CUANDO BAJA LA NIEBLA

Cuando baja la niebla

CUANDO BAJA LA NIEBLA

 

 

Capítulo I

 

– Pon las luces altas, amor, porque no se ve absolutamente nada por las ventanas de la camioneta – le dijo Andrea, una joven estudiante bogotana de Derecho en el Rosario, a su novio Luis Carlos. Venían conduciendo desde hace horas entre la niebla propia del Quindío. Se iban a encontrar con sus otros amigos de camping, que habían llegado desde por la mañana al Bosque. Muy por encima del espectacular valle del Cocorá, cuyas gigantescas palmas de cera parecían blancas con la neblina que bajaba del bosque.

– Te cuento mi querida Andre que ya las tengo todas en alta. Más, imposible. – le respondió Luis Carlos, mientras revisaba el velocímetro de la camioneta 4×4 que había comprado hace un par de años para vivir este tipo de aventuras por la geografía colombiana.

– Sí, es cierto, pero entonces ve más lento. – con la insistencia propia de las mujeres cuando van de copiloto, porque Andrea sentía que iban cada vez más rápido.

– Amor… voy exactamente a 30 km por hora porque con las curvas de esta carretera. No veo absolutamente nada. Tampoco puedo ir más rápido y si voy más lento, nunca vamos a llegar al campamento. ¿Qué horas tienes, Andre?

– Es que salimos como tarde del hotel de Salento, ¿no? Ya son casi las 8 pm… – mientras ponía el desempañador porque los vidrios estaban absolutamente blancos esmerilados por la humedad natural que venía de los páramos y del río.

– Pero parecen las 10:00 pm o hasta las 2:00 am por esta oscuridad tan brava. Las veces que había venido aquí al Quindío a acampar nunca había visto una niebla tan intensa. Es que no veo nada. – por un instante Luis Carlos sintió algo de remordimiento en haber insistido en venir tan tarde. El guía forestal les había advertido de no viajar a esta hora, porque la niebla era más intensa. Pero igual ya estaban aquí y tenían que continuar hasta encontrarse con sus dos amigos que se habían venido desde temprano.

– Yo sé. Y el frío, Mauro y July ya deben estar con las carpas armadas desde por la tarde. Es que son muy intensos ellos dos para acampar y todo eso. – dijo la pobre Andrea, abrazándose con fuerza a sí misma, porque su chaqueta impermeable no la calentaba mayor cosa con respecto al frío tan tremendo que bajaba del bosque de niebla. “Sí, debimos habernos quedado en el pueblo cuando el guía forestal nos dijo que no subiéramos hasta mañana. Pero es que Luis Carlos es tan llevado de su parecer”, pensó con cierta molestia.

– Jmmmm. Pero tal cual. – murmuró Luis Carlos.

– Otra vez te pasaste a 40. Bájale a 30. Es que ni se ven las palmas de cera con esta niebla. Y me da como cosa que vayamos sin querer, pues, a atropellar a algún animalito. Me da de todo uno pensar en pegarle con la camioneta o hasta pasar por encima a algún perrito o un arma coso…

– Armadillo, Andre…. Pero igual vamos lentos. Y si no ves las palmas de cera es porque ya las pasamos hace rato. Ya estamos subiendo por el tramo izquierdo del Valle del Cocora hasta la Estrella de Agua, donde comienza el bosque de niebla. Mañana cuando amanezca vas a quedar fascinada. Es que es una vista increíble el mirador de la Quebrada San José. Es un cañón de piedra y bosque nativo que no te imaginas. – eso sí era cierto, Luis Carlos era un conocedor nato de los paisajes colombianos. Lo era desde los paseos del colegio hasta las excursiones ecológicas y caminatas en los días de la universidad. En el viaje hacia el parque Nacional El Tuparro había conocido a Mauro y July. Ellos sí eran todo terreno. Definitivamente en qué se había metido Andrea Liliana Nieto, más rola para dónde. “¿Qué tal andando con semejante grupo de trotamundos, que mientras más niebla y mojados estaban por la lluvia, parecen más felices?”, se preguntó angustiada y sin dejar de mirar su celular.

– Sí, vi algo en el Instagram de Juli esta mañana – miraba Andrea, a la vez que confirmaba con cierta incomodidad que no tenía wifi desde hacía varios kilómetros, cuando dejaron el pueblo de Salento, como último vestigio de la civilización. Ahora sólo era niebla, humedad y frío, como si estuvieran entrando a otro mundo, a uno más antiguo.

– ¿Si sabías que Bolívar, el libertador, pudiendo tomar mejores rutas de campaña, siempre prefería la del Quindío para ver este paisaje mítico? – aquí era donde Luis Carlos empezaba a hablar como una Wikipedia. Sin darse cuenta ya el velocímetro iba en 60 kms porque empezaban a haber menos curvas y al cabo de 40 minutos estarían en la estación de la Estrella del Agua.

– ¡Súper, qué maravilla, Luis K!, ¿pero sabes qué sería mejor? Que volvieras a los 30 kms que veníamos antes. Es que tú no sabes qué puedes encontrar en esta niebla que parece un muro, y vas y te chocas contra algo, no sé, un pino caído o un tronco o algo, qué sé yo…

– Por Dios, niña Andrea, si estos pinos no se caen, llevan cientos de años de pie, y aquí no va a pasar nada porque…. ¡Mierda, qué es eso!

– ¡Jueputa, para el carro!, ¡paraaaaa!

Pararon en seco.

Con las luces todavía en alta y como flotando en un inmenso río de niebla. A ambos lados de la camioneta se levantaban miles de pinos gigantescos y de apariencia prehistórica que crecían en más de 5000 hectáreas de bosque de niebla alrededor suyo.

