LÁZARO

Capítulo 8

– ¿Están muertos?

Con una mano temblando en el picaporte y la otra aún cubriendo su enorme vientre, donde puede estar Andrés o Natalia aún de cinco meses, Marina abre la puerta de la oficina de administración del segundo piso, donde se escondió de una muerte certera y vio a través del cristal una enloquecida lucha entre su recién asesinada compañera Ángela María y un desnudo cadáver que acababa de despertar de su mesa de autopsia para apuñalar al doctor Ortiz y crear el pánico y la pesadumbre. Como bordeando las paredes de una nueva realidad, Marina pregunta en un susurro de voz:

– ¿Angie?

El cuadro a plena luz es una escena de pesadilla: un hombre corpulento, anciano y desnudo, con el cuerpo lleno de llagas y el vientre abierto de par en par, inclinado de cabeza e inmóvil sobre una mujer arrodillada, a la cual él tiene los dedos de su mano clavados como puñales en su moreno rostro, muy cerca de los ojos y la boca, mientras ella tiene ambas manos enredadas en sus intestinos y entrañas, porque en su desespero por sobrevivir, ha destazado al monstruo con sus propias manos, destrozándole cualquier mecanismo vivo en su interior. Ambos están todavía temblando después de muertos, uno recostado sobre el otro. Uno temblando de furia ciega y animal. La otra, de pavor e instinto por vivir. Y los dos, rodeados por un charco de sangre y entrañas donde se mezclan unas con otras, como en una fiesta pagana de toros y azucenas, de rojos atardeceres y negros asesinatos. Pareciera de lejos un cuadro de amor como las estatuas de Los Amantes de Augusto Rodin, donde una figura inclina fervorosa su cabeza sobre el vientre de la otra.

– ¿Estás bien?

– No pude salvar a mi amiga… Tuve miedo…Y ella me pedía que la dejara entrar al cuarto, pero no pude… Tuve miedo que la cosa entrara y nos matara a ambas…

Se acerca detrás suyo William que todo el tiempo fue testigo mudo de la delirante escena entre la lucha de Ángela María y el cadáver, como un insecto nocturno idiotizado ante las llamas en la noche. Así como cuando diariamente nos quedamos inmóviles y anestesiados ante el horror de nuestra cotidiana realidad rebosante de calles donde los niños y los perros buscan comida abriendo bolsas llenas de basura y enfermedad, donde en oscuros sótanos descuartizan secuestrados para borrarlos con ácido en abandonados pozos de concreto, de montes y cañaverales llenos de minas quiebra patas que hacen de un hombre un amasijo de tripas y huesos, de pueblos enteros incendiados y ametrallados. Esa inmovilidad y carencia de voluntad que nos atenaza de los tobillos y nos obliga a ser testigos de la degradación de un semejante, sin ser capaces de hacer siquiera algo.

– ¿Está bien doña Marina?

– No la dejé entrar… No la dejé entrar… Tuve miedo…. Mucho miedo….

William toma a Marina de la espalda, como confortándola, mientras sale de la oficina enteramente, pisando los dos la sangre derramada de la mujer destrozada por el cadáver, todavía con sus ojos abiertos, como un tiburón tigre arrastrado fuera del mar.

– ¡Ayuda Marina!, por favor… necesito hacerle un torniquete de urgencia al doctor Ortiz… ¡don William!

Mientras se incorpora con notable dificultad el asistente Gutiérrez, con su traje blanco empapado en sangre, les llama con voz lastimera y casi quebrada en el llanto. William y Marina pasan lentamente sobre el fango de entrañas y sangre espesa que escurre del cadáver del veterano sobre el de Ángela María, que juntos y entrelazados parecen un extraño árbol con gruesas y bermejas ramas que en la noche forman figuras humanas, y todos los órganos reventados y arrojados a su alrededor como caídas hojas del otoño. Pasan con mucho cuidado, como quien rodea un abismo y teme mirar detenidamente hacia abajo, porque el abismo puede devolverle la mirada en cualquier instante, como escribía Nietzche. William le extiende su fornida mano al enfermero para ayudarle a que se levante por completo…

– Don William, permítame su cinturón. Necesito hacer un torniquete ya mismo. Doña Marina, ayúdeme con el doctor.

No hablan del misterioso incidente porque ante la urgencia se encuentran en estado de shock. El ser humano siempre ha tenido la facultad de ante la necesidad de sobrevivir poder pasar por alto lo imposible y lo irreal. Entran a la sala de autopsia inundada de olor a formol y a potasio por la sangre derramada, mezclada con el tufo penetrante de la carne corrompida y en descomposición, la cual se encuentra en un total desorden de sierras por doquier, de agujas quebradas en el piso, con la lámina de metal para cadáveres todavía empapada de líquidos vitales que escurren lentamente por las rejillas de drenajes, y ahí en medio de aquél desorden, está el cuerpo encogido y enorme del doctor Felipe Ortiz, con sus cabellos grises revueltos y el sudor escurriendo por su frente, y evidentemente temblando de frío y con sus manos con cierto tono azul, como si la muerte le empezara a subir desde los tobillos hasta las sienes, y en su muslo tiene clavado de punta a punta un afilado estilete, por donde le escurre lentamente la sangre de la arteria femoral.

