EL ASCIDIO

EL ASCIDIO

El vivero

 

En el estudio de su casa, el profesor en botánica, Santiago Pessoa, aprisionaba a una mosca con un vaso plástico en su viejo escritorio de madera. Musitaba una y otra vez la clásica frase de Charles Darwin sobre las plantas carnívoras, como si fuera un exquisito verso, “una de las plantas más hermosas del mundo”.

Santiago se había quitado sus pesadas gafas para acercarse al vaso y mirar con mayor detenimiento a la pobre mosca revoloteando dentro del vaso, mientras generaba un taladrante zumbido con sus alas y chocando insistente contra sus paredes. Llevaba casi un año escribiendo su tesis para la maestría de medicina botánica en la Universidad Nacional y había tomado como objeto de estudio las plantas carnívoras o insectívoras, según el dramatismo de quien las mencione.

Por eso, para el infinito asco de su esposa María Fernanda e ignorando todas sus súplicas al respecto, había dispuesto en el enorme patio de su casa un verdadero vivero para realizar sus estudios científicos. “Has convertido nuestra casa en un verdadero basurero, estamos llenos de moscas, bichos y quién sabe qué más”, no paraba de repetir su agobiada esposa, viendo aquellos compartimentos de tierra húmeda repartidos por todo el patio de la casa, donde estaban sembradas cientos de esas monstruosas plantas verduzcas con sus pinzas abiertas, sus vacuolas con trampas de caída y otras con unos largos apéndices enroscados y llenos de pelos pegajosos. “No Mafe, no son monstruos. A ver, esta es Drosera regia, las de aquí son Dionaea muscipula, esas de allá son Drosera stolonifera, y esa que tienes cerca es la Sarracenia flava, la que acaba de atrapar una cucaracha”. Su esposa no podía creer que el caballero de modales impecables que había conocido en la universidad, quince años más tarde fuera aquel hombre obeso, de camisa remangada y con los brazos llenos de tierra y humus, que había llenado de monstruos verdes el patio de la casa. Aunque no dejaba de reconocer que su esposo Santiago era uno de los profesores más respetados en botánica en la capital por su rigor investigativo. Todo era cuestión de tiempo para que terminara la tesis y poder botar a la basura a todas aquellas plantas que, con sólo verlas, le hacían devolver el estómago y no propiamente por su embarazo de tres meses. Es que había que mirar esas inmensas plantas con boca de jarro colgando de las rejas del patio, donde antes se secaba la ropa. Asquerosas. “No, Mafe, no son asquerosas, son un pináculo de la evolución y se llaman Nepenthes lowii”. En todo caso, afortunadamente María Fernanda debía trabajar realizando sus terapias como fonoaudióloga en un instituto al norte de Bogotá, entonces podía estar lo suficientemente alejada de ese repugnante vivero que significaba la exitosa tesis de la nueva maestría de su marido.

Santiago estaba solo en su casa esa mañana para poder estudiar a sus anchas todos los fascinantes comportamientos de su vivero con más de doce especies distintas de plantas carnívoras. Por eso se había dado el gusto de poder atrapar a esa mosca que revoloteaba sobre su vaso recién vacío de gaseosa. Simplemente le había dado la vuelta y eso era todo. “Soy toda una planta carnívora en acción”, se rio mientras se felicitaba mentalmente por su agilidad. Son cosas que no podía hacer frente a María Fernanda que a veces se pasaba de sensible con estos temas. De pronto sintió un lametazo en su mano libre. No estaba del todo solo.

“Ahí estás tú, Canela, te había olvidado”, mientras miraba a una preciosa perrita callejera de color parduzco en el lomo y con un corazón casi blanco por la edad en el rostro. Cuando le acarició la cabeza, Canela batió amistosamente la cola. A ella no le importaban las plantas asquerosas que cultivaba afanosamente su amo. Con un inusitado afecto le dio un par de suaves palmadas en el lomo, haciendo que la perrita batiera la cola con más intensidad. “¿Hambre? No creo, querida, ya comiste tu concentrado.” Ella seguía batiendo la cola como jugando a acertar las preguntas. “¿Salir al parque? Bueno, nena, tal vez no te he sacado en un par de horas y quieres salir a jugar, ¿verdad?, ¿parque?” Canela casi sonreía jadeando feliz. Parque. “Listo, pero primero necesito que me acompañes a alimentar a mis plantas”. Cuando la tomó del collar, recordó que estaba flojo y que le había prometido a María Fernanda hacerle un agujero adicional, pero es que este tema de las plantas carnívoras lo tenía literalmente “consumido”. Además, que en cuestión de una semana tenía que presentar a su tutor el primer gran avance de su tesis. “Qué nervios, una tesis sustentada por el eminente Santiago Pessoa, no me puedo ir por las ramas”, sonrió orgulloso de sus avances y su compromiso, mientras se levantaba de su silla, retirando cuidadosamente el vaso plástico para que la infortunada mosca no pudiera escaparse.

Cuando estuvo enteramente de pie, se miró por un instante en el gigantesco espejo que había en su estudio, donde casi siempre María Fernanda se probaba hasta tres vestidos antes de salir al trabajo, haciendo toda clase de combinaciones entre chaqueta, cartera, zapatos, camisa y jeans. A veces Santiago pensaba que convivía con muchas mujeres a la vez. Sin embargo, cuando se miró a sí mismo en el espejo, un hombre alto, blanco y con la cara pecosa por el sol, una innegable calvicie que hacía parecer su frente enorme, con una camisa a cuadros rojos y azules remangada, un pantalón caqui y tenis blancos. Todo un investigador de campo. “Soy una planta carnívora, he atrapado a una mosca con un vaso de gaseosa”, sintiendo que redoblaba su compromiso con su investigación. Él se había solidarizado con los repugnantes hábitos de caza de las droseras.

“Plantas groseras” las llamaba Mafe por su reprochable hábito de comer insectos vivos, cuando ya el sol debía ser suficiente nutriente para ellas.

Santiago atravesó todo el hall del segundo piso. Era una casa enorme construida en el barrio de Teusaquillo, cuando hubo en Bogotá arquitectos de verdad como Karl Bruner, Le Corbusier o Pietro Cantini. Esa gente sí sabía de construcción y la amplitud, solidez y belleza europea de las casas de los primeros barrios de Bogotá, deja muy atrás a esos apartamentos minúsculos y absurdos de la construcción actual que no parecen pensados para personas vivas, sino para maniquíes que se adaptan a cualquier render. Su apellido Pessoa era de origen judío sefardí, la tercera generación de judíos que había llegado al norte de Colombia, buscando refugio de los horrores de la segunda guerra mundial. Su abuelo Amir Pessoa había sido comerciante y apenas se estableció en la Bogotá del siglo XX, en plena presidencia de Eduardo Santos, lo primero que hizo fue comprar esta enorme casa, hecha para crear una dinastía de hijos, nietos y bisnietos. Sin embargo, después de tres generaciones, su legado estaba a punto de extinguirse. Solamente quedaba su bisnieto Santiago y hasta la fecha María Fernanda no le había dado hijos. Después de años de intentarlo infructuosamente y de casi haberse resignado a la infertilidad, ahora su esposa contaba con tres felices meses de embarazo. Esa vida latiendo en su vientre era su mayor alegría y la continuación del legado familiar. En este preciso momento de la mañana, seguía siendo una casa demasiado grande para una pareja y una perrita. En la planta superior, aparte de su alcoba principal con el estudio, había otras dos alcobas igualmente grandes y con muebles viejos, casi coloniales, esperando algún día ser habitadas por sus hijos y luego, sus nietos. El mismo Santiago se sentía una planta seca a punto de retoñar. Esa nueva hoja verde lo valía todo.

Bajó por la escalera en L, desde donde se podía ver por una enorme ventana interna el amplio patio con tejas de plástico, en donde había construido su vivero. Al llegar al primer piso estaba el parqueadero interno con su camioneta, al estilo de las casas clásicas de aquella época de la construcción dorada de Bogotá, desde donde comenzaba la sala y el comedor, siempre velados por inmensas y pesadas cortinas de encaje. Atravesaba la gigantesca cocina, donde se encontraba el cuarto de la empleada y seguía hasta el patio. Canela seguía detrás de aquel hombre alto que sostenía un vaso de plástico en sus manos como si fuera una ojiva de plutonio.

Cuando llegó al patio, descorrió los plásticos que encerraban a su enorme vivero y a la vez, protegían al resto de la casa de posibles bichos indeseados. “La entrada a Chernóbil”, como lo llamaba su esposa haciendo una larga mueca de asco. “De pronto tiene razón mi sufrida Mafe”, pensó Santiago cuando vio dispuestas en tres largas mesas blancas centenares de aquellas plantas tan amadas por él y tan odiadas por ella. Sin embargo, sintió una enorme satisfacción por su colección. Tenía docenas de cada orden de ellas: Caryophyllales, Ericales, Lamiales, Oxalidales y Poales, de unas plantas tan misteriosas que habían evolucionado al menos cinco veces de manera independiente dentro de las angiospermas o plantas superiores, con un origen polifilético, es decir, sin un padre único, para mayor enigma de su existencia. “Mis adorables bastardas”, dijo sonriendo mientras las miraba una a una. Soltó la mosca al aire dejándola probar su propio destino, aunque sabía que más temprano que tarde, iba a quedar adherida a las glándulas de la drosera regia, que parecían gotas de rocío con un intenso olor a dulce. O incluso, hasta quedar atrapada en las temibles fauces de las Nepentes que colgaban con sus bocas de jarro desde las enredaderas del techo. Una caída en esas bocas era mortal para cualquier insecto, porque no había forma de salir de ese embudo de cera.

Santiago parecía un niño suelto en una enorme tienda de juguetes vivos. Cuando se acercó a las Dionaea muscipula o Venus Atrapamoscas, abrió con delicadeza un tarro blanco lleno de harina, en donde se revolcaban perezosamente decenas de larvas de tenebrio molitor, un escarabajo dueño de un excelente contenido proteico e ideal como nutriente para estas plantas. Con una pinza decidía cuál usar y siempre escogía las más pequeñas para facilitar la digestión de sus plantas. “A ver, mis adorables bastardas, hora de comer” y en su cabeza científica, se sentía igual a Charles Darwin apurando el crecimiento de sus plantas carnívoras dándoles pedacitos de carne cruda o incluso yemas de huevo. En esas trampas mortales, el profesor de botánica ponía cuidadosamente pequeñas larvas, que apenas tocaban uno de esos pelos táctiles de la Venus, se cerraban para siempre. También tomó con su pinza a un escarabajo joven y lo depósito en una de las plantas jarro, donde pronto se convertiría en una sopa de nutrientes. “A Mafe le daría un desmayo viendo este desayuno”, y agradeció que ella no estuviera presente, solamente la dulce Canela a su lado y batiendo la cola sin parar.