Había un hombre al frente de ellos. Temblando. Con las manos en alto. La chaqueta impermeable roja estaba rajada en varias partes y se veía el interior. Las botas casi desamarradas y el pantalón también roto en varios puntos. A cada instante que respiraba, botaba una nube inmensa de aliento, como si fuera un volcán. A pesar de la temperatura de 5 grados del bosque, el tipo tenía la frente perlada de sudor frío. Se notaba que venía corriendo mucho, definitivamente mucho y desde lejos. Todavía temblaba del cansancio.

– Paren… paren… se los ruego… por lo que más quieran.

Todavía consternados en el vehículo, como si tuvieran al frente una aparición.

– Luis Carlos, ¿le vamos a abrir la puerta a un desconocido?

– Si lo dejamos aquí va a morir y pronto, Andrea.

El tipo todavía temblando y con los ojos llorosos, juntó con dificultad las manos en algo parecido a una oración, y les dijo:

– Se los ruego… llévenme y vámonos de aquí.

Luis Carlos bajó con prontitud de su camioneta y le abrió la puerta de atrás, mientras Andrea lo miraba con los ojos enteramente abiertos. “Sí, obvio, tocaba salvarlo, pero es un absoluto desconocido que sale de la nada gritando en un bosque de niebla”. Miró su celular y nada. Definitivamente no tenía señal para llamar a nadie. Su novio le pasaba al desconocido una cobija térmica.

– Entre, entre, póngase en calor. Andrea, alcánzale el termo de agua de panela.

– Gracias… gracias… Dios los bendiga… a los dos… creí que iba a morir… vengo corriendo de muy lejos… de más allá del cañón de piedra…

– ¡Cerca de donde están Mario y Juli! – exclamó Andrea, mientras le pasaba el termo caliente.

– Mis amigos… eran cuatro más… – dijo el desconocido, mientras cerraba los ojos cuando puso sus manos en el termo caliente. Tomaba a sorbos, mientras al tiempo Luis Carlos y Andrea, musitaban mentalmente cierta frase, “eran cuatro más…”

– ¿Y dónde están tus otros… cuatro amigos? – preguntó Andrea, mirando al desconocido que acababan de subir a su camioneta en mitad de la niebla.

– Se los ruego… vámonos ya de aquí… eso ya está por alcanzarnos… vámonos…

– No te entiendo, cómo te llamas, empecemos por ahí. – habló Luis Carlos con su voz de barítono, como cuando necesita poner las cosas claras.

– Federico… Federico Suarez… soy estudiante de relaciones internacionales… del Politécnico… pero por favor, larguémonos YA de aquí…

Ese pequeño grito enfático en “YA” hizo que Luis Carlos y Andrea se miraran mutuamente. Cada vez más intrigados y sintiendo cierto halo de amenaza exterior. La noche. Los páramos. Los pinos. El río. Millones de millones de metros de tierra boscosa a doquier. La niebla. Un carro con las luces altas detenido en la falda del bosque.

– Ok… ¿y qué pasa con tus amigos?… ¿dónde están tus amigos? Nosotros vamos a la estación de la estrella del agua y vamos a seguir buscando a nuestros amigos que deben estar cerca del Cañón de piedra. – respondió lentamente Andrea para intentar tranquilizar a Federico. Efecto totalmente contrario: el desconocido puso los ojos como platos de auténtico miedo. Le respondió casi gritando a pleno pulmón.

– ¡No, no, no! No podemos seguir subiendo a este bosque de mierda. Se los ruego, no suban, no me hagan subir un metro más. Prefiero bajarme aquí y seguir a pie – hizo el ademan de intentar bajarse, como si el carro estuviera a punto de arder espontáneamente en llamas.

– Espere, espere Federico, no se vaya a bajar, espere. – le habló Luis Carlos en un tono bajo e intentando ser lo más amigable posible, y confirmando que estuvieran los seguros puestos. – A ver Federico, ¿y sus amigos… dónde están?

– Cuatro amigos más tenías, ¿verdad? – añadió Andrea.

Federico bajó la cabeza con resignación, educadamente soltó el termo, y les dijo con una sonrisa helada.

– De verdad, a lo bien, ¿a ustedes les gusta mucho hablar aquí, no? Yo no voy a perder más tiempo aquí encerrado… mientras eso viene por nosotros… Muchas gracias por intentar salvarme. Pero yo no estoy subiendo al bosque, yo me estoy devolviendo. Por favor, ¿me pueden abrir la puerta? – terminando con un gesto de forzada amabilidad.

– Creo que lo mejor es intentar comunicarnos con el guía de la CAR, pero es que no tenemos datos, ¿de verdad Luis Carlos? – respondió Andrea, analizando una nueva y misteriosa palabra añadida a la conversación: “Eso”. “Eso viene por nosotros”. ¿Qué es ESO? Pobre Federico. Tiene el cerebro tostado por estar perdido y al borde de la hipotermia en ese bosque de niebla.

– ¡Oigan, ustedes no entienden ni mierda! ¡Ábrame, ábrame, déjeme bajar! ¡Yo no me voy a dejar coger por esa cosa! ¡Ustedes no entienden, no entienden, no entienden! – gritando en un verdadero paroxismo. Intentaba abrir a empujones la puerta de la camioneta, casi llegando al llanto porque ni Luis Carlos ni Andrea le entendían o compartían su miedo. No dejaba de mirar con una angustia animal la oscuridad que los rodeaba más allá de los pinos, que parecía moverse como un océano primitivo a punto de asestar una oleada mortal.

– Ok, ok, ok, ok, una pregunta y nos devolvemos, Federico. Una pregunta. – dijo resueltamente Luis Carlos mientras prendía el carro. Secretamente Andrea también sentía cierta tranquilidad de devolverse. Cada vez le resultaba menos atractivo seguir subiendo a esta hora de la noche por un bosque de espesa niebla. Al menos bajar era un camino seguro y ya recorrido hacia el valle del Cocorá. Mañana sería otro día.

– Ok, ¿cuál pregunta? – respondió Federico resoplando y con evidente alivio, mientras se acomodaba en el sillón de atrás, sin dejar de mirar por el vidrio trasero por si algo llegaba a moverse entre los gigantescos pinos.

