LÁZARO

Capítulo 9

– ¿A dónde habrán ido?, ¡no hay nadie, don William!

Dice doña Marina mientras acciona el interruptor de la luz para confirmar que efectivamente no hay nadie en la sala donde hace unas horas estaban confinados en perfecta quietud ocho veteranos del Batallón Colombia, quienes unos días antes sufrían extrañas úlceras en la piel a razón de la presencia de la luz y luego no toleraban siquiera el agua. Don William mira al interior de la sala, de un lado hacia otro, las camas apenas sin tender y a su lado un par de nocheros con unos vasos de agua y unas pastillas sin tomar. La lluvia sigue cayendo cada vez con más fuerza e intensidad, haciendo las gotas cada vez más gruesas y pesadas contra el techo del enorme asilo. Ante esa nueva sorpresa han olvidado por unos instantes la atroz escena del segundo piso, cuando un cadáver se levantó de la mesa de autopsia para apuñalar al doctor Ortiz y luego emprendió una imparable carrera hacia Ángela María para destrozarla con sus afiladas uñas, encontrando también su final allí mismo. Don William y doña Marina se miran uno al otro como un par de sepultureros a la media noche ante una tumba abierta.

– Venga don William, revisemos a los pacientes de fonoterapia.

Casi apenas terminando la frase, al final del pasillo se escuchó un seco alarido, apenas audible entre la tormenta. El corpulento hombre y la enfermera se miraron pálidos y temerosos, descifrando el horror uno en el rostro del otro, como espejos velados en un cuarto oscuro. El alarido no fue largo porque parecía que algo lo hubiera sofocado brutalmente. Había sido más el comienzo de un llanto. Triste y agudo. Como quien desea por fin morir y hundirse en la inconsciencia, pero el dolor mismo no le permite desmayarse. Era un grito de miedo y de agonía. Uno podía casi pensar en…

– Doña Marina, alguien se está muriendo… Vamos ya…

La mujer embarazada toma de la mano a don William, menos para animarse a caminar hacia el lugar del alarido, allá casi al final del pasillo del primer piso, cerca de la sala de los pacientes de fonoterapia, sino más bien para mirarlo a la cara y suplicarle que no caminen más, que comprenda que ella no puede asumir esta situación, que está esperando un bebé y que lo único que quiere es salir despavorida de ese lugar. Le pregunta en voz baja, como midiendo cada una de sus palabras, para ser lo más convincente posible:

– ¿Usted no ha pensado seriamente en lo que pasó arriba?, esa cosa mató a Ángela María. Prácticamente la destrozó… ¿y si los demás viejos tienen lo mismo ya no tenemos a uno, sino a muchos así?… ¿qué vamos a hacer usted y yo solos contra más de esas cosas?

Don William es un hombre de unos cuarenta y cinco años, humilde y testarudo, de conocimientos culturales casi cercanos al analfabetismo, venido desde muy niño del norte de Santander a la capital para buscar mejores oportunidades de vida que jamás se dieron. Cuando llegó con su mamá, su papá y su hermano menor al barrio El Restrepo se instalaron un par de semanas en la casa de unos familiares que los sostuvieron un par de meses, y luego emigraron hacia La Primavera donde tomaron una pieza para vivir los cuatro en una casa de inquilinato, donde en un mismo corredor se veían las mujeres planchando ropa para ganar dinero, los borrachos que llegaban a gritar y a golpear a botellazos a sus hijos y a sus esposas, a niños como él estudiando en cuadernos baratos y con una agua de panela para aguantar de desayuno toda la mañana, a empleadas de servicio trabajando todo el día para pagar unas guarderías infestadas a vómito donde a nadie le interesan sus hijos, a boxeadores, artistas y escritores caídos en la droga y alejados de sus familias. Al cabo de unos años el joven William se hizo su primer trabajo como taxista recorriendo la cada vez más creciente Bogotá, que desde Chapinero se empezaba a extender hacia el norte, alternando por las noches como celador en algún edificio cerca de la casa del inquilinato. Su papá trabajaba para ese entonces en un negocio de calzado y cuero, y una tarde de 1984 fue a recoger con su esposa la mísera pensión que le habían dejado sus años de trabajo en alguna oficina del norte de Santander, pero al regreso del banco en mitad del centro, a un par de cuadras de la plaza de Bolívar, casi a medio día, un par de salteadores menores de edad les dispararon a quemarropa para quitarles esos pocos billetes y salir huyendo en cualquier buseta. Desde entonces, William tuvo que hacerse a cargo de la educación de su hermano menor, para salir adelante los dos en una ciudad cada vez más voraz y amarga. Por lo tanto la única respuesta que podía tener ante doña Marina era la de sus años de obligada testarudez ante la vida:

