EL CANTO DE LAS SIRENAS

El canto de las sirenas

EL CANTO DE LAS SIRENAS

 

Capítulo 1

Hoy viernes a medio día

 

Ya habían pasado casi dos años y cuatro meses desde que los muertos se habían levantado de la tierra para asolar a la humanidad, que día a día agonizaba en cualquier lugar donde antes hubiera reinado. Los cielos estaban vacíos de aviones porque ya nadie viajaba de un país a otro y se veían amplios y límpidos, con tonalidades imposibles de azules, blancos y grises que ningún hombre actual pudiera haber visto jamás, porque el mundo no había estado tan sano de smog y de humaredas de fábricas y carros desde hacía tres siglos, cuando comenzó la desaforada carrera de la revolución industrial. Más allá de las fronteras, los mares y los amplios lagos parecían capas azules de lego con sus barcos vacíos de tripulantes yendo al antojo de sus olas y algunos encallando como costillares oxidados en cualquier playa, vacías de turistas y de los odiosos colores de sus toallas y sombrillas. El sol mismo se alzaba brillando con un furioso color dorado sobre las ciudades cada vez más llenas de la tosca maleza que crecía sobre las calles, que reptaba a lo largo de los edificios, de primitivas plantas que echaban raíces y flores dentro de los carros atascados en eternas autopistas que ya no llevaban a ningún lugar. Y de tanto en tanto, se escuchaban los gemidos de hambre de los muertos que caminaban cabizbajos y con la mirada perdida en cada patio, en cada calle, debajo de cada puente, en los campos y en lo profundo de las montañas, a veces empujados por las olas del mar y otras arrastrándose como topos por las alcantarillas, como si fueran los harapientos reyes de las vacías ciudades, donde el hombre vivo empezaba a ser un recuerdo fantasmagórico que se iba desvaneciendo progresivamente. Al fin, la humanidad misma había dejado de respirar para que el planeta volviera a su antiguo equilibrio. Sin embargo, se veían algunos sobrevivientes, auténticos fósiles vivos que, con su sola vida y persistencia, se negaban al cambio mismo que exigía el nuevo mundo.

En la sala de un modesto apartamento en el Centro Nariño, cerca del corazón universitario de Bogotá, tomaban sopa de tomate un papá y su hija en una mesa servida para tres. En la terraza del apartamento en el décimo piso tenían un cultivo orgánico de vegetales que Juan Manuel, veterinario de la Universidad Nacional, sagradamente había plantado desde mucho antes que iniciaran los malos días de la humanidad. Como muchos de sus compañeros de estudio, él era un ferviente creyente de la comida orgánica, de los huertos ecológicos y de los vegetales sin pesticidas o químicos. Por eso se enamoró a primera vista de este apartamento por su terraza donde podía recibir el sol, tener una vista envidiable del parque central lleno de árboles y poder sembrar su huerto orgánico abundante en recipientes con tomate, calabacines, espárragos, guisantes, ajos, cebollas, rábanos, berenjenas, lechugas, además de plantas aromáticas como romero, yerbabuena, tomillo, cilantro, entre otras. Ambas hijas, Mariana y Julianita, abiertamente odiaban ese tipo de comida orgánica y desde hace más de dos años y medio habían tenido que vivir con su papá a la fuerza como si fueran gente del medioevo, “comiendo plantas y raíces”, como solía decir su mamá para referirse al estilo de vida de Juan Manuel, su exmarido el veterinario.  Exactamente el mismo tiempo había pasado desde la mañana en que María Catalina dejó a sus dos hijas en la tercera portería del Centro Antonio Nariño, para irse a una capacitación en un nuevo CRM en la empresa de farmacéuticos en la que trabajaba como gerente regional. Nunca volvió. Como durante ese mes tampoco lo hicieron casi ocho mil millones de personas en el planeta y prácticamente cincuenta millones en Colombia, cuando los muertos se levantaron sin ninguna razón clara, multiplicándose entre sí como si fuera una gripe. El hambre y la sed los movía como posesos por las calles, devorando, devorando y devorando. El mundo se fue quedando vacío de humanidad como un odre sin agua cuando ha sido apuñalado cientos y miles de veces. Así sobrevivían algunas gotas de humanidad escondidas en apartamentos cerrados, en bodegas de las zonas industriales, en las montañas y los campos, algunos en solitarios botes como regresando al mar. Pero, al fin y al cabo, gotas de humanidad y como gotas que eran, se estaban evaporando lentamente bajo el sol de una nueva y cadavérica realidad.

¿Qui-eres-más-so-pa, Ma-ria-na? – le pregunta Juan Manuel a su hija mayor de catorce años, como deletreando la frase, para que se entienda lo mejor posible, porque sabe que está literalmente gritando sobre la música a todo volumen.

Desde hacía un par de semanas escuchaban la música de una forma estruendosa. Si hubiera algún vecino vivo en ese edificio de ocho pisos y ciento sesenta apartamentos, seguramente ya le hubieran enviado a la policía a callarlos. Era una de las pocas ventajas de vivir en una ciudadela muerta de un mundo igualmente muerto. Escuchaban música a un volumen imposible con un tocadiscos que funcionaba con pilas, de las que sorprendentemente tenían una cantidad enorme en el apartamento. Todo tipo de música, pero siempre a todo volumen, agotando una y otra vez la colección de elepés que Juan Manuel coleccionaba desde los días de mochilero y hippie en la universidad. Sobre todo, los de salsa vieja, esa que se baila en los bares cerca de la Nacional y la Distrital, con La Fania All Stars, Tito Puentes, Willie Colón, Richie Ray y Bobbie Cruz. Todo lo que fuera ruidoso, con timbales, trompetas y tambores repicando de vida y alegría en cada golpe. A veces Juan Manuel se reía intentando enseñarle a bailar salsa a sus dos hijas, Mariana y Julianita, cosa que las hacía felices y las hacía olvidar por un instante que el mundo se estaba cayendo a pedazos alrededor suyo. Habían días de nostalgia por los días pasados, por los centros comerciales atestados de humanidad, por aquellos días en que se podía ir de vacaciones a un Melgar o un San Andrés e incluso, hasta por el colegio y la universidad, como si todos los conocimientos se estuvieran estancando en algún punto de la historia. En estos últimos días de noviembre, escuchaban los elepés destartalados de Charles Aznavour, Nino Bravo, Leo Dan, José José y los Bukis, que fueron despiadados durante las dos navidades pasadas. Y definitivamente, esta navidad que se acercaba seguro que sería más cruel que cualquier otra. Sin embargo, siempre estaban escuchando música a cualquier instante para tratar de silenciar el mundo. Por las noches o en los momentos en que no tenían nada más que escuchar, se ponían pequeñas bolitas de cera en los oídos para aislarse por completo. Incluso, a veces las usaban con el elepé sonando. Como si prefiriesen la sordera voluntaria a volver a oír lo que el mundo tiene para contarles.

¿Qué-si-quie-res-más-so-pa-de-to-ma-te? – insistía Juan Manuel haciendo señas como si fuera un sordomudo.

Mariana le respondió con una seca mirada de odio. Una mirada vacía que lo atraviesa por completo y que inunda todo el apartamento. La tarde está oscura. Es de esas tardes de Bogotá que amenazan con llover y solamente se llenan de una terca oscuridad. Dos velas iluminan la mesa, donde hay tres platos, uno de ellos todavía servido en un puesto vacío… Como esos platos que se siguen poniendo por error cuando alguien falta en la casa. Nada ilustra más la idea de un fantasma que un plato lleno con su cuchara al lado en un puesto eternamente vacío. Juan Manuel le señala con la boca que hay más sopa en la olla de la cocina que todavía funciona a gas. La mirada de odio de Mariana no cambia, sino que se intensifica, concentrándose en un rencor que lleva días, como una mala energía que va apoderándose del pequeño apartamento de sesenta metros y una terraza de seis por dos con un huerto orgánico que constituye toda su fuente alimenticia. El apartamento está lleno de cosas tan muertas como las que se arrastran ahora por el mundo. Un televisor sin energía. Un computador sin internet. Un par de celulares sin batería que tampoco tendrían a donde llamar. Un portarretrato familiar donde está Juan Manuel con María Catalina riendo y abrazando a sus dos hijas, a Mariana y a Julianita, los cuatro con enormes chaquetas y gorros por el frío del Neusa y el helado lago gris detrás de ellos. Un portarretrato de una familia muerta y empezando a desvanecerse. Esa tarde el estéreo vociferaba a todo volumen Silvio Rodríguez y su elepé clásico de Al Final de Este Viaje, como si fuera una oscura profecía de los días vividos o de los días por vivir. Al fin la niña se retira las bolitas de cera de los oídos por un instante, abre la boca, no solamente porque tiene que gritar para sobreponerse al sonido del elepé, sino porque la rabia contenida en su corazón le exigía gritar para no ahogarse.

De verdad, Juan Manuel, a lo bien…

Mariana jamás le ha podido decir papá, a lo mejor por la costumbre de escucharlo llamar así a su mamá años enteros como si fuera un completo extraño. Como impulsada por la bronca sigue gritándole:

¿Usted Juan Manuel cree que TODO se arregla con la comida?, ¿tomando más sopa de tomate o calabaza todos los días?, ¿Que todo se olvida repitiendo sopa ahora que somos menos?

Su papá todavía con la cuchara de sopa de tomate a punto de llevarla a su boca, mira a su única hija con los ojos enteramente abiertos y también conteniendo pacientemente una única respuesta.

Sólo la comida, Juan Manuel, ¿no?, la bendita comida, lo único por lo que vale la pena luchar, lo demás vale nada, ¿o no? En eso del hambre y de comer, usted se parece tanto, pero tanto a esas cosas de abajo…

La niña hace un ademán de furia y de tirar de un manotazo el plato lleno de sopa. El papá queda estático un instante temiendo ver derramado toda la sopa en el piso. Son meses los que tarda un tomate en nacer y ser comible con las inclemencias del clima bogotano que va del sol picante a la lluvia que arrasa. A pesar que se ha venido normalizando en los últimos meses, ahora que la maleza y la vegetación han ido recuperándose ante el vacío de la humanidad y en algunos casos, han cubierto tramos amplios de cemento y ladrillo. Como si Mariana también lo supiera, detiene el manotazo ella misma, tragándose por completo su furia. Con delicadeza lo corre hacia adelante, se pone nuevamente las bolitas de cera en los oídos y se echa a llorar amargamente sobre la mesa, junto a su libro de la Odisea.

El elepé de Silvio Rodríguez acaba de terminar. Por fin entra el silencio y detrás, vienen los otros ruidos del mundo. La lluvia que cae a goterones y repiquetea contra los plásticos del destilador del agua potable, sobre las hojas de las plantas y los vegetales que crecen en sus materas sin importarles la decadencia de la humanidad y la maleza que resurge entre los baldosines rojos de la terraza. Y junto con el vapor tibio de la lluvia, también ascienden desde el parque y los patios, los roncos bramidos y largos quejidos de hambre que producían miles de bocas, como si fueran un mar humano en constante descomposición.

 

Capítulo 2

 

Tres meses atrás

El día había amanecido con un sol y un cielo particularmente hermoso, sin un solo trazo de nubes o de lluvia. Tenía ese azul diáfano de algunas mañanas de enero, cuando se celebraba la navidad en el mundo y que parecían una verdadera epifanía, como una respiración compartida con Dios y con cada hoja de los eucaliptos que crecían silvestres en los gigantescos parques del Centro Antonio Nariño. Escuchaban ese día algo de bossa nova a un volumen moderado. Incluso se podía sentir el siseo de la aguja sobre el acetato. Juan Manuel servía a sus hijas la sopa de vegetales con unas calabazas excelentes que habían madurado hace un par de días. Siempre hacía máximo para cuatro o seis platos, porque como no tenían nevera (otra cosa muerta más en su cotidianidad) para conservar la sopa o los jugos.

Julianita estaba sentada a la mesa, con su cabello perfectamente cepillado y recostada en su silla favorita, junto con un oso de peluche que le había dejado su mamá antes de irse hace dos años. A veces lamentaba no tener la colección de muñecas y juguetes que quedaron para siempre en el apartamento de Cedritos donde vivía con su hermana y su mamá. Pero incluso, una niña de ocho años puede entender que las cosas cambian, que los papás se separan y aún, que el mundo mismo puede acabar cualquier día. No son días para llorar por un juguete perdido. Mariana completa una y otra vez un crucigrama de un periódico viejo, al menos para entretenerse en su monotonía. A lo lejos se escucha el murmullo de varias palomas que han ido construyendo sus nidos en algunas terrazas y apartamentos, a falta de inquilinos que las asusten.

– ¿Quieres más sopa de calabaza, Mariana?

– La verdad que sí, te quedó deliciosa Juan Manuel. ¿Qué le pusiste que sabe tan distinto hoy?

– Bueno… un día podrías decirme “papá”. “Juan Manuel” suena tan corporativo, tan raro, como a regaño… Pero bueno, lo que tiene de distinto es que sembré un poco de ají y eso le da un sabor picante y rico… ¿Y tú Julianita?, ¿más sopa?