– Tus amigos, tus cuatro amigos, ¿dónde están?, ¿todavía están en el bosque?

Antes de responder, Federico cerró los ojos, tomó aire, lo sostuvo un momento en sus pulmones, como meditando la respuesta, y en voz baja dijo:

– Están muertos.

– ¡Muertos!, ¡muertos!, ¿cómo así que muertos? – prácticamente Andrea estaba gritando histérica, imaginándose a cuatro personas muertas en semejante vorágine helada. Luis Carlos quedó petrificado mirándolo por el retrovisor.

– Absolutamente muertos. Así como lo estaremos nosotros tres si no salimos de aquí inmediatamente – volviendo a mirar con una aprensión maniaca la oscuridad. También ya Andrea trataba de aguzar la mirada en la misma dirección de Federico, y observaba con detenimiento la descomunal vegetación casi prehistórica que los rodeaba, de gigantescos pinos de todas las clases, eucaliptos y siete cueros. Todos árboles primordiales de más de 40 metros. Capaces de esconder a un gigante entre su reino de musgo eterno, hojas secas y sombras alargadas a cualquier hora del día.

– Mejor devolvámonos a Salento. Esta noche está difícil para continuar, Andre, y así allá Federico llama a sus familiares y pone esto en manos de las autoridades forestales y la policía – mientras giraba lentamente el vehículo, sin darse cuenta que tanto Andrea como Federico miraban al tiempo hacia la oscuridad que escondían los pinos.

– Vete lento, igual tenemos que tener cuidado con la niebla y estamos todavía al menos a dos horas del pueblo. – Andrea en un gesto conciliador le ponía la mano en la pierna a Luis Carlos. – Es mejor así, y regresamos más tranquilos por la mañana.

– Jejejeje, “policías”, “autoridades” … “regresar al bosque” … nada pueden hacer los policías contra eso… y yo que ustedes, no regreso a este bosque jamás. – dijo Federico con una risa llorosa mientras ponía su cara contra la ventana de la camioneta, y se tapaba con una mano la mitad de la cara con su mano. – Mis amigos, Fabián… el paisa… Cata… y Mencha… Pobres diablos… Terminar así en este bosque… Esa cosa no tenía por qué llamarlos…

Luis Carlos miraba al frente para no ir a estrellarse, pero sentía una angustia creciente en su pecho. De tanto en tanto miraba por el retrovisor y veía a Federico llorar contra la ventana con un hipo constante, y una risa estúpida de desesperación, mientras musitaba incoherencias. Una vez más Andrea miró su celular, únicamente para darse cuenta que no tenía señal. Cerró los ojos resignada y le preguntó en el tono más suave posible.

– Federico, ¿qué pasó con tus amigos?

Y así Federico empezó a contar su triste y terrible historia.

 

 

Capítulo II

 

– Habíamos salido de Salento el jueves por la mañana hacía ya cuatro días. Mencha, Fabián, Cata y el paisa. Nuestra primera parada fue en la reserva de Acaime. Queríamos tomar fotos del paisaje, de las aves, de los árboles, qué se yo, nunca habíamos estado aquí ninguno de los cuatro. Por la tarde íbamos a subir hasta el cañón de piedra, pero la Mencha y Fabián dijeron que subiéramos por detrás del bosque de niebla, que seguramente al final íbamos a encontrar hongos, algo así. El día estaba maravilloso y obviamente, queríamos caminar por todas las montañas alrededor del valle. – Federico hablaba recostado hacia la esquina de su silla, con la cara pegada contra el vidrio. Hablando despacio como para sí mismo. Mirando pensativo el mar de niebla y pinos por el que transitaban lentamente, como si fueran un submarino. – Nos fuimos alejando cada vez más y más de las rutas, buscando esos benditos hongos de la Mencha. Cómo nos reíamos de imaginar lo que íbamos a hacer cuando los encontráramos. A nuestras espaldas quedaba el río del Quindío como una diminuta línea blanca. Atrás las inmensas palmeras del valle del Cocorá y la falda de árboles de la montaña. Cada vez avanzábamos más hacia el corazón del bosque de niebla. Lo que sí es cierto es que es hermoso, majestuoso… Nunca pensé que el infierno tuviera tanta belleza junta – dijo como riéndose estúpidamente. – El sol todavía estaba en lo alto y la luz se colaba entre las ramas de los pinos, algunos hasta de 40 metros de altura y con casi 3 metros de diámetro. Eso es inmenso, era como un bosque jurásico… – cuando dijo eso, “jurásico”, Andrea sintió un alfilerazo de miedo, porque también lo sintió cuando estaban subiendo en la camioneta –, sí es algo inmenso, descomunal, hermoso y a la vez aterrador. Con dificultad oíamos nuestros propios pasos sobre un tapete de hojas secas y musgo construido por siglos. ¿Se imaginan ustedes? Era caminar como sobre el aire, no escuchábamos nuestros pasos en un silencio profundo. Como una catedral – dijo pensativo – Justamente, como una catedral. Y entonces ahí fue cuando escuchamos algo por primera vez.

– ¿Qué escuchaste? – preguntó Andrea, sobresaltada.

Venía desde los pinos…

– Federico… qué era – habló Luis Carlos, conduciendo y sin dejar de mirar al frente por un instante. La niebla se había asentado en el camino, haciéndose más densa como un largo sudario.

Tomando aire para responder, lo soltó de golpe: – era un gemido. Un gemido y nada más.

– ¡Un gemido de alguien en el bosque!

– Sí, nosotros también nos sorprendimos. Nos parecía imposible que en un bosque de niebla alguien estuviera gimiendo y de esa forma. Pensamos que era el viento, pero no, no había viento. Fabián gritó que si había alguien por ahí y un gemido más largo y doloroso fue la única respuesta. Todos gritábamos diciéndole que se acercara, que lo queríamos ayudar, que podía confiar en nosotros… pero no… el gemido cada vez era más lastimero y en vez de acercarse a nosotros, seguía avanzando en su pena y dolor hacia lo más profundo del bosque, como prefiriendo la soledad para morir que nuestro contacto humano…. Debimos haberlo dejado en paz… – concluyó Federico, hundiéndose en un profundo silencio, mientras se limpiaba una larga lágrima con el puño. No dejaba de mirar la ventana hacia la oscuridad del bosque, como temiendo algo.

