CUANDO BAJA LA NIEBLA

Cuando baja la niebla

CUANDO BAJA LA NIEBLA

 

 

Capítulo I

 

– Pon las luces altas, amor, porque no se ve absolutamente nada por las ventanas de la camioneta – le dijo Andrea, una joven estudiante bogotana de Derecho en el Rosario, a su novio Luis Carlos. Venían conduciendo desde hace horas entre la niebla propia del Quindío. Se iban a encontrar con sus otros amigos de camping, que habían llegado desde por la mañana al Bosque. Muy por encima del espectacular valle del Cocorá, cuyas gigantescas palmas de cera parecían blancas con la neblina que bajaba del bosque.

– Te cuento mi querida Andre que ya las tengo todas en alta. Más, imposible. – le respondió Luis Carlos, mientras revisaba el velocímetro de la camioneta 4×4 que había comprado hace un par de años para vivir este tipo de aventuras por la geografía colombiana.

– Sí, es cierto, pero entonces ve más lento. – con la insistencia propia de las mujeres cuando van de copiloto, porque Andrea sentía que iban cada vez más rápido.

– Amor… voy exactamente a 30 km por hora porque con las curvas de esta carretera. No veo absolutamente nada. Tampoco puedo ir más rápido y si voy más lento, nunca vamos a llegar al campamento. ¿Qué horas tienes, Andre?

– Es que salimos como tarde del hotel de Salento, ¿no? Ya son casi las 8 pm… – mientras ponía el desempañador porque los vidrios estaban absolutamente blancos esmerilados por la humedad natural que venía de los páramos y del río.

– Pero parecen las 10:00 pm o hasta las 2:00 am por esta oscuridad tan brava. Las veces que había venido aquí al Quindío a acampar nunca había visto una niebla tan intensa. Es que no veo nada. – por un instante Luis Carlos sintió algo de remordimiento en haber insistido en venir tan tarde. El guía forestal les había advertido de no viajar a esta hora, porque la niebla era más intensa. Pero igual ya estaban aquí y tenían que continuar hasta encontrarse con sus dos amigos que se habían venido desde temprano.

– Yo sé. Y el frío, Mauro y July ya deben estar con las carpas armadas desde por la tarde. Es que son muy intensos ellos dos para acampar y todo eso. – dijo la pobre Andrea, abrazándose con fuerza a sí misma, porque su chaqueta impermeable no la calentaba mayor cosa con respecto al frío tan tremendo que bajaba del bosque de niebla. “Sí, debimos habernos quedado en el pueblo cuando el guía forestal nos dijo que no subiéramos hasta mañana. Pero es que Luis Carlos es tan llevado de su parecer”, pensó con cierta molestia.

– Jmmmm. Pero tal cual. – murmuró Luis Carlos.

– Otra vez te pasaste a 40. Bájale a 30. Es que ni se ven las palmas de cera con esta niebla. Y me da como cosa que vayamos sin querer, pues, a atropellar a algún animalito. Me da de todo uno pensar en pegarle con la camioneta o hasta pasar por encima a algún perrito o un arma coso…

– Armadillo, Andre…. Pero igual vamos lentos. Y si no ves las palmas de cera es porque ya las pasamos hace rato. Ya estamos subiendo por el tramo izquierdo del Valle del Cocora hasta la Estrella de Agua, donde comienza el bosque de niebla. Mañana cuando amanezca vas a quedar fascinada. Es que es una vista increíble el mirador de la Quebrada San José. Es un cañón de piedra y bosque nativo que no te imaginas. – eso sí era cierto, Luis Carlos era un conocedor nato de los paisajes colombianos. Lo era desde los paseos del colegio hasta las excursiones ecológicas y caminatas en los días de la universidad. En el viaje hacia el parque Nacional El Tuparro había conocido a Mauro y July. Ellos sí eran todo terreno. Definitivamente en qué se había metido Andrea Liliana Nieto, más rola para dónde. “¿Qué tal andando con semejante grupo de trotamundos, que mientras más niebla y mojados estaban por la lluvia, parecen más felices?”, se preguntó angustiada y sin dejar de mirar su celular.

– Sí, vi algo en el Instagram de Juli esta mañana – miraba Andrea, a la vez que confirmaba con cierta incomodidad que no tenía wifi desde hacía varios kilómetros, cuando dejaron el pueblo de Salento, como último vestigio de la civilización. Ahora sólo era niebla, humedad y frío, como si estuvieran entrando a otro mundo, a uno más antiguo.

– ¿Si sabías que Bolívar, el libertador, pudiendo tomar mejores rutas de campaña, siempre prefería la del Quindío para ver este paisaje mítico? – aquí era donde Luis Carlos empezaba a hablar como una Wikipedia. Sin darse cuenta ya el velocímetro iba en 60 kms porque empezaban a haber menos curvas y al cabo de 40 minutos estarían en la estación de la Estrella del Agua.

– ¡Súper, qué maravilla, Luis K!, ¿pero sabes qué sería mejor? Que volvieras a los 30 kms que veníamos antes. Es que tú no sabes qué puedes encontrar en esta niebla que parece un muro, y vas y te chocas contra algo, no sé, un pino caído o un tronco o algo, qué sé yo…

– Por Dios, niña Andrea, si estos pinos no se caen, llevan cientos de años de pie, y aquí no va a pasar nada porque…. ¡Mierda, qué es eso!

– ¡Jueputa, para el carro!, ¡paraaaaa!

Pararon en seco.

Con las luces todavía en alta y como flotando en un inmenso río de niebla. A ambos lados de la camioneta se levantaban miles de pinos gigantescos y de apariencia prehistórica que crecían en más de 5000 hectáreas de bosque de niebla alrededor suyo.

 

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relatos macabros 2

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