La niña mira a su oso como si él le diera la última aprobación. Sonríe y le dice a su papá:

– El osito también quiere más sopa.

– Vale, princesita, aquí tienes más sopa para tu oso. Ojalá se la coma antes de que se enfríe. Además, toca guardarle a doña Berta para su almuerzo que también debe tener hambre.

Juan Manuel cuidadosamente toma un pequeño balde de plástico rojo y lo llena hasta la mitad. Todavía está caliente. Camina hacia la terraza que, con el sol que despunta en Bogotá, las plantas se ven más hermosas que nunca. Los tomates brillan con un rojo casi perfecto y lo mismo de naranja las calabazas, las lechugas todavía están perladas por la ligera lluvia de la noche anterior y las plantas aromáticas despiden un olor delicioso, apenas ideal para hacer un té o una infusión cuando llegue la tarde. Grita con alegría:

– ¡Berta, vecina, la sopa!

Y desde abajo, casi 12 metros en caída libre, respondía desde el cuarto piso, una dulce voz de anciana con tono paisa.

– Ah no, mijo, pero yo pensaba hoy pedir de domicilio un calentado bien bueno, con fríjoles, papa salada y carne asada. Eso a punta de sopa si es muy complicado.

Riéndose Juan Manuel le responde:

– Entonces no hay almuerzo. El restaurante cierra por hoy.

– Mentiras mijo, que si lo que hay es sopa, pues hagámosle. ¿De qué es, pues hoy el menú, JuanMa?

– De calabaza y está muy rica. A Mariana y a Julianita les encantó. Está picante, ojo. Le puse unos ajíes que estoy cultivando y están buenos. – Dice mientras baja con cuidado la soga que sostiene el balde con la sopa, metro a metro, para que no se riegue o caiga al vacío.

– ¿Tienes muffins o algo de pan baguette para acompañar?

– ¡Berta, yo no soy una tienda! Todavía estamos lejos de hacer muffins aquí.

Finalmente, unas manos arrugadas toman delicadamente el balde con la sopa, para descolgarlo. Desde abajo Berta dice con cariño:

– Dios te bendiga Juan Manuel, gracias por la sopa. Huele deliciosa. Tú sabes que es por molestar lo del muffin, querido, ya suficiente es que le compartas sopa a una anciana.

– Eres mi amiga y lo hago con cariño, Berta.

– Y yo te quiero a ti.

Nunca se imaginó Juan Manuel teniendo una conversación tan cariñosa con una vecina que, antes de que el mundo se descompusiera, difícilmente se hablaban en el ascensor o en los pasillos. Por un momento pensó que definitivamente, al haber menos gente ahora, los lazos se estrechaban más de un ser humano a otro, como recordando el valor mutuo de la vida. Al cabo de unos instantes, Berta jalaba suavemente la cuerda para indicarle a Juan Manuel que ya podía subir el balde.

– Ahí te envío algo para Marianita, que por estos días debe cumplir años. Creo que le va a gustar.

Al escuchar su nombre y acabando de terminar su sopa, Mariana ya estaba en la terraza, en el lado donde crecen las gardenias y las margaritas, saludando a su única vecina.

– ¡Berta, Berta, buenos días! ¿Qué me enviaste?

– Míralo por ti misma – le dice su papá, que ya tiene el balde en sus manos, y le pasa un libro empacado en papel usado de regalo para hombre, como si el universo al fin con sus fábricas muertas hubiera entrado en una economía de reciclaje.

– ¡Te adoro Berta, gracias, gracias! – mientras abre con cuidado el papel regalo que seguramente iría a durar para otros cumpleaños en el futuro. – ¡Es un libro, me encanta! ¿De qué trata?

– Querida Mariana, para que te entretengas, es la Odisea. Es un libro bellísimo de Homero, un poema épico de un navegante griego que debe regresar por mar y superar muchos, pero muchos obstáculos para estar al lado de su amor.

– Wow… me va a encantar.

Antes de los días oscuros, Berta dictaba clases de literatura clásica en la Universidad Central, junto con su esposo José Fernando, que a su vez era catedrático de humanidades. Las semanas previas al desastre, él dictaba el ciclo de los poemas de Homero, la Odisea y la Ilíada, a su vez tan distintos y tan representativos de un mismo momento en la historia de la humanidad y la imaginación. Pero para ella, para Berta, la Odisea más allá de las guerras y de los monstruos del mar, era una declaración de amor, del amor que supera las barreras hasta pisar tierra firme. Así como la ex esposa de su vecino Juan Manuel y millones de seres humanos más, su esposo José Fernando un día fue a dictar clase a la universidad y jamás volvió. Los pocos que llegaron a sus casas entraron con el corazón en un puño y temblando de espanto. Hablaban de horrores imposibles, de gente matándose y comiéndose los unos a los otros, del escuadrón del Esmad con sus tanquetas antimotines arrojando agua a doquier, de personas que se levantaban para seguir persiguiendo y matando a otras y de un mundo enloquecido en horas en un frenesí de violencia inaudita. Pero en alguna parte de su corazón de mujer de setenta años, Berta sabía que su José Fernando estaba vivo y que cualquier día regresaría por ella, así como Odiseo supo regresar por su Penelopé para vivir con felicidad sus últimos años.

– Yo sé, Marianita. A mi José Fernando también le encantaba esta novela. Cuando él vuelva, seguro los tres vamos a tener mucho de qué conversar. ¡Ojalá te guste!

Cada vez que Berta hablaba del hipotético regreso de su esposo, a Juan Manuel se le hacía un nudo en la garganta. Era incapaz de derribarle de un plumazo la esperanza a su única vecina y matar su envejecido corazón que apenas latía pensando en la llegada de José Fernando. Definitivamente a la humanidad únicamente la sostiene la esperanza. Iba a decirle algo para despedirse de Berta y volver a su labor con su huerto, cuando escuchó a su lado el grito aterrorizado de su hija mayor:

– ¡Dios mío! ¡Miren eso! Están corriendo. ¡Corran, corran, que no los alcancen!

Entre los eucaliptos y pinos del enorme parque del Centro Antonio Nariño, rodeados por decenas de altos edificios de ladrillo y pintura blanca, apenas marcados por números y letras, se veía a una familia corriendo despavorida entre los sorprendidos muertos que hacía meses no veían nada de alimento. Berta y Juan Manuel ya se habían unido a los gritos de Mariana, y junto con ellos se acercaba Julianita sin soltar su oso de peluche.

– ¡Están corriendo hacia el parqueadero! ¡Allá deben de tener su carro para irse! – gritaba Juan Manuel, sorprendido de ver a cuatro seres humanos corriendo, apenas con sus mochilas y defendiéndose con unos inútiles palos de escoba, y seguidos de su perro que ladraba enfurecido a los monstruos que les iban cerrando el paso.

– ¡Vamos, vamos, corran, corran, por Dios, corran! – animaba Berta, desde el cuarto piso, como sintiendo en su voz la urgencia de que esos cuatro humanos pudieran salvarse.

– … Pero están corriendo cada vez más lento. Casi cojean.

Era cierto. Iban más lento porque habían escapado de su apartamento por el hambre. No tenían casi energía para correr porque habían agotado sus reservas de comida hace más de cuatro días y apenas tomaban agua estancada. Corrían débiles mientras los cientos de muertos cada vez les cercaban el paso progresivamente, como si fueran una enorme manada de hienas tras unos torpes venados.

– ¡Juan Manuel, mira! ¡La señora se ha caído! ¡Se cayó!

– La cogieron… maldita sea… la cogieron… hijos de puta hambrientos…

– ¡Y mira ese va… corriendo como a cuatro patas! No, no, no, no, no…. ¡cogió al niño por la espalda!… Aquí también a la niña… No, no, no, no…. ¿De dónde salen tantas de esas putas cosas?…

El hombre sigue huyendo solo y sin mirar atrás. Al lado suyo el perro sigue ladrando a los muertos que los persiguen. Detrás de unos arbustos que hay cerca del salón comunal, salió un cadavérico monstruo y con la fuerza de un buey derribó al fugitivo al suelo, mientras llegaban los demás perseguidores. El hombre intenta defenderse a palazos y su fiel perro no se le despega un instante soltando furiosas dentelladas al aire. Parecen dos aves aleteando en el fuego. Los muertos se van acercando con sus bocas desmigajadas por la podredumbre y desproporcionadamente grandes. A algunos la mandíbula les baja casi hasta el descubierto esternón, como si fueran pelícanos de horror. Las largas manos con sus afiladas uñas les tiemblan de emoción ante el alimento vivo. Estiran hacia el hombre y su perro sus brazos esqueléticos como chamizos de retorcidas ramas. Cada vez más cerca. El hombre grita, asesta palazos, insulta y su perro no para de ladrar y aullar. Juan Manuel les tapa los ojos a sus hijas sabiendo lo inevitable. Berta ha quedado en silencio. Julianita también le tapa los ojos de plástico a su oso. El circulo se ha cerrado y los gritos del hombre han cesado, junto con los aullidos de su pobre perro. Como hormigas concentradas en cuatro distintos puntos del parque, los muertos devoran cada centímetro de carne y hueso de la familia que intentó huir presa de la desesperación y del hambre.

El sol de las dos de la tarde aún brillaba con fuerza y el cielo mantenía un azul terso típico de los días de enero, que le daba una viveza especial al verde de los eucaliptos y los pinos del parque. Todavía se escuchaban a los muertos, de rodillas como si fueran gatos, lamiendo con fruición la sangre que quedaba entre el pasto. Ese día tanto los vivos como los muertos tenían derecho a su sopa y a ser alimentados.

 

 

 

Dos días más tarde

 

El día está algo toldado con principios de lluvia. Parece que va a diluviar en la tarde porque los cerros orientales se ven absolutamente negros y la iglesia de Monserrate está cubierta por una espesa niebla. Juan Manuel está sentado frente a su huerto, quitando manualmente la maleza, los hongos que van cubriendo las hojas de sus aromáticas y retirando los pulgones que se alimentan de los vegetales haciendo que sus plantas crezcan más lentamente. En últimas el mundo mismo se define en hambre. Todos tenemos hambre, los pulgones, los hongos, los pájaros, los vivos y los muertos. En eso todos nos parecemos. Juan Manuel tiene cara de preocupación frente a una matera vacía que a esta altura del año debiera retoñar con unas pequeñas zanahorias. Sabe que es el vegetal más difícil de cultivar en una terraza, pero ¿por qué no crecen? Como le hubiera gustado tenerlas para hacer una torta de zanahorias ya que hoy es el cumpleaños de Marianita. En fin. De pronto escucha la voz alegre de Berta.

– Juanma, buenos días, ¡tírame el balde!

– Berta, todavía no he hecho la sopa de hoy… – contesta con cierta resignación.

– ¡No Juanma, hoy soy yo la chica del domicilio!, tírame ese balde que tengo algo para ti y tus hijas.

El veterinario toma el balde, lo engancha en la soga y lo baja rápidamente porque está vacío. Saluda con la mano a su vecina del cuarto piso. Ella toma el balde y entra a su apartamento.

– Espera un momento. No te muevas.

– Jajaja, ya quisiera tener a donde irme, Berta.

– ¡Hola Berta, buenos días! – dice Julianita, con su habitual oso debajo del brazo.

– Hola linda, buenos días a ti y a tu osito – Julianita sonríe por el cumplido. – ¿Y dónde está la cumpleañera?

Al cabo de unos momentos Juan Manuel siente el peso en el balde. Berta ha puesto algo allí. Empieza a jalarlo hacia arriba.

– ¡Berta, eres la mejor!, ¡es una torta! – grita Mariana con alegría.

– Sí, es para tu cumpleaños, para que celebremos. Tenía guardados algunos bocadillos viejos y algo de harina y azúcar, para una ocasión especial, y creo que hoy lo es. No tiene leche ni huevos, pero creo que aun así está bien de sabor y consistencia.

Era una alegría enorme ver más de media torta de molde parecida a una U. Realmente un tesoro porque, a medida que iban pasando los días, también las marcas y los productos que durante años creímos eternos en los estantes de los supermercados, ahora también eran únicos y finitos. Como nosotros mismos. Una gaseosa Colombiana o una Coca-Cola cuando se acababa era algo que se perdía para siempre. Una caja de bocadillos veleños así fuera vieja era como despedir a alguien querido, como soltar al fin la costumbre de tomar leche con dulce al final de la tarde. Una caja de galletas Sultana, unos paquetes de gelatina Royal, unas gelatinas de pata, un sobre de Milo o un tarrito de pepinillos, eran como trazos del sueño de la civilización que se iba desvaneciendo progresivamente. Por eso Juan Manuel recordó haber llorado de emoción cuando Berta les preparó un suflé de atún la primera navidad en el mismo año cuando todo lo malo sucedió. Sabían todos que era el último atún que iban a probar en muchos años o tal nunca más. Por eso ver una torta de bocadillo era un tesoro para la memoria, así fueran dos tercios de ella. Como si completara el pensamiento de Juan Manuel, Berta dijo desde abajo:

– Guardé un pedacito para mí y otro por si llega estos días José Fernando, tengo el pálpito que ya está por volver y tendremos mucho de qué hablar.