– Continúa, Federico, por favor – le dijo Andrea, mirando si su celular alcanzaba alguna señal. Pero era como un náufrago en su isla de muerte, estirando su brazo hacia el vacío mar.

– La tarde había caído y también el sol. Sólo nos quedaba una luz amarilla y casi dorada que se filtraba entre los árboles y resplandecía como burbujas de oro sobre las hojas secas, no sé si me puedan entender. Es decir, nosotros no sentíamos miedo, por lo contrario… nos sentíamos muy conectados con la naturaleza de una forma espiritual, sentíamos la belleza inundándonos a cada instante y solamente queríamos ayudar a un ser que sufría y gemía, y pensábamos que era un oso de anteojos o algo así. Mencha decía que era un oso de anteojos… De verdad, qué estúpidos fuimos todos…

– ¿Qué era lo que gemía? – apuntó Luis Carlos, sintiendo el miedo en su garganta. Ya el bosque que los rodeaba no parecía tan pacífico ni tan solitario.

– No sé, nunca supimos. Solamente seguíamos subiendo y subiendo en ese bosque de hojas muertas y pinos prehistóricos hasta que se hizo de noche, cada vez escuchando ese largo y ululante gemido que se perdía con la oscuridad. Nunca lo volvimos a escuchar… pero lo cierto es que estábamos muy, muy, realmente muy lejos de las rutas por donde la gente acampa o camina en esas montañas… El paisa y Fabián dijeron que era mejor armar las tiendas y acampar aquí mismo, en un pequeño claro entre unos pinos… Abrimos nuestros morrales y desenvolvimos nuestras carpas… Al cabo de una hora estaban tensas y listas nuestras dos lonas rojas, y los cinco metidos en nuestras cobijas térmicas riéndonos alrededor de las piedras de una hoguera que habíamos encendido… Nos reíamos de todo y al final, habíamos olvidado el gemido, los hongos y todo lo que nos había llevado a esa noche en el bosque… nos acostamos boca arriba, respirando la humedad fresca que venía de los páramos y esa agua subterránea y cristalina que corría kilómetros debajo de esa vorágine de musgo, el brillo púrpura de las orquídeas que crecen alrededor de los árboles. Y así, acostados veíamos las estrellas que brillaban en la oscuridad… Fue un momento inolvidable – dijo sonriendo con cierta ternura, como aliviándose por un instante de la carga de terror que había vivido antes. Andrea lo vio sonreír y hasta se conmovió de ver que alguien recordara algo hermoso, a pesar de sus ropas rotas y los terribles rasguños en su cara y sus manos. Federico la miró devolviendo su sonrisa, y dándole sentido a cada palabra: – Fue una noche hermosa. Sentíamos que nuestras almas eran una sola y se fundían con la naturaleza. Estábamos como drogados, por así decirlo, con la belleza del mundo y los páramos. Dormimos profundamente, como nunca habíamos dormido, pero al día siguiente comenzó nuestro calvario… – hundiéndose momentáneamente en un doloroso mutismo, mientras ahogaba un fuerte suspiro.

– ¿Qué pasó?, ¿qué pasó…? – animándolo Andrea a continuar.

El carro cogió un pequeño bache en el camino y se ladeó violentamente.

– Cuidado, amor, todavía estamos lejos de Salento, como para tener un accidente que sería fatal.

Definitivamente Federico no dejaba de mirar hacia atrás. Sentía que algo lo perseguía. Ella también se dio cuenta que, como si creyera en que algo así fuera posible, miraba en su misma dirección. Sin saber qué esperaba encontrar en esa oscuridad de pinos que inundaba el paisaje.

– Apenas despertamos, nos dimos cuenta que faltaban muchas cosas de nuestras tiendas. No veíamos casi ninguna cobija térmica y prácticamente ninguno de los compartimentos de comida seca que guardábamos. Nos habían robado en la noche mientras dormíamos. Pero a la vez era imposible. No habíamos escuchado nada, como cuando te levantas de una borrachera. No recuerdas nada. Nos mirábamos los unos a los otros sorprendidos y dábamos vueltas en círculos alrededor de los pinos, tratando de encontrar nuestras cosas. Es que estábamos solos en un bosque de 5000 hectáreas. Es decir, aquí no hay nadie que pueda venir y robar las cobijas térmicas y toda la comida a cinco personas. Catalina pateaba las hojas secas suponiendo que pudieran estar debajo en algún lado. El paisa no dejaba de insultar a doquier y miraba si estaban detrás de alguno de los inmensos troncos de los pinos. Pero nada. Nada. Absolutamente nada. Sólo pinos, hojas secas y el silencio que rodeaba a nuestras voces. Dijimos que tocaba volver. Obvio, tocaba volver. Como si fuera tan fácil, jajaja – se río Federico con desesperación, mientras se peinaba un poco. – Ya nunca más íbamos a volver a nuestras casas, a nuestros barrios, a nuestras universidades. Empezamos a descender algunos metros en ese bosque de niebla cuando vimos un punto rojo en esa marea de colores verde, café y gris. El color rojo sobresale y mucho más si estaba tan arriba. Casi a 40 metros entre las ramas de uno de los pinos, ondeaba una de nuestras cobijas térmicas. Como si fuera un fantasma de color. Engarzadas en algunas ramas más abajo, pero absolutamente inaccesibles a nuestras manos, a unos 30 metros todavía de altura, estaban nuestros morrales con la comida. Intactos, cerrados y colgados en lo alto, como si fueran los más extraños frutos que el mundo pudiera dar. En otros pinos ondeaban casi a la misma altura las demás cobijas térmicas que habíamos perdido. Parecían cometas de agosto.