– Vamos a apretar bien este cinturón en el muslo del doctor…

– No podemos apretarlo con tanta fuerza, Gutiérrez, porque podríamos generar una hemorragia interna, y si se muere el tejido nos tocaría recurrir a una amputación…

Por un instante abre los ojos el doctor Ortiz aún con la mirada vidriosa. Acaba de despertar del shock nervioso, y despierta atemorizado ante la perspectiva de tener que amputar su pierna. Sus ojos figuran los de un maniquí. Fríos y como vaciándose de vida, al tiempo que la sangre fluye ligera y desprevenida de su muslo abierto, creciendo cada vez más la periferia del disco rojo en el que está acostado y su asistente trata de realizar un torniquete. Los labios del doctor tiemblan y están secos y no pronuncia una sola palabra. Inconscientemente sabe que todavía lo peor está por suceder, como quien tiene una cortada en pleno mar abierto al anochecer. Siente su corazón como un reloj de arena que se ha quebrado en alguna punta. Aprieta con fuerza el torniquete en el muslo, que casi inmediatamente empieza a inflamarse y a ponerse negro, como sangre estancada e impura. Cae nuevamente en la inconsciencia, al tiempo en que el sol ardiente de Bogotá da paso lentamente a unas seguras nubes azules que con el pasar de los minutos se van haciendo grises en distintas tonalidades, siendo siempre las más oscuras son las que están más cercas y mucho más blancas las que coronan las altas montañas, como si allá no llegara la lluvia y la tempestad. El viento frío desciende desde las montañas de Cundinamarca, haciendo que las flores de las enredaderas vayan cerrando sus pétalos como los ojos de miles de niños ahogados en las aguas del río y aún tiritando con su carne violeta, y asimismo las plantas se inclinan hacia la tierra en una extraña venia. Todavía no se acerca la lluvia, pero se siente el frío que la antecede diez minutos antes. Al fin y al cabo, estamos cerca de Bogotá y pasamos del verano al invierno en un mismo día. Los reflejos de la luz que entran por la ventana cada vez son más débiles, casi fantasmagóricos, sin embargo van secando rápidamente los charcos de sangre en el suelo, otros en la pared y alguna que otra gota en el techo.

– Doña Marina, necesitamos ir a un hospital de inmediato. Don William, ¿tiene las llaves de la camioneta?

– Sí, mi doc. ¿Y con quién dejamos a los demás pacientes?

– No tengo ni idea, pero si no llevamos ya al doctor Ortiz, vamos a tener con Angie dos muertos esta tarde.

– Gutiérrez…

– Doña Marina… dígame…

– ¿Qué sucedió?, ¿qué tenía esa cosa?, ¿qué tenía ese hombre?, ¿estaba realmente muerto cuando ustedes lo analizaban?

Como si la lluvia entrará a salvarle de una respuesta que el joven practicante de medicina ignoraba por completo, empezaron a caer las primeras gruesas gotas sobre el amplio tejado a dos aguas estilo colonial del Asilo, como era la usanza de los hospitales militares de los años cincuenta. Los primeros instantes de la lluvia son como golpes en las notas altas de un piano de cola: pesadas, dolorosas y separadas unas de otras, como para crear la impresión que todavía hay lugares secos, como para tentar a los condenados con el dulce perfume de la inexistente esperanza en sus vidas. Los altos cipreses cerca del asilo se ondean con el viento, agitando sus ramas verde oscuras contra unas montañas cada vez más grises y sumidas en la niebla de la cordillera, como un vapor de tierras malsanas levantándose a cobrar venganza. Y en minutos se hace más intensa la lluvia golpeando el tejado, arrastrando consigo el lodo de las tejas hacia las canales y estancándose con las piedras y la basura, creando ruidos imposibles como de enormes gatos enfermos que caminan pesados por el techo buscando como entrarse a la casa o de gibosas y hambrientas brujas gateando sobre los tejados en las casas pobres del Eje Cafetero, con sus bocas abiertas y afiladas, esperando colarse por cualquier buhardilla para festejarse con la carne dulce de algún recién nacido, mientras sus papás duermen. Así caía la lluvia y el atardecer…

– Bajen ustedes dos, William y Marina. Consigan la camioneta y revisen que todo esté bien. Apenas todo esté bien, me avisan y bajo con el doctor Ortiz y nos vamos ya para el hospital de la Universidad de la Sabana que es lo más cerca que tenemos, para que nos presten ayuda médica urgente. No alcanzamos a llegar a Bogotá con el doctor vivo.