Cada vez que hablaba del regreso de José Fernando, Juan Manuel sentía una angustia y una pena enorme. Mucho más cuando escuchó la voz suave de su hija menor preguntándole:

– Papá, ¿y será que también va a regresar mi mamá? – Julianita era la única hija que lo llamaba papá. De pronto decir “juan manuel” le resultaba muy complicado para la edad.

Otra vez afloraba la esperanza y la nostalgia que tanto nos hacen caer a las personas, como un pesado lastre que nos ata al pasado o al futuro impidiéndonos vivir en el presente. Juan Manuel era incapaz de decirle que seguramente su mamá estaba muerta, junto con otros millones de bogotanos y que podía estar caminando convertida en un monstruo o sencillamente ya no existía sobre la faz de la tierra. Lo mismo con José Fernando. Solamente estaban los cuatro en ese edificio de ocho pisos y más de ciento sesenta apartamentos. Allá se veían las otras torres de apartamentos rodeando el parque. A lo mejor había otras personas vivas como ellos, agotando sus últimas provisiones, pero era imposible comunicarse con ellas o andar hacia ellas. Caminar era imposible, cuando lo pensó se le revolvió el estómago acordándose del espantoso final de esa familia que intentó salir de su apartamento para llegar al parqueadero. Dentro de los límites de lo posible, realmente eran sólo cuatro personas viviendo en una mole de ladrillos y cemento. Por eso prefirió engañar a su hija menor:

– Seguro mi Julianita que tu mamá se encuentra bien en algún lugar y está buscando la forma de volver con nosotros.

Julianita sonrió, abrazó más a su osito y Juan Manuel pensó horrorizado que las mentiras son la base de la civilización. La verdad nos anula y nos arroja al caos. Afortunadamente Mariana retomó la conversación con Berta.

– ¡Berta, me ha encantado el libro de la Odisea! Es fabuloso.

– Querida, sabía que te iba a gustar. ¿Y en qué parte vas? – pregunta desde abajo Berta.

– En la parte en que Odiseo engaña al ciclope Polifemo diciéndole que su nombre es “nadie”. Es wow. Realmente Odiseo era muy pilo para que se le ocurrieran todas esas cosas.

– Sí, querida, Odiseo en la literatura griega representa la inteligencia, la sagacidad. En cambio, Aquiles es la fuerza bruta, luego te prestaré la Ilíada.

– Pero Odiseo es como tramposo, ¿no, Berta? Digo yo, inventarse tantas cosas a punta de mentiras y engaños para lograr lo que quiere. Jajaja, es un pillo definitivamente.

– Jajaja, es gracioso si lo dices así. Pues de una forma u otra, no es que él diga mentiras, sino que Odiseo se camufla ante las adversidades, se mimetiza por así decirlo, para poder lograr sus cometidos.

Definitivamente el cumpleaños de Marianita se había convertido en todo un club de lectura gritado de un piso a otro.

– ¿Qué es mimetizarse, papá? – pregunta Julianita.

– A ver… – haciendo por fin gala de sus conocimientos de veterinario y pudiendo intervenir tranquilamente en la conversación -. Mimetizarse es cuando un animal o una planta adopta los colores, la apariencia o los comportamientos del entorno para poder sobrevivir.

– Wow… por fin habló el doctor veterinario. ¿Y eso cómo se dice en cristiano?

– Yo pensé que había una Wikipedia hablando allá arriba – apuntó riéndose Berta.

– A ver todos, es algo así. Por ejemplo, algunos insectos simulan que son hojas o plantas venenosas para que los pájaros no se los coman. También pasa que algunos peces fingen ser de piedra para pasar inadvertidos por los carnívoros. Sucede mucho en el mundo de los insectos, con las mantis, las orugas, las arañas e incluso las hormigas mismas a veces se ponen alas de mariposa para que no las pongan a trabajar.

– Camuflarse para no trabajar… la tapa – dice riéndose Julianita – tan lindas las hormigas perezosas.

– Exacto, y también sucede en el mundo de las plantas porque algunas cambian su sabor para ser amargas y así los pájaros y los insectos dejan de molestarlas.

– O como Odiseo que se escondió debajo de una oveja para pasar al lado del ciclope y poder salir de la cueva. – remata con cierto orgullo Marianita.

– ¡Exacto cumpleañera, exacto! – dice Berta alborozada, como si estuviera en una de sus clases de literatura de la universidad -, así Odiseo se adaptaba a las circunstancias para poder salir adelante. Bueno, los dejo con su fiesta de cumpleaños.

– ¡Adiós Berta!, gracias por todo, la torta está magnífica.

Esa mañana escuchaban algo de La Fania, estaban alegres, prendieron una vela sobre la torta de bocadillo, cantaron el happy birthday y también de paso el sonido acallaba un poco el constante rumor de escarabajos que producían los cientos de cadáveres que bullían a escasos treinta metros debajo de ellos. Pero de todos el más odiado era al que Berta y las niñas llamaban “el espantapájaros”. Mañana o pasado mañana, Juan Manuel iba a hacer algo con eso. Hoy no, era el cumpleaños de su hija.

 

Viernes por la mañana

 

Era un apodo perfecto, el “espantapájaros” porque de verdad los espantaba a todos. Un vecino neurótico del 603 había decidido colgarse hacía un par de semanas. Seguramente desesperado como todos por la falta de comida y la soledad, aunque jamás le habían visto y no se había hecho notar nunca. Y eso que el ruido que a veces hacían Juan Fernando y sus hijas era descomunal. Puo intentar comunicarse con ellos. Sin embargo, hay gente que se hunde en la soledad de su propia isla y jamás intenta comunicarse con las otras islas. ¿Pero ahorcarse fuera de la ventana con una soga hecha de sábanas, así a la vista de todos, en un sexto piso? Eso sí era de locos. Al menos para suicidarse debe haber un mínimo de vergüenza, pensaba Juan Manuel, mientras recogía todos los palos de escoba posibles y buscaba la cinta negra de enmascarar. De su terraza a la de su vecino suicida había cuando menos ocho infranqueables metros en pleno aire.

– ¡Yo contribuyo con unos tres palos de escoba más con tal de dejar de ver esa cosa tan horrible! – gritaba Berta desde abajo, conocedora de la excelente idea de Juan Manuel, de amarrar todos los palos posibles con un cuchillo al final para cortar esa sábana. La idea no era fácil, pero bien valía la pena.

– Marianita, ayúdame a subir con la soga los palos de Berta. Súbelos uno a uno y len-ta-men-te para que por el peso no se vayan a caer.

– No te preocupes Juanma, que yo sé cómo. Berta y yo podemos, ¿o no, Berta?

– Claro que sí, querida, dale pues y empecemos a subirlos.

Definitivamente era necesario bajar a ese espantapájaros que se había ahorcado y su cuerpo pendía de la fachada del edificio. Nunca supieron de su existencia hasta que un día lo vieron ahí colgado y pendiendo como un bulto de carne. Tan anónimo en la vida como lo era ahora en la muerte. En cierto modo, Juan Manuel no sentía piedad por el desdichado, sino más bien bronca por generarles más trabajo a él y a todos. Ya era desesperante ver a cientos de cadáveres de pie en el patio, mirando la luna, insensibles a la lluvia o al sol, como para tener ahora a uno de ellos colgado como un panal lleno de moscas a unos cuántos metros.

– No sé cómo no se nos había ocurrido esto desde el primer día.

– ¿Ves Juanma, que a veces tengo buenas ideas? Eso de amarrar un palo con otro para alcanzar algo lo vi en un capítulo de los Simpsons, cuando Homero se engorda y bueno, aquí podemos aplicar la idea.

– Sí Marianita, algo así, aunque esto es bien distinto, bien distinto.

Para ese momento, Juan Manuel había amarrado y apretado fuertemente casi ocho palos de escoba, de traperos y de recogedores, para poner en la punta un pequeño cuchillo de sierra de la cocina. No se podía arriesgar a que se despegaran los palos de escoba y perder un cuchillo de cocina. Jamás se había imaginado la importancia que puede tener un tenedor, una cuchara o un cuchillo, hasta ahora que el mundo exterior había dejado de proveer objetos en serie. Un cuchillo de acero y de sierra alguna vez también fueron el pináculo de la civilización. De verdad, ¿cómo iba el estúpido del 603 irse a ahorcar casi en la esquina misma del edificio, para quedar colgando eternamente de una fachada de quince metros sobre tierra?

– Listo, muchachas, aquí vamos. Ayúdame Marianita.

– Osito y yo también podemos ayudar, papá. – dice Julianita.

– No nena, más bien quédate aquí y nosotros nos encargamos de bajar al espantapájaros.

En realidad, era un espantapájaros porque hasta las palomas y las mirlas lo evitaban en su vuelo hacia los nidos que habían hecho dentro de los apartamentos vacíos. A veces en la tarde se escuchaba un revuelo de plumas dentro del edificio. Era como si la naturaleza misma fuera ocupando los espacios donde antes había sido rechazada. Muchos de esos propietarios que se quejaban diciendo que las palomas eran ratas con alas, ahora sus hogares eran auténticos nidos de aves. A pesar de que la humanidad se encontraba en su cadalso absoluto, el mundo en general estaba reencontrándose con su armonía natural. “¿Cuántas especies no han aniquilado los hombres sin piedad?”, pensaba Juan Manuel con su lógica de veterinario, mientras probaba y apretaba cada uno de los amarres de los palos de escoba y especialmente el del cuchillo de sierra. La ballena azul, el oso polar, la rana de ojos rojos, el águila real, el cóndor, el pájaro dodo, el tigre dientes de sable, el mamut, el delfín rosado y miles más. Lo mismo pasará con nosotros.

– ¿Listo, Marianita?

– Listo, Juanma, a enhebrar a ese motherfucker.

– … ¡Niñaaaa! – gritó risueña Berta. Aunque un minuto después cambió de opinión, porque también sentía la bronca hacia un tipo que jamás les habló, hubiera preferido suicidarse ante la vista de todos. – ¿Sabes Marianita?, ¡bájate a ese motherfucker como si fuera una piñata!

Tratar de manejar unos palos de escoba a distancia no es fácil. Desde el punto más esquinero de la terraza, Juan Manuel apuntaba y sostenía el enorme palo de todas las escobas amarradas, mientras Mariana sostenía desde atrás para que no se fuera a caer al vacío. Por un instante sentían algo de vértigo. El cadáver del vecino anónimo estaba ya casi negro y lo coronaban las moscas como si fuera un crucificado. Aún conservaba sus rasgos, pero definitivamente la muerte a todos nos transforma.

– Sostén, Marianita, sostén fuerte el palo para que no se nos vaya a ir.

– ¿Y qué crees que hago, Juanma? Obvio que no lo voy a soltar.

– ¡Vamos, muchachos, ustedes pueden contra el espantapájaros!, ¡Vamos, Colombia, vamos con toda! – animaba Berta con emoción, como si fuera un partido. En parte sí lo era.

¡Vamos, papá, vamos!, ¡acaba con el espantapájaros inmundo!

– Acerca el palo, ya casi estamos cerca.

Era como enhebrar una aguja a ocho metros de distancia. Menos mal el día estaba perfecto y la visibilidad era fácil. El ahorcado era un tipo de piel morena, el cabello largo y de animal porque no se lo había cortado desde hace más de dos años cuando comenzó el mundo a caerse a pedazos. Tenía una camisa llena de manchas de Millonarios, definitivamente un hincha hasta la muerte, pensó con cierta ironía Juan Manuel que, por todo lo contrario, era fanático del Santafé igual que toda su familia. El rostro del ahorcado estaba reseco y contraído como una enorme uva pasa.

– Un metro más Mariana, medio metro más, unos centímetros y ya vamos a cortar soga.

– Ahí va Juanma – sosteniendo ya casi el último extremo del palo, mientras sentía el enorme peso en sus manos.

Una enorme, espantosa y envejecida uva pasa, definitivamente.

Cuando de pronto abrió los ojos.

– ¡Mierda, esa cosa está viva! – le temblaron las manos a Mariana, soltando el largo palo con el susto.

– ¡Mariana, se me va el palo!

– … Dios bendito… – murmuró Berta, espantada de ver al ahorcado abrir los ojos como despertando de un sueño, y tratando de alcanzar a dentelladas el palo que se le acercaba.

En un último momento, Juan Manuel aferró el palo con toda su fuerza y en un certero movimiento desgarró de un golpe la sabana del ahorcado, cayendo así el espantapájaros de pie directo al patio del conjunto, rompiéndose sus piernas como si fueran galletas, y junto con él, también caía el largo palo hecho con ocho escobas y un invaluable cuchillo de sierra.

– ¡Bien, papá! – celebró con alborozo Julianita.

– Wow, Juanma, no vi venir ese movimiento de samurái con la escoba. Literalmente te lo bajaste. Yo no me imaginé que esa cosa pudiera estar viva.

– Mis respetos, Juan Manuel. Colombia 1 – Espantapájaros 0 – aplaudió Berta desde el cuarto piso.