– No doña Marina, yo tengo que saber qué está pasando.

El hombre avanza a paso lento pero firme mirando a cada lado del primer corredor, que es lo suficientemente largo para demorarse caminando desde la entrada principal hasta el final unos diez o quince minutos. El corredor está apenas iluminado por unas balas de luz mortecina empotradas en el techo y que funcionan desde hace treinta años por lo menos. A lado y lado hay algunos cuartos cerrados y otros con las puertas abiertas, en donde hay pequeñas oficinas, implementos de aseo, libros de contabilidad, recepciones para los familiares, etcétera. Casi llegando al final está la segunda gran sala en donde se encuentran los cuatro pacientes de fonoterapia que desde hace cinco años están al cuidado en el Asilo. A pasos más lentos le sigue doña Marina con su enorme vientre donde crece Andrés o Natalia, como una voraz semilla humana que bebe imparable sangre de las paredes del oscuro útero donde habita, paciente esperando en la noche del origen primigenio, mientras dentro suyo crece la piel y los huesos, se llenan los ojos de luz y de alma el cuerpo. Siguen caminando de la sala aún iluminada y en orden de los veteranos, perdiéndose en la oscuridad del pasillo igual que un par de fantasmas, apenas visibles por las últimas luces del atardecer, impuro e indefinido, colándose por los amplios ventanales de la puerta principal, a cada paso más y más y más lejana, haciendo imposible cualquier escape ante la menor eventualidad.

A diferencia del ambiente siempre pesado y hostil de la sala en donde se hospedaban los veteranos de guerra, en la sala de los pacientes de fonoterapia siempre se respiraba todos los días un ambiente dulce y callado, como si allí el tiempo fluyera a pasos de ciego o manantial sin rumbo. La enfermera y don William antes de llegar, piensan en los habitantes de la segunda sala a quienes atendía principalmente Ángela María. Tres abuelas con sus manos manchadas por el sol del trópico, tejiendo bufandas de colores, riendo divertidas e inocentes ante la menor ocurrencia de los enfermeros, con la suavidad y paciencia de un árbol milenario, y un abuelo traído del norte de Antioquia. El hombre es un animal que nace viejo y en ruinas, y si cuenta con suerte, se va haciendo niño y también semilla. Los amaneceres, el agua fresca, la suavidad de algunas frutas; el cariño de un niño o un cachorro; una llamada telefónica, una cobija a tiempo, un abrazo inesperado o un paseo en carro; la suave luna tras la ventana, el recuerdo de un amor tan lejano que parece soñado y los odios cada vez más tenues e imprecisos; una carta sin abrir, una novela sin terminar pero que ya no importa su final, las cartas escritas a mano para atestiguar la vida, una tarde entera para revisar un álbum de fotos, un chocolate a escondidas o un juguete hecho a mano; el orden preciso de los objetos para no perder ninguno en el ejercicio de la ceguera; las monedas para regalar a los nietos porque ya no se precisan; los regalos que son significados y nada más; el tácito perdón con el mundo mismo; las débiles rodillas, los inciertos ojos y la confiada oración. Cada una de las cosas que compone el catálogo más importante de la vida, resplandece de valor en nuestro ocaso y declive, igual que esas piedritas blancas ocultas en la arena, que únicamente brillan con la luna. La vejez también puede ser una luna llena de tesoros por descubrir. Están a pocos pasos de ingresar a la sala de los ancianos…

– Don William, ¿usted no siente un olor extraño?

– Como maluco, ¿no, doña Marina?