Al cabo de una media hora, había alimentado a casi todos sus cultivos de plantas con larvas de moscas de la fruta y de escarabajos. “Vamos Canela, vamos al parque”. Y salieron de la casa.

La tarde estaba ligeramente lluviosa porque estaban a mitad de abril y como dicen las abuelas, “aguas mil”. Sin embargo, el clima estaba perfecto para caminar entre el paseo de los enormes arcos de ladrillo vestidos de enredaderas desde donde bajaban centenares de pequeñas flores moradas, que son detalles arquitectónicos característicos del Parque Brasil en Teusaquillo. También los rodeaban los soberbios y enormes sauces con sus largas ramas casi despojadas de hojas por la intensidad de los vientos que circulaban en Bogotá. El suelo estaba lleno de hojarasca, pequeños nidos caídos y uno que otro pajarillo muerto, deshaciéndose entre la maleza que crecía entre las fisuras del adoquinado. Canela corría desprevenida entre los vericuetos del enorme Parque Brasil y su amo admiraba satisfecho la amplitud de las zonas verdes. “Es que en esa época los arquitectos sí pensaban en la gente”, recordaba lo que le decía constantemente su papá Najum Pessoa, refiriéndose al formato urbanístico de la “Ciudad Jardín” empleado en los primeros barrios de Bogotá, para crear un balance de vivienda humana, zonas verdes y cercanía con el centro comercial de la ciudad. “Definitivamente eran otros días”, suspiraba Santiago mientras miraba el contraste del amplio y viejo parque infestado de grafitis en cada una de sus esquinas, con las casas que los rodeaban donde se veían todas las influencias arquitectónicas europeas del siglo pasado, desde fachadas italianas hasta francesas.

Cuando regresó con Canela a la casa de sus ancestros judíos, Santiago no pudo resistirse a la curiosidad de ver qué había sucedido con la mosca liberada en aquel vivero mortal. Sintió cierto asombro cuando la vio enredada en los pegajosos rocíos de la drosera estolonífera propia de Australia. La mosca había perdido un ala y dos patas tratando de zafarse de aquella trampa. Si bien no terminaría devorada por la planta, sí estaba a punto de concluir sus días como abono en la tierra de su matera.

“Son una blasfemia todas ustedes”, sonrió pensativo en la angustia de Carl Von Linneo, cuando organizando la clasificación de los seres vivos en pleno siglo 18, encontró en estas plantas una verdadera contradicción y las catalogó como una “blasfemia, contraria al orden de la naturaleza establecido por Dios”, porque no podía soportar que una criatura del reino vegetal pudiera alimentarse de una del reino animal.

El ringtone de su celular lo regresó a la realidad. Era María Fernanda.

– Santi, ¿ya sacaste a Canela? – fue prácticamente el saludo. Ella amaba a Canela desde el momento en que la encontraron perdida en el parque. Fue una tarde de lluvia y la perrita estaba flaca y cojeaba.

– Obvio que sí, Mafe, de hecho, acabamos de entrar…

– Espero no esté contigo en ese vivero de los aliens – como lo llamaba ella por las vacuolas de las Nepente que colgaban del techo. “Bueno, en realidad a veces eran asquerosas y más viendo la forma en que el pobre bicho trataba de salir de esa hoja embudo convertida en un estómago ácido”, una vez le reconoció Santiago a ella, mientras retrataba con su cámara profesional todo el proceso digestivo.

– No, estamos en mi estudio – mintió apresuradamente, mientras salía del vivero y cerraba las cortinas de plástico.

– Creo que me demoro un poco. Llego entrada la noche porque hoy tenemos muchísimos pacientes para terapia – María Fernanda era terapeuta en fonoaudiología para ayudar a comunicarse por medio de señas a personas con sordera adquirida. – Le das una última salida a Canela antes de cerrar, porfa.

– Tranquis, Mafe, Canela está bien – para ella era como su hija. En cierto modo, lo era. Incluso, un doctor de la clínica había dicho que la presencia de la mascota en el hogar y ese sentimiento de maternidad que había aparecido en María Fernanda, le había dado la confianza a su cuerpo para ser fértil nuevamente. Santiago a veces no lo quería admitir, pero también se sentía infinitamente agradecido con aquella perra que no paraba de batir la cola.

Colgó el celular.

La tarde se toldaba en un gris típicamente bogotano y amenazaba con llover en la noche. Ojalá María Fernanda llegue pronto.

 

La isla

 

Despertaste soñando lo mismo otra vez, Mafe, tu eterna pesadilla de la isla desierta. Más de una vez te has dicho que es un trauma adquirido por la película Naufrago y tu angustia de ver a Tom Hanks intentando rescatar a Wilson del círculo del oleaje que rodea a la isla. Para ti el héroe nunca será Tom Hanks, ya que al fin se salva, sino Wilson, ese balón de voleibol con una cara tribal pintada. A veces piensas si algún día ese balón pudo regresar del oleaje a la isla y te lo imaginas llegando cansado y derrotado a la arena húmeda y cubierta de ramas de la playa, enfrentando su destino solitario, mucho más solitario ahora sin Tom Hanks. Hay días en que piensas en Wilson y ese es tu mayor miedo, naufragar en una isla desierta. Sin embargo, como todo miedo infundado por el cine y la pantalla grande, hormigas gigantes, vampiros y muertos vivientes, sabes que es imposible. Pero lo has soñado de nuevo, temblaste de miedo durante la noche y en algún instante, pensaste que tenías fiebre. Cuando tu esposo te preguntó si estabas bien, mentiste y le dijiste que sí. No te atreves a confesarle que tienes el mismo sueño atormentándote al menos una vez a la semana. Lo has soñado tanto que estás perfeccionando cada detalle de tu pesadilla, como solazándote en un sufrimiento imposible.

Otra vez estás en la playa y ves con más claridad cada detalle de la arena seca, pedregosa y gris, plagada de diminutos agujeros de gusanos de mar. Ahí está el mar frío e impasible golpeando la orilla de donde surgen algunos pastizales marinos. Sientes el ruido de la espuma blanca y sucia hundiéndose en un gorgoteo entre la arena y las desiguales piedras. El cielo es gris y parece distinto, siempre se ve distinto en tus sueños. Casi cóncavo y las nubes son blancas y muy delgadas como si el cielo estuviera distorsionado y alargado hacia los lados. A lo lejos vuela una gaviota, pero su vuelo es casi una elipse, como si el cielo no tuviera profundidad y el pájaro estuviera bordeando la circunferencia de un mundo cerrado. ¿Puede el universo tener límites como los tiene una caja? Ese pensamiento te estremece, pero no tanto como saber que estás sola en la playa. Hacia donde miras solamente hay horizontes vacíos de humanidad. Apenas escuchas el viento bajando de las montañas que están a tu espalda, azules como el resto de la cordillera y cubiertas de oscuros árboles y de neblina. Tienes la plena conciencia de estar absolutamente sola y abandonada en aquella isla, como si estuvieras sentada en la playa viendo el borde del universo. Sacas tu celular y quieres llamar a tu esposo, a Santiago, que debe estar en el estudio de la casa, pero ves como una pequeña mariposa se posa en la pantalla. La miras con desconcierto, pero sin miedo aún. El miedo comienza cuando la mariposa aletea y entra a tu celular. La ves revoloteando dentro de tu pantalla, como si el gesto más natural de un insecto fuera entrar a un aparato cerrado. Lo levantas ante tus ojos y está ahí, aleteando en la pantalla mate de tu iPhone. De pronto la pierdes de vista y sientes que la mariposa ha entrado en tu mano, sin hacerte ningún tipo de dolor, ignorando la membrana de tu piel, las fronteras que tu identidad ha puesto ante el resto del universo. Comprendes que la naturaleza se está haciendo líquida y ese mar avasalla por completo tu identidad. La naturaleza te traspasa tan fácilmente que no te hace daño. Sientes el aleteo de la mariposa entre tus costillas y subiendo hacia tu cráneo.

Despiertas. Son las seis de la madrugada. Sientes a Canela lamiendo la mano que sobresale de tus cobijas. Agradeces que la naturaleza no sea líquida, sino sólida, con identidad y con barreras. La cama, la almohada, María Fernanda, la casa, el celular, Canela y Santiago, son seres y objetos independientes. No como esas entidades líquidas del sueño de la isla, donde la identidad personal se desvanecía con el vaivén y el capricho del universo. Tomas un desayuno de leche y cereales, enciendes la camioneta para ir al trabajo. Afortunadamente tu esposo solamente necesita de su bicicleta para ir de tanto en tanto a la universidad, que está pasando la 30. Te despides rápidamente de Santiago con un beso rápido en la mejilla y le acaricias la cara a Canela, que no deja de batir la cola y a lo mejor quisiera salir contigo a jugar al parque, pero no, hoy tienes un largo día en el instituto para ayudar a tus pacientes. Sales de Teusaquillo, ese barrio que siempre te ha parecido de gente vieja y árboles tristes. Bordeas el parque, giras por la 17 y subes hacia la 15 por la 67. Ya comienza el trancón de Bogotá, pero no te afanas. Pronto vas a ser mamá después de tantos años de espera, sobre todo de Santiago. Sintonizas la HJCK en la radio, “la emisora de la inmensa minoría”, el mejor slogan definitivamente, y te relajas en la burbuja de tu camioneta escuchando un plácido concierto para piano con acompañamiento de cuarteto de cuerdas de Ludwing Van Beethoven, el sordo más reconocido de la música universal. La sordera también es una isla, piensas como siempre. Otra clase de isla donde todos te ven naufragando y haciendo señales de humo lograr expresarte. Progresivamente con la sordera te vas alejando del universo que te rodea dejando una estela de espuma en la playa de tu identidad. Recuerdas a tu papá que murió sordo y una vez cuando le preguntaste si quería algo, te dijo sonriendo que le bastaba con volver a escuchar las cuatro estaciones de Vivaldi. Por eso decidiste estudiar fonoaudiología para tratar a pacientes con comienzo de sordera. Ellos también son náufragos de sus propias islas. La mente es un caballo desbocado que salta en L de una asociación a otra. Estás pensando nuevamente en el vivero de las plantas carnívoras que Santiago construyó en el patio de la casa. Tu esposo siempre ha creído que esas plantas te asquean y no es así, o al menos no del todo. Lo que te impacta es la soledad del insecto viendo, entre las finas rejas de la trampa de la planta, cómo el universo sucede indolente a su alrededor, mientras éste se diluye lentamente en una sopa. Como si estuviera en una isla, en una cárcel viva. Un extraño sentimiento de miedo te recorre de los pies a la cabeza y no sabes por qué.

 

La noche

 

Cada vez que María Fernanda llegaba en la camioneta, Canela era la primera en bajar esas escaleras en L, desde el estudio de Santiago, donde tenía su pequeña cama, hasta la sala donde la recibía batiendo la cola.

– Hola mi vida, ¿cómo te fue con tus pacientes hoy? – la saludó Santiago desde lejos. Tenía la camisa a cuadros llena de manchas de tierra y otras cosas peores. Se notaba que había estado trabajando en el vivero. “Mejor hoy evitemos los abrazos”, pensó su esposa.

