EL ASCIDIO

EL ASCIDIO

El vivero

 

En el estudio de su casa, el profesor en botánica, Santiago Pessoa, aprisionaba a una mosca con un vaso plástico en su viejo escritorio de madera. Musitaba una y otra vez la clásica frase de Charles Darwin sobre las plantas carnívoras, como si fuera un exquisito verso, “una de las plantas más hermosas del mundo”.

Santiago se había quitado sus pesadas gafas para acercarse al vaso y mirar con mayor detenimiento a la pobre mosca revoloteando dentro del vaso, mientras generaba un taladrante zumbido con sus alas y chocando insistente contra sus paredes. Llevaba casi un año escribiendo su tesis para la maestría de medicina botánica en la Universidad Nacional y había tomado como objeto de estudio las plantas carnívoras o insectívoras, según el dramatismo de quien las mencione.

Por eso, para el infinito asco de su esposa María Fernanda e ignorando todas sus súplicas al respecto, había dispuesto en el enorme patio de su casa un verdadero vivero para realizar sus estudios científicos. “Has convertido nuestra casa en un verdadero basurero, estamos llenos de moscas, bichos y quién sabe qué más”, no paraba de repetir su agobiada esposa, viendo aquellos compartimentos de tierra húmeda repartidos por todo el patio de la casa, donde estaban sembradas cientos de esas monstruosas plantas verduzcas con sus pinzas abiertas, sus vacuolas con trampas de caída y otras con unos largos apéndices enroscados y llenos de pelos pegajosos. “No Mafe, no son monstruos. A ver, esta es Drosera regia, las de aquí son Dionaea muscipula, esas de allá son Drosera stolonifera, y esa que tienes cerca es la Sarracenia flava, la que acaba de atrapar una cucaracha”. Su esposa no podía creer que el caballero de modales impecables que había conocido en la universidad, quince años más tarde fuera aquel hombre obeso, de camisa remangada y con los brazos llenos de tierra y humus, que había llenado de monstruos verdes el patio de la casa. Aunque no dejaba de reconocer que su esposo Santiago era uno de los profesores más respetados en botánica en la capital por su rigor investigativo. Todo era cuestión de tiempo para que terminara la tesis y poder botar a la basura a todas aquellas plantas que, con sólo verlas, le hacían devolver el estómago y no propiamente por su embarazo de tres meses. Es que había que mirar esas inmensas plantas con boca de jarro colgando de las rejas del patio, donde antes se secaba la ropa. Asquerosas. “No, Mafe, no son asquerosas, son un pináculo de la evolución y se llaman Nepenthes lowii”. En todo caso, afortunadamente María Fernanda debía trabajar realizando sus terapias como fonoaudióloga en un instituto al norte de Bogotá, entonces podía estar lo suficientemente alejada de ese repugnante vivero que significaba la exitosa tesis de la nueva maestría de su marido.

Santiago estaba solo en su casa esa mañana para poder estudiar a sus anchas todos los fascinantes comportamientos de su vivero con más de doce especies distintas de plantas carnívoras. Por eso se había dado el gusto de poder atrapar a esa mosca que revoloteaba sobre su vaso recién vacío de gaseosa. Simplemente le había dado la vuelta y eso era todo. “Soy toda una planta carnívora en acción”, se rio mientras se felicitaba mentalmente por su agilidad. Son cosas que no podía hacer frente a María Fernanda que a veces se pasaba de sensible con estos temas. De pronto sintió un lametazo en su mano libre. No estaba del todo solo.

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