EL FANTASMA DEL SEGUNDO PISO

EL FANTASMA DEL SEGUNDO PISO

“Un fantasma es una vaguedad de mil formas y nadie sabe a ciencia cierta cuándo se está empezando a convertir en uno más”.

Recuerdo que cuando era niño, me recogía la ruta 8 del Refous justo en la esquina de la 55 con carrera 20. A esa hora de la mañana sentía que mi estómago era una montaña rusa de altibajos por la angustia que me daba solamente pensar si había terminado mis tareas de matemáticas o rayado bien los mapas de geografía, sumados a ese frío templado de la Bogotá de los años ochenta a las seis de la madrugada. Creo que ahora no hace tanto frío como en ese entonces, de pronto porque las ciudades de ahora tiene más ladrillo y menos árboles, enloqueciendo al clima del planeta. El caso es que, desde mis días de la primaria hasta los últimos en el bachillerato del Refous, había algo que me fascinaba en esa esquina helada de mi paradero del bus escolar. Al frente había una casa de dos pisos, altas rejas verdes, un jardín tipo terraza con pasto y flores silvestres naranjas, de esas que crecen al lado de la maleza, en cualquier parte de Bogotá. Todavía me parece ver esa casa, y en una de las ventanas siempre estaba una anciana que me resultaba de lo más de dulce. Una vez me miró, yo le devolví la mirada, y desde entonces, siempre nos saludábamos por la mañana cuando iba al colegio y luego cuando yo regresaba con ese sol cansado de las 4 de la tarde con la maleta llena de tareas y mi cabeza de preocupaciones. Nunca entré a esa casa ni tampoco nos presentamos. Nunca supe su nombre, ni ella el mío, pero siempre nos saludábamos como dos náufragos de islas distantes, la mía del estudiante angustiado que vivía perdiendo todas las materias, y la de ella, pobre mujer anciana muriéndose de aburrimiento frente a su inmensa ventana, donde no pasaba absolutamente nada. A veces la veía con una enfermera que parecía cuidarla. Esas tardes su saludo era menos alegre. Casi todos los días estaba ella con su saco negro de rombos grises y sus gafas a medio poner. La vejez es una serie de costumbres inamovibles: hay un saco que sí calienta, los demás no; hay un par de zapatos rotos que son ideales para caminar, porque los nuevos no entienden de la artritis; hay unas gafas de hace mil años que no cansan, en cambio todas las nuevas y de marca, se deslizan sobre la nariz o son muy pesadas. Es como si la aceptada monotonía de la vejez nos fuera preparando para la última y estática imagen de cuando al fin, nos hacemos fantasmas.

“Porque todo va muriendo a nuestro alrededor, nosotros también cada día, como atendiendo el canto inevitable de la ceniza y del mármol”.

Uno nunca sabe cuándo deja de hacer algo para siempre. Cuando me gradué fui a vivir a otro barrio, y luego a otro, como un insecto que progresivamente va saliendo de un estado larvario hacia un constante vuelo. Nunca me despedí de mi amiga anciana de la ventana. En ese entonces, para mí ella era tan parte de mi cotidianidad, como yo de la suya. Desde el primer saludo estábamos llamados a desvanecernos con la prontitud de una pompa de jabón. Algún día por razones de trabajo tuve que volver a mi antiguo barrio, y sentí como un regreso al útero, a ese dulce mar de sangre y oscuridad que te alimenta del mundo y también atenúa sus verdades. Todo había cambiado, todo.

“A fin de cuentas, la muerte no es un punto final, sino una evolución del alma; es un camino a seguir, ya no por los generosos ríos de la vida, sino por sus estrechos cañaverales, surcando lentamente y en silencio, para no incomodar a los vivos con el ruido de nuestros huesos”.

El parque de altos árboles, columpios amarillos, una rueda oxidada de donde nos colgábamos y en su centro, un enorme quiosco donde nos guarecíamos de la lluvia, junto a una cancha de basquetbol; todo ese parque y la memoria de los niños que allí habíamos jugado, había desaparecido por completo, porque en su lugar quedaba un inmenso parqueadero de carros y motos que me parecían cada vez más grises por la lluvia que caía en ese momento. Muchas de esas casas de techo holandés y jardín frontal habían sido derrumbadas, para construir nuevos y altos edificios de hasta ocho pisos, todos tan mortalmente fríos e iguales en su diseño. Sentí que mi corazón se partía cuando vi mi antigua casa ahora convertida en un pequeño centro de oficinas. Supe para siempre que el mundo exterior había empezado a borrar cada paso mío desde el origen. Creo que lloré un poco y en silencio viendo mi nido consumido por el olvido. Recordé la implacable metáfora de Freud, donde dice que la memoria es como la arquitectura de Roma, donde a la vez vive lo antiguo y lo nuevo.  Ese humilde barrio empezaba a ser mi Roma, donde a la vez que caminaba las calles de siempre, ya sabía que eran otras, veía en ellas nuevos edificios y nuevas tiendas, comprendía que los vecinos se habían ido para siempre y que en ellas corrían niños y niñas que jamás había visto.

“Pero de tanto en tanto, surge un milagro que une los ríos de los vivos y los cañaverales de los muertos, como dos emisiones que se encuentran en un mismo dial de la radio y hacen un ruido imposible, como dos mapas calcados en papel mantequilla y que al mirarlos al trasluz son distintos y a la vez producen una borrosa luz en algunos puntos”.

Ya casi estaba a punto de irme de mi antiguo barrio, cuando motivado por una última nostalgia, me acerqué a la esquina de mi paradero, la de la 55 con 20. Habían tumbado la casa de rejas verdes y terraza de flores naranja en donde había vivido años enteros mi anciana y distante amiga, que seguramente ya habría muerto hace al menos unos 15 o 20 años. En su lugar habían construido otro de esos edificios nuevos de ladrillo bermejo, porque la ciudad también va dejando atrás su pasado, como los caparazones muertos de un ser que no para de crecer. Ya con los ojos secos me quedé mirando por unos instantes el nuevo edificio, y ahí la vi, a ella, con su eterno saco negro de rombos grises y sus gafas a medio poner, saludándome con alegría desde la ventana de un segundo piso de un apartamento. Ella había muerto hace años y seguía mirando por una ventana a la misma altura y en la misma dirección, como un globo falto de aire que queda estático en su ascenso al cielo, como una cometa de agosto estancada para siempre en las ramas de un árbol, como la nube de polvorienta luz que deja un planeta muerto en su lugar del universo, como una delicada llama azul sostenida en el aire por un aliento divino que se resiste a dejarla caer. Así nos miramos nuevamente, como la primera vez desde hace más de treinta años, ella desde la ribera del cañaveral y yo todavía desde las aguas del río. Mi amiga me saludó con redoblada alegría, y yo me despedí de ella con un beso al aire.

 

 

 

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