira alrededor de la muerte misma. Tu religión es apenas un protocolo para la muerte, para condicionar tus actos de triste marioneta en vida sin saber de qué hilos realmente pendes. Tus hijos están hechos para no sentir solitaria tu vejez, pero en el fondo sabes que has engendrado extraños que en colmo de la ironía conservan tu rostro, pero han sido educados por mil canales de televisión y de páginas de Internet que los hacen más imbéciles diariamente. Te enfrían y llenan de desaliento las conversaciones sobre la muerte y el cáncer de quienes quieres y las evitas a toda costa, como si los fantasmas únicamente aparecieras cuando los llamas. Viajas diariamente en un barco lleno de hipócritas que naufraga en la niebla. Morirás con la máscara puesta que apenas se diferencia de la sonrisa vacía de tu rostro. Bailas y bebes desenfrenado, amas disperso y sin norte, trabajas de sol a sol en oficinas donde nadie sabe tu nombre, aumentas el volumen de la música en tu casa o en tu carro para fingir que no estás solo, te inyectas drogas y duermes más de la cuenta los fines de semana. Todo para olvidar que diariamente te estás muriendo y que toda esperanza es en vano. Que eres un muerto que conversa con otros muertos, que trabajas con otros muertos, que lees páginas de otros muertos, que amas y fornicas con otros muertos. Que tus horas están contadas y cada uno de tus órganos es un despiadado reloj que las mide con avaricia. Algo de ti siempre está muriendo hoy y alguien ha olvidado algo tuyo también. Paulatinamente el mundo se irá liberando de tu presencia, como la piel de una costra. Tu vida gira alrededor de la muerte, como una mariposa alrededor de la llama, curiosa e inevitable, deshaciéndose en cada vuelta, como ceniza en el aire.

– Dios mío, no me deja pasar…

Su enorme abdomen y peso no lo permiten. Respira con todas sus fuerzas y hace un esfuerzo sobrehumano para salvar su vida. Algunos fragmentos largos y afilados de los vidrios se hunden en su vientre, sintiendo profundos tajos del pecho hacia el bajo vientre donde se detienen dolorosamente porque no le permiten avanzar más. El dolor es como un calor insoportable, pero la ventana le permite sacar algo más de su cuerpo y siente la frescura de la noche que termina; aspira el vapor húmedo de la naturaleza después de la lluvia que se levanta como el espectro de un sudario. Casi a la mitad está fuera del Asilo en llamas. Como un hombre dividido en dos escenarios, la mitad en el infierno y la otra en la tierra, sin poder avanzar de un lado o de otro. William sabe que está a punto de salvarse. Incluso piensa en el mañana. Quiere curarse de sus heridas y olvidar el pasado. Una de sus manos toca la hierba húmeda y enlodada. Nadie sabe la emoción de tocar la hierba luego de casi perder la vida. La fría sensación en la yema de los dedos es una felicidad. Es afirmarse vivo. La dulce y plateada luna. Las estrellas en lo alto, puras y brillantes. Aprieta la hierba entre sus manos, gustoso, lleno de vida, sin importar que la tierra se hunda entre sus uñas. Aspira fuerte el olor de la noche, como llenando sus pulmones de vitalidad.

Hay un verso de Samuel Taylor Coleridge que habla de un hombre que en sueños recorre los jardines del paraíso, y al final guarda el pétalo de una rosa para atestiguar que allí estuvo. ¿También podría ser el de un hombre que acaricia con su mano la superficie de la tierra antes de regresar al infierno? Sin que el santandereano se dé cuenta, las siluetas de decenas de manos negras y largas, casi chamuscadas, pero aún dotadas de una maldad devastadora, se ven difusas acercándose a través de las ventanas hexagonales de la puerta principal del ancianato en llamas. Él está casi afuera. Otra de sus manos se hunde en la hierba como si fuera el pasto el más dulce tesoro. Escucha, casi como en sueños, el estallido brutal de otra de las ventanas hexagonales. Los cristales caen sobre su espalda. Un brazo corrupto, despedazado y gris sobresale de la ventana, hasta que clava sus uñas en el cuello de la camisa del fugitivo, que al sentir el repugnante tacto de uno de los monstruos, grita enloquecido y patalea como el alma de un réprobo que Satán alcanza con su larga zarpa. Siente otras manos temblorosas y frenéticas atrapándolo de los tobillos, y los dedos afilados hundiéndose como espinas en su carne. Las manos de los muertos hábilmente lo enredan como ramas negras a un venado fresco en un bosque, y lo jalan por la ventana de escape, con una fuerza y odio inaudito hacia adentro del Asilo al moribundo William, todavía con sus felices manos aún llenas de hierba y tierra, hundiéndolo de bruces en el infierno, dejando un largo y sofocado grito en la noche como única huella de su existencia.

Las llamas del Asilo se levantan parecidas a una inmensa corona, adornada en humo y cenizas, con sus violentas crestas rojas alzándose como una fantasmal, gigantesca y delicada orquídea extendiendo sus largos pétalos en la oscuridad. De esas orquídeas que suelen crecer en los peores incendios.

 

FINAL

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