– Rendida, Santi, hoy fue más difícil que nunca. Hay días en que de verdad esto es muy agotador. – mientras colgaba su chaqueta en el perchero y le acariciaba la cabeza a Canela, que siempre le olfateaba con curiosidad su vientre de tres meses – En seis meses vas a ser tía, Canela.

– Te entiendo, querida, mira que hoy tuve que alimentar a todas mis plantas y entonces… – pero su esposa le cortó en seco, con una mueca de repugnancia.

– Santi, ¿en serio vamos a hablar de las asquerosidades de tus plantas alienígenas antes de comer? Por Dios que no sé si disfrutas hablándome de esas cosas. Ya le cogí hasta fastidio a la ensalada por tu tesis.

– Está bien, está bien. No plantas carnívoras por hoy. – aceptó resignado Santiago. “Con tal que tampoco hagamos un foro de gente sorda, todo está bien”.

– Por favor… – dijo María Fernanda sonriendo, mientras le daba un ligero beso, evitando cualquier contacto con esa camisa que hedía a tierra húmeda y lombrices. “A maldita hora me casé con un botánico”.

Finalmente, no había arreciado la tempestad, como ambos suponían. Ese es el clima bogotano, caprichoso hasta la médula. De tanto en tanto se escuchaban algunos pájaros cantando entre los árboles del parque a esa hora.

– Tengo antojos de pizza de pepperoni – dijo María Fernanda, mientras miraba ruborizada a su esposo.

– Adoro esa clase de antojos. Pidamos un domicilio y ya pongo a enfriar un vino tinto en la nevera – respondió Santiago con una sonrisa enorme.

– Pero te lo ruego, quítate esa camisa que hueles a pesebre – le suplicó su esposa.

Esa noche, la última noche de felicidad en sus vidas, ambos cenaron en la cocina una pizza extragrande de pepperoni con vino servido en vasos plásticos. Canela batía con fuerza la cola exigiendo todos los bordes de queso.

De pronto María Fernanda, sin dejar de comer, soltó la carcajada y se tapó sus ojos con vergüenza.

– Discúlpame, Santi me acordé de un chiste malísimo, pero lo gracioso es que me lo contó hoy un paciente que sufre de sordera. – mientras le caía un flequillo de pelo castaño sobre su rostro y se le hacían unos diminutos hoyuelos en sus mejillas. A Santiago le fascinaba la sonrisa de su mujer.

– Dale, cuenta ese hueso.

– A ver – sin dejar de reírse torpemente -, un sordo le dice a un amigo: “Mira que me compré un aparato para el oído y me funciona perfectamente”. El amigo le pregunta: “Me alegra muchísimo, qué bien por ti, ¿y te costó mucho?”, entonces el sordo le responde: “¡Claro, fue a la una de la mañana, más o menos!”

Santiago se rio más con la ocurrencia que con el chiste mismo. “Gracias a Dios mi mujer no es comediante, estaríamos en la ruina”.

Esa noche, Canela se durmió como siempre en su cama al lado del escritorio de Santiago, en el pequeño estudio del espejo. Ellos vieron una serie en Netflix hasta quedarse dormidos. Él con las gafas puestas y ella con el control en la mano y la boca abierta.

 

La isla

 

Regresas por segunda noche consecutiva a tu isla y abandono, donde la naturaleza es tan líquida como un mar en movimiento y con esa misma violencia te coloniza hasta tu último átomo en cada oleaje. Te pones de pie para mirar ese inmenso mar gris que golpea la playa y a ese cielo tan falso como una cúpula insuperable hasta por las aves acuáticas. Tiras a lo lejos ese celular inservible y ya ni siquiera sientes el fastidio del aleteo de esa mariposa en tu interior, atravesando con su vuelo tus huesos, nervios y órganos, como si tus entrañas fueran de aire. Tienes la percepción que has pasado una eternidad de pie mirando el mar. Cuando vas a caminar, tus pies están anclados hasta el fondo de la arena y tus piernas están cubiertas de ligeras capas de pasto marino y de algas que debieron haber crecido durante cientos de años. La playa te está devorando, piensas por un instante. Gritas de espanto, pero tu grito no sale de tu boca, sino que se escucha mucho más lejos, casi en el cielo, como saliendo del pico abierto de una gaviota. Gritas con más fuerza y tu graznido se escucha en alguna parte del cielo. Tu voz ha mutado de especie y de lugar en el espacio. Cada vez que gritas, la gaviota grazna con más fuerza, reproduciendo tu angustia. La playa te está consumiendo por completo. Cerca de ti hay una pequeña familia de cangrejos de mar que salió de los charcos de agua salina entre las piedras, respirando la humedad que todavía subyace en el aire. Se acercan a tus piernas para devorar pedacitos de las algas. Sientes que cuando pestañeas, la luz aumenta o disminuye en los ojos simples y compuestos de esas criaturas de concha roja y patas azules. Te han robado también tus ojos. La naturaleza líquida ha superado todas las membranas de tu identidad, de tu cuerpo, de tus átomos y hasta de tu personalidad. La playa te está devorando. La isla te está consumiendo hasta la última gota. Despiertas temblando. Al lado tuyo, tu esposo sigue durmiendo, seguramente soñando con sus plantas carnívoras. Abres los ojos y te incorporas. Es el primer día en que Canela no te despierta lamiendo tu mano. Debió quedarse a dormir en la sala. Sn embargo, casi recuerdas haberla sentido caminando inquieta en el estudio e incluso, hasta jurarías que gruñó en la noche. Sales suavemente del cuarto, atraviesas el estudio. Te miras de frente en ese espejo. “Dios, estoy terrible, parezco un travesti con este pelo así de alborotado”, te ríes y te peinas con fuerza. Abres el closet y te pones la primera sudadera que encuentras. Sientes la urgencia de tomar aire fresco y quitarte esos pensamientos de la isla y esa naturaleza líquida. “Eso fue por comer la pizza con pepperoni y tomar vino. Pésima combinación, da agrieras”, tomas nota mental. “¿Dónde está Canela? No la oigo por ningún lado”, no dejas de pensar. Bajas en tres zancadas la escalera en L, llamándola con fuerza. Canela no responde. Das una mirada rápida a la sala y al comedor. No está. “¡Canela, vamos al parque!, ¡al parque, Canela!” No la escuchas por ningún lado, incluso te agachas debajo de la camioneta. Tampoco. “¡Canela, no estamos jugando!” Un oscuro presentimiento te recorre como electricidad. ¿Dónde está tu perra, tu amiga inseparable que un día recogiste en el Parque Brasil al frente de tu casa? “¡Canela, Canela!”, gritas casi histérica y al borde del llanto. Piensas que pudo haber huido, pero compruebas que la puerta tiene todos los candados. Un animal no puede salir así. Revisas las ventanas de la sala, pero ni siquiera tiene descorridas las cortinas. Con tus gritos tu esposo acaba de despertarse, sin entender la situación, piensa seguramente que Canela hizo algún daño en la cocina o que le sentaron mal los recortes de pizza. Atraviesas corriendo el patio y llegas a la zona de Chernóbil, donde Santiago cría esas plantas repugnantes y de donde sale ese olor a lombrices y a tierra de cementerio. De un golpe retiras esos velos de plástico y quedas fría cuando descubres el collar de Canela ahí tirado en el suelo.

 

El vivero

 

Cuando el profesor Santiago Pessoa entró a su vivero, alarmado por los gritos de su esposa, la encontró reducida a un explosivo estado de histeria y con el collar de su perra en la mano.

– … Santiago, ¿¡dónde está Canela!? – mientras miraba por debajo de las mesas de plástico en donde estaban acomodadas centenares de esas plantas verduzcas con sus pequeñas bocas abiertas, con los filamentos retorcidos como tentáculos y, sobre todo, aquellas que parecían moteados jarros de la muerte, que colgaban del techo, como burlándose de la situación.

– ¿Ya buscaste en los baños o debajo de la camioneta? – la pregunta era doblemente estúpida, especialmente viniendo de una eminencia universitaria como él. Cuando una mujer ha llegado a ese nivel de histeria es que ya ha calculado y resuelto todas las variables.

– ¿Tú que crees? – sin dejar de mirar con auténtico odio a esas plantas carnívoras acomodadas en estantes y rodeadas con tarros llenos de larvas de moscas, grillos y escarabajos.

– No sé, no sé. El collar se le pudo haber zafado…

– Como nunca le hiciste el agujero adicional al collar, como te he pedido todos estos días…

– Pero un perro no puede desaparecer así como así, Mafe.

La imaginación de María Fernanda estaba bordeando fronteras imposibles, mirando las bocas dentadas y con filamentos de aquellas pequeñas plantas. Se tapó la mano con vergüenza por la estupidez que iba a decir, pero igual lo dijo.

– ¿Hay posibilidad que esas plantas…? No sé, digo yo, es estúpido, pero…

– Amor, ¡cómo se te ocurre pensar eso! Esas plantas escasamente pueden comerse un bicho grande, un renacuajo o un ratón máximo. ¡Canela es una perra criolla!

Su esposa no dejaba de mirar por debajo de las mesas y corriendo algunas materas de helechos.

– Sí, es una estupidez pensar eso… – llevándose la mano a la cara de vergüenza. – Pero es que aquí está su collar, Santi.

– Se le pudo haber caído aquí, pero eso no significa más, Mafe – mientras la abrazaba para tranquilizarla.

Toda la mañana estuvieron buscando a Canela en la casa, por debajo de cada cama en las tres habitaciones, en el cuarto de la empleada, dentro del carro, en los baños, en los closets y en donde pudiera existir la más mínima posibilidad de escondite para una perra de ese tamaño.

No la encontraron.

El resto del día la siguieron buscando en el parque Brasil, recorriendo las calles y preguntando a los vecinos.

Absolutamente nada. Canela no aparecía.

Pusieron las mejores fotos de Canela en redes sociales con títulos de “se busca a Canela, perra criolla, color azabache de unos cinco años”, “me perdí de mi hogar. Mi papá y mi mamá me buscan”, “excelente recompensa por Canela” y mil más. Empapelaron los postes no solamente del parque, sino del vecindario completo con fotos a color de Canela.

Al cabo de una larga semana, no habían recibido la primera llamada de rescate. Parecía que Canela se hubiera caído del borde mismo de la existencia.

Seis días sin Canela. Todas las noches, Santiago y María Fernanda discutían lo mismo una y otra vez, como recomponiendo la escena de un crimen. “¿Seguro esa noche cerraste bien la puerta?”, “¿tú crees que se haya salido por una ventana? Pero no tiene sentido, todas estaban cerradas y Canela no puede saltar del segundo piso sin partirse una pata, por lo menos”, “pero la casa estaba totalmente cerrada, ¿verdad?”, “yo cerré cuando entré la camioneta, y Canela me saludó. Nosotros comimos pizza con ella, ¿o no?”, como si los muros de la realidad empezaran a ser menos sólidos y una agresiva naturaleza líquida empezara a invadirlos grieta por grieta.