Doña Marina sostiene su vientre y don William fraternalmente pasa su brazo sobre ella, en un cuadro de mortal tristeza y desolación, como los campesinos del Angelus de Millet, pero esta vez no con un paisaje de una cosecha derrotada e infértil, sino con un corredor empotrado en entrañas y con dos cadáveres postrados uno sobre otro en un infinito circulo de odio. Bajan las escaleras lentamente, dejando a Gutiérrez con el doctor en la sala de autopsia intentando estabilizar sus signos vitales. Las luces se hacen lejanas y se pierden a lo largo de la escalera, donde nadie ha prendido ningún bombillo. Pero son luces sin perspectiva a lo largo de la escalera en caracol, con sombras difusas y extrañas. El pasillo está casi a oscuras. Es el comienzo del atardecer. El descenso por las escaleras es sinuoso y torpe, como bajando a un abismo oscuro y pleno de sorpresas desagradables. A pesar que son las mismas gradas que han subido y bajado una y otra vez, a lo largo de los años, este preciso atardecer las hace horribles e inciertas. Porque así actúa el terror cuando acontece algo en un territorio que antes nos fue familiar, haciéndolo inmediatamente extraño y lejano, como un país extranjero y temible. Los rostros de nuestros conocidos se tornan máscaras llenas de secretos, y cualquier puerta cerrada abre hacia la pesadilla. Con el corazón ardiendo de miedo, bajan las escaleras a oscuras. Apenas es el atardecer y las sombras no han despertado del todo.

– Doña Marina, hoy después de lo que vi, ya no sé ni en qué creer… Creía que el único muerto en resucitar había sido Lázaro…

Sentencia gravemente don William mientras terminan de descender por las gradas hacia la amplia recepción que da contra la entrada principal y sus puertas con amplios ventanales, por donde se cuela el frío y se mecen escabrosos los cipreses con el viento que baja de las montañas, y con sus grandes ramas inclinadas por el peso de la lluvia. Nada se escucha en el asilo, únicamente el ruido atronador de la lluvia sobre el tejado, que ya parecen millones de millones de puñetazos de hierro que amenazan con tumbar el techo. Las luces cada vez son más lejanas y el campo parece un territorio hostil detrás de los amplios y numerosos vidrios hexagonales de la puerta doble de la entrada siempre cerrada bajo llave. Hay algo melancólico en la naturaleza, como si estuviera bajo unas alas invisibles que la llenan de ansiedad, consumiendo cada rastro de vida. Como si después del ardiente sol, solo restara la lluvia, la muerte y el vacío interior.

– Toca revisar rápidamente a los pacientes, don William, primero a los veteranos que han estado súper raros estos días. Primero no toleraban el agua, luego tampoco la luz y finalmente se quedaron más quietos que de costumbre.

– Raro eso, ¿verdad doña Marina?

Siguen avanzando unos veinte metros más hacia la izquierda alejándose de la entrada principal, y de la cocina en su extremo derecho. Es una amplia construcción pensada para recibir los militares heridos o muertos por una guerra civil. Se ve bien curiosa la pareja de amigos perdiéndose al interior del hall del primer piso. La figura pesada y obesa de don Wiliam parece gigantesca junto a la enfermera embarazada que camina lenta y torpe como una gaviota en tierra. Al fin llegan a la primera sala donde se encontraban los veteranos de guerra, aún con las cobijas tapando enteramente las ventanas que dan contra el exterior, y se detienen en la puerta. Todo es silencio al interior, solamente la metralla incansable de la lluvia contra el tejado. Doña Marina mira hacia su interior y aguza sus ojos para acoplarse a la oscuridad, pero algo…

– Hay algo raro aquí, don William… ¿Se habrán dormido?

– ¿Prendemos la luz de la sala, doña Marina?

Como quien evita mirar debajo de la cama temiendo un mal presagio, doña Marina se justifica un instante, sin tenerlo claro aún por qué y le dice por lo bajo:

– No, eso les haría daño, pero no los veo bien… ¿Puede prender su linterna un segundo, don William?

Don William toma su linterna de dotación, la acciona y apunta el haz de luz hacia el interior de la sala… De un lado hacia otro revolotea la luz como una mariposa de oro en una noche negra, de las vacías camas perfectamente tendidas hacia las paredes, se agacha y apunta debajo de las camas y contra los pesados cortinajes buscando algo escondido en la oscuridad, detrás de los nocheros como si esos enormes hombres de guerra pudieran allí ocultarse, incluso infantilmente la dirige hacia el techo esperando encontrar quién sabe qué, pero nada… Las poltronas y camas en perfecto orden. Todo en absoluto silencio y quietud. Jamás la paz había sido motivo de tanto espanto…

– Doña Marina, aquí no hay nadie…

 

error: El contenido está protegido.