– No entiendo, es decir, ¿alguien les quitó sus cosas y las subió hasta por allá? – preguntó Luis Carlos, arqueando sus cejas, como dudando de todo. Andrea miraba por la ventana a los pinos, intentando imaginar qué cosa podría subir hasta allá para enredar unas cobijas y unas maletas.

– Sí, pero yo tampoco lo entendía. Ninguno de nosotros tampoco. Catalina y Fabián decían que podía ser un oso de anteojos, pero le dije que era imposible, porque esos animales no tienen tanta fuerza para cargar cinco morrales de casi diez kilos con comida, además de las cobijas térmicas, hasta una altura de casi un edificio como son estos pinos. Eso era imposible. Y si fuera así, malditos sean esos osos de mierda que nos estaban arrojando a morir de hambre en un bosque desolado. La Mencha fue la primera en entrar en pánico. Apenas nos quedaban unas barras energéticas que habíamos guardado en nuestras chaquetas impermeables. Afortunadamente el agua no nos iba a faltar, ¿cómo faltarnos en una zona que tiene casi catorce microclimas, por la cantidad de páramos, pantanos, ríos subterráneos, la cascada misma del cañón y el río del Quindío? Agua no nos faltaba en absoluto, gracias a Dios. Pero estábamos destruidos físicamente porque sentíamos que estábamos lejos, muy lejos de cualquier estación ecológica. A lo lejos veíamos una ínfima línea del río del Quindío atravesando todo el valle y perdiéndose entre las últimas montañas. Esa era nuestra línea de llegada. Hacia allá caminábamos con nuestros tobillos casi rotos porque pisar sobre hierbas secas es caminar como en el aire. Al cabo de un día sin comer algo energético el dolor se hace insoportable. Y el frío se colaba entre nuestros huesos. En el primer claro que encontramos, todos sacamos nuestros celulares para llamar a casa o a donde fuera. ¿Saben? el celular es el objeto más humano que nos hemos inventado. A medida que se va acabando su batería, como que algo nos pasa, y nos invade un terror ciego. De verdad estamos jodidos con esos aparatos – dijo Federico sonriendo tristemente, mientras miraba por la ventana de la camioneta al mundo de sombras y niebla que los rodeaba. – No teníamos señal, ninguno estaba conectado con el mundo. Éramos cinco parias esperando ver una línea y poder llamar a casa. Nada nos ataba al mundo exterior, como si algo hubiera cortado nuestro cordón umbilical con la civilización, abandonándonos en un mundo previo a la humanidad. Nos sentamos los cinco en círculo a mirar las fotos que habíamos tomado del celular el primer día que escuchamos el gemido del animal herido. Fotos tomadas horas antes de que algo nos robara todas las provisiones para dejarlas lo más lejos que pudiera de nuestras manos. La primera en notar algo fue la Mencha. Era algo casi imperceptible pero curioso. Había un patrón que se repetía en casi todas las fotos que habíamos tomado ese día. No es que fuera algo terrible o una sombra o algo así, no. Era más bien como una ausencia, un vacío en el paisaje. En todas las selfies se veía siempre en alguna esquina como un desnivel importante entre las hojas secas. Como si en el piso natural, que es generalmente plano y constante a causa de los millones de hojas secas que caen de los árboles, hubiera un profundo valle de un metro aproximadamente. Como si el peso de una esfera o algo invisible y enorme hundiera la naturaleza, a escasos pasos nuestros. Pensamos que era un error del lente del celular de Mencha. Pero no, en todos nuestros carretes de las fotos de ese día había ese desnivel. Algo nos había acompañado desde el primer día. Catalina se echó a llorar, mientras la Mencha miraba con desconfianza los cielos abiertos y los altos pinos. Por alguna razón, el paisa habló que todo esto era cosa del Mohán. Lo soltó con su manera de decir las cosas, que nos hizo entre reír y enojar más, porque su ocurrencia era tan cómica.

– ¿Pero ese no es el mito infantil del tipo que cuida la naturaleza, los animales y fuma tabaco, que aparece en todos los relatos paisas con la patasola y esas cosas? – dijo Andrea, como riéndose con la ocurrencia que decía Federico, todavía contra la ventana y sin dejar de mirar la oscura naturaleza. Faltaba mucho para siquiera llegar al valle de Cocorá y esas palmas de cera estaban muy lejos.

– Yo no lo llamaría tan infantil, amor… – dijo Luis Carlos, que era un adicto a la Wikipedia – Obvio, no estoy diciendo ni mucho menos que exista el Mohán, pero los mitos tienen su equivalencia de un país a otro. El mismo Mohan aparece bajo otra forma más demoniaca en Canadá con el nombre del Wendigo. Cuando yo estuve allá de intercambio, supe que en algunos pueblos, los leñadores le tenían lo que se dice pánico a meterse al bosque y encontrarse con el Wendigo. Lo mismo que algunos campesinos de aquí. – “Ahora es mi novio el que habla extraño”, pensó Andrea con más desesperación, mientras miraba su celular a ver si tenía señal, apretándolo con la fe de quien desgrana un rosario.