Entendieron que nunca la iban a encontrar ni resolverían aquel misterio. La tarde del domingo, María Fernanda miraba con una extraña desconfianza aquel vivero de las asquerosas plantas de su marido.

– Necesitas calmarte, por el bebé – le reprochó Santiago.

– A ti Canela nunca te importó mucho, ¿verdad, Santi? – fue la única respuesta de su mujer.

 

El descubrimiento

 

Antes de llegar de la universidad a su casa, Santiago se bajó de su bicicleta en el parque Brasil frente a su casa. Ya era de noche y los inmensos nogales se veían más altos y oscuros que nunca. Caminó solitario entre los arcos de ladrillo, casi despoblados de sus flores moradas, por los vientos y las lluvias de abril. Se detuvo frente a uno de los avisos de “se busca Canela” y se quedó mirando lánguidamente a su perra. Tal vez no había construido con ella esa amistad tan grande como sí lo había hecho María Fernanda, pero igual la quería y la seguía queriendo. Con tristeza acarició el aviso ya roto en el poste. “Cuídate nena, donde quiera que estés”.

Antes de llegar vio que en otros postes ya habían otros avisos de fotografías de niños perdidos, a ancianos desvalidos y a una que otra mascota, como si cada tanto hubiera una temporada de seres extraviados. “En esta puta ciudad siempre hay alguien perdiéndose”, pensó con bronca, mientras abría la puerta y entraba su bicicleta. No sabia que aquella tarde su esposa había caminado sus mismos pasos en aquel sendero de arcos de ladrillo en el parque. Extrañaba a su amiga Canela. Ninguno de los dos mencionó esa noche su melancólico paseo por el vecindario. La casa parecía más vacía, como si en algo se hubiera ensanchado su, de por sí, ya enorme arquitectura. “¿A una casa le puede crecer lentamente una nueva alcoba, así como le crece un tumor a un ser humano?”, pensó aterrado el profesor. Ahí estaban las habitaciones con muebles viejos esperando a los hijos y a los nietos, como espacios muertos reclamando la vida. Ahí estaba el estudio con los papeles amontonados de la tesis sobre las plantas carnívoras, los libros de Darwin, Linneo y el portátil apagado. Ahí estaba la cama vacía de Canela junto al enorme espejo donde se peinaba María Fernanda por las mañanas. Ahí estaba en el patio el vivero rebosante de extrañas plantas. Era un duelo progresivo que se iba adueñando de cada espacio, como una ausencia buscando su identidad en el anaquel de la cotidianidad.

Esa noche del domingo, Santiago y María Fernanda casi no hablaron. Ella prefirió dormirse temprano, mientras que él hacía un informe de su tesis en el portátil. El profesor Santiago Pessoa jamás supo que su esposa llevaba años perfeccionando un sueño o una pesadilla, en la que se veía abandonada en una isla desierta, que la iba consumiendo y abarcando por completo. María Fernanda a veces sollozaba un poco en las noches, mientras afinaba cada detalle de su tormento soñado una y otra vez. Cada vez los granos de esa arena eran más claros, la viscosidad de ese cielo cóncavo, el vuelo en elipse de las gaviotas que evitaban la frontera, los ojos simples de los cangrejos que emulaban los suyos propios y la mariposa que atravesaba sus entrañas como si fueran aire. Como si representara un motivo de vergüenza, ella jamás le contaría sobre ese constante y repetido sueño. De hecho, esa misma noche, María Fernanda soñó que ya su identidad se había desvanecido por completo en aquella isla, que el aliento de sus pulmones se fundía con el de las alargadas nubes en ese cielo estirado. Finalmente había desaparecido por completo del universo conocido. Fue tanta la tristeza en el sueño, que ni siquiera despertó cuando su esposo apagó su portátil, corrió su silla y abrió el closet para ponerse su pijama. Lloró un poco en sueños contra la almohada y siguió durmiendo.

Sin embargo, Santiago no quería prender la luz para no despertarla, entonces prefirió usar la linterna del celular y así evitar tropezar con el clásico desorden de los zapatos regados en el piso de la habitación.

Estaba a punto de entrar a la habitación, cuando vio un ligero movimiento en el espejo de pared que había en el estudio. Un efecto generado por la linterna del celular en el cristal. Algo se movía lentamente en el espejo. Santiago se acercó nuevamente proyectando la linterna contra el cristal.

Ante lo que vio, dejó caer el celular y retrocedió temblando en el piso.

El espejo proyectaba la imagen de Canela, acostada de lado, enferma y casi en los huesos, batiéndole la cola y mirándolo justo a los ojos.

El celular se apagó al caer.

El cristal del espejo seguía tan plano como siempre, reflejando el escritorio y su silla. Santiago acercó su mano al cristal, como temiendo tocar la piel de una serpiente. Pero no había nada, estaba tan frío y plano como siempre.

Tomó de nuevo su celular y prendió la linterna.

Ahí estaba ella, Canela. Dentro del espejo. Literalmente, “dentro del espejo, como si estuviera en una caja de paredes negras”, pensó Santiago, mientras sentía que todos sus estudios científicos se iban al traste esa noche. Eso no tenía sentido.

Sin dejar de proyectar la luz hacia el espejo, acercó su rostro al de Canela, que no dejaba de mirarlo con tristeza directamente a los ojos. “Hay contacto visual, me está viendo”. Ella batía la cola con más fuerza a pesar de su enorme debilitamiento. Apagaba el celular, volvía el cristal. Prendía la luz del estudio y apenas era un espejo como cualquier otro, donde se reflejaba él mismo y su escritorio. Apagaba las luces, proyectaba la linterna y ahí seguía ella, Canela, acostada en su pequeña cárcel del espejo.

– Amor… María Fernanda… ven… rápido… – le gritó a su esposa, sin poderse levantar del suelo.

– Santi… apágate por favor, mañana tengo pacientes… – masculló ella todavía dormida y esperando no volver a soñar con aquella isla de mierda.

– Es Canela… – dijo sencillamente su esposo. Al segundo, María Fernanda estaba de pie y con los ojos enteramente abiertos.

– ¿Dónde está Canela?, ¡Canela, Canela! – hablaba frenética su esposa, mientras miraba a doquier -, ¿por qué estás sentado en el suelo en la oscuridad, mirando como un loco ese espejo?

– Siéntate conmigo y respira profundo. No quiero que te impacte ver esto, María Fernanda. Respira, respira profundo – le habló en un tono sereno que no admitía réplicas. Su esposa se sentó obediente a su lado. Él la tomó de la mano.

– ¿Y Canela? – mientras le apretaba la mano.

– Mírala – y prendió la luz del celular contra el espejo. María Fernanda casi le rompe los dedos de su mano.

Ahí estaba Canela, viendo a Mafe, su mejor amiga, a través del cristal. Con un esfuerzo enorme, la perrita criolla se alcanzó a levantar, batía la cola con desesperación, gimoteaba, daba vueltas, intentaba acercarse, pero parecía golpearse siempre contra un muro imaginario. A María Fernanda se le escurrían las lágrimas viendo a su perra encerrada en un cristal de paredes oscuras. Cuando le estiró la mano, Canela acercó su hocico al tiempo.

– Corramos el espejo – dijo María Fernanda, como si para cada problema mágico existiera una solución igualmente mágica. Corrieron el espejo y no había nada, sólo pared y nada más. Golpearon con furia y desesperación la pared, pero solamente eran ladrillos, mampostería y pintura blanca. Al cabo de un rato, pusieron de nuevo el espejo en la pared.

Ambos esposos se miraban desconcertados, viendo a su perrita encerrada en el cristal. Siguiendo un precepto científico, Santiago probó el efecto de la linterna en otros espejos de la casa, en ninguno se veía a su perrita criolla. Eran espejos normales.

– No sé cómo habrá entrado, pero de la misma forma tiene que salir. – le decía Santiago a su esposa.

– Le voy a traer agua y concentrado. Se está muriendo de hambre y de sed, a lo mejor viendo la comida, se esfuerza y sale de la misma manera en que entró.

Fue más triste aún ver a ese animal en los huesos intentando acercar su hocico al plato de agua y de comida, lamiendo el aire y dando mordiscos hacia la nada, porque era como si un muro invisible la separara de la realidad. La mujer no dejaba de llorar.

– Santi, Canela se está muriendo… se nos está muriendo ante nuestros ojos…

– Voy a romper ese puto espejo, Mafe – dijo su esposo, mientras tomaba la silla de su escritorio como si fuera un ariete de guerra.

– No, no lo hagas – ella lo detuvo -, no me preguntes por qué, pero siento que sería como cerrar la puerta. Intentemos primero de otras formas.

Esas formas imposibles de rescate tomaron toda la noche. Rezos católicos por parte de María Fernanda y oraciones judías por parte de Santiago. Ambos suplicaron a Dios y a todos los ángeles por ayuda. Arrojaron agua al espejo, lo que hizo que Canela retrocediera asustada un poco. Siguiendo cualquier ocurrencia, le aplicaron sal, azúcar, alcohol, lo que fuera. Nada. Trajeron un par de espejos más para generar algún efecto retroactivo. Nada. Buscaron hasta la saciedad en Google sobre “espejos como puertas del más allá”, “espejos malignos / embrujados”, “gente perdida en el espejo”, pero más allá de foros y teorías místicas que decían lo mismo, espejos / puertas / más allá / mundo espectral / energía de espejos usados / etc. “Pero este espejo es nuevo, no tendría nada que ver, nosotros lo compramos en el centro comercial”, se justificaba María Fernanda. Estaban solos y confundidos frente al borde mismo de la existencia.

Cuando llegó la luz del amanecer, la imagen de la moribunda Canela se desvaneció en el espejo, como el rocío con la presencia del sol.

Ambos lloraron abrazados frente al espejo vacío.

