EL CANTO DE LAS SIRENAS

El canto de las sirenas

EL CANTO DE LAS SIRENAS

 

Capítulo 1

Hoy viernes a medio día

 

Ya habían pasado casi dos años y cuatro meses desde que los muertos se habían levantado de la tierra para asolar a la humanidad, que día a día agonizaba en cualquier lugar donde antes hubiera reinado. Los cielos estaban vacíos de aviones porque ya nadie viajaba de un país a otro y se veían amplios y límpidos, con tonalidades imposibles de azules, blancos y grises que ningún hombre actual pudiera haber visto jamás, porque el mundo no había estado tan sano de smog y de humaredas de fábricas y carros desde hacía tres siglos, cuando comenzó la desaforada carrera de la revolución industrial. Más allá de las fronteras, los mares y los amplios lagos parecían capas azules de lego con sus barcos vacíos de tripulantes yendo al antojo de sus olas y algunos encallando como costillares oxidados en cualquier playa, vacías de turistas y de los odiosos colores de sus toallas y sombrillas. El sol mismo se alzaba brillando con un furioso color dorado sobre las ciudades cada vez más llenas de la tosca maleza que crecía sobre las calles, que reptaba a lo largo de los edificios, de primitivas plantas que echaban raíces y flores dentro de los carros atascados en eternas autopistas que ya no llevaban a ningún lugar. Y de tanto en tanto, se escuchaban los gemidos de hambre de los muertos que caminaban cabizbajos y con la mirada perdida en cada patio, en cada calle, debajo de cada puente, en los campos y en lo profundo de las montañas, a veces empujados por las olas del mar y otras arrastrándose como topos por las alcantarillas, como si fueran los harapientos reyes de las vacías ciudades, donde el hombre vivo empezaba a ser un recuerdo fantasmagórico que se iba desvaneciendo progresivamente. Al fin, la humanidad misma había dejado de respirar para que el planeta volviera a su antiguo equilibrio. Sin embargo, se veían algunos sobrevivientes, auténticos fósiles vivos que, con su sola vida y persistencia, se negaban al cambio mismo que exigía el nuevo mundo.

En la sala de un modesto apartamento en el Centro Nariño, cerca del corazón universitario de Bogotá, tomaban sopa de tomate un papá y su hija en una mesa servida para tres. En la terraza del apartamento en el décimo piso tenían un cultivo orgánico de vegetales que Juan Manuel, veterinario de la Universidad Nacional, sagradamente había plantado desde mucho antes que iniciaran los malos días de la humanidad. Como muchos de sus compañeros de estudio, él era un ferviente creyente de la comida orgánica, de los huertos ecológicos y de los vegetales sin pesticidas o químicos. Por eso se enamoró a primera vista de este apartamento por su terraza donde podía recibir el sol, tener una vista envidiable del parque central lleno de árboles y poder sembrar su huerto orgánico abundante en recipientes con tomate, calabacines, espárragos, guisantes, ajos, cebollas, rábanos, berenjenas, lechugas, además de plantas aromáticas como romero, yerbabuena, tomillo, cilantro, entre otras. Ambas hijas, Mariana y Julianita, abiertamente odiaban ese tipo de comida orgánica y desde hace más de dos años y medio habían tenido que vivir con su papá a la fuerza como si fueran gente del medioevo, “comiendo plantas y raíces”, como solía decir su mamá para referirse al estilo de vida de Juan Manuel, su exmarido el veterinario.  Exactamente el mismo tiempo había pasado desde la mañana en que María Catalina dejó a sus dos hijas en la tercera portería del Centro Antonio Nariño, para irse a una capacitación en un nuevo CRM en la empresa de farmacéuticos en la que trabajaba como gerente regional. Nunca volvió. Como durante ese mes tampoco lo hicieron casi ocho mil millones de personas en el planeta y prácticamente cincuenta millones en Colombia, cuando los muertos se levantaron sin ninguna razón clara, multiplicándose entre sí como si fuera una gripe. El hambre y la sed los movía como posesos por las calles, devorando, devorando y devorando. El mundo se fue quedando vacío de humanidad como un odre sin agua cuando ha sido apuñalado cientos y miles de veces. Así sobrevivían algunas gotas de humanidad escondidas en apartamentos cerrados, en bodegas de las zonas industriales, en las montañas y los campos, algunos en solitarios botes como regresando al mar. Pero, al fin y al cabo, gotas de humanidad y como gotas que eran, se estaban evaporando lentamente bajo el sol de una nueva y cadavérica realidad.

¿Qui-eres-más-so-pa, Ma-ria-na? – le pregunta Juan Manuel a su hija mayor de catorce años, como deletreando la frase, para que se entienda lo mejor posible, porque sabe que está literalmente gritando sobre la música a todo volumen.