– Pues yo no sé si era o no, lo único cierto es que cuando llegó la segunda noche, sentíamos que el frío nos rompía los huesos como si fueran vidrio. El hambre hacía un hueco en nuestro estómago y ya habíamos terminado todas nuestras barras energéticas. Otra vez empezaba a bajar la niebla de las crestas de las montañas, cegándonos y haciendo que nos detuviéramos a acampar nuevamente con las carpas, que veníamos arrastrando como lonas de paracaídas a falta de tener morrales en que guardarlas. Las amarramos de mala gana las dos juntas y las anudamos contra los árboles. Dormimos los cinco debajo, casi abrazados. Al día siguiente nos despertó el frío de la mañana y la luz. Sobre todo, la luz porque en la noche alguien había cortado las sogas y se había llevado las lonas de las carpas. Esta vez ni nos molestamos en buscarlas, ya sabíamos que seguramente estaban anudadas en la copa de algún pino gigantesco. Con la resignación de no tener ya nada que perder, seguimos bajando a pie sobre el musgo. Cada vez más famélicos, más endebles y más seguros de que nunca íbamos a salir de este bosque maldito. El sol de la mañana era frío y no calentaba. A veces el dolor en los huesos nos hacía sentarnos contra los pinos. Por física hambre, Fabián y Catalina arrancaban el musgo a puñados para llenar el vacío en el estómago. Al cabo de unas horas estaban acuclillados vomitando una babaza verde. El loco del paisa no dejaba de mencionar que todo era obra del Mohán. La Mencha caminaba con la mirada perdida y ausente de toda humanidad. En el fondo los cinco sabíamos que íbamos a morir y que algo pasaba, porque esa línea del río del Quindío hacia la que avanzábamos, era estática y nunca llegábamos. Era como esas bandas mecánicas de los aeropuertos, donde si te coges de las barandas, puedes caminar, caminar y caminar, pero nunca avanzas ni llegas a ningún lugar. La última noche nos sorprendió con un par de cigarrillos y un encendedor. Sin morrales, sin carpas, sin cobijas, casi desnudos ante una naturaleza de gigantescos pinos, de montañas grises, helada por los páramos y rodeada por una niebla que parecía salir de debajo de la tierra. Nos sentamos los cinco sin mediar una sola palabra, con la mirada tan vacía como nuestros estómagos, los tobillos hechos chamizos por el cansancio y nuestros celulares muertos, llenos de extrañas fotografías. Todos alrededor de una torpe fogata. Parecíamos estar rezando en silencio por algo, sentados al estilo de Buda y fumando los últimos cigarrillos. Como una luz que se iba apagando progresivamente. Sabíamos que cuando esa luz se apagara, nuestras almas se unirían irremediablemente con la oscuridad del bosque. Era un silencio enorme. Un profundo silencio, como ustedes jamás han imaginado. Siempre pienso en la palabra “catedral” cuando digo “silencio”, pero es que era como estar los cinco sentados en el piso de una catedral más antigua que cualquiera de las de Europa, porque esta era una construida no hace siglos, sino hace millones de años. Los pinos, el musgo, las hojas secas, la noche y la niebla hacían todas juntas una catedral y los cinco estábamos a su entrada, como pordioseros esperando una muerte justa y digna. En ese momento, fue cuando escuchamos de nuevo el gemido.

– ¡Dios mío, el mismo gemido que escucharon el primer día!… – dijo Andrea, totalmente absorta en cada una de sus palabras. Juan Carlos progresivamente había bajado la velocidad del automóvil, cada vez más atento al oscuro relato del hombre que habían salvado de morir en ese bosque de horror.

– Sí. Era el mismo gemido. Pero era peor. Ya no era de dolor, sino ¿cómo decirlo?, de amenaza. Era un barboteo bajo y furioso, así como los pitbulls rugen antes de ladrar. Y detrás los pasos. Venía del fondo del bosque hacia nosotros, lentamente. Pero era algo muy, muy, muy pesado. Como sería de pesado que se escuchaban entre las hojas secas y el ruido de algo enorme desplazándose entre los troncos de los pinos. Hasta que se detuvo al frente nuestro, todavía entre los pinos.

– ¿Y qué era????? – preguntó con física angustia Andrea y los ojos llorosos de miedo.

– No sé, no tengo ni idea. Nunca salió de la oscuridad. Se quedó ahí, enorme e invisible. Frente a nosotros con nuestra pequeña hoguera. Largos minutos. No sé si una hora. Ninguno se atrevía a hablar o a salir corriendo. Solamente mirábamos hacia los gigantescos pinos que nos rodeaban con su oscuridad. El primero en abrir la boca fue el paisa, que fiel a su creencia de que era el Mohán y que, como todo espanto colonial, se iba cuando uno lo insultaba. Al segundo, todos nos fuimos armando de valor y llenamos el silencio de todos los insultos posibles, como si con cada imprecación fuéramos debilitando a esa cosa invisible que teníamos al frente nuestro. Al cabo de un rato estábamos afónicos y sentíamos esa presencia cada vez más intensa, mirándonos desde los árboles. No sé si con el hambre de un demonio o con la compasión de un dios. Al cabo de unos instantes que fueron eternos, escuchamos una sola palabra, perfectamente vocalizada, que provino desde la oscuridad.

MARÍA

Era una voz profunda y cavernosa, como la de un gigantesco rey, llamando con autoridad a un súbdito. “María”, ese era el primer nombre de Mencha, a quien la llamábamos así por su cabello ensortijado y casi dorado. No podíamos creer que alguien llamara a uno de los nuestros desde la oscuridad de un bosque de niebla. Era algo tan espantosamente humano como milagrosamente inhumano. Nos mirábamos unos a otros con los ojos llorosos y la pobre Mencha parecía un autómata. Alguien había dicho “maría” desde la oscuridad de un bosque. Cerró los ojos como si lo dudara. Pero escuchó nuevamente su nombre, con la fuerza de un redoble de campana.

MARÍA

Seguido de un pequeño golpe de algo parecido a una impaciente coz o un casco de caballo sobre las hojas secas. Mencha se levantó lentamente y se quedó estática en el círculo que armábamos nosotros frente a esa horrible catedral de silencio y vorágine.

MARÍA

Con la mirada perdida en esa oscuridad de la que no podíamos ver nada de dónde provenía esa voz tan terrible, Mencha comenzó a avanzar lentamente. Dios santo, Dios santo, ella caminaba como si fuera una condenada a muerte, sobre esas hojas y ese musgo, respirando por última vez la humedad de los páramos. Le gritamos que no fuera, que se quedara con nosotros, pero una vez más escuchamos esa voz atronadora llamándola con más fuerza.