– No, realmente fue Colombia 1 – Espantapájaros 1, porque perdimos el cuchillo de sierra… – con tristeza veía Juan Manuel a su cuchillo de sierra abandonado en el patio, al lado de un cadáver que con un pedazo de sábana amarrado a su cuello como si fuera una larga corbata blanca, empezaba a arrastrarse hacia el otro extremo del patio.

 

 

Lunes siguiente

 

El sol tenía un destello rojo profundo, contrastando con los visos purpura, azul y rosado del resto del firmamento, vacío de aviones y helicópteros, como un cuadro de pintura impresionista. De fondo en el apartamento escuchaban suavemente un elepé de Chopin y los profundos acordes del piano combinaban perfecto con el gran escenario de la naturaleza vacía de humanidad. ¿Qué harían ellos tres sin la música? El silencio a veces podía ser aterrador porque en realidad eso no existía. Se encontraban las palomas y las mirlas habitando los apartamentos de la gente muerta. Juan Manuel estaba sentado en una butaca en su terraza en un raro instante de serenidad, mirando el amplio horizonte y a sus matas crecer. En la mesa de la cocina, Marianita leía con atención y el ceño fruncido las aventuras de Odiseo y los monstruos del mar egeo. En el sofá Julianita jugaba con su único oso de peluche, mientras le enseñaba las vocales o los números. Y a quince metros debajo suyo, seguramente Berta arreglaba la casa como siempre para tenerla impecable para cuando llegara su esposo José Fernando. De pronto Juan Manuel vio unos periódicos viejos, se agachó para recogerlos y así guardar algo de tierra fresca. Eran los últimos periódicos que habían salido impresos antes de que el mundo se fuera al traste. Esos titulares daban miedo. “Ataques de gran violencia en el centro de la capital”, “El gobierno declara toque de queda por motines” y los más sensacionalistas, “Gente comiendo gente en las calles”, “¡Canibalismo en todo el mundo!”, “Los muertos se levantan como en las películas”, que lamentablemente eran los más certeros y adecuados con lo que estaba pasando. Algunos gobiernos se acusaban entre sí de haber traído una epidemia internacional; se habló de un resurgimiento de la peste negra que había asolado a Europa en el medioevo; la gente se quejó de la falta de vigilancia en las fronteras y la xenofobia era el pan de cada día; los carteles de desaparecidos con sus fotos borrosas inundaban las paredes de las calles, los vidrios de los Transmilenios y de todo lugar; se alcanzó a hablar de una droga sintética que hacía que la gente se enloqueciera, pero jamás se llegó a hablar de un contagio; un neurólogo español dijo en la CNN que era algo del cerebro humano, como si a todos se nos hubiera apagado cierta parte, dejando aflorar únicamente nuestro instinto reptil y gregario; en muchas iglesias de distintas religiones se habló del pecado, del infierno en la tierra y de un castigo divino. Nunca se supo nada más, como si el destino de los sobrevivientes fuera cargar con unos interrogantes del tamaño de una catedral. Todos creíamos tener una respuesta. Como veterinario, él creía que el mundo era un gigantesco ecosistema que se protegía a sí mismo y esta vez era necesario defenderse de la humanidad y su progreso. A lo mejor algo cambió en la composición del agua que afectó las funciones del cerebro de los humanos, o algunos animales de consumo como las vacas, los cerdos o las gallinas mutaron algo en su ADN para también mutarnos por dentro. En todo caso, el universo funciona por largas cadenas de acciones para lograr sus cometidos, nunca por súbitas acciones directas sobre una especie. Ciertamente el planeta se había hartado de nosotros y se estaba liberando hasta del último ser humano. En últimas, seguir con vida era una anomalía misma del sistema, una excepción a la regla, una teratología como esos animales que nacen con dos cabezas. Ellos eran los rezagos de un mundo pasado, así como la maleza que sobrevive a los pesticidas, y es necesario arrancarla manualmente entre los ladrillos para que no vuelva a nacer. Marianita, Julianita, Berta y él, cuatro largas malezas que aún respiraban dentro de los grandes edificios del centro Antonio Nariño, que probablemente tenían miles de apartamentos abandonados y los pocos que estarían ocupados por sobrevivientes esperando resignadamente su destino final. Con su mano apretaba a los pulgones blancos que intentaban alimentarse de una de sus plantas de yerbabuena. Así era la humanidad enferma, una gigantesca planta cayendo de bruces y siendo devorada por millones de pulgones. Cerró con tristeza los ojos y divisó el sol de la tarde que había avanzado una hora más en la bóveda celeste. Cuando los volvió a abrir, miró a los muertos que pululaban en los patios, con sus cuerpos rotos por donde pasaba la luz y la lluvia, siempre mirando a doquier con sus bocas abiertas en un interminable masticar, como recordándonos que el sentido de la existencia es comer, comer y comer. Al regresar la mirada vio que por fin en una de sus materas habían empezado a retoñar unas pequeñas zanahorias que brillaban naranjas con el último sol de la tarde.

 

Tres semanas después

 

Con las últimas semanas de octubre, las lluvias se habían regulado, haciendo que el huerto produjera además de deliciosas zanahorias para hacer las sopas y las tortas que tanto le gustaban a Mariana, también germinaban los más redondos y jugosos tomates, las lechugas verdes y crocantes, unos pequeños tomates cherry que eran la gloria en las ensaladas, los guisantes que eran perfectos para hacer pequeñas croquetas y las berenjenas que, a pesar de no tener queso como en los buenos días,  seguían siendo un excelente plato de temporada.

– Berta, recibe el balde. Hoy hice sopa de zanahorias con tomate y algo de ají. Está deliciosa.

– Yo sé que sí, querido. Que Dios te bendiga. ¿Ya viste las mariposas? Llama a tus hijas para que las vean desde la terraza.

– ¿Cuáles mariposas?

– Míralas, hay una cantidad enorme. Es un espectáculo maravilloso para no perdérselo.

Era cierto. El enorme patio lleno de arbustos, pinos candelabro y gigantescos eucaliptos, estaba literalmente cubierto de delicadas mariposas blancas que se elevaban con una gracia majestuosa. Pululaban en todos lados. Desde lejos se veían hasta en los parqueaderos, como si fueran un manto blanco cubriendo los automóviles varados. Sobre los tejados del salón comunal había miles que volaban y sobrevolaban creando una geometría de belleza inexplicable.

– Wow. Es lo más divino del mundo que he visto.

– Míralas osito, ¿te gustaría jugar con ellas? – decía Julianita enternecida, abrazando a su peluche.

Incluso se posaban por cantidades en los rostros y las extremidades de los muertos, que permanecían estáticos y con la boca enteramente abierta, como si fueran santos recibiendo las luces de pentecostés. Hace mucho tiempo no miraban de frente a los monstruos, sin tener que esquivar la mirada por su podredumbre, pero hoy era un espectáculo jamás visto. Las mariposas blancas aleteaban sobre sus cráneos casi pelados y con ralos mechones de pelo que bajaban hasta sus pechos abiertos. Algunas mariposas entraban por sus costillares como si fueran grandes colmenas. Nadie se había dado cuenta hasta entonces, que sobre esos monstruos crecía musgo, maleza y en ciertos casos, brotaban flores silvestres y una que otra orquídea polinizada de algún jardín. Incluso de uno de los muertos, que estaba boca arriba, tendido y petrificado hacia el sol, de su estómago abierto crecía una pequeña mata de uchuvas. Otros habían estado tanto tiempo parados que sus cadavéricos pies estaban para siempre unidos con el resto de la tierra por las fluctuaciones del fango, la lluvia y el sol. “En cierto modo ellos estaban más conectados con la naturaleza que nosotros”, pensaba sorprendido Juan Manuel. ¿Cuántas veces no había visto que un compañero suyo de veterinaria aplastara un bicho por simplemente acercársele? Nosotros rechazamos la naturaleza y los insectos, pero ellos, los muertos, conviven como parte de ella. Estaban coronados por mariposas blancas, abejas y moscas, inundados de orugas, escarabajos y lombrices. Hasta cierto punto, estaban rebosantes de vida.

– Son muy raras esas cosas, ¿no, Juanma?

– No sé Marianita, a mí ya me parecen los verdaderos dueños de este mundo – dijo mascullando cada palabra.

Esa noche Juan Manuel antes de dormir, reflexionó sobre que qué pasaría si los muertos se quedaran sin comida.

 

 

Primer lunes de octubre

 

Era el primer lunes de octubre y la mañana estaba fresca, como seguramente la podía sentir Mariana que estaba recostada en la baranda de la terraza, disfrutando del olor fresco del huerto y de las aromáticas. La iglesia de Monserrate se veía perfectamente clara entre las primeras brumas de la mañana, como si fuera un inmenso castillo dormido entre los cerros orientales de Bogotá. La muchacha tenía su libro de Odiseo separado con una hoja doblada y conversaba con Berta, su vecina y definitivamente su mejor amiga.

– Pero lo que no entiendo de Odiseo, es por qué ese tipo sabiendo que las sirenas son malvadas, ¿para qué quería pasar por ese lado?

– Jajaja, ay mijita, qué te dijera yo. Es por que podía hacerlo. Odiseo era una persona atrevida y quería desafiar los límites. Por eso ordena a sus marineros a ponerse cera en los oídos, porque si oían el canto de las sirenas se arrojarían al mar.

– ¿Y qué les pasaba a esos marineros si saltaban al mar? A lo mejor alguno se enamoraría de una sirenita… Yo me vi la película de la Sirenita…- decía dulcemente Julianita, que se acababa de unir a la conversación con su eterno oso de peluche, cada vez más oscuro por el polvo.

– Sí que eres metida, ¿no?… por qué no te vas a mecer tu oso a otro lado…  – la reprendía con risa su hermana mayor.

– ¡Pues las sirenas… los devoraban! Así de simple, el canto de las sirenas era una trampa. Ellas estaban en una roca, donde sólo se les veía desde el torso en adelante. Algunos dicen que eran demonios hacia abajo. La verdad hay muchas interpretaciones, Marianita.

– … Ok, Berta, pero tengo una duda, ¿qué cantaban las sirenas?, es decir, ¿qué podían cantar para que un tipo se lanzara al mar?

– …. Buena pregunta… – habla Berta, como sintiéndose nuevamente en un aula universitaria. Definitivamente Mariana no era una niña fácil de convencer -. Mira, yo no te podría decir y nadie lo sabe, porque el único ser humano que alguna vez escuchó y sobrevivió al canto de las sirenas fue Odiseo. Él decía que era hermoso, pero bueno, la belleza es algo tan subjetivo o tan difícil de explicar. Yo solamente saltaría al mar por amor, es decir, por mi José Fernando. Para mí la belleza es amor, y también fue un precepto griego durante muchos siglos.

– Wow… eso sí fue Wikipedia en vivo… – quedó perpleja Marianita, mientras arrancaba un tomate cherry que al morderlo llenó toda su boca de un dulce jugo rojo.

– Jajaja, gracias por el elogio, pero no es para tanto. Espero puedas conocer pronto a José Fernando, él dictaba un curso libre en el Externado sobre los seres imaginarios en la literatura, y si lo hubieras escuchado, como tú dices ¡wow!, explicando que los seres más antiguos de la imaginación eran los ángeles, los muertos vivos y por supuesto, las sirenas. El resto son variaciones de esos arquetipos, por así decirlo. Mi José Fernando enlazaba el mito romano de las sirenas a los primeros días, cuando la humanidad vivió en el agua, cosa que antropológicamente es cierta. Nosotros venimos del mar. Realmente espero que él vuelva pronto para que tengamos muchos más temas de qué hablar.

– This is love, really – dice Marianita, algo sonrojada -, no pensé que se pudiera seguir estando tan enamorada…

¿A mi edad quieres decir, querida?…

– Jajaja, no, no quería decir eso, no, absolutamente no.

– Mira niña, para que sepas porque algún día tú también te vas a enamorar de alguien. Cuando hay amor, ese amor supera las arrugas, los vacíos del tiempo y las monotonías. Es decir, si encuentras a alguien que te haga reír y con quien puedas estar en silencio y sin sentirte sola, no lo dejes ir. Yo extraño mucho a mi esposo, cada día de estos ya casi dos años y medio en que él se fue a la universidad y no volvió. Estoy casi segura que debe de estar escondido con otras personas, así como nosotros. Pero el mundo va a hacer que él vuelva a mí.

– Wow… mil veces wow… quedé enamorada… Es decir, tú eres como Penélope y él tu Odiseo…

– Algo así, mi querida Marianita, algo así…

Al fondo del apartamento, Juan Manuel preparaba en la cocina a gas una burbujeante sopa de espinacas con zanahoria y por supuesto, con un toque picante de ají, y ya tenía todo un tazón de ensalada con lechugas frescas, tomates cherry, rábanos y un poco de cilantro. Había preparado un jugo de fresas silvestres con algo de limón. Definitivamente era un gran festín con todo lo que les daba el huerto, que cada vez era más regulado en sus cosechas, porque el clima de Bogotá y seguramente del mundo, había mejorado de una manera fascinante, ahora que las industrias habían parado, los carros no contaminaban y hasta las mismas carreteras y fachadas de ladrillo se veían invadidas por la naturaleza silvestre. Escuchaba de fondo el concierto número 40 de Mozart mientras tarareaba el repicar alegre del piano sobre la orquesta. Separó la porción de Berta en la consabida lonchera de plástico que bajaba en el balde rojo.