Desde hacía un par de semanas escuchaban la música de una forma estruendosa. Si hubiera algún vecino vivo en ese edificio de ocho pisos y ciento sesenta apartamentos, seguramente ya le hubieran enviado a la policía a callarlos. Era una de las pocas ventajas de vivir en una ciudadela muerta de un mundo igualmente muerto. Escuchaban música a un volumen imposible con un tocadiscos que funcionaba con pilas, de las que sorprendentemente tenían una cantidad enorme en el apartamento. Todo tipo de música, pero siempre a todo volumen, agotando una y otra vez la colección de elepés que Juan Manuel coleccionaba desde los días de mochilero y hippie en la universidad. Sobre todo, los de salsa vieja, esa que se baila en los bares cerca de la Nacional y la Distrital, con La Fania All Stars, Tito Puentes, Willie Colón, Richie Ray y Bobbie Cruz. Todo lo que fuera ruidoso, con timbales, trompetas y tambores repicando de vida y alegría en cada golpe. A veces Juan Manuel se reía intentando enseñarle a bailar salsa a sus dos hijas, Mariana y Julianita, cosa que las hacía felices y las hacía olvidar por un instante que el mundo se estaba cayendo a pedazos alrededor suyo. Habían días de nostalgia por los días pasados, por los centros comerciales atestados de humanidad, por aquellos días en que se podía ir de vacaciones a un Melgar o un San Andrés e incluso, hasta por el colegio y la universidad, como si todos los conocimientos se estuvieran estancando en algún punto de la historia. En estos últimos días de noviembre, escuchaban los elepés destartalados de Charles Aznavour, Nino Bravo, Leo Dan, José José y los Bukis, que fueron despiadados durante las dos navidades pasadas. Y definitivamente, esta navidad que se acercaba seguro que sería más cruel que cualquier otra. Sin embargo, siempre estaban escuchando música a cualquier instante para tratar de silenciar el mundo. Por las noches o en los momentos en que no tenían nada más que escuchar, se ponían pequeñas bolitas de cera en los oídos para aislarse por completo. Incluso, a veces las usaban con el elepé sonando. Como si prefiriesen la sordera voluntaria a volver a oír lo que el mundo tiene para contarles.

¿Qué-si-quie-res-más-so-pa-de-to-ma-te? – insistía Juan Manuel haciendo señas como si fuera un sordomudo.

Mariana le respondió con una seca mirada de odio. Una mirada vacía que lo atraviesa por completo y que inunda todo el apartamento. La tarde está oscura. Es de esas tardes de Bogotá que amenazan con llover y solamente se llenan de una terca oscuridad. Dos velas iluminan la mesa, donde hay tres platos, uno de ellos todavía servido en un puesto vacío… Como esos platos que se siguen poniendo por error cuando alguien falta en la casa. Nada ilustra más la idea de un fantasma que un plato lleno con su cuchara al lado en un puesto eternamente vacío. Juan Manuel le señala con la boca que hay más sopa en la olla de la cocina que todavía funciona a gas. La mirada de odio de Mariana no cambia, sino que se intensifica, concentrándose en un rencor que lleva días, como una mala energía que va apoderándose del pequeño apartamento de sesenta metros y una terraza de seis por dos con un huerto orgánico que constituye toda su fuente alimenticia. El apartamento está lleno de cosas tan muertas como las que se arrastran ahora por el mundo. Un televisor sin energía. Un computador sin internet. Un par de celulares sin batería que tampoco tendrían a donde llamar. Un portarretrato familiar donde está Juan Manuel con María Catalina riendo y abrazando a sus dos hijas, a Mariana y a Julianita, los cuatro con enormes chaquetas y gorros por el frío del Neusa y el helado lago gris detrás de ellos. Un portarretrato de una familia muerta y empezando a desvanecerse. Esa tarde el estéreo vociferaba a todo volumen Silvio Rodríguez y su elepé clásico de Al Final de Este Viaje, como si fuera una oscura profecía de los días vividos o de los días por vivir. Al fin la niña se retira las bolitas de cera de los oídos por un instante, abre la boca, no solamente porque tiene que gritar para sobreponerse al sonido del elepé, sino porque la rabia contenida en su corazón le exigía gritar para no ahogarse.

De verdad, Juan Manuel, a lo bien…

Mariana jamás le ha podido decir papá, a lo mejor por la costumbre de escucharlo llamar así a su mamá años enteros como si fuera un completo extraño. Como impulsada por la bronca sigue gritándole:

¿Usted Juan Manuel cree que TODO se arregla con la comida?, ¿tomando más sopa de tomate o calabaza todos los días?, ¿Que todo se olvida repitiendo sopa ahora que somos menos?

Su papá todavía con la cuchara de sopa de tomate a punto de llevarla a su boca, mira a su única hija con los ojos enteramente abiertos y también conteniendo pacientemente una única respuesta.

Sólo la comida, Juan Manuel, ¿no?, la bendita comida, lo único por lo que vale la pena luchar, lo demás vale nada, ¿o no? En eso del hambre y de comer, usted se parece tanto, pero tanto a esas cosas de abajo…

La niña hace un ademán de furia y de tirar de un manotazo el plato lleno de sopa. El papá queda estático un instante temiendo ver derramado toda la sopa en el piso. Son meses los que tarda un tomate en nacer y ser comible con las inclemencias del clima bogotano que va del sol picante a la lluvia que arrasa. A pesar que se ha venido normalizando en los últimos meses, ahora que la maleza y la vegetación han ido recuperándose ante el vacío de la humanidad y en algunos casos, han cubierto tramos amplios de cemento y ladrillo. Como si Mariana también lo supiera, detiene el manotazo ella misma, tragándose por completo su furia. Con delicadeza lo corre hacia adelante, se pone nuevamente las bolitas de cera en los oídos y se echa a llorar amargamente sobre la mesa, junto a su libro de la Odisea.

El elepé de Silvio Rodríguez acaba de terminar. Por fin entra el silencio y detrás, vienen los otros ruidos del mundo. La lluvia que cae a goterones y repiquetea contra los plásticos del destilador del agua potable, sobre las hojas de las plantas y los vegetales que crecen en sus materas sin importarles la decadencia de la humanidad y la maleza que resurge entre los baldosines rojos de la terraza. Y junto con el vapor tibio de la lluvia, también ascienden desde el parque y los patios, los roncos bramidos y largos quejidos de hambre que producían miles de bocas, como si fueran un mar humano en constante descomposición.

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relatos macabros 2

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