MARÍA ANGÉLICA GONZALES

A Catalina se le escurrieron unas enormes lágrimas por sus mejillas. El paisa temblando se santiguaba y Fabián se tapaba la boca con sus manos. Mencha caminó hacia la oscuridad. No hubo gritos, solamente escuchamos primero un ruido seco, como de algo que se parte para siempre. Yo creo que Eso le rompió el cuello. Llorando los cuatro no sabíamos si taparnos los oídos para no escuchar más, los ojos para no ver o la boca para no gritar. Como si fuéramos los micos del proverbio. Algo se la estaba comiendo hasta el tuétano de los huesos allá en la oscuridad. Sabíamos que Algo seguía vigilándonos desde la oscuridad y no nos iba a dejar salir corriendo. Así llegó el turno de Fabián cuando oímos a esa voz llamarlo. Pero lo llamaba como si estuviera desde más arriba.

FABIAN

Temblando y a punto de desfallecer, se levantó Fabián con los ojos encharcados de lágrimas, despidiéndose de nosotros. Catalina intentó detenerlo con la mano, pero el sonido de la voz era más intenso y horrendo, con la autoridad de un viejo demonio.

FABIANNNNNN

Cuando Fabián entró al bosque, no pudo evitar gritar. No sé qué pudo haber visto, pero gritó como si fuera una niña histérica. Como si el grito solamente hubiera servido para enfurecer a la cosa que había en la oscuridad, entonces escuchamos algo parecido a un brutal golpe contra un bulto de carne. Y luego un rasgado espantoso, seguido por una serie de alaridos aterradores. Como si a Fabián algo lo estuviera abriendo en canal lentamente. Parecían los gruñidos de un cerdo escarbando con su hocico la basura. Así eran los sonidos del monstruo aquél. Luego vino el silencio, como si estuviera escogiendo a quien llamar. Y otra vez la voz, pero desde más alto. Como si cada vez que se alimentara de uno de los nuestros, creciera y se hiciera más alto y más grande. Cada vez más cerca de las copas de los enormes pinos. La siguiente fue Catalina. Ella prefirió no gritar, fue solo un pequeño quejido de dolor como de ave y el sonido seco de un cuello rompiéndose en el silencio de un bosque de pinos y niebla.

En mi interior, alcancé a pensar que la cosa aquella se hubiera satisfecho con la vida de tres de mis amigos, pero no, no iba a ser así – En este punto de su relato, Federico ya hablaba con la voz rota por el llanto y las lágrimas le corrían por sus mejillas arañadas hasta su chaqueta rota.

Luis Carlos y Andrea tenían la respiración casi suspendida por un terror absolutamente irracional. No dejaban de pensar en sus amigos, en Mauro y Juliana que debían llevar un día entero acampando en esas tierras de horror inmemorial. Andrea miraba una vez más si su celular tenía señal, parecía que sí, pero todavía era muy débil para llamar o enviar un mensaje de texto. “¿Y si ellos estaban también muertos, como los amigos de Federico? Dios santo, en dónde estaban ellos”, pensó con un espanto indescriptible, mientras miraba el río de niebla y oscuridad que atravesaban lentamente en la camioneta con las luces altas.

– Pero no fue así, el hambre no se detenía. El paisa intentó levantarse, débilmente y con la intención de correr. Como si ese dios de la naturaleza y oculto entre la oscuridad y los pinos, leyera su pensamiento, le advirtió con una voz cavernosa y desde más arriba, desde mucho más arriba, le advirtió con unas palabras estampadas de odio.

CORRER ES MORIR.

VEN.

El paisa se quedó frío y a medio levantarse. Sabíamos que cualquier escapatoria era inútil. Con la mirada serena de quien sabe que no hay esperanza, besó la cruz que siempre tenía puesta en el cuello y me la dio, diciéndome que rezara algo. Nos despedimos de un abrazo como de hermanos. Así entró al bosque a morir, dejándome solo frente a una hoguera apagada. Estuve en silencio de rodillas rezando con una pequeña cruz – Cerrando los ojos, Federico saca del bolsillo una pequeña cruz y la besa suavemente, mientras se seca las lágrimas con fuerza -. No sé cuánto tiempo estuve así de rodillas frente a los inmensos pinos. A veces lloraba pensando en mis amigos. Otras veces maldecía a esa cosa que nos estaba comiendo uno a uno. No sé cómo decirlo, pero hubo un momento de serenidad en que sentí mi muerte y la de mis amigos como algo extremadamente natural en ese bosque. Como cuando una mirla se come un pajarillo hasta las últimas plumas, desapareciéndolo para siempre. Yo era el último pajarillo y una enorme mirla me seguía mirando desde la oscuridad y sin dejarme ir. – Mientras veía como ya estaban por dejar el oscuro bosque de pinos y estaban a unos cuantos kilómetros de iniciar el descenso por el valle de las palmas.

Ahí fue cuando Federico contó el final de su asombroso y desolador relato ante Andrea que tenía los ojos desorbitados de miedo y de Luis Carlos, que con suerte no se había estrellado, escuchando cada palabra mientras lo miraba por el retrovisor. – Sinceramente a cada instante sentía que iba a escuchar esa terrible voz llamándome por mi nombre, FEDERICO, FEDERICO VEN, para invitarme a ese patíbulo de sombras. Pero no. No sé si me entiendan, pero en cierto momento, sentí, sentí, tuve la certeza, que ya no me estaba mirando, que ya se había dirigido momentáneamente a otro lugar. Porque por primera vez me sentí solo. Entonces me levanté y empecé a correr, a correr, a correr, a correr, a correr como nunca había corrido. Sin importarme cuántas veces me desdoblaba de la náusea o me caía entre las hojas secas. Arrastrándome entre las raíces de los árboles. Corría de una forma desaforada, no sé si gritaba a o no. Sentía que en cualquier instante esa cosa me iba a atrapar y a devorarme como a los demás. Sabía que todo era cuestión de tiempo. Al final vi que estaba cerca de la carretera destapada que iba hacia el bosque. Y me arrojé. Prefería mil veces ser atropellado por un carro que ser atrapado por ese diablo. – Suspiró ahogado Federico, terminando de contar su largo relato, dejando a su pareja de salvadores en una larga zozobra. Dominados por un profundo miedo a la oscuridad y un asco físico a la espesa niebla blanca que envolvía a la camioneta en su lento descenso hacia el valle.