 

La isla en el espejo

 

Despiertas agotada de llorar toda la noche, acostada de lado frente al espejo del cuarto del estudio. Tienes una cobija puesta. Seguro tu esposo te la puso antes de irse a la universidad a dictar su cátedra de biología. Primera vez que no recuerdas haber soñado con absolutamente nada. Te sientas al estilo buda frente al espejo, que con el sol es apenas un simple cristal. Pero sabes que todas tus pesadillas han rebasado todas las fronteras de tu realidad. Ese mundo de naturaleza líquida, con el que sueñas constantemente, parece colarse por las rendijas de tu cotidianidad. Miras ese espejo tan plano y sencillo como cualquier otro objeto de los que te rodean. Lo alumbras con la linterna de tu celular, nada sucede y sigue reflejando tu imagen como si fuera un espejo común y corriente. Le gritas desesperada, esperando una respuesta de Canela al otro lado de la superficie, pero es como gritarle a cualquiera de tus pacientes sordos. Ellos también son una superficie cerrada al mundo como una pesada losa de basalto. Cierras las cortinas del estudio y de la habitación, buscando crear un ambiente de oscuridad ideal. Proyectas el haz de tu linterna, pero no hay nada, sólo un espejo, como si el tenebroso efecto de ver a tu perrita encerrada allí se produjera estrictamente durante la noche. “El espejo reconoce el día y por eso no se despiertan sus oscuros reinos”, piensas por un momento de una manera tan literaria como patética. Prendes el portátil y te dedicas a buscar en todas las páginas y foros de Google sobre espejos embrujados, portales a otras dimensiones, cristales que reflejan almas y demonios, espejos que presagian la muerte y todos los temas posibles. Inconscientemente, haz hecho una tétrica lista de todas las posibilidades de espejos extraños en Google:

– Almas de personas moribundas que quedan encerrados en los espejos. Recomiendan ponerlos contra la pared o cubrirlos por una sábana, para que el alma no quede flotando en un plano inferior. ¿Qué es un plano inferior astral?

– Almas en pena que se asoman desde los espejos para mortificar a los vivos. Alguno cuenta la historia de haber comprado un espejo y resulta que era de una funeraria. Eso era una auténtica “creepypasta”.

– Espejos como portales hacia universos paralelos. Evitar mirar de frente a los espejos en la noche, porque se puede ver un presagio de la muerte de uno mismo o de quienes nos rodean. Hay miles de personas diciendo que vieron una cara deformada que se reía en el espejo. Estás segura que el 90% de ellos se creyeron Kiefer Sutherland actuando en “Espejos Siniestros”. De verdad Internet es un auténtico mar inundado de basura humana, donde en vez de flotar plásticos y botellas, sobreviven pensamientos tan inútiles como tóxicos.

– Demonios y/o fantasmas y/o brujas y/o espectros que habitan en los espejos y deforman las caras de las personas. No aplica, no es.

– Gente de la sombra que aparece en los espejos para hacer daño a los vivos. Esta teoría, junto con la de la octava dimensión y los reptilianos aparecen sin la más mínima vergüenza por todo lado.

– Brujos y hechiceros que leen el futuro de las personas en los espejos. La longevidad depende de la claridad o vaguedad de la imagen proyectada. Tal vez esta fue la más seria de todas, incluso aludían a figuras históricas como Julio Cesar, Pitágoras que leía los astros con el espejo, y a John Dee, el célebre hechicero inglés.  Sin embargo, no sirve para absolutamente nada.

– Formas malignas como vampiros que no se proyectan en los espejos. Miles de fotos absurdamente ridículas de Drácula y vampiros sacados del siglo 19, mirando a un espejo vacío de formas.

Pero nada de esto tiene sentido.

Nada, definitivamente nada. “Carajo, Canela, cómo diablos te fuiste a meter dentro de un espejo”, piensas y sigues revisando cada detalle de ese espejo.

Aquí no hay demonios, fantasmas ni visiones de la muerte, sino que es tan terrenal como absurdo: una perra encerrada en un cristal y bloqueada por paredes absolutamente oscuras. Recuerdas que anoche tomaste algunas fotos del suceso, pero cuando las miras de nuevo en el carrete de tu celular, solamente reflejan un espejo con la luz del flash o nubladas cuando las tomaste al natural. No hay nada para testimoniar ni menos para preguntar en redes sociales. “#La loca del perro invisible”, así te van a etiquetar cuando hagas la primera pregunta.

Tienes los ojos en la nuca literalmente. Cuando te miras al espejo, pareces un mapache, el maquillaje corrido de tanto llorar y no has probado bocado desde anoche. Sales del cuarto oscuro buscando la luz. Recorres el inmenso pasillo mientras barajas mentalmente todas las posibilidades de rescatar a Canela. Desciendes las escaleras en L y desde la ventana, miras de lejos el patio con el vivero de plantas carnívoras de tu esposo. Se te revuelve tu estómago vacío. Tomas un café en la cocina y mordisqueas desganadamente una mogolla fría con un pedazo de jamón. No dejas de pensar en tu perra moribunda y atrapada tras un cristal. Esa mirada. Cómo te batía la cola. Te vio, te reconoció a los ojos e intentó pararse. Lloras de nuevo y las lágrimas caen sobre tu café sin azúcar.

El sol de la mañana fue tan ilusorio como todos los de Bogotá. Los cerros de un azul casi brillante por la mañana y ese sol que ardía en la cara, ya han sido reemplazados por un cuadro menos veraniego. Las montañas se tornan grises, aplomadas y duras. El cielo parece un aliento glacial de tonos grises, azules pálidos y blancuzcos sobre los edificios de la ciudad. “Va a llover y duro”, ojalá llegue pronto Santiago.

Abres la puerta de tu casa y desde el parque entra ese viento frío de la tarde cuando amenaza con llover, que arrastra hojas secas y las plumas de las mirlas y las palomas. Te quedas de pie esperando la lluvia, respirando profundo el aire dulce de los ladrillos húmedos y de la vegetación con la humedad. Fijas tu mirada en los arcos de ladrillo del parque y te das cuenta que sus enredaderas ya están vacías de flores moradas. “Qué breves son las primaveras”, piensas por un instante. Escuchas la lluvia a lo lejos antes de ver los primeros goterones. Debe estar lloviendo en la Universidad Nacional y en el centro de Bogotá, desde ahí vienen esos nubarrones hacia el oriente y el norte de la ciudad. Las goteras en el asfalto frente a tu casa son de un diámetro enorme. “Va a estar fuerte el aguacero”, tomas todo el aire que puedes y te encierras en tu casa nuevamente, a pensar cómo sacar a tu perra moribunda de ese espejo de mierda. La última opción será romperlo a martillazos…

Tu casa se ha inundado de oscuridad y apenas son las 2 pm. La sala, la cocina y el parqueadero son el territorio de la joven noche, haciendo que los muebles se vean más viejos de lo que son y la blanca pintura de aceite parece piel muerta. La madera rústica del piso cruje a cada paso, como si la casa fuera un animal con frío y temblando ante los pavores que suscita la tempestad. Cae el agua en el tejado como un inmenso piano. También la sientes caer sobre los plásticos del vivero de las horribles plantas de tu marido. Tienes un presentimiento raro en tu corazón, de esos que dan vueltas como una mariposa chapolera en un cuarto cerrado. Subes en cinco zancadas las escaleras en L hacia el segundo piso, donde tu habitación y el estudio están en una perpetua oscuridad de cámara mortuoria por las cortinas cerradas. Ves ese espejo y sientes franco pavor, como si te aproximaras a la boca de una serpiente. Prendes la linterna de tu celular y algo te hace gritar. Retrocedes sorprendida. Le envías un mensaje por WSP a tu esposo. Ruegas que llegue lo antes posible.

 

El otro descubrimiento

 

Justo cuando Santiago se amarraba su impermeable rojo, viendo los cielos cargados de lluvia y las montañas de los cerros orientales tiznadas de gris, recibió en su celular un mensaje de WSP de su esposa, tan crudo como podía ser posible.

Mafe dice: “Canela no está. Desapareció. El espejo está vacío. Ven urgente”.

Tomó su bicicleta y salió disparado por toda la Universidad, pasando por los altos edificios de Veterinaria y Ciencias Médicas, que parecen feos cubos blancos llenos de grafitis y rayones de mil colores. Pedaleó bordeando la plaza del Ché Guevara, observando como los adoquines se iban llenando de la lluvia que caía en pesados goterones. Siguió por el paseo peatonal rodeado por dos hileras de sauces, acacias y araucarias. Finalmente salió a la 45 con 30 cuando ya el aguacero se había transformado en una auténtica tempestad. Se detuvo bajo el puente peatonal e intentó llamar a su esposa María Fernanda.

Marcó la primera vez. “Ocupado”.

Esperó un par de minutos. “Este número no ha sido asignado al público”.

No podía entenderlo. Miró la gente subiendo afanada hacia Transmilenio, podía ser la tempestad que hace que los celulares pierdan señal.

Al cabo de diez minutos marcó de nuevo. “Este número no ha sido asignado al público”.

Subió por la rampa empujando su bicicleta. Cuando pasaba por el puente de la 30, diviso al oriente a Monserrate diluido en la niebla de los cerros. Debajo del arco del puente que caminaba, corría el agua tumultuosa por el canal de la 30, subiendo hasta en un metro o dos el nivel y amenazando con desbordarse hacia ambos costados de la NQS hacia el norte y hacia el sur. “Pobre la gente que vive bajo los puentes, cuando llueve el agua los debe arrastrar como si fueran ratas”, pensó con amargura. Las desdibujadas luces altas de los carros en la lluvia parecían un cuadro impresionista de Turner, como si el universo fuera una naturaleza líquida, malvada y colonizadora.

“La naturaleza es violencia. Violencia pura. En ella no hay belleza, no hay fealdad, no hay justicia, no hay proporción humana, solamente hay equilibrio o desequilibrio, hay salud o enfermedad, hay fruto o hay cáncer, esa es la mente binaria que habita el mundo natural, tan lejos de la acuarela de grises de la mente humana.” – pensaba automáticamente Santiago Pessoa, montado en su bicicleta, como si su cabeza siguiera dictando clase a su auditorio.

Bajó por la 45 hacia el oriente, perdiéndose en el vericueto de aquellas calles de postes apagados y tiendas miserables de esos barrios comerciales. La lluvia parecía entrarse por las rendijas de su impermeable. Al fin llegó a la 24 y de ahí en adelante siguió pedaleando hasta Teusaquillo. Cada vez que se detenía en un semáforo, mientras pasaban esos carros de luces altas y desdibujados en la lluvia, seguía marcando insistente al celular de su esposa, sola en aquella casa del extraño espejo y de las plantas carnívoras. “Este número no ha sido asignado al público”. Una y otra vez.

Cuando vio el parque Brasil con su paseo peatonal de arcos de ladrillo cubiertos por “loniceras caprefolium, la madreselva de los jardines”, fiel a sus términos de botánico y científico. “O pelos de loca”, como los llamaba despectivamente su esposa. Santiago sonrió y pensó en ella y en su hijo de tres meses. “Vendamos esta casa horrible y anticuada. Mudémonos a un apartamento del norte, así mi papá y mi abuelo se retuerzan en sus tumbas”. En todo caso, las enredaderas habían perdido todas sus flores moradas, pero esta vez, cuando Santiago conducía su bicicleta debajo de esos arcos, sintió el carácter invasivo de aquellas plantas cubiertas de zarcillos y raíces adventicias para poder adherirse a cualquier superficie y sobrevivir.

“La naturaleza sobrevive a toda costa y de quien sea” – siguió hablando mentalmente y pensó en sus plantas carnívoras. ¿Necesitan proteína? En realidad, no. Con el sol sería suficiente alimento. Pero, aun así, son capaces de devorar desde una mosca hasta un pequeño ratón con tal de sobrevivir. El pensamiento de Canela atrapada y moribunda tras el cristal le hizo sentir profundamente culpable. Si hoy no la lograban sacar, iba a romper ese espejo a martillazos.