– ¡Niñas, no más charla y a comer!, mi querida Berta, hoy sí la comida es digna de restaurante de cinco estrellas.

Cuando Juan Manuel se acercó a la baranda de la terraza para dejar lentamente el balde con la comida, vio algo que le generó una profunda inquietud. En sí no era algo malo, sino perturbador. Tanto que tuvo que compartir esa visión con su vecina.

– Oye Berta, mira a los del patio.

– ¿Qué pasa con ellos?, yo prefiero mirar mi almuerzo antes de perder el apetito.

– Míralos un instante y dime que es cierto.

Berta evitaba mirar al patio porque le daba nauseas ver esas cosas, pero sí, efectivamente había algo distinto hoy.

– Sí, mi doc, están quietos. Ahora sí parecen muertos.

– Absolutamente como estatuas.

En las últimas semanas los cadáveres progresivamente habían empezado a ser más lentos, como juguetes que se van quedando sin pila, pero definitivamente hoy estaban estáticos en las poses más raras posibles. Algunos con los brazos extendidos, otros como si todavía estuvieran caminando y absolutamente todos con la mirada perdida y todavía con sus temibles e inmensas bocas abiertas. Con sus ropas infladas de toda la carne que almacenaban en sus cuerpos descompuestos y rotos, como si fueran enormes globos atados al suelo. Ya las mariposas blancas en su gran mayoría se habían alejado del patio, sin embargo, algunas coronaban con su vuelo las cabezas y costillares de aquellos monstruos.

– Están congelados. Los prefiero así – dijo Marianita que se acercó curiosa por la conversación de su papá con la vecina.

– Pero… ¿por qué están así?

– No sabría decirlo, Berta. A lo mejor es el principio del final.

En ese momento vieron un movimiento rápido de Mariana arrojando velozmente, a modo de frisby, un pequeño platón de cerámica hacia el patio, mientras decía: “pues yo lo tengo que averiguar”.

– ¡Dios mío, no, Mariana, no, no! – gritaron casi al tiempo Juan Manuel y Berta, espantados de ver cómo el platón bajaba con una fuerza enorme contra uno de los centenares de muertos que parecían momificados en el patio.

Cuando el platón de cerámica estalló en su golpe contra el cráneo pelado de una anciana, ésta ni siquiera movió los ojos en un acto reflejo. Apenas se tambaleó un poco por el impacto. Nada más. Fue como haber golpeado una estatua.

– Lo veo y no lo creo – dijo Berta con cierto dejo de felicidad -, ahora sí estoy segura que es el final de esta pesadilla y pronto va a volver José Fernando.

– ¡Y mamá también! – se sumó con alborozo Julianita, que igual seguía tomando su sopa para que no se le enfriara.

Por alguna razón, Juan Manuel pensó en sus días de veterinario cuando estudiaban en la facultad a las larvas y las pupas que suspendían su vida, reservando todas sus energías, para evolucionar a una nueva etapa.

Fue un pensamiento que lo llenó de escalofrío.

 

Miércoles

 

El horror comenzó al final de la noche del miércoles, cuando los despertaron unos ruidos abiertamente infernales, como largos y rotos quejidos, unos aterradores gruñidos y bufidos, que solamente podrían provenir de animales drogados o de unos seres que ya no debieran caminar más sobre la tierra. Con un par de velas encendidas, Juan Manuel y Mariana se acercaron temblando de miedo a la terraza. Con un hilo de voz y desde el fondo del apartamento, Julianita envuelta en cobijas y abrazada a su oso, pregunta: “papá… ¿otra vez volvieron los monstruos?”.

– Quédate ahí y en silencio, Julianita – responde Juan Manuel.

– Ustedes ven lo que yo estoy viendo… – habla Berta sorprendida.

Como si se hubieran descongelado, ahora los cadáveres se movían con una energía diabólica, chocando entre ellos, abriendo y cerrando sus enormes bocas de las que surgían los más extraños sonidos, como si quisieran rugir o aullar de furia o desesperación. Parecían animales salvajes enloquecidos por el embrujo de la luna llena. Algunos avanzaban rápidamente por todo el patio arrastrando sus largos brazos como si fueran gorilas. Otros cientos más se retorcían en el pasto abriendo su boca como si se estuvieran ahogando igual a peces fuera del agua. Y algo que nunca olvidaría Mariana por el resto de su vida. La anciana muerta a la que ella le había asestado un golpe tremendo con el platón de cerámica, por fin reaccionaba al impacto después de dos días, alzando la mirada torvamente hacia ella directo a los ojos, mientras torcía su desdentada boca en algo parecido a una extraña sonrisa.

– Papá… papá… esa cosa me está mirando… me mira, me mira… – por primera vez le decía papá, por auténtico miedo, mientras estrechaba su brazo.

– ….

– Me mira papá, me está mirando.

Ni Juan Manuel ni Berta podían decir lo contrario. Desde el patio la muerta miraba fijamente a Mariana, como si por fin la reconociera y proyectara en ella todo su odio en un raro atisbo de conciencia. Ante la mirada horrorizada de los tres, la muerta comenzó a caminar directo hacia la entrada de vidrio del edificio. Mariana creyó desfallecer por un instante.

El pandemónium hasta ahora estaba iniciando. La primera en darse cuenta fue Berta, quien gritó espantada:

– ¡Se están atacando entre sí, se están matando!

Casi como a una orden colectiva, los muertos se empezaron a agredirse unos a otros, en grupos rodeando algunos monstruos solitarios, acaso los más débiles de la horda. Empujaron a una enorme mujer muerta que vestía un delantal casi negro por la sangre derramada. A lo mejor fue en vida enfermera geriátrica en el edificio. Entre un grupo de cinco o seis cadáveres con un par de zarpazos le abrieron el estómago, literalmente tragando sus largas y pesadas tripas, mientras un hombre le arrancaba la cabeza para vaciar toda su circunvalada carne gris como si fuera un jugoso coco. Un niño muerto graznaba cerca de los matorrales cuando un par de mujeres empezaron a abrirlo en canal y a comérselo a grandes bocados. Desde lejos solo se veían los tenis pataleando sobre la hierba. Cerca del parqueadero a un alto anciano todavía vestido de traje, otro monstruo le abría la boca con sus manos mientras le arrancaba la lengua y las mejillas. Debajo suyo un par de cadáveres rajaban con sus largas uñas su putrefacto estómago dando buena cuenta de todas sus entrañas. Bajo las ramas de los eucaliptos los muertos seguían devorándose a sí mismos, en un monstruoso frenesí caníbal. Aquí estaba la respuesta de qué pasaría cuando no tengan qué comer, pensaba Juan Manuel. “Están recuperando recursos de energía comiéndose entre ellos mismos”, concluyó mentalmente, mientras temblando sobre la baranda de su terraza, veía a centenares de cadáveres abriéndole las entrañas a otros y llenándose de nueva fuerza. Lo peor es que algunos rugidos y bufidos venían dentro del edificio donde vivían y también de las otras torres, como si al fin despertara una colmena de sangrientos espectros asentada en miles de apartamentos vacíos.

– No estamos solos, Juan Manuel. – dijo Berta en una voz que se parecía al llanto.

– Nunca lo estuvimos, mi querida Berta.

Él, Berta y sus hijas simplemente iban de paso por el mundo. Ellos, los muertos, eran los harapientos monarcas del Nuevo Mundo.

 

A la mañana siguiente

 

El nuevo día los recibió con una lluvia cerrada y un cielo gris, toldado y puramente bogotano. No se veían los cerros ni Monserrate y el resto de la ciudad, como si todo fuera una gran bóveda gris. Los eucaliptos y pinos del Centro Antonio Nariño amanecían grises y difusos por la lluvia. La hierba parecía de un verde oscuro más fuerte por el brillo del agua. No era tempestad, era una lluvia que debió comenzar en la noche y continuó hasta el amanecer. Los cuatro apenas habían podido conciliar el sueño con el pandemónium desatado la noche anterior, pero finalmente en algún momento se quedaron dormidos. Mariana y Juan Manuel miraban con enormes ojeras hacia el patio, como desconcertados, mientras cambiaban frases con Berta que tomaba lentamente una aromática para recuperarse un poco del horror.

– Se fueron – esas dos palabras de Berta resumían todo el escenario.

Sobre la crecida hierba del enorme parque sólo quedaban amplios rastrojos de sangre, huesos rotos en cantidades, ropas destrozadas, cabezas abiertas, extremidades arrojadas a doquier y casi sin carne, pero prácticamente el enorme conjunto de apartamentos ya estaba vacío. Si acaso quedaban unos diez o quince monstruos caminando sin rumbo como pájaros ebrios. El resto, los centenares y acaso miles que antes rondaban el gigantesco parque, simplemente no existían. Era como si se hubieran atomizado o desaparecido en una sola noche.

– Nunca me imaginé que se terminaran comiendo entre todos – continuó Berta – me da tanta, pero tanta alegría. Eso es justicia poética. Nos comieron y cuando se les acabó la comida, también se tuvieron que comer ellos. Realmente eran muy hambrientas esas cosas.

– …. Wow… happy ending, al fin un cuento con final feliz – dijo Mariana desde arriba, todavía sorprendida con ese giro de los acontecimientos.

El único que no decía una sola palabra era Juan Manuel. Seguía consternado y analizando las razones de por qué se empezaron a devorar brutalmente anoche y horas después en la mañana, apenas quedaban de pie algunos de ellos. Esos cuantos no podían haber devorado por completo a los demás. Es imposible que un monstruo sea capaz de comer por completo a otros veinte o treinta, si es que existe alguna matemática en el canibalismo. Miraba esos rastros de sangre y esos oscuros pedazos de carne y huesos como cáscaras de fruta.

– No creo que se hayan comido entre todos. No es posible… Creo que se fueron a otro lugar – dijo Juan Manuel en voz baja.

– ¿Por qué no miramos el lado positivo de las cosas, mi querido doctor?, así va a ser más fácil la vida para nosotros y estoy segura que José Fernando va a regresar pronto.

– Sí, obvio… todo tiene su lado positivo – seguía diciendo sin estar del todo convencido.

El veterinario reflexionaba en esas aves que a veces antes de emigrar a otros países, devoraban primero a sus polluelos y a los individuos más débiles, para recargarse primero de toda la energía y fuerza posible. Pero esto es anormal. La lluvia seguía cayendo y el cielo se mantenía en un impávido color gris. Era como si hubiéramos pasado de un sangriento verano a un oscuro invierno, así eran las estaciones de horror a los que estos cadáveres nos estaban acostumbrando.

Los cuatro seguían bajo la lluvia mirando el parque y las torres que eran su pequeño y misterioso universo.

Como si temiera decir una tontería, Mariana preguntó al fin algo que la carcomía desde hace horas…

– Ustedes creen que la cosa esa que me miró anoche, ¿también se fue con el resto?

Juan Manuel le pasó el brazo por encima y como consolándola le dijo:

– Estoy absolutamente seguro que sí.

– O a lo mejor se la comieron también. También era una pobre vieja. – agregó Berta con una sonora carcajada, y todos rieron también. Al fin y al cabo, era una posibilidad.

El sol parecía despuntar sobre los cerros como si fuera una leve luz amarilla en un gran lienzo gris.

 

Nueve días después

 

“Han pasado casi nueve días desde que los muertos emigraron. Acabo de usar la palabra “emigrar” porque siento que fue algo coordinado y absolutamente gregario. Mis hijas, Berta y yo nos hemos ido acostumbrando a este renovado silencio y lo agradecemos. Es como si ellos nunca hubieran estado antes. ¿Para donde se fueron? No lo sé ni quisiera imaginarlo, pero en últimas todo tiene sentido. Cuando había televisión, un investigador español que decía en la CNN que estos seres perdieron todo contacto con la parte límbica y la neo corteza de su cerebro que son aquellas que regulan las emociones y la lógica, quedando relegados únicamente a su cerebro reptiliano. Por lo tanto, era apenas obvio que piensen (por así decirlo) como si fueran caimanes, cocodrilos o aves de rapiña, y tengan comportamientos similares. Cuando no tienen alimento, se devoran entre sí.  Cuando algo en su interior les exige abandonar su nido, lo hacen entre todos y de una forma relativamente organizada. Como curiosidad, anoto en este escrito que uno de esos seres, lo que antes era una mujer (me es imposible a veces expresarme en términos antropomorfos, sobre algo que ya no es humano) miró directamente a los ojos a mi hija Mariana. No es común que los animales tengan esa fijación ocular. Pocos lo tienen, perros, aves y algunas clases de pulpos. Pero en seres dominados por el cerebro reptiliano como estos, realmente resulta una curiosidad. Obvio, una terrible curiosidad. Mi hija ha tenido pesadillas todos estos días imaginando que ese ser la persigue, lo cual es imposible”, escribía Juan Manuel en un cuaderno de la universidad un pequeño diario, una bitácora en la que quería empezar a registrar los hechos más interesantes desde una perspectiva conductista del reino animal. En algún futuro más halagüeño este tipo de bitácoras podían ser de gran utilidad a la comunidad científica.