 

Capítulo III

 

Como si la camioneta se hubiera convertido en una tumba, en su interior todo era silencio. Absoluto silencio. Después de las desoladoras palabras de Federico, ¿qué más se podía decir?  Serían acaso las diez u once de la noche. La niebla todavía estaba lejos de desvanecerse, como si fuera el aliento mismo de la tierra negra y de los páramos, abriéndose paso entre millones de pinos primordiales. Como el bostezo de un fantasma que vuelve a sentir el hambre en su costillar.

Luis Carlos respiraba profundamente el aire frío y húmedo que provenía de miles de ríos subterráneos y salitrosos que, escondidos entre el musgo y las piedras, alimentaban pequeños pantanos y fuentes de agua en aquel valle del Quindío. No dejaba de pensar en el relato de Federico, por quien sentía una enorme lástima, viéndole llorar a ratos, mientras apretaba una pequeña cruz de plata, y mirando con un terror abismal la oscuridad. Como si ni siquiera en el carro en movimiento se sintiera seguro. A su lado, Andrea había quedado perpetuamente con la boca abierta, hundida en oscuros pensamientos. También ella miraba constantemente por la ventana. Evidentemente los tres tenían miedo. Estaban muertos de miedo, como tres pequeños pajarillos a punto de ser devorados por una gigantesca mirla.

Por un instante, Luis Carlos se sobresaltó invadido por sus propios miedos, imaginándose a esa criatura, a ese Mohán, a ese Wendigo, por así decirlo, como un gigantesco y putrefacto oso de largas zarpas, con un rostro humano y cadavérico de enormes quijadas y afilados dientes en desorden. Llamando a un grupo de estudiantes por su nombre, a avanzar en fila a la oscuridad y devorarlos uno por uno. Cerró los ojos, no quería pensar, pero el miedo es lo más parecido a un cáncer. Basta que una sola célula enloquezca, para invadir con su horror al resto del cuerpo. Una sola célula enloquecida enloquece a las demás.

Cuando abrió los ojos, en un segundo, ya Luis Carlos tenía en su mente otra imagen del Mohán. Era como una inmensa esfera cubierta de musgo y hasta poblada por aves e insectos. Coronada por el torso de un cadáver vivo, y que se arrastraba por un entramado de membrillos. No, no, no, todo eso es imposible. “Tenía que conducir lo más pronto posible para bajar al valle y desde allí llamar a Mario y a Juliana, dios mío, no sabía nada de ellos desde ayer. ¿Se habrían encontrado con esa cosa?, ¿cómo explicarles a las autoridades forestales que allí en el corazón del Bosque de Niebla también vivía una entidad paranormal?”, pensó.

Andrea miró un instante a su novio con sus ojos vacíos. Estaba paralizada por el miedo. También ella estaba pensando en sus amigos campistas, que los esperaban más allá de la estación de la Estrella del Agua esta mañana. Por un momento, ella imagino un ser antropomorfo con enormes cuernos de alce. Sentado en un charco de sangre y rodeado de huesos y dientes arrancados, mientras repasaba con indiferencia las carpas rotas de Mario y Juliana.

Ya faltaba apenas un kilómetro para llegar al valle de las palmas de cera. Luego la carretera destapada que los llevaba a Salento. Con cierto alivio, Andrea vio que en su celular se añadían dos rayas más de señal. En cuestión de minutos podía hacer una llamada. Entonces, un alarido rompió el silencio.

Era Federico gritando como un poseso.

– ¡Ahí viene!, ¡ahí viene!, ¡está entre los árboles!, ¡ahí viene!, ¡está entre los árboles!, ¡ahí viene!, ¡algo hunde el piso de la carretera!

Así, ambos vieron sus propios terrores salir de una narración difusa en detalles.

Andrea gritó enloquecida de miedo y creyó ver a una especie de gigantesco hombre alce cubierto de musgo y corriendo a zancadas, hundiendo sus pezuñas en el lodo, y abriendo sus enormes mandíbulas, dispuesto a embestir de un golpe la camioneta. Luis Carlos también soltó un alarido, junto con los de Andrea y Federico, al ver por su retrovisor como una inmensa mole cubierta de hojas secas, arrastrándose velozmente por unos membrillos como raíces. Ni siquiera en su shock nervioso sintió el momento en que perdió el control del vehículo, yéndose a estrellar contra el tronco de uno de los últimos pinos del bosque de niebla. Todavía tenía grabada en sus ojos la mole de horror y podredumbre arrastrándose tras ellos. Levantó su cara ensangrentada, con el tabique roto y los dientes desplomados, para constatar que Andrea estuviera bien. Balbuceando entre burbujas de sangre que salían entre sus labios, le alcanzó a decir:

– Amor… ¿estás bien? – Andrea estaba un poco mejor que él. Sin embargo, todavía gritaba por los nervios.

– ¿Dónde está eso?, ¿dónde está eso??? – gritaba histérica, viendo la cara ensangrentada de su novio. – ¿Dónde está eso?, ¿a dónde se fue?

– AQUÍ ESTOY ANDREA, SIEMPRE ESTUVE AQUÍ – le respondió suavemente Federico detrás suyo, mientras cortaba limpiamente su cuello con una navaja suiza. Otra vez sintiéndose muy grande e inmenso, casi como si alcanzara las copas de los pinos. Sumergido en una auténtica epifanía de sangre.

Cuando Federico, el único monstruo real, perturbado y reducido hasta el canibalismo por el síndrome del Wendigo, terminó de devorar parcialmente ambos cuerpos, ya despuntaba el sol de la mañana y la niebla empezaba a desvanecerse sobre el majestuoso valle de las altas palmas de cera.

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