Abrió la puerta de su casa. Estaba cerrada con llave y pasador.

– ¡Mafe, Mafe, ya llegué!, ¿dónde estás? – gritó, pero nadie respondió en aquella casa sombría.

Atravesó la sala y prendió las luces. No estaba ella ahí. Continuó hasta la cocina y siguió llamándola. Vio un pocillo a medio servir con un café frío y una mogolla mordida hasta la mitad.

– ¡María Fernanda, mi amor, te estuve marcando!, ¿dónde estás que no te veo? – seguía gritando, mientras el miedo empezaba a invadirlo por dentro como si fueran esas enredaderas llenas de zarcillos y raíces.

No entró al vivero de sus plantas carnívoras, sabía que jamás ella iba a estar allí viendo aquellas jarras colgantes de las Nepentes con sus bocas abiertas, las Venus atrapamoscas con sus trampas filudas y esas Droseras que a veces parecían largos tentáculos verdes llenos de burbujas de ámbar y miel. “¿Por qué el camino a la muerte en la naturaleza huele siempre a dulce?”, se preguntó y la posible respuesta lo provocó escalofríos. Continuó llamando a su esposa, pero la casa permanecía en un perpetuo silencio, apenas interrumpido por el tintineo de la lluvia en los tejados.

Siguiendo los latidos en su corazón subió corriendo por las escaleras en L hasta llegar a su habitación y su estudio, que estaban cerrados por pesados cortinajes, aumentando la oscuridad de la noche. El portátil estaba prendido y a su lado había un cuaderno con las anotaciones de las búsquedas en Google. Con miedo, con infinito miedo, susurró una vez más esperando escuchar la voz de su mujer y la madre de su hijo todavía sin nombre.

– María Fernanda, mi vida, mi amor… ¿dónde estás? – y nunca hubo respuesta. Silencio, silencio, silencio y nada más.

Las manos le temblaban cuando buscó su celular en los bolsillos de su chaqueta mojada. Prendió la linterna contra el espejo y cayó temblando en la silla del escritorio. Tras el cristal estaba su mujer mirándolo y de pie.

 

Frente al espejo

 

Santiago no paraba de llorar viendo a Mafe atrapada en aquel cristal donde sólo se veían paredes negras, como una pequeña cárcel circular. Ella estaba tan sorprendida como él.

– Mafe… amor… ¿cómo entraste ahí? – le dijo enjuagándose las lágrimas, viendo al eterno amor de su vida tras aquella superficie, sin dejar de iluminarla con la luz de la linterna. Ella realmente no le oía, sino que le leía los labios.

Ella movió sus manos para responderle, haciendo uso del lenguaje de señas que ella practicaba con sus pacientes de fonoterapia. Alguna vez ella le había enseñado algo a Santiago para practicar. Nunca lo habían dialogado tanto así hasta este momento.

– No sé cómo entré aquí – le respondió Mafe moviendo exageradamente las manos – Cuando me acerqué esta tarde, el espejo estaba vacío, sólo las paredes negras. No estaba Canela por ningún lado. Proyecté la luz de la linterna por todas partes buscándola. Me enfoqué demasiado en el espejo y cuando de pronto, me di cuenta que lo que veía era el escritorio, el computador, el tapete y la silla. Entonces, ya estaba mirando el cuarto desde el espejo…

Santiago se tapó los ojos con las manos y lloró amargamente.

– Perdóname, Santi – hizo señas con las manos.

– Te amo – torpemente le respondió Santiago señalando su corazón.

No sin cierta prevención, ambos pusieron su mano contra o desde el cristal, según la posición de su extraña realidad.

Estuvieron mirándose en silencio horas enteras.

Al fin, Santiago Pessoa decidió preguntarle, debía hacerlo. Al fin y al cabo, era científico y los dos eran médicos. El uno de botánica y ella del lenguaje humano.

– ¿Qué se siente estar… allí? – le preguntó.

Hubo un momento de duda para responder. En realidad, no había mucho qué decir.

– Nada, sólo miedo, Santi. Aquí no hay nada, absolutamente nada.

– ¿Qué hay ahí? – insistió.

– No es más grande que un cuarto y está rodeado de paredes que parecen de piedra lisa. Son muy fuertes y muy duras, lo mismo que el cristal. Las he golpeado, pero es como golpear una pared. Nada sucede.

– ¿Piedra?, ¿paredes de piedra?

– Sí, es que no sé como decirlo, pero sí. Son paredes de piedra, techo de piedra y piso de piedra. Son absolutamente negras y tienen vetas…

– ¿Vetas?

– Sí, como líneas que son de color negro brillante que van del techo a la pared, y luego bajan por todo el suelo. Son líneas que recorren todo este cuarto de piedra, aumentando o disminuyendo su grosor.

Santiago daba vueltas en círculos sin saber qué pensar. Parecía un ave incendiándose. Se quitó las gafas empañadas de sudor y se pasó la mano por la cabeza casi calva. Con angustia le preguntó.

– ¿Puedes respirar? – sintiendo que a él mismo le faltaba el aire.

– Sí, amor, tengo aire. Puedo respirar. No sé de donde viene el aire, creo que es de las paredes mismas. Hay en ellas una humedad que me permite respirar. Tampoco lo entiendo bien.

– ¿Cómo es el aire, es fresco?

– Realmente sí, es un aire que huele a naturaleza. Es un olor fuerte y pesado pero fresco. Como a musgo, a pasto recién cortado, a monte, algo así.

Ambos se miraron con miedo un largo rato.

– Tengo hambre, Santi. Tengo mucha sed. – dijo al fin Mafe con tristeza.

Santiago puso de nuevo su mano contra el cristal y dijo suspirando:

– Trata de dormir para que reserves energía. Duerme tranquila, yo me quedo a tu lado.

– No me dejes sola esta noche, Santi. Tengo miedo.

– Aquí me quedo contigo – y puso la linterna del celular en el piso para iluminarla siempre.

Así María Fernanda se durmió. Santiago no pudo cerrar los ojos en toda la noche, viendo a su esposa encerrada tras ese cristal en aquella prisión de inexpugnables muros negros con vetas brillantes. Cuando llegaba el amanecer, la imagen de la mujer se fue desvaneciendo, como si el espejo supiera que ya salía el sol y era momento de dormirse también para reservar energías.

 

Desde el espejo

 

Cuando despertaste en tu nueva realidad, no sabías con certeza si estabas viva o muerta. Examinaste con detenimiento tus manos abiertas y te parecieron que estaban más delgadas que nunca. Parecían blancos chamizos, pero podía no ser del todo cierto. Al fin y al cabo, la luz era escasa y llegaba difuminada a través del cristal, donde provenía la realidad de lo que antes era el estudio donde trabajaba tu esposo y la habitación en donde años enteros dormiste, desayunaste en la cama y veías películas con Santiago. Toda esa vida tuya parecía ahora tan lejana como cuando se miran los planetas en la noche.

“¿Qué te sucedió, María Fernanda, para terminar presa en un borde de la existencia, como un fantasma, un paria, un marginal o un náufrago?”, te preguntas con la ansiedad de un animal recién encerrado en un extraño zoológico con rejas inventadas para detener la furia de los monstruos.

Observas la línea de luz dorada que se cuela por las cortinas de la habitación y se proyecta contra el piso de madera irregular de aquella enorme y vieja casa de la dinastía de los Pessoa. Por la línea de luz sabes que deben ser las diez de la mañana. Entiendes que esta es la hora en la que puedes ver al mundo, pero nadie te ve. Tu esposo debe estar buscando como loco la forma de sacarte de ese encierro, pero es más probable que seas tú quien salga a que él te rescate. De hecho, no sabes bien cómo entraste. Sencillamente no estaba allí tu perra Canela, como si se hubiera evaporado y luego te viste adentro. Era como si en aquella cárcel solamente hubiera espacio para dos, y al irse una, podía ya ingresar la otra. Ese pensamiento te llena de escalofrío, ¿quién sigue luego, Santiago? Dios mío, ¿qué clase de infame lugar es este?

La sed te está matando y tienes la boca seca desde anoche. El hambre duele como un puño de hierro asestado en el estómago. Hasta ayer, antes de entrar al espejo, apenas habías comido una mogolla y medio tinto. En realidad, llevas más de treinta horas sin comer. Cuando dejas de comer, tu cuerpo empieza a comerse él mismo, agotando sus reservas de grasa y de músculo, haciéndote más débil y enclenque. El hambre es tolerable, pero la sed… Necesitas agua. Eres la clase de mujeres que al día toma ocho vasos de agua, y no solo por verse bien, sino porque sabes que tu cuerpo lo necesita. Tu cuerpo es agua, tu cerebro es agua y todo en ti es agua. Prácticamente somos líquido. Por un instante recuerdas la pesadilla de la isla en aquel universo líquido y cóncavo, donde hasta las gaviotas evitaban la frontera, los cangrejos te miraban con tus propios ojos y una mariposa te crucificaba con el zigzag de su vuelo. Hoy esa isla falsa resulta paradisiaca al lado de esta monstruosa realidad en que te encuentras. Sobre todo, por la sed. Sientes un río de fuego calcinante desde tu boca, que baja por toda tu garganta, anida en los pozales de tus pulmones cansados y se ramifica por todo tu estómago, convirtiéndose en un infierno, en un mar muerto. Toda tu humanidad reclama una gota de agua. Mucho más que aquellas extrañas paredes negras y veteadas han abandonado su frialdad inicial hacia una rara tibieza, que del todo no alcanza a ser calor ni bochorno, “¿estaré en un horno, realmente, y esto es el infierno?” Sin embargo, el aire está tibio y entra casi pastoso por tus fosas nasales. Ya no se siente la frescura de monte húmedo por la lluvia, sino que es un aire espeso y con un tufillo ligeramente dulce que te asquea. Constantemente necesitas frotarte la nariz para despejar tus fosas nasales de ese aire que, “¿viene realmente de las paredes, el techo y el suelo de esta cárcel?” A veces das vueltas sobre ti misma como una niña danzando, justo para caer de nuevo.

Te estás enloqueciendo y solamente el dolor y la sed te anclan a la realidad, como el alfiler que clava a una mariposa contra el corcho de una pared. El dolor nos mantiene lúcidos, cuando se va el dolor, llega la locura. “Bendito sea el dolor”, piensas.

Caminas lentamente por los muros de tu cárcel, paseando la palma de tu mano sobre ellos. Hay cierta tibieza en ellos y hasta ahora te das cuenta que las vetas han adquirido un brillo casi fosforescente y progresivamente húmedo. Realmente es cierto, por esas vetas brillantes corren ciertas líneas de agua. Es como si la cárcel estuviera sudando. La sola idea te provoca arcadas de asco, porque es asumir que “la cárcel está viva, es un organismo animal, vegetal o ambos”, como diría el nerdo de tu esposo biólogo. Te agachas y repasas con tu mano una de esas vetas y la humedad contrasta con la tibieza del aire. A pesar que el asco te lo prohíbe, la sed te lo demanda. Pruebas en tus dedos esa especie de agua y tiene un sabor rústico. Recuerdas alguna vez que en un campamento en el colegio tomaste agua mineral directamente de las piedras. Es un sabor combinado de piedra, tierra, lodo, musgo y en sí, es agua. Al fin y al cabo, es agua tal como la bebería una cabra en la montaña. Como si fueras un animal, la bebes a lengüetazos directamente del piso en donde parece acumularse. Algo en ti agradece que hayas traicionado todas tus prevenciones. Tenías los labios destrozados, la boca seca, la garganta casi cerrada y todos tus órganos consumiéndose contra sí mismos, como viejas estrellas cuando mueren en el cosmos y pierden masa y brillo. Bebes por horas enteras, a lengüetazos, sin repudios y sin la más mínima vergüenza.

Duermes acostada en la esquina de aquella cárcel húmeda y tibia. Cuando despiertas, vuelves a beber esa agua terrosa y a veces amarga. Miras cómo la línea de luz se ha ido desplazando, ya deben ser las cuatro o cinco de la tarde en el resto de Bogotá, te imaginas la gente escapando de sus oficinas y haciendo fila en Transmilenio, mirando insistentes sus redes sociales y pensando en trasnocharse con alguna serie de Netflix, mientras tú te estás pudriendo en la frontera misma de la existencia. Acaricias tu vientre con tu bebé de tres meses. Se te escurren las lágrimas, antes de que caigan al suelo, las recoges con el dorso de tu mano y las bebes con fruición. “Que amargos son los bordes de la existencia”, piensas sin dejar de llorar. Como si fuera un efecto de vapor en el aire, el cristal se va nublando ligeramente, como si empezara a despertarse. Está llegando la noche y la oscuridad, es la hora en que tu esposo puede verte. Te secas rápido las lágrimas y de pronto lo ves a él, de pie con la linterna del celular mirándote directo a los ojos. Él también tiene los ojos inundados de lágrimas.

 

Fuera del espejo

 

Cuando Santiago iluminó a su esposa con su celular, apenas tuvo fuerzas para continuar de pie, como si nada. Ella parecía un espectro, tenía el rostro enjuto y vacío de vida, las manos terriblemente delgadas y parecía flotar en aquel sweater y esos jeans, todo le sobraba. En apenas 30 horas se asemejaba a alguien en estado terminal de cáncer con aquellos ojos enormes que sobresalían de su rostro pálido. El hombre había dedicado toda la mañana a estudiar en Google, a mirar los planos arquitectónicos de la casa, a analizar cada rendija y detalle tanto del espejo como del marco, pero todo, absolutamente todo había sido en vano. Él estaba la mitad de demacrado que su mujer.

– Hola Mafe, amor… cómo estás.

– Muriendo, Santi, me estoy muriendo… – era imposible no ocultárselo a su esposo. En su ropa había mechones de pelo que se le estaban cayendo a raudales. Toda su fortaleza se le estaba yendo, viendo cómo se alejaba de su hogar a escasos 30 milímetros de grosor de un cristal irrompible como un muro.

– Resiste, Mafe, resiste. Por los tres…

– Tengo hambre, Santi… tengo mucha hambre…

Se quedaron en silencio, sentados mirándose, el hombre y el espectro del cristal. Las horas de la noche iban a ser eternas a ese paso, entonces María Fernanda le dijo:

– ¿Cómo te fue hoy, Santi?, ¿has estado bien?

– Me quedé en la casa investigando sobre esto. Te han llamado todo el día del trabajo – le respondió Santiago sonriendo.

– Ruego que les hayas dicho que me gané un viaje a Punta Cana y que estoy en la playa con los pies en la arena – bromeó con tristeza.

Ambos se rieron.

– Es simple, toma una foto mía y edítala con el mar detrás. La realidad siempre es falsable. – siguió con su broma.

– Esto es absurdo – dijo Santiago, mientras se frotaba la cara con sus enormes manos. – Me he cansado de revisar en Google una y otra vez, pero no hay nada parecido a esto.  Es irreal.

Otra vez el silencio entre ellos.

– No tengo sed. Aquí hay agua.

– ¿Agua?

– Sí, es raro, pero hay más calor y las vetas fosforescentes se han ido humedeciendo. Parecen pequeños ríos de agua. No me juzgues, pero he tomado esa agua hasta la saciedad.

– ¿A qué sabe?

– A tierra. A musgo. A veces es amarga.

Santiago pasó saliva. Era tan real lo irreal.

– Sí, eso te cuento, Santi. El aire es más pesado aquí. Se siente pegajoso al respirar.

– ¿Pegajoso? No entiendo.

– Sí, pegajoso. Es un aire denso, muy denso. Como un sauna.

Una vez más, el silencio.

– Puedo ver el exterior durante el día. Veo el cuarto, el escritorio, la silla, todo, sólo que a esa hora tú no me puedes ver.

Santiago quedó sorprendido.

– ¿Puedes ver lo qué sucede a tu alrededor de día?

– Sí, como si fuera una ventana al exterior, sólo que no puedo romperla. – como cambiando de tema luego le dijo -. Tengo hambre Santi, si quieres duerme, yo también tengo que dormir.

Pusieron sus manos juntas. Ella desde el cristal. Él contra el cristal.

Santiago vio como su esposa se acomodaba para dormir en una de las esquinas de la húmeda y tibia cárcel, como un animal buscando su norte en aquel suelo de piedra. Era imposible no llorar.

 

Desde el espejo

 

Antes de despertar ahogada por el calor insoportable de la cárcel, soñaste con sorprendente perfección de detalles tu pesadilla de la isla. La única diferencia es que esta vez tú no eras la solitaria naufraga consumida por aquella malévola naturaleza líquida. Tú eras la isla misma. Eres la isla completa hasta el más mínimo de sus detalles. Eres el cielo cóncavo de nubes estiradas y gaviotas con falsos vuelos de elipse. Eres la playa entera con cada una de sus arenas cubiertas de algas muertas, de sus pastizales marinos y los cangrejos que surgen entre las grietas rocosas. Eres ese mar frío y acompasado que golpea suavemente la playa y los lejanos acantilados, hundiéndo su espuma entre la arena y los manglares. Cuando respiras, el cielo mismo parece inflarse y estiras más aquellas nubes alargadas. En tu playa hay un hombre arrodillado. Desde los ojos membranosos de una de tus gaviotas te parece ver que sufre en su soledad. Tu mirada posándose sobre él, pasa rápidamente de los ojos de una gaviota a otra, así con la misma celeridad que cambiarías de canal en tu televisor, porque en la pesadilla tú eres la isla misma. Desde el cielo solamente sabes qué es un hombre sufriendo, pero no lo alcanzas a ver perfectamente. Te acercas y ahora lo miras desde los ojos compuestos del cangrejo más cercano al hombre. La vista del cangrejo tiene otros colores, casi térmicos y ves al naufrago a través de una retícula. Es Santiago muriendo de rodillas en tu playa y sabes que pronto vas a consumirlo, así como la playa alguna vez te consumió a ti. Abres otros ojos, los de la mariposa y te hundes en su piel blanca y pecosa. Aleteas entre su carne y lo atraviesas como la luz en un cuarto polvoriento. Ves su corazón palpitando de miedo y bombeando sangre por sus ventrículos. El hígado oscuro y la porosidad de sus pulmones. “A fin de cuentas, así debe ser el amor. Una identidad consumiendo a la otra hasta el último átomo”, piensas antes de despertar ahogada de ese vapor malsano que sale de las paredes húmedas de tu cárcel.

Te miras las manos y están pegajosas de sudor y de jirones enteros de tu cabello negro. Es el cáncer, es la locura y el apocalipsis individual. Hay tanto calor en aquella cárcel que te sientes en el sauna del gimnasio y respiras por bocanadas. Paseas tu mano por las paredes y, ¿cómo decirlo? Ya no son paredes. Las superficies rocosas de hacía unos días se han transmutado en un tejido viscosamente vegetal. “Como el interior de un apio o de una sábila”, haciendo referencia al mundo conocido para entender el desconocido. Esas paredes tienen texturas de inmensos tallos y las vetas fosforescentes ahora brillan con un pálido color lila. Por ellas corre un verdadero entramado de ligeros ríos de agua mineral que, por el sonido, parecen surgir del techo, descienden por las paredes y se apozan en el suelo. Te agachas como un buey enfermo y bebes con fruición esa agua malsana. Al menos ya no te estás muriendo de sed.

Ves tras el cristal una luz distinta. Sin querer, sonríes un poco. Santiago ha corrido el televisor para ponerlo en el escritorio y te ha dejado prendida la serie de Friends para que te entretengas en tu silencio y tu soledad. Recuerdas lo mucho que lo extrañas y que esa clase de detalles fueron los que hicieron que tú te enamoraras de un aburrido profesor de botánica. Mientras bebes esa extraña agua, sientes una rara simpatía hacia Joey y Chandler que parecen discutir por un trasteo en su apartamento. Todavía faltan horas para que tu esposo pueda verte a través del cristal. Te acomodas en una esquina de la cárcel y te adormeces de nuevo viendo la televisión a través del cristal.

 

El vivero

 

Desde que era estudiante, Santiago no fumaba, pero ahora lo está haciendo y precisamente en su vivero. No le importa ya que el humo pueda afectar a esas plantas. De hecho, ya nada le importa, distinto a poder rescatar a su esposa de aquel espejo. Por primera vez mira con desconfianza aquellas plantas carnívoras de tantas especies y formas, acomodadas en anaqueles, en materas y colgando desde el techo. Comienza a sentir asco hacia ese olor a lombrices retorciéndose en la tierra fría y a las larvas de escarabajos creciendo en tarros de harina. “Blasfemias”, así se expresaba de ellas con odio el eminente taxonomista Carl Von Linneo en el siglo 18, por su incapacidad de ubicarlas en el orden de los reinos de la naturaleza. ¿Cómo ubicarlas en el reino vegetal si se alimentan del reino animal, cuando Dios dispuso en su biblia que las plantas eran el alimento, nunca el cazador?

Para intentar racionalizar un poco la situación, Santiago ha sacado una libreta con sus propias aproximaciones concretas a esta situación.

– La primera en ingresar al espejo fue Canela. No hay forma de saber cómo ni por qué entró a aquel lugar. Al cabo de ocho días, el animal desapareció. Al retomar las palabras de María Fernanda, parece que se entra es por medio de una concentración intensa sobre el cristal.

– El espejo en sí no es un universo inverso, sino un espacio independiente en sí mismo. De hecho, es un espacio cerrado sin conexión a otros lugares. Aunque igual es una hipótesis. De hecho, ¡todo es una hipótesis porque no hay nada claro!