Además, por otro lado, estaba feliz porque con una pepa de aguacate que estaba secándose en la nevera de Berta, pudo revivirla y con tres palillos clavados en la mitad y en un vaso de agua. Está todavía inmersa en un frasco vacío de mermelada, pero ya va dando sus primeras hojas verdes. Escuchaba Juan Manuel a buen volumen un elepé de Joe Arroyo, el de Echao Pa’Lante que tenía esa canción inentendible pero fantástica de Yamulemao que le recordaba aquellos bares cerca de la Nacional o la Distrital, durante sus días de hippie mochilero. Curiosamente esa canción, recordaba Juan Manuel, guardaba una anécdota porque cuando el gran Joe la escuchó por primera vez en 1987 era un canto africano Diamoule Mawo que significa “niño del agua azul”, y la versión que él hizo es tal como la recordaba en su sonido, pero sin ninguna letra real. Hace mucho tiempo Juan Manuel no se sentía tan feliz y conectado con la vida. Al fondo veía a su Julianita enseñándole más números y vocales a su cada vez más desgastado oso de peluche. Con todos los cuentos que Juliana le lee a ese oso, ya debe ser un genio dentro de su propia categoría de peluches. Y en la terraza Marianita seguía dialogando con su profesora de literatura, la mejor vecina que alguien podría tener durante estos años de incertidumbre.

– Oye Berta, pero este Odiseo era un intenso… ¡Llegar a matar a todos los otros pretendientes de Penélope en plena rumba! Wow, de locos esa vaina. Bárbaro ese tipo, ¿no?  Ya una quisiera que todos los tipos fueran como Odiseo y llegaran repartiendo espada y flecha a todos los sapos que fastidian, ¿o no, Berta?

– El amor a veces también es pasión y violencia, obvio, según los griegos, mi querida Marianita, ya que te has vuelto tan lectora, por eso Freud hablaba del Eros y el Tanathos, el amor y la muerte, como fuerzas que van de la mano a cada instante.

– Es que el final es MUY intenso. Llegar disfrazado a una fiesta y bajarse a todo el mundo para quedar solo con su amor, wow. Me encantó.

– ¿Y cuál fue la parte que más te gustó de las aventuras de Odiseo?

– Lo de las sirenas fue genial. Me impresionó esa parte.

– Se enamoró de la sirenita Ariel y fueron felices – se acababa de unir Julianita a la conversación, con su eterno oso.

– Por Dios, niña… estamos hablando de libros, de temas serios, no de esas bobadas que tú ves – le replica Mariana.

– Hola Julianita, buenos días. Buenos días osito, hoy estoy preparando una torta de espinacas y zanahorias que espero les guste – saluda Berta desde abajo a Juliana, y retoma la conversación con la quinceañera. – Sabes Mariana, me dejaste pensando con lo que hablábamos hace unas semanas, sobre en qué consistía el canto de las sirenas. Estaba leyendo un pasaje de Freud estos días donde decía que era una metáfora de la obsesión y de la belleza ocultando el canibalismo y el asesinato.

– ¿Freud?, ¿no era ese el siquiatra loco que todo lo asociaba con el sexo y enamorarse de la mamá? – responde Marianita riéndose un poco.

– No, querida, Freud era un genio que también escribió muchos temas de la cultura y el arte. Cuando crezcas te voy a prestar algunos libros que tiene aquí José Fernando, que era un verdadero fanático de Freud y… espera un momento…

Quedó Berta absolutamente en silencio, para luego prorrumpir en un grito incontrolable de alegría.

– ¡Mariana, Mariana, es un milagro, acaba de llegar José Fernando! ¡Me está llamando y está golpeando en la puerta!, ¡qué alegría escuchar su voz!, ¡está vivo!, ¡está vivo!

Era un milagro impensable. Mariana se devolvió feliz a contarle a su papá que el esposo de Berta había regresado. Cuando recibió la noticia, Juan Manuel quedó absolutamente congelado mientras escribía, no se atrevía a decir nada. Parecía algo imposible pero los milagros no se cuestionan. Era una combinación de alegría, sorpresa, esperanza y asombro. La felicidad pura es algo que nos hermana a todos en un instante. Mariana y Juan Manuel se abrazaron de pie llorando de alegría por el encuentro feliz de Berta con su esposo, entre el inmenso sonido de las trompetas y los timbales épicos de la música de Joe Arroyo.

 

Dos días después

 

Hace ya dos días que no sabían de Berta, pero era mejor no molestarla, al fin y al cabo, había regresado su esposo después de una ausencia de casi dos años y medio. Seguramente tenían muchas cosas para contarse. Juan Manuel le había enseñado a Mariana a coger los vegetales cuando estaban en su punto y a limpiar las hojas y los tallos de pulgones, para que las plantas siempre estuvieran creciendo bien. Esa mañana Juan Manuel estaba preparando una ensalada de lechugas, guisantes, cebolla y berenjenas, mientras a su lado Mariana cortaba los rábanos en forma de corazones, esperando que su amiga Berta notara ese detalle. Realmente la había emocionado imaginarla como una Penélope al fin rescatada por su Odiseo, de verdad se moría de emoción por conocer al esposo de Berta, pero nada, desde hacía dos días que no hablaban. Lo último que había oído de ella era su grito de alegría de su esposo llamándola y ella abriéndole. Julianita estaba sentada en una pequeña butaca, mientras los veía preparar la ensalada del almuerzo:

– Papá, así como llegó el esposo de Berta, seguro también va a llegar mi mamá, ¿verdad?

Nuevamente la esperanza era algo que afloraba y mucho más viendo que había ocurrido un milagro en el cuarto piso del edificio.

– Seguro que sí, mi niña linda. Tengamos esa esperanza que va a volver – mientras arreglaba el platón con la ensalada, para guardarla en la lonchera y el balde. – Marianita, ven y llamamos ya a Berta para compartirle esta ensalada a ella y su esposo.

– Les va a encantar, Juanma, ¿será que se van a dar cuenta de los rábanos en forma de corazones?

– A lo mejor, Marianita, aunque la gente enamorada es muy distraída. Hay algunas que se han hasta tragado un anillo de compromiso en una copa de champaña. Uno nunca sabe.

– Bueno, yo sé que Berta sí va a notar ese detalle.

Caminaron hasta la baranda, engancharon el balde rojo a la soga, mientras la llamaban alborozados. Mariana quiso bajar por sí misma la soga del balde, era la primera vez que lo hacía. “Lentamente”, le dijo por lo bajito su papá. “Bájalo lentamente porque se puede caer”.

– ¡Berta, vecina! Estás muy perdida, aparece que tenemos una ensalada especial para ti y tu esposo – gritaba Juan Manuel con una sonrisa enorme.

– ¡Ehhh, tortolitos, parad en lo que estén, porque les estoy bajando algo de comida!

– (Mariana, te pasas a veces…) – le dijo en voz baja Juan Manuel, casi riéndose de la ocurrencia.

– ¡Berta!, ¡José Fernando!, ¡la ensalada!

El balde ya estaba a la altura donde siempre lo recogía Berta, pero esta vez nadie lo recibía.

– ¡Eehhhhhhhhh, Berta, eehhhhhh, llegó el carrito del almuerzo!

– (Démosles unos minutos, ellos ya tienen sus años)

– Tienes razón, Juanma.

Pasaron 5 minutos. 10 minutos.

– ¡Eeehhhh, Berta! ¡que si no abres nos vamos a llevar la ensalada nuevamente!

15 minutos.

20 minutos.

Entonces, Mariana empezó a agitar la soga para que el balde entrara un poco a la habitación, golpeara algo y llamar la atención de la pareja.

– Para, Mariana, que lo vas a botar.

– Vas a ver que no, Juanma, así se van a dar cuenta que les estamos trayendo algo.

Y seguía con ese movimiento de péndulo con el balde y la ensalada. Una y otra vez más. Nadie respondía. Hasta que de pronto sintió la tensión al final de la soga.

– ¡Ya lo cogieron!, ¡cogieron el balde!, ¡están ahí!, no hablaban, pero sabíamos que estaban ahí. ¡Berta, deja de hacerte la graciosa, ven y salúdanos! ¡Queremos conocer a tu esposo!

En ese instante, Mariana sintió el vértigo cuando una fuerza ciclónica jaló de un sólo golpe la soga, arrojándola a ella al vacío.

Seguramente hubiera caído si su papá no la aferra por los hombros. Mariana miró a Juan Manuel con los ojos vidriosos de miedo y sorpresa. Ambos fueron recogiendo la soga inerte tramo a tramo porque ya no había peso ni tensión en ella. Al final no había balde.

– ¿Qué-es-es-to?, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!

Así siguieron los dos gritando juntos más de diez minutos. A los gritos se unió Julianita con su oso. Gritaron toda la tarde hasta el cansancio. Una que otra vez la seguían llamando en la noche, cada vez con más insistencia.

– ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!, ¡Berta!

Pero nadie contestó ese día. Ni los siguientes tampoco.

 

 

Esa noche

 

A las diez de la noche dejaron de llamar a la vecina. Era clara su ausencia y no podían saber qué le hubiera sucedido, si estaba enferma o no, ¿y su esposo? Sin mediar más palabras se acostaron los tres a dormir en el sofá cama de la sala, como no lo hacían desde hace dos años cuando el mundo se fue a pique. Juan Manuel estaba en el centro abrazando a sus dos hijas, una a cada lado. Envueltos los tres entre cobijas y viejos edredones para calentarse. Hacía frío esa noche y también llovía pesadamente. El hombre miraba el techo mientras escuchaba las enormes gotas contra los plásticos de la terraza que recibían el agua-lluvia para volverla potable y también las bolsas negras que ponía como carpa sobre el huerto para protegerlo de la tempestad. Esos pequeños metros de terraza eran su único sustento para su familia, para hoy, mañana y los años que vendrían. ¿Cuántos años más estarían viviendo así, encerrados en un pequeño apartamento, alimentándose únicamente de vegetales?, ¿y si alguno de ellos enfermaba, un dolor de muela, una neumonía o hasta un cáncer? El mundo se había reducido a la vista de un enorme parque de eucaliptos rodeado por enormes moles de cemento con miles de viviendas vacías que eran nido de aves… o de cosas peores. ¿Cuántos de esos monstruos estarían en los edificios? Los imaginó por un instante deambulando entre los apartamentos, caminando lentos entre los pasillos y olfateando entre las ventanas. “Mis hijas, Dios mío, yo no puedo dejarlas viviendo aquí, este edificio es una gigantesca trampa mortal”, pensaba esa noche de insomnio, porque cuando uno no puede dormir es como que el demonio susurrara oscuros pensamientos muy cerca de la almohada. La lluvia seguía cayendo incesante sobre las terrazas de los edificios y el patio interior, sobre las copas de los árboles eucaliptos y sobre las cabezas peladas de algunos de los cadáveres rezagados. Imaginó la lluvia helada atravesando la carne rota y abierta de esos monstruos, como si pasara a través de un inmenso colador. “Menos mal hay lluvia, si hay algo peor es la sequía, no tendríamos que comer; Dios bendiga la lluvia”. Y el balde, ¿qué había pasado con el balde?, fue como si algo lo hubiera arrancado de un golpe y jalado la soga con una fuerza bestial. Marianita casi se va de bruces al vacío. Eso no pudo ser Berta que es una mujer de casi setenta años… pero su marido, no, imposible. Le había entendido que él tendría unos setenta y cinco. Y si no, ¿quién? Berta dijo que escuchó claramente que su esposo la había saludado por su nombre. A su lado Mariana sollozaba en sueños, y al otro Juliana dormía profunda abrazada a su osito. “En el fondo me haces falta, María Catalina, no sé por qué terminamos; obvio, un veterinario no es mayor cosa, pero ¿qué esperabas?, pudimos haberlo intentado una vez más por nosotros, por ellas. Me estoy quedando solo en el mundo, María Catalina”, sin querer se dio cuenta que estaba pensando en ella y necesitándola, como nunca lo había admitido en tantos años. Realmente una noche de insomnio es una cita con muchos demonios al mismo tiempo. Sentía los brazos entumecidos de abrazarlas a ambas, pero no se sentía capaz de retirarlos porque no quería despertarlas y regresarlas a esta extraña realidad. Así pensaba, cuando un ruido lo hizo centrarse de inmediato en el presente.

Alguien caminaba en el pasillo.

Algo caminaba en el pasillo.

Sin lugar a dudas eran unos pasos, unos tras de otros. Como de alguien pesado caminando con lentitud, pero sin temor a ser oído.

Juan Manuel tenía los ojos agigantados de miedo y activó todos sus sentidos. Las pupilas enormes en la noche. Se incorporó lentamente contra la almohada sin soltar a sus hijas por un instante. La luz de la luna y las estrellas entraban con facilidad en el apartamento por encontrarse en el último piso del edificio. Había cierta leve claridad en la rendija de la puerta del apartamento. Aguzaba la mirada hacia ese punto, hacia esa línea de 1 metro ´de ancho por 1 centímetro de alto que era su única visión del mundo exterior en ese momento. Sea lo que fuera, se estaba acercando a su apartamento. Pronto iba a ver algo, cualquier cosa, pero algo. Enfocaba toda su fuerza en la mirada en ese punto de la rendija de la puerta. Hasta que vio algo que lo dejó frío.

“Era la silueta de un pie descalzo. Dios mío”.

Casi le pareció ver las venas infladas que surcaban ese pie, cuando vio el otro. Mentalmente rezó que aquello siguiera de largo. Pero vio como giraban directo hacia la puerta de su apartamento y permanecían estáticos. Los minutos más largos de la vida de Juan Manuel se sucedían a cuenta gotas. Ahí seguían esos pies de aquel monstruo frente a la puerta de su hogar. Fijaba tanto su mirada en esa rendija que por un momento imaginó unas uñas rotas que apenas cubrían unos muñones de dedos. Sin embargo, no, no podía ser tanto, el miedo se alimenta del miedo. Sus ojos le estaban causando una mala pasada. Pero en ese momento, escuchó, realmente escuchó que alguien buscaba a tientas el picaporte de su puerta y lo movía suavemente, como recordando para qué funcionaba. Con el corazón en un puño, quiso preguntarle a la oscuridad si era Berta, pero no, no se atrevió, quedó con la boca abierta deletreando B-E-R-T-A, porque no podía estar seguro que fuera ella. Ella no haría eso. Además, volvió a acordarse de esa anciana muerta que había mirado con tanto odio a su hija, días después de haberle ella arrojado un platón de cerámica. Esa sonrisa hueca llena de odio y el contacto visual. “Oh Dios, y la manera en que caminó hacia el edificio donde ellos vivían sin dejar de mirar a Mariana por un solo instante”. Al fin dejó de tantear el picaporte, pero no avanzaba ni a izquierda o derecha. Eternamente suspendida frente a la puerta como una aparición. Juan Manuel sabía que jamás iba a olvidar en su vida la imagen de esos pies descalzos y rotos, aún en una rendija de un centímetro. Tal vez fue una hora o dos antes de que el extraño ser se devolviera, arrastrando sus pasos como un sonámbulo.

Juan Manuel juró que nunca le iría a contar de esto a sus hijas. A las cuatro de la mañana por fin concilió el sueño.

 

 

A la mañana siguiente

 

A Juan Manuel lo despertó la voz de Mariana diciéndole enérgicamente:

– Juanma, vamos a bajar a buscar a Berta.

Por el insomnio, él la escucho como si tuviera resaca, entrecerrando los ojos y todavía metido entre los edredones.

– Tenemos que ir a ver qué le ha sucedido, por qué no responde. – insistía con firmeza su hija mayor.

Como si todavía no entendiera la situación de imaginarse a alguien bajando cuatro pisos en un edificio sin ascensor y donde seguramente había decenas de esos monstruos caníbales escondidos tras cada escalón o anidados en apartamentos… No, imposible ir por ella.

– Marianita, Marianita… yo sé que tú quieres a Berta, y yo también. Todos la queremos. Pero bajar cuatro pisos los tres es imposible, ¡porque tendríamos que ser los tres!, ya que como papá no me arriesgo a dejar sola aquí a Julianita y que por alguna razón no podamos volver, ¿te imaginas a tu hermana sola en este apartamento?

– Yo no decía eso, es que…

– No, déjame terminar. Ya te diste cuenta que este edificio no tiene ascensor, tendríamos que bajar a pie cuatro pisos donde en cada escalera hay la posibilidad en encontrar a decenas de esas cosas, ¿no? Además, hay ocho apartamentos por piso, es decir, mi niña, hay treinta y dos posibilidades de encontrar uno esos monstruos. Y ya viste que aquellos no son los monstruos de los libros, estos son reales. La familia que hace casi dos meses intentó escapar, ¿te acuerdas? – Marianita hizo un gesto de repugnancia al acordarse de esas muertes -, terminaron de una forma terrible. Yo no me arriesgo a que eso nos pase.

– Pero…. – la hija se había quedado sin palabras. La realidad era infranqueable.

– Pero nada Marianita, no podemos salir de este apartamento. Ni locos que estuviéramos.

– Yo puedo bajar sola y vuelvo rápido… – dijo Mariana con decisión.

– No, de ninguna forma vas a bajar sola.

Por un momento Juan Manuel sintió el escalofrío de recordar la visita de hace unas horas y se imaginó el edificio lleno de esas cosas, pero no quería decirlo y llenar a Mariana de más miedos. Sólo una puerta con un picaporte y dos cerrojos los separaba de la más espantosa realidad, y su hija la quería abrir para ir a buscar a una vecina. No, de ninguna forma.

– No Mariana, te prohíbo por tu vida, la de tu hermana y la mía que salgas de este apartamento.

– Como decía mamá, eres un cobarde. Por eso te encierras entre tus matas y tu sabiduría de hippie mamerto. Co-bar-de. – Eso le dolió a Juan Manuel, y mucho. Era un doble alfilerazo. Así le decía su ex esposa en momentos de furia. Cobarde.

– Cobarde o no, ninguno va a salir de este apartamento. Y soy tu papá así no te guste, y el encargado de que los tres nos mantengamos con vida.

Mariana corrió con toda su furia acumulada hacia la terraza, donde el sol de la mañana despuntaba con cierta violencia sobre las nubes blancas. Juan Manuel se fue detrás suyo y en ese instante vio la soga del balde caída sobre los baldosines. La recogió con cuidado y la levantó a la altura de sus ojos. En un tono más pausado le dijo a su hija, sin dejar de ver el extremo de la soga.

– Mira… es sangre seca…

El final de la cuerda estaba negro de sangre.

– Por lo mismo debiéramos bajar y saber que está bien.

– No, por lo mismo debiéramos no abrir esa puerta y permanecer en este apartamento hasta que las cosas vuelvan a estar bien.

– No Juanma, las cosas nunca van a volver a estar bien y menos por cobardes como tú.

Como si la violencia se fuera apoderando de ellos, el resto de la mañana hicieron la sopa de zanahorias. Sin mediar una sola palabra, comieron los tres en absoluto silencio. Con la mirada vacía y comiendo maquinalmente con sus cucharas. De lejos sólo parecían tres tristes muertos tomando una triste sopa.

 

Diez días más

 

Por un instante Juan Manuel levantó la mirada del cuaderno rayado donde anotaba su bitácora del nuevo mundo que le rodeaba, sentado en una butaca en su terraza, y miró el cielo de un azul suave y apenas delineado por algunas nubes blancas, con un sol picante de mañana que prometía algo de lluvia en la tarde. Por más que se hubiera mejorado el clima mundial ante la falta de fábricas y automóviles, Bogotá era y seguiría siendo Bogotá hasta el final de los tiempos: un clima impredecible.

Con desilusión había escrito primero en su bitácora una rotunda línea: “los muertos regresaron después de diez o doce días desde que se fueron intempestivamente como si fueran aves migratorias”, pero decidió tacharla.

En sí, no era cierto.

Con un interés científico volvió a mirar los monstruos con renovado interés cubriéndose la mano del naciente sol, para asegurarse de lo que estaba viendo. Efectivamente, era real. Habían llegado OTROS muertos, distintos a los que ya él se había acostumbrado durante casi dos años y medio. Era algo absurdo decirlo, pero ya se había habituado al horror en sus rostros, a sus pústulas abiertas, a sus extremidades carcomidas y a sus ropas infladas por esa ansiedad infinita de comer y llenarse de más y más carne. Uno podría decir que “todos son idénticos”, pero no, no lo eran. “Igual que pasa con los vivos, todos tenemos algo que nos distingue”, pensó antes de escribir correctamente la frase: “Después de diez o doce días desde que los muertos se fueron intempestivamente como si fueran aves migratorias, regresaron otros monstruos que jamás había visto antes, eran rostros nuevos y volvían a adaptarse mis ojos a su cadavérica apariencia”. Ahora sí podía continuar reflexionando, “sinceramente no sé por qué pudo suceder esa migración dentro de la ciudad. Si bien no son tantos como lo eran antes, siento que estos nuevos seres vienen buscando algo. Tienen un instinto que no me atrevería a llamar inteligencia, pero definitivamente sí parecen sabuesos rastreando un olor imperceptible o una huella invisible. Algo están olfateando por su actitud de levantar constantemente sus hocicos (de verdad que no puedo seguir llamándolas narices, porque en la gran mayoría de casos, esos cartílagos están destruidos y apenas se ven los huecos del cráneo) olisqueando el aire o intentando escuchar algo perdido. Pienso que el cerebro humano es una caja de sorpresas. Esos seres (es decir, nosotros mismos) mientras estuvieron vivos, los sentidos que más usaron fueron el gusto, la vista y el tacto, pero aquellos que más perduran después de la muerte son el oído y el olfato. Más allá del horror que significa ver a cientos de cadáveres descompuestos caminando al frente de nuestra casa, aquí hay algo que es profundamente humano e ilustra la manera en que seguimos evolucionando después de nuestra muerte. No dejo de pensar en ellos como si fueran sabuesos en pos de algo. Ya casi no tienen comida, algunos están en los huesos literalmente, se han devorado entre sí, parecen ciegos olfateando algo en la oscuridad, pero no encuentran absolutamente nada. De todas formas, sus cerebros o lo poco que todavía los conecte, ya debe estar evidentemente dañado, como una pila gastándose a menor velocidad y tratando de optimizar sus recursos. No tengo claridad que buscan o que olfatean, pero espero tener algún dato para mi próxima entrada. 25 de octubre de 2018. Juan Manuel Olarte, médico veterinario”. Por alguna razón decidió escribir su nombre completo y la fecha. Suspiró profundamente y cerró con cuidado su cuaderno.

– Marianita y Julianita, vengan que les voy a enseñar cómo se siembra un tomate.

– A Osito le encanta la ensalada de tomates – dijo Julianita mientras se sentaba en su butaca, con toda la atención posible, mientras Mariana se acomodaba con actitud perezosa, porque todavía no se sentía conectada nuevamente con su papá después del altercado a razón de lo de Berta.

– A ver, entonces, mis niñas – mientras les mostraba una diminuta pepa -, el tomate para poder germinar necesita mucho sol y tarda al menos tres meses en dar fruto porque…

Mariana no ponía el más mínimo cuidado y seguía mirando a lo lejos por la terraza.

– Marianita, pon cuidado porfa porque esto es importante; yo no voy a estar con ustedes toda la vida…

– Son otros los que están viniendo, ¿no? – lo interrumpió su hija, como si no le importara. Sin embargo, tenía toda la razón.

– Sí… ya te diste cuenta… son otros, pero son menos.

– Pero tú siempre vas a estar con nosotros, papá. – ahora la que interrumpía era Juliana, con cierta preocupación -, ¿por qué Berta se fue sin despedirse?

Juan Manuel y Mariana cruzaron las miradas. Ella con abierta bronca como queriéndole decir, “es problema tuyo y ella es tu hija menor, por si quieres mentirle”, y el hombre como pidiéndole que no fuera a agravar las cosas porque ya tenían suficiente para llenarle a la niña la cabeza con más miedos.

– Mira Julianita, ella se fue muy de prisa porque tenía que irse a un viaje muy importante que tenía con su esposo.

– Al menos si es así me hubiera dejado un par de libros para leer. Aquí solo hay unos mamotretos intragables de Parasitología veterinaria, Diagnósticos de radiología, Fisiología 1, Anatomía de los animales domésticos, a ver qué más maravillas hay en la biblioteca de don papá, ah, sigamos, Medicina aviaria, Farmacología veterinaria, wah… – complementó con obvio sarcasmo, mientras leía por encima los títulos de algunos de los libros que estaban amontonados al lado del sofá.

Sinceramente Mariana lamentaba no haberle pedido prestados más libros a Berta porque desde que terminó la Odisea hace casi un mes y ante la súbita desaparición de su vecina, se estaba muriendo de aburrimiento. Juan Manuel continuaba hablando de cómo sembrar una planta de tomate.

– Entonces es importante que no le apliquen el agua directamente en las hojas porque se seca con facilidad, es mejor sobre la tierra y lo más lejos de las raíces, ya que también se pueden dañar y…

– ¿Cuándo crees que va a volver mamá?, ella obviamente está bien, ¿verdad? – dos preguntas de Julianita en una misma interrupción.

Mariana lo miraba desde la puerta del apartamento que daba a la terraza. Ella sabía que si algo había a favor en su papá es que no era un mentiroso. No era bueno falseando la realidad, ni siquiera tergiversándola un poco. Ya bastante había tenido con la pregunta sobre Berta y ahora sobre mamá. Dos años y medio desde que su ex esposa se fue, hasta Mariana misma con el cinismo de los quince años cumplidos sabía que su mamá María Catalina debió haber muerto hace mucho tiempo y esperaba que hubiera sido de la manera más pacífica posible. Esta vez miró a su papá con un poco de compasión.

