EL POSEÍDO BAJO LOS ÁRBOLES

El poseído bajo los árboles

EL POSEÍDO BAJO LOS ÁRBOLES

 

Capítulo I

Esa tarde de agosto la lluvia caía torrencialmente en Yarumal y el joven hombre apenas podía escuchar con el celular en alta voz a su interlocutor, a la vez que maniobraba como mejor podía el viejo jeep entre las sinuosas y escarpadas carreteras de Antioquia. Llevaba más de una hora conduciendo desde la clínica veterinaria en Barbosa hasta una imposible dirección dictada a señas de una finca llamada la Hortensia, desde donde llamaba el dueño absolutamente desesperado: uno de sus mejores caballos estaba aquejado por un peligroso malestar estomacal y terribles cólicos que podían conducirle a la muerte en cuestión de horas.

– Doctor, dígame, ¿por dónde va? Este animal resopla de dolor a cada minuto. ¿Por dónde va?

Casi a grito pelado le respondía el veterinario, mientras trataba de visualizar en cada compás que daba el parabrisas un tramo de la ascendente carretera, por la lluvia que bajaba despiadada del plomizo cielo de nubes grises sobre la cordillera central de los Andes.

– Ya voy por la carretera del Chimborazo. ¿Qué fue lo que le pasó a su animal?, ¿está deshidratado?, ¿tiene temblores y espasmos en el estómago?… ¿Ha vomitado algo?

– No, nada doctor. Está echado ahí en el pajar y no ha vomitado nada.

– Mierda… ¿en serio?, ¿nada de vómitos?

– ¿Es grave que el animal no vomite, doctor?

A medida que el jeep subía por la carretera rumbo a la finca La Hortensia, donde un caballo agonizaba lentamente, el cielo se iba cubriendo cada vez más por espesas nubes cargadas de agua. La lluvia caía en pesadas gotas, como los golpes de un macabro piano contra el panorámico del automóvil. No bien los parabrisas retiraban un tramo del agua, cuando ya el panorámico estaba totalmente cubierto de negra lluvia y lodo. Juan Fernando recordaba las clases de zootecnia en su universidad, donde uno de los momentos más difíciles era la incapacidad del animal para vomitar. El intestino delgado de un caballo va de los 19 a los 30 metros y puede almacenar casi 60 litros. Un ligero escalofrío le recorría el cuello pensando que tal vez llegar a esa finca sin dirección no sea su problema más grave el día de hoy. Apenas le respondía a su cliente algo como:

– No me vaya a colgar. Espere ahí para que me siga dando las indicaciones. Este clima está muy, pero muy berraco para llegar allá. Lo que me preocupa es la niebla, la niebla que está bajando de la montaña.

Ya eran casi las seis de la tarde y el cielo se oscurecía minuto a minuto, cubriéndose de grises circunvoluciones, como una mortaja apretando los rostros secos de mil cadáveres con sus quijadas perpetuamente abiertas. El jeep desacelera porque está comenzando la carretera para subir a la montaña. Parecía desde arriba un pequeño insecto amarillo subiendo tortuosamente por un inmenso árbol de sinuosas raíces y achaparradas ramas. Al lado izquierdo de la carretera se veían inmensas canteras de piedra caliza, donde de tanto en tanto se levantaban bosques de poderosos y verdes yarumos que le dan su nombre a la región. Y hacia abajo, el abismo. Como una vista ciclópea e inmemorial a los primeros tiempos del planeta, así se divisaba el profundo valle. Bastaba un ligero desliz de las llantas contra la tierra, porque ya desde hacía kilómetros atrás no existía el asfalto, para significar una muerte violenta y atroz. Antioquia es una región soñada por gigantes, donde destacan sus descomunales y verdaderamente monstruosas cordilleras andinas, formadas en el Cretácico en un mundo viejo, cuando la humanidad ni siquiera era la brizna en un sueño de los dioses. Con una voz lastimera, casi aniñada, el dueño de la finca preguntaba al otro lado de la línea:

– ¿Por dónde va, doctor? Este caballo se está muriendo. Se está muriendo, ¿si me entiende, compadre?

– Espere, ya veo aquí el letrero de la hacienda de La Cuiva. ¿Ahora por donde subo?…

– Avance, doctor, unos 500 metros. Coja por la primera hacia la izquierda. Suba unos 10 kilómetros que son de sólo curvas. Va a ver unas haciendas de cafetales con techo rojo. Por la segunda entrada se mete ahí y sigue subiendo hasta que vea la Hacienda del Boquerón. Avance otros 2 kilómetros. Ahí va a encontrar una tienda que tiene un anuncio de cerveza. Esa es la última tienda que hay en todo el trayecto. Tome entonces el atajo a la izquierda, avance 1 kilómetro entre las veredas y se detiene en el primer cruce. Cuando esté allí, me marca y yo envío a alguien por usted en jeep para guiarlo hasta la finca. Llegar allá le toma una hora y media aproximadamente.

– Ok, señor. Cuelgo y lo llamo cuando esté allá, para no gastar batería.

Juan Fernando cuelga el celular, toma aire y pestañea un par de segundos como para entender su situación actual. Desde hace muchísimos años que no viajaba a Yarumal, a la Ciudad Retablo, la Estrella del Norte o la Sultana del Norte. Tiene muchos nombres para ser simplemente como la llamaba su abuela, oriunda de allá: “un lugar frío, feo y faldudo”. Lamentablemente esa descripción encajaba perfectamente con ese lugar en esta precisa hora de las siete de la noche, con la lluvia que arreciaba desde lo alto y la neblina que se iba disipando por las sinuosas carreteras, como los tentáculos de un calamar abriendo una concha para comer la blanca y salada carne de la ostra. Arriba el cielo antioqueño estaba negro y encapotado, recortándose contra las montañas de la cordillera central. El médico aspiraba el olor a menta dulce de los inmensos eucaliptos que se ciernen en amplísimas franjas de bosque a diestra y siniestra, rodeados de los inmensos yarumos, acacias, almanegras, abedules, caobos, cauchos, araucarias, cedros, guayacanes, robles y borracheros, que crecen solemnes y silenciosos entre la tierra negra, como conteniendo eternamente la respiración. Antes de prender nuevamente el jeep, el doctor siente el murmullo del agua corriendo por la tierra, en los pozos que se forman en la berma del camino, en las ciénagas más allá de los bosques y en las secretas quebradas donde no llega la luz a ninguna hora.

Prende el jeep y sigue avanzando hacia su incierto destino.

Como si algo oprimiera dolorosamente su corazón, recuerda por instantes la casa de sus abuelos en San Jerónimo con sus amplios solares y su clima sofocante. El olor dulzón de la lluvia cuando se levanta como vapor sobre los ladrillos de la calle. Las historias de las abuelas antes de ir a dormir, casi a escondidas de su mamá. Historias de terror. Profundo terror. De espantos que custodiaban guacas escondidas en casas abandonadas; de monstruos de inmensos colmillos y largos cabellos que acechaban a los leñadores en la oscuridad de cualquier pantano; de brujas que caminaban por los tejados para robar a los niños, beber su sangre y abandonarlos a medio morir entre el monte, y de muchas historias más. Era imposible no mirar con desconfianza ese paisaje lluvioso y contado desde siempre en la voz de sus abuelas, mucho más ahora que estaba volviendo a él, después de años de estudio en Medellín para graduarse de médico veterinario. Todos sus estudios, sus teorías, su aparente civilización se iban disminuyendo y palideciendo a medida que avanzaba ante semejante paