LÁZARO

Capítulo 4

– Oye mamá, ¿qué tiene mi abuelito que está tan callado?, ¿tendrá sueño tan temprano?

Casi sin abrir la boca, un niño de apenas ocho o diez años, con las manos en los bolsillos de su chaqueta, le pregunta a su mamá, y ella le responde a la vez que cuelga su celular, como quitándole toda importancia a su pregunta.

– Pipe, no sé, mi amor. No te preocupes. Tu abue debe estar cansado por el paseo en carro. Mira que estuvimos casi una hora andando por carretera, y eso cansa a cualquiera. Y tu abue ya tiene sus añitos, ¿verdad? Por qué no mejor vas y le conversas un rato. Acuérdate que él te quiere mucho y le encanta conversar contigo, Pipe. Dale.

Como absorto en un oscuro pensamiento y con la mirada perdida en el horizonte, el abuelo está sentado recostado contra un gran árbol. La chaqueta de pana, la camisa a cuadros rojos y blancos, pantalón caqui y un sombrero blanco contra el sol. El sol arde con fuerza a las nueve de la mañana y el paisaje es sencillamente espectacular desde la vereda en que se encuentran. A lo lejos se ven las montañas recortadas contra un cielo azul perfecto, y se ven allí los hermosos sembrados de papa sabanera, como un largo tapizado bajando desde la falda de la montaña, y más allá los verdes sembradíos de las tierras cundinamarquesas, de habas, arvejas y coles. Realmente es un cuadro perfecto, donde sólo la presencia del anciano veterano recostado contra el árbol, resalta por su anomalía y falta de vida, como una hoja seca marchitándose en pleno verano.

– Abue… ¿cómo estás?

Le pregunta el niño mientras se acomoda a su lado suavemente. El abuelo está inmóvil y tiene los labios secos. No ha musitado palabra desde casi la mitad del viaje. Cuando su nieto le habla, tiene la boca pastosa, siente un sabor amargo imposible de definir, como un extraño gusto a raíces profundas, a aromáticas extraídas de tierras infinitamente lejanas y a carnes prohibidas y no del todo olvidadas, sin embargo trata de mantener la conversación. Al fin y al cabo, es su nieto favorito y tal vez, su único admirador en toda la familia. Las generaciones tienen esos brincos curiosos que unen a nietos y abuelos. Responde con dificultad…

– Algo mejor, Pipe… este sol me tiene agotado… Ni siquiera cuando estuvimos en países extranjeros donde el sol es terrible, me había sentido tan mal…

– Es decir, ¿hoy no me vas a contar ninguna cuento de guerra, abuelo? Recuerda que tú eres mi héroe…

Termina la frase con una sonrisa para animar más a su abuelito. Al parecer lo consigue:

– Te tengo algo mejor… Es una sorpresa que no vas a olvidar nunca… Además se acerca el día de tu cumpleaños… ¿cuántos vas a cumplir, mi joven amigo?

– Nueve.

– Ya eres todo un hombrecito… Creo que puedes aceptar este regalo que tenía guardado para ti desde hace tiempo… Estira tu mano, Pipe…

La mano está manchada por el sol, es fuerte y callosa, además se ve inmensa sobre la del niño. El abuelo casi no abre los ojos, la luz es demasiado fuerte. Le entrega algo a su nieto apretándole la mano con cariño, como entregando un objeto mágico, algo largamente codiciado.

– ¿Me estás dando eso de regalo…?

– Sí, siempre la quisiste. Es la medalla de la cruz púrpura que nos dieron a mí y a mis compañeros al regresar de Corea. Era algo simbólico en esos tiempos… Quiero que la conserves como un recuerdo mío…

– ¡Gracias, abue! ¡Te quiero resto!

La medalla de la cruz púrpura es bien definida y resplandece brutal con los rayos del sol que aumentan a cada instante. El nieto abraza al abuelo durante unos largos minutos para hacer más intenso este momento de dicha. Por momentos, la medalla parece casi blanca por la luz. Pero algo diminuto y brillante como rubí cae en ella y estalla suavemente en pequeños hilos.

– ¿Qué es esto?.. ¿Te cortaste con algo, abuelito?

Pregunta el niño a medida que mira de frente a su abuelo. El rostro del anciano se ha empezado a cubrir de pequeñas ulceraciones y llagas. Unas están inflamadas como pústulas y se han abierto en pequeños agujeros sanguinolentos. Cuando se pasa atemorizado la mano callosa por su rostro envejecido y afilado, las manos están surcadas por tenues heridas carmines que sobresalen sobre las venas azules y verdes a lo largo de la blanca y manchada piel. Como si la transformación de su cuerpo respondiera a una llamada desde más allá de las montañas, de las laderas y de los mares, como acudiendo a un silbato que proviene desde más allá del cristal del espejo de la realidad. El niño retrocede y grita enloquecido de miedo, aún sin soltar su medalla púrpura.

– ¡Mamáaaaaaa!!!!, ¡Mamáaaaaaa!!!!!!!!, ¡Papáaaaaaaaaaaaa!!!!!! ¡Algo le pasa a mi abuelo!!!!

La mamá ve al abuelo recostado de lado y con su rostro y manos sangrando debajo de las ramas del árbol, que proyectan contra él sus sombras, como largas y huesudas manos de brutales uñas rasgando hambrientas un antiguo sudario rebosante de carnosos gusanos. La mujer continúa los alaridos del niño para llamar a su esposo y al enfermero que están a unos treinta metros de la escena:

– ¡Alfonso!!! ¡Tu papá tiene algooo!!!, ¡Alfonsooooo!!!!

Cerca de la camioneta 4×4 están conversando el papá del niño con el joven enfermero, hablando de futbol o de carros nuevos. El enfermero Carlos Alberto tiene unos treinta años, es un hombre alto y de cabello rubio y escaso, y es el primero en escuchar los alaridos de la mujer y el niño:

– Ingeniero Aguirre, su papá! Vamos!

Toma rápidamente el maletín de medicinas y sale corriendo a toda velocidad hacia el anciano que desde lejos parece un capullo bajo el árbol, y a veces de los capullos no solamente surgen mariposas… Detrás el señor Aguirre de unos cuarenta y cinco años corre en la medida que su pesado cuerpo se lo permite. Alfonso Aguirre es bogotano y está en el punto intermedio entre la generación rural de los campesinos como su papá, quien fue Capitán condecorado en la guerra de Corea, y la generación citadina de los hombres nacidos ya puramente en la capital. Cuando Alfonso cumplió los diez años, casi la edad de su hijo Felipe, tuvo que enfrentar la muerte de su mamá por un cáncer de seno. Un cáncer es una anomalía en el universo del cuerpo, como una estrella que se apaga violentamente en el universo para luego renacer con un fuego malvado e insistente que va consumiendo la vida, buscando las venas más cercanas para embeberse de sangre y líquidos vitales. Un cáncer es un oscuro embrión vampírico que con su aliento fétido y su boca dentada y circular hace de todos los órganos que le rodean las paredes de su útero, y de cada vena el cordón umbilical que devora infatigable. Así vio Alfonso a su mamá desvanecerse como un vaho en el espejo, como un globo alejándose en el horizonte, viéndola debilitarse cada vez más y más, hasta quedarse solo con su papá, el cansado veterano de guerra, en una de las enormes y gastadas casas del barrio de San Luis. Casi únicamente con la pensión que recibía su padre, Alfonso hizo su primaria y bachillerato en un colegio distrital y casi diez años después se graduaría de ingeniería de petróleos en la Universidad Pública, donde conocería a María Paula, su novia de toda la carrera y la mamá de Felipe, o de Pipe como les gusta llamarlo a veces. Al cabo de unos años se mudaron al barrio de Cedritos buscando un mejor hogar, junto con su papá que siempre llevaba de un lado a otro las medallas que por sus colores y banderitas tanto le gustaban a Pipe. Lo único que fue repetitivo esos años de infancia, juventud y madurez de Alfonso eran esas noches de escalofrío en las cuales su papá, cada vez más viejo y achacado, se levantaba a cualquier hora de la noche gritando incoherencias de su pasado en la guerra de Corea, de los campos de guerra, las trincheras, las balas perdidas, el olor a pólvora, las alambradas, los médicos que deben amputar en segundos un brazo o una pierna, las hemorragias incontrolables y la falta de anestesia, hasta que su papá, como un buey rendido en su larga jornada, fue cediendo a su destino irrevocable de ingresar a un Asilo de Veteranos en el que se encontraría casi cuarenta años después con sus compañeros de combate, sus “lanzas” como todavía le gustaba llamar a sus “muchachos”. Y ahora que el Asilo había sido cerrado por falta de fondos y los veteranos estaban siendo tratados en un asilo geriátrico en las afueras de Bogotá, más allá de Guaymaral, Alfonso, junto con su esposa María Paula y Pipe iban religiosamente todos los domingos a su paseo con el abuelo, para ver cómo seguía de su salud mental, emocional y física. Pero jamás, jamás se imaginó que un día algo así pudiera pasar… María Paula no para de gritar:

– ¡Traigan al enfermero, a Carlos Alberto!, ¿dónde está el enfermero?, ¡Ayúdenos, por favor!

El niño ante la presencia del angustiado enfermero y su papá, sólo atina a decir:

– No sé, estábamos conversando cuando su rostro y sus manos empezaron a sangrar de a gotitas. ¡No sé, papá!

Mientras tanto, el enfermero no deja de auscultarlo. El anciano ha caído en un estado semi-comatoso sin dejar de sangrar un instante. Apenas murmura con los secos labios cerrados algunas palabras incoherentes, “nunca debimos matar a ese niño”… “esa mujer, esa maldita mujer, ¿qué era esa comida?”… “endemoniada carne”… “todos la comimos esa carne del niño muerto”…”esos grabados como patas de arañas en el piso, en la pared, en el techo”… “nunca debimos matar a ese niño”… “jamás comer su carne maldita”… El enfermero y el papá se miran perplejos por instantes como sin entender esa nueva pesadilla y frenesí de la guerra. El corazón del anciano le palpita fuerte y a golpes arrítmicos. La respiración es agitada como si se estuviera asfixiando en el oleaje de un mar invisible. El sol aumenta y las montañas se hacen casi azules. Las llagas también y las gotas de sangre son más frecuentes. La sangre es espesa y se coagula rápidamente en amplias costras negras. El enfermero con su traje manchado, abre con desesperación el botiquín de las medicinas. Saca unas pastillas de varios colores. Grita alarmado:

– ¡Ingeniero Aguirre, tráigame agua de inmediato! ¡Necesito un vaso de agua para que su papá se tome estas pastillas!

María Paula le alcanza de inmediato un termo con agua. Con la mano temblando Carlos Alberto escoge un par de pastillas y le abre a la fuerza la boca al anciano ya totalmente inconsciente. Su aliento es fuerte y presagia la muerte o algo peor. El enfermero coge el vaso de agua y se la hace tomar de un golpe rápido para pasar las pastillas y que no se tranquen en su garganta, apretándole la ensangrentada mandíbula. El corpulento veterano de guerra tiembla de lado en cada vez más espantosas convulsiones, como si una gigantesca anaconda invisible le tragara palmo a palmo, con sus manos de lado empuñadas, en un extraño rosario. Cierra los ojos con fuerza apretando los párpados enrojecidos, y las lágrimas escurren por sus mejillas cuarteadas, como presintiendo que cientos de deformes y jibosos demonios lo arrastran a las profundidades del infierno. De pronto gira boca abajo todavía sin dejar de temblar, pero cada vez menos.

Los temblores del anciano cada vez son menos.

Sólo el silencio queda en medio de la campiña. El cuerpo se ha quedado quieto al fin. Todos están absortos, Alfonso, Maria Paula, Pipe y el enfermero tienen los ojos llorosos de pavor y de incredulidad, la boca enteramente abierta y los brazos caídos y lívidos. Sin embargo…

– Mi papá se está moviendo…

Como una torpe marioneta que pende de hilos ajenos a nuestra realidad, el corpulento y ensangrentado hombre se apoya en sus enormes manos, mientras hinca su rodilla, y queda cabizbajo por unos instantes. Largos instantes antes de levantar su rostro desfigurado por el terror:

– ¡Mamá, el abuelo está abriendo los ojos!… ¿pero qué le pasa?

– … Esos no son los ojos de mi papá…

Los ojos son de terror, como de quien por segundos ha visto el infierno y ya no puede borrarlo de sus pupilas. Son ojos tatuados de espanto en tierras lejanas. Están inyectados en sangre y ausentes de todo brillo. Grises y sin vida, como los de un tiburón disecado en una enorme pila de formol.

– Carlos Alberto, pero, ¿qué pasa? No entiendo…

Nunca completó la frase. El anciano se incorporó salvajemente, con los ojos desorbitados, agitando sus brazos como si algo le quemara en su interior, como un molino incendiándose que agita sus aspas en llamas. Empuja de un golpe brutal al enfermero y se derrumba nuevamente de rodillas con la boca enteramente abierta, agrietada en sangre por el inmenso esfuerzo, el rostro desfigurado y las llagas enteramente desgarradas, templadas las venas del cuello, mientras clavaba dolorosamente las uñas en la tierra, destrozándolas hasta más allá de la cutícula, como si quisiera este hombre sembrar sus manos como raíces y jamás sacarlas de ahí.

– ¡Dios mío, don Aguirre! ¡Su papá está vomitando el agua con las pastillas!

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