– Yo sé que tu mamá está bien y pronto va a volver. No lo dudes, Julianita. Ella te ama y va a volver. 

Mientras le acariciaba la cabeza a la niña que sonreía esperanzada. La esperanza nos sostiene, lo mismo que el helio a los globos. Así los haga subir hasta estallar.

“Definitivamente las mentiras nos condenan, pero son la base de la civilización”, pensó nuevamente Juan Manuel. Era preferible una mentira blanca que matar la esperanza que sostenía con vida a su hija menor.  Julianita miró sonriente a Mariana:

– Ves, Marianita, mamá va a venir pronto y nos iremos con ella.

– Seguro que sí, pequeño saltamontes, seguro que sí – la miró con franca ternura su hermana mayor.

Volvió a mirar a su papá con renovada alegría:

– Y si vuelve mamá, ¿ustedes volverían a estar juntos?

Definitivamente no, ya era demasiado tres mentiras en un mismo día, así fueran para alentar la esperanza de una niña en un mundo cayéndose a pedazos. Mariana se cruzó de brazos y levantó las cejas mirando a su papá.

– No, muñequita, tu mamá y yo ya somos solo amigos. Ella tiene su vida y yo la mía. Cuando ella vuelva, me alegraré mucho, pero seguiremos siendo amigos y ya. 

Se había serenado un poco más la sonrisa de Julianita. Sin embargo, la posibilidad de volver a ver a mamá era suficiente para sentir que el día era algo maravilloso y que todos los tomates iban a retoñar para siempre, sin importar cuantos nuevos cadáveres fueran ingresando lentamente por las puertas eternamente abiertas del centro de edificios, como si fueran una eterna gotera.

 

 

 

 

Al día siguiente

 

Durante la última mañana de la temporada de felicidad caía una lluvia fina como agujas de coser, sin embargo, había una luz clara que invadía la naturaleza y algunos escarabajos sobrevolaban el aire matutino. Juan Manuel estaba sentado en su butaca revisando detenidamente todas sus materas para asegurarse que no tuvieran pulgones ni piojos, que él eliminaba manualmente a falta de pesticidas o jabón en polvo, como si fuera un profesor mirando uno a uno sus alumnos. Aquí la matera de tomate cherry, seguida por la de tomate rojo, la de lechuga, las de berenjenas que ya les había pasado la época de estación, los guisantes, el cilantro el limón, las aromáticas de yerbabuena, tomillo, laurel y romero. Miraba con preocupación que la pepa de aguacate en el frasco de agua parecía no retoñar. Sintió algo de melancolía pensar que sostenía un milagro a medias en sus manos. Los milagros son sobresaltos en nuestra cotidianidad, a veces buenos, otras no tanto.  Escuchaba a bajo volumen un elepé de Pablo Milanes. Algo en el sonido de esa guitarra le recordaba sus días universitarios y las idas a tomar cerveza y vino barato al Chorro de Quevedo.

En el sofá estaba recostada Mariana mientras iniciaba a leer nuevamente la Odisea, mientras lamentaba en parte no tener cerca a Berta para discutir algunos pasajes. Pero ya se había acostumbrado a su ausencia porque en sí, ese el destino de todo duelo: un vacío que encuentra forma en el anaquel de nuestra monótona cotidianidad. Se había detenido nuevamente en el pasaje de las sirenas y para hacer distinta la lectura, por fin miraba la letra diminuta de las notas de página y hubo una que le causó sincera fascinación. La etimología de dónde venía la palabra “sirena”. La nota de página decía escuetamente “en griego antiguo significan las que atan/encadenan, quizá relacionado con el persa Sir, Canto, y con el sánscrito, Kimaria, Quimera”. Como pensando para sí misma, respiró profundamente.

– Wow… sirenas, las que atan, las que encadenan… Como el amor.

“O como la esperanza”, pensó luego, pero ya le pareció demasiado cursi y poético decirlo. Y siguió leyendo con cuidado las notas de página, temiendo no acabar demasiado rápido su nueva relectura de la Odisea, porque bien sabía los mamotretos de literatura veterinaria que la esperaban para sus tardes de aburrimiento. Al fondo del apartamento, cerca de la puerta Julianita jugaba con su oso enseñándole a leer con unas revistas infantiles que Juan Manuel había guardado de hace años.

Entonces, claramente escucharon el sonido de unos pasos llegando a su puerta.

Sin lugar a duda eran unos pasos, decididos y pesados.

Alguien había llegado frente a su puerta.

Mariana temblando de emoción cerró su libro, mientras que Juan Manuel levantó la aguja del elepé para asegurarse que lo que estaba escuchando era real. Por un instante todas sus pesadillas de cierta noche de insomnio habían vuelto como un torrente de agua estancada. Pero esta vez no había forma de negarlo como un terror nocturno. Alguien había caminado del pasillo hasta su apartamento y estaba rotundamente de pie frente a la puerta.

En ese momento los tres presenciaron un milagro.

“Julianita, Mariana, ya llegué”. – era mamá.

Era la voz clara de una mujer. María Catalina había vuelto.

“Julianita, Mariana, es mamá” – seguía llamando.

En su perplejidad Juan Manuel dejó caer la pala de las plantas y tropezó con un par de materas, yéndose prácticamente al suelo. Mariana escuchaba esa voz con lágrimas en los ojos y casi a punto de desfallecer. Evidentemente era la voz de mamá, casi sin inflexiones, como si hubiera llegado caminando de muy lejos. Y Juliana parecía un cachorro girando de alegría al lado de la puerta, mientras gritaba “mamá, mamá, mamá” y se empinaba para correr de un golpe el pestillo del primer cerrojo.

Con la celeridad de un rayo de luz, Juan Manuel tuvo un espantoso presentimiento y pensó en la desaparición de Berta y el retorno de su esposo. Gritó con todas sus fuerzas a Juliana, que no abriera la puerta.

Con una sonrisa enorme Juliana ya había girado la llave que siempre estaba puesta por seguridad de todos en el segundo cerrojo. Mientras la voz hueca de afuera repetía insistentemente:

– Julianita, Mariana, ya llegué. Julianita, Mariana, es mamá.

Corriendo con la velocidad de sus piernas temblorosas y la mirada sollozante, desde la terraza hasta la puerta del apartamento, que se le hizo una yarda infinita, una carrera olímpica a la que nunca iba a poder llegar jamás a su meta, Juan Manuel ya no gritaba, sino que aullaba a Juliana, que no abriera esa puerta, que no abriera esa puerta, que no abriera esa puta puerta.

Cuando giró la segunda y última llave, la puerta se abrió de repente.

Allí en la luz gris del pasillo estaba María Catalina con la boca abierta como una muñeca de juguete. Apenas estaba de pie.

Estaba muerta. Espantosamente muerta desde hacía años.

La boca estaba brutalmente abierta como si le hubieran desgarrado las mandíbulas, los ojos endurecidos y arrugados, con la mirada vacía sin reconocer a nadie, y los brazos caídos como remos que terminaban en uñas rotas y afiladas como puñales. Pero repitiendo torpemente como un loro que sabe dos o tres frases carentes de significado, pero que le ayudan a conseguir una galleta al día.

Julianita, Mariana, ya llegué”.

 “Julianita, Mariana, es mamá”.

El cerebro es una oscura caja de sorpresas y los muertos habían evolucionado como insectos voraces para alcanzar las últimas migajas de humanidad, mimetizándose en aquello que pierde a los vivos, el amor, la esperanza y la emoción, regresando desde lejos como una horda de sabuesos infernales, olfateando la sangre de su constelación familiar, golpeando las puertas que alguna vez abrieron, caminando sus propios pasos, olfateando a los de su propia carne y llamando por sus nombres a quienes antes habían amado.

El primer grito de Mariana fue de auténtico horror viendo a un monstruo que parloteaba con la voz de su madre, seguido por otros más de la horda que empezaban a repetir juntos con sus imposibles voces.

“Julianita, Mariana, ya llegué”. “Julianita, Mariana, ya llegué”. “Julianita, Mariana, ya llegué”. “Julianita, Mariana, ya llegué”.

 “Julianita, Mariana, es mamá”.

El segundo grito fue de auténtico dolor cuando el cadáver de la madre tomó a su hija viva de los hombros, clavándole sus uñas mientras como un pelícano hembra unía su monstruoso hocico al de la niña, empezando a devorar rápidamente su nariz y sus mejillas. Julianita cayó de espaldas con su rostro hecho un inmenso boquete sangriento y mirando perpleja a su papá, a Juan Manuel, que acababa de llegar a la puerta con Mariana detrás suyo. Mariana abrazándose en su dolor a un inerte oso de peluche. El horrendo demonio de su madre seguía mordisqueando su cara, mientras sus compañeros de ultratumba empezaban a arrancar pedazos de sus brazos, de su estómago y de sus piernas, casi frenéticos ante el llanto y los gritos de Julianita, sin dejar de repetir enloquecidos y aún con la boca llena de carne, convencidos de la eficacia de su torpe señuelo emocional.

“Jul-iannnNNnitt-aaaa, Mmmarr-r-i-anN-Aa, y-aa ll-eeEg-ué. Jul-iannnNNnitt-aaaa, Mmmarr-r-i-anN-Aa esssssMammMMMMaaa.”

Con toda la fuerza de la carrera en que venía Juan Manuel, lo único que hizo, lo único que podía hacer, fue cerrar violentamente la puerta del apartamento, pasando a toda velocidad los tres cerrojos, sabiendo que ya nada podía salvar a la agonizante Julianita y su único deber era proteger a Mariana.

Si algo era más estridente que los últimos aullidos de Juliana y los gruñidos de los engendros que la devoraban, eran los gritos de reclamo de su hija mayor exigiéndole que abriera esa puerta para salvar lo que quedaba de su hermana. Cuando acabaron los aullidos y los gruñidos, todavía seguían resonando los alaridos de Mariana rogándole que abriera esa puta puerta y que salvara a Juliana.

Así siguieron los gritos de Mariana toda la tarde.

Luego vino el silencio toda una semana.

Todo un mes.

 

Capítulo 3

Hoy viernes en la tarde

 

Todavía asimilando el último y doloroso comentario de su hija, Juan Manuel se puso nuevamente unas bolitas de cera en sus oídos, se levantó estoicamente con su plato para lavarlo, junto con el que mecánicamente seguía sirviendo a su otra hija ausente, que ya estaba frío, para guardarlo para la noche. “La comida no se podía desperdiciar”, pensó y sintió que le volvía a doler el insulto de Mariana porque a lo mejor tenía algo de razón. “Sólo la comida, Juan Manuel, ¿no?, la bendita comida, lo único por lo que vale la pena luchar, lo demás vale nada, ¿o no? En eso del hambre y de comer te pareces tanto, pero tanto a esas cosas de abajo…” Realmente tanto cosechar legumbres y aromáticas, cuando el único fruto de su vida eran sus dos hijas y ahora sólo tener una de ellas viva y odiándole.

Cuando pasó cerca del tocadiscos, sintió algo de temor de qué pasaría cuando se acaben todas las pilas. Sólo quedaría el silencio, ese inmenso fardo de hielo que crecía como una presencia entre él y su hija mayor durante las últimas cuatro semanas. Ese odio abierto porque Mariana sentía que él no había podido salvar a su hermana. Tal vez él no podía salvar a nadie, ni siquiera a sí mismo.

Con rabia Mariana se había secado las lágrimas con las mangas de su chaqueta. Realmente odiaba a su papá.

En ese instante ambos escucharon un torpe sonido.

Alguien movía el picaporte y luego parecía alejarse.

Con los ojos enrojecidos de llorar, Mariana se levantó de la mesa y se acercó lentamente a la puerta. Desde la cocina su papá todavía con los platos en las manos le hacía señas aparatosas que no abriera. Sin embargo, ya estaba cansado de este silencio, de este hielo que crecía entre los dos, y hasta preferiría que al fin entrara una horda de cadáveres y acabara con todo esto.

Mariana aplicó su ojo al diminuto visor de la puerta, enfocando toda su mirada al pasillo aparentemente vacío.

Algo vio y sus labios temblaron, mientras se le escurrieron unas pesadas y calientes lágrimas por sus mejillas.

Al fondo del pasillo mal iluminado había una figura dolorosamente familiar: estaba sentado contra una pared, un mugriento y ensangrentado oso de peluche, como si fuera un triste y torpe señuelo.

Mariana bajó la mano al picaporte de la puerta.

Lo paseó con sus dedos, como podría hacer un suicida con un revólver, sin decidirse al fin si jalar o no del gatillo.

En ese momento, en ese crucial y decisivo momento, Juan Manuel le dijo suavemente “no lo hagas, hija”, tomándola de los hombros con ternura. Ella soltó repentinamente el picaporte, dio la vuelta y le respondió con un enorme, largo y definitivo abrazo a su papá. Parecían un par de campesinos que al atardecer se abrazan y se perdonan mutuamente ante la cosecha perdida.

Al igual que los muertos, nosotros también empezábamos a evolucionar.

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