Mientras aguzan sus sentidos en un pasillo que tiene más de oscuridad que de luz por la tormenta que no para y la luz mortecina con bombillos baratos, sienten un olor profundo, fuerte y amargo, que hace sentir como si…

– Esto huele es a matadero, doña Marina, a puro matadero…

Camina dos pasos de afán don William y ve la puerta abierta de par en par como un ingreso a una nueva pesadilla, como un descenso a las oquedades del infierno desde donde se escucha el rechinar de dientes de los réprobos y las mil voces de Satán, que imita el canto del niño y la alondra y el gruñido del búfalo y el siseo de la serpiente, y todas a la vez en una misma e insistente letanía. El olor a sangre es innegable y profundo, que se respira por la nariz en un solo momento y llena la boca de una fetidez imborrable como de carne de muertos, y desciende hacia los pulmones infestándolos con su tufo de gallinazos y vientres inflados por la descomposición, como globos negros de tormentosa corrupción. Huele a sangre derramada que es el olor por el que salivan los espíritus necrófagos a las tres de la mañana cuando el infierno les abre las puertas.

– Dios mío……….

Apenas entran el gran escenario les hace retroceder fríos de horror. Doña Marina sostiene su vientre, gira hacia la izquierda y vomita compulsivamente, como un querubín en una fuente de agua. Definitivamente no puede más. Don William se lleva las manos a la boca intentando retener el vómito que corre a toda velocidad desde sus entrañas hacia su garganta, mientras su cabeza da vueltas en espiral.

La luz eléctrica, blanca y penetrante, mostró en toda su dimensión la segunda sala, que a diferencia de la primera, era un absoluto caos y horror. Las camas revueltas con un odio supremo y las cobijas en el suelo. Los vasos hechos pedazos y el agua derramada. Las muletas y los bastones regados por doquier. Al igual que pedazos de quienes antes vivieron allí en esa sala. La mejor manera de describir la situación es pensar en cuatro personas arrojadas al interior de una licuadora gigante y sin tapar, regando brutalmente todo su contenido en milésimas de pedazos contra las paredes, el piso y el techo. Era imposible definir las partes, como en un atroz rompecabezas humano, deshecho para siempre. Coágulos inmensos de sangre fresca escurriendo de las paredes y el techo llenos de puntos negros conformados por las grandes moscas que tanto apetecen este tipo de fluidos. Zumbando gustosas y avaras su rojo néctar. Así también zumbaban los cerebros de don William y la enfermera, como cuando se ha estado demasiado tiempo boca arriba en una montaña rusa, que hasta puedes escuchar tus propios latidos bombeando sangre a tu cerebro inerte.

– Todos están… ¿descuartizados?, ¿qué les sucedió?