– Parece que solamente deja ver su interior en la noche y cuando la luz artificial se proyecta en su cristal. De día no se puede ver nada del cristal hacia adentro, pero sí desde el cristal hacia afuera.

– Las condiciones del ambiente interno del espejo tienden a cambiar progresivamente. Las paredes sólidas, que al comienzo parecían de roca, ahora tienen una textura húmeda y orgánica, sin ser claramente animal o vegetal. Cuando hablamos de organismo, no es claro si existe al margen de su presa o coexiste con su presa.

– El sonido no se transmite en ninguna vía, ni de afuera hacia adentro de espejo o viceversa. Sorpresivamente sí se transmite la luz de afuera hacia adentro.

– Al parecer aquel lugar solamente puede albergar a una criatura a la vez. Porque, de lo contrario, ¿por qué Mafe no pudo ingresar a la vez que Canela?

– En el ambiente hay agua y aire suficiente como para que alguien en su interior subsista unos días sin llegar a la muerte de forma inmediata.

Cuando acabó de fumar su cuarto cigarrillo, Santiago tuvo la oscura conciencia de que ese espejo se comportaba como cualquiera de sus plantas carnívoras.

En ese momento vio como un cucarrón silvestre aterrizaba sobre el interior de una de las hojas prensiles de una hambrienta Venus Atrapamoscas, que se cerró de inmediato sobre su presa. Como si creyera que algo de esa diminuta escena estuviera relacionada con el infortunio cósmico de su esposa, se levantó y con un escalpelo cortó la hoja cerrada y sacó cuidadosamente al pequeño cucarrón, que caminó agradecido por la palma de su mano. “Si pudiera sacar a Mafe así de simple”. Observó el escarabajo levantar vuelo y alejarse de aquel vivero de la muerte. Santiago sonrió esperanzado. “¿Puede ser la naturaleza alguna vez piadosa?”, pensó mientras desde el patio miraba el atardecer.

 

El hambre

 

Cuando abres los ojos por el hambre, sientes que todo a tu alrededor ha cambiado en las últimas horas. Las vetas fosforescentes se han oscurecido de lila a morado y la humedad brilla como si fueran delgados ríos de petróleo. Las antes rocosas paredes ahora definitivamente son un inmenso tejido viscoso con largas y profundas rayas. Incluso, despertaste acostada sobre una verdadera piscina con una profundidad de tres centímetros de agua. “¿A qué horas entró tanta agua en este lugar?” Estás débil por el hambre y sientes que un sol de dolor irradia sus rayos desde tu vacío estómago, hacia tu cabeza y tus extremidades. Sientes un pulso fuera de ti, como si aquella cárcel orgánica también palpitara junto contigo. Afuera del cristal siguen transmitiendo Friends en el televisor que instaló tu esposo, pero ya no te importa maquillar tu agonía. Estás muriéndote y hoy puede ser tu día final en aquella frontera de la existencia. A pesar del asco que siempre te provoca aquella agua, la consumes por cantidades. Incluso la recoges con tus manos y la bebes desesperadamente para llenar de algo tu estómago. “¿Qué es ese pulso, ese latido?” Algo te dice que no estás enteramente sola en aquel lugar. Revisas con angustia las paredes e incluso el techo y el suelo, esperando encontrar alguna rendija que te conduzca, ¿a dónde, a dónde te puede llevar, a qué otro extraño lugar? Pero definitivamente sientes el pulso de un corazón palpitando en aquella cárcel de paredes orgánicas que destilan una extraña agua. Miras a tu alrededor y ese lugar tan muerto a esta hora de la tarde está invadido por una ligera y microscópica vida, como si de un momento para otro se hubiera activado una orden en la cárcel. En el pesado y tibio aire se mueven de forma delicada y sincronizada unas nubes de diminutos puntos blancos, que en su vaivén se adhieren a las paredes de aquel lugar, creando paisajes orgánicos francamente artísticos que te recuerdan a las caóticas pinturas de Jackson Pollock. Son puntos tan diminutos y blancos que por un momento piensas en los pulgones y piojos que se adherían a los tallos y las hojas de los helechos. A pesar que te esforzabas en retirarlos usando detergente, en realidad hacen parte del ecosistema de la naturaleza. Sonríes imaginándote con un spray de agua y Fab, desinfectando las paredes de tu pequeño, nuevo y surreal mundo. Abres tus manos esqueléticas y las ves invadidas de puntos blancos, de aquellos pulgones y piojos. Tú también haces parte de aquel ecosistema, ya la naturaleza no se detiene ante las barreras de la identidad que habías construido previamente. Palpas tu vientre y sin asombro sabes que tu hijo de tres meses ha muerto desde hace días en tu interior. Ese segundo latido que te acompaña viene de la cárcel misma, como si fuera el sonido del agua contenido en una inmensa represa. A veces lo sientes más en el techo, otras en alguna esquina del piso y cambia de una pared a otra, como si fuera un inestable corazón que flotara entre esa sustancia viscosa que construye y sostiene aquella cárcel. “Hambre, hambre, hambre”, es lo único que te grita tu cerebro. Sabes que, si no comes algo, sea lo que sea, no verás el anochecer. En contra de cualquier lógica, te arrodillas y empiezas a escarbar entre ese piso viviente que cada vez está más blando y suave. No te importa que te rompas las uñas en el intento, igual ya lo estás abriendo a zarpazos. Ese subsuelo orgánico tiene un color verde claro como el del apio y también tiene ligeras vetas siguiendo la dirección de las del suelo. Sientes infinito asco, pero hincas tu boca y empiezas a devorar ese pequeño pedazo del subsuelo. ¿A qué sabe? A esas agrias plantas acuíferas que alguna vez probaste en un campamento escolar. Sigues comiendo desaforada el piso de tu cárcel. Más que masticar, tragas, porque necesitas llenar tu estómago de algo y aclarar tu mente. En un instante de locura piensas que podrías devorar toda tu cárcel para salir de ahí, pero te ríes con la boca llena de aquel subsuelo carnoso. Es la misma lógica estúpida de un náufrago que piensa que se puede beber toda el agua antes de que el mar lo ahogue primero. Ya nada te importa y sigues devorando ese pedazo del organismo o la isla que te alberga. De alguna manera estás en la isla de tus pesadillas. Pero de pronto sientes un objeto diminuto y metálico en tu boca, entre esa fibra vegetal que devoras. Lo sacas lentamente y lo miras incrédula en la palma de tu mano. Entonces, caes en la histeria y gritas hasta el desfallecimiento.

 

El último descubrimiento

 

Apenas anocheció, Santiago prendió la luz de su linterna contra el cristal. Toda la ansiedad y angustia vivida en las últimas semanas no había sido suficiente preparación para ver aquel cuadro.

Tras el espejo estaba el cuerpo inerte de María Fernanda, caído boca arriba y con las manos abiertas, como si fuera un Cristo recién crucificado. Había escrito unas palabras en una sustancia gelatinosa oscura, de derecha a izquierda, por su posición ante el cristal y la realidad. Se debía de haber cortado a propósito un dedo para escribir el mensaje, mezclando su sangre con la savia que escurría de las paredes de aquella cárcel vegetal. “Planta, acabo de llamarla así”, pensó con desconcierto y amargura.

OJEPSE LE EPMOR

Traducía sencillamente: ROMPE EL ESPEJO

Santiago se derrumbó en lágrimas y apenas pudo sentarse en el suelo, sin caer de bruces contra el tapete del estudio. A cada instante se tapaba los ojos para luego volver a mirar a su esposa muerta con su hijo de tres meses en aquella cárcel – planta con muros orgánicos y vetas moradas, como si no pudiera creer semejante situación.

Seguía proyectando el haz de luz de su linterna sobre el rostro cadavérico de Mafe y sobre su cuerpo agotado y consumido en aquel ambiente de pesadilla. Observó una de sus manos blancas y vio en su palma un pequeño objeto metálico y gris. Se acercó gateando al espejo y quedó mudo cuando lo vio.

Era el microchip de Canela.

Cuando la adoptaron hace muchos años, le habían implantado ese microchip bajo la piel del lomo a esa perrita criolla.

Canela no había desaparecido en el espejo.

El espejo mismo la había devorado por completo.

Como si fuera una inmensa ojiva de una Venus atrapamoscas, ese espejo devoraba todo lo que entraba en él. No pudo evitar llorar largamente pensando en el extraño destino vivido por su esposa.

Se quedó dormido llorando ante el espejo iluminado por la linterna. Soñaba con María Fernanda todavía viva, cuando se conocieron en la biblioteca de la universidad Nacional y empezaron a salir a bares de salsa vieja en la Candelaria. Cómo estaban de lejos aquellos días de felicidad, incluso en el sueño mismo.

Cuando despertó, vio que algo se movía dentro del piso orgánico y veteado de agua salitrosa en aquella cárcel.

Era el ser del que María Fernanda decía constantemente que algo más palpitaba en ese lugar.

¿Cómo describirlo? Aún para un catedrático en botánica resultaba difícil.

Aquello estaba mimetizado en el piso mismo, como esos cangrejos de caparazones con el color y la textura de la arena de la playa. También aquel ser tenía un caparazón oscuro y veteado de líneas moradas fosforescentes y así estuvo aplanado todo el tiempo al lado de María Fernanda, sintiendo su angustia y viendo su descomposición mental, emocional y física, hasta el momento de su inminente muerte.

Cuando ese extraño ser se levantó, para horror de Santiago, le miró con sus muchos y diminutos ojos negros, mientras apresaba el cadáver de María Fernanda, para arrastrarla al hueco en aquel subsuelo orgánico de donde había surgido.

Ahora la cárcel del espejo estaba vacía y sus paredes orgánicas habían vuelto a ser firmes y sólidas, como roca basáltica.

Santiago supo instintivamente que, si seguía mirando el espejo, pronto estaría dentro de él.

Cerró los ojos y tomó la silla del escritorio para estrellarla con toda su fuerza contra aquel espejo endemoniado.

Sin soltar la silla, siguió azotando aquel espejo mientras escuchaba cómo se astillaba una y otra vez.

Por Mafe. Por mi hijo. Por Canela. Por tanto sufrimiento.

Poseído por un odio descomunal y sin atreverse a abrir los ojos, siguió estrellando la silla y zapateando sobre los pedazos de cristal, marco y retablo de aquel espejo.

Pensó con horror en la gente desaparecida inexplicablemente en Bogotá, de esas fotos en blanco y negro de los avisos que pegan en los postes. Ancianos. Niños. Perros. ¿Cuánta gente no habrá desaparecido mirándose frente a un espejo en los últimos diez o hasta cien años?

Se juró a sí mismo que mañana iba a arrancar de raíz todas esas malditas plantas carnívoras del vivero y las arrojaría incineradas a la basura.

Las primeras luces del amanecer encontraron a un profesor de botánica en el estudio de su casa, enloquecido por el odio y la amargura, reduciendo a polvo los últimos fragmentos de un simple espejo de pared.

 

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