Con su pijama puesta, doña Marisella, una de las abuelas que le fascinaba leer cuentos de historietas, yacía destazada con las pecosas manos cubriéndose el vientre, mientras las grises y rojas entrañas surgían como una curiosa enredadera, que salía de su cuerpo y parte de ella colgaba del catre de la cama y otra parte llegaba casi hasta las cortinas, como si alguien hubiera escarbado en su interior buscando quién sabe qué. Una de sus manos estaba prácticamente devorada y solo quedaban tres dedos, los demás eran huecos negros de donde asomaban pedazos de las falanges, como si se los hubieran arrancado de un brutal mordisco. La boca de doña Marisella era un cráter de sangre de donde apenas asomaban apenas un par de dientes, porque otra boca más hambrienta y salvaje aún la había mordisqueado hasta las encías como a una fruta fresca y jugosa. Su cabeza parecía un panal quebrado por niños a pedradas, ya que le habían arrancado el cabello gris a manotazos dejando partes del ensangrentado cráneo a la vista. Uno de sus ojos estaba inflamado por un golpe de infinita furia y se veía como un globo rojo a punto de reventar sanguinolento en cualquier instante. Unos metros más allá, se veía a la pobre Consuelito boca abajo como intentando arrastrarse y esconderse bajo una cama, con las manos crispadas de miedo y su espalda abierta de tajo como una lata de sardinas, y con sus pulmones negros y arrojados a los lados como un par de alas inservibles y con los alveolos empequeñecidos por la falta de aire, y con las costillas quebradas a izquierda y derecha como un banquete de jaibas, en donde los invitados tuvieron que romper el esqueleto para alcanzar la blanda y dulce carne y cortarla en largos tajos. Los pies descalzos de Consuelito estaban llenos de largos mordiscos que algunos llegaban hasta los muñones de los dedos. Sobre una cama se veía el cuerpo de don Félix que se notaba que había intentado cobijarse nuevamente ante la presencia de los muertos, como cuando uno de niño creía que con huir entre las cobijas era suficiente para huir de los monstruos. Tenía un boquete enorme en la oreja de donde surgían pedazos de rosados cartílagos como restos del espantoso banquete, tenía la nariz casi arrancada de golpe con un perfecto triángulo de oscuridad en su imposible rostro y su cuello absurdamente abierto como si alguien hubiera querido cavar un túnel desde la garganta hasta su corazón palpitante y temeroso, y de ese cráter todavía surgía a cuenta gotas la artería reventada de un zarpazo o un mordisco de dimensiones insospechadas, y la sangre espesa y negra todavía escurría de la almohada hasta el suelo. Desde lejos parecía un niño envejecido oculto tras las cobijas, a quien los monstruos al verlo oculto hubieran decidido cebarse en la carne de su cabeza hasta agotarlo por completo, como quien succiona una suave ostra y deja completa la inútil concha. Pero el más triste de todos era el de doña Mercedes, una señora que había sobrevivido al cáncer de garganta, casi perdido su voz, abandonada de su familia, y que ahora lo único que quería era recuperarse enteramente, estaba arrojada de lado detrás de una cama tumbada al revés, como una figura de Pompeya no cubierta de ceniza, sino de coágulos de sangre en una infinita mueca de dolor de no poder gritar con su voz, pero haciendo de su cuerpo un completo alarido en sus ojos, en sus cabellos erizados, en sus uñas rotas, en sus manos todavía sujetando su álbum familiar, y en su boca ya sin labios por algún mordisco brutal. Recordaban todos a los cadáveres abiertos en secreto por los médicos pre-renacentistas en sus investigaciones para encontrar el alma humana escondida en la entraña, concluyendo finalmente que se hallaba en la silla turca. De pronto se escucha detrás del cuerpo de doña Mercedes un leve tosido, casi agonizante…

– ¡Doña Marina, un sobreviviente!

Don William sin pensarlo dos veces se acerca al anciano todavía tirado contra la pared, que a pesar de estar cubierto de sangre seca y empotrada en sus pantalones, parecía tener todas sus extremidades completas. Intentaba incorporarse torpemente para recibir ayuda. La enfermera embarazada todavía no se repone de semejante cuadro infernal y apenas se sostiene del marco de la puerta…

– Señor, permítame para llevarlo a un hospital. Doña Marina, recogemos a este paciente y nos vamos de una al hospital con el doctor Ortiz y Gutiérrez…

Doña Marina mira con detenimiento el cuadro de la despiadada escena, y como entendiendo todo en un instante (fatal instante), ve que hay cinco figuras, donde sólo deben haber cuatro… El anciano sobreviviente se arrodilla con dificultad, aún con el rostro contra el suelo, con su cabello gris y desmadejado, las manos empapadas de sangre todavía apoyadas en las baldosas, mientras don William se acerca para levantarlo…

– Don William, ese no es un paciente de esta sala…

El corpulento santandereano retrocede instintivamente, como si tuviera una terrible serpiente en frente suyo, mientras el anciano levanta espasmódicamente su rostro pleno de pústulas y llagas. Las pupilas grises, nervudas y deshechas, que miran siempre sin ver. Abre su amplia y negra boca con los dientes gastados y punzantes, pero repentinamente se desploma de nuevo sobre sí mismo, cayendo en una profunda inconsciencia antes de desatarse en un escandaloso y espeso vomito lleno de carne a medio tragar y oscura sangre, cada vez más nítido con la intermitente y temblorosa luz eléctrica…

– ¡Ave María, Doña Marina! Ese hombre acaba de vomitar un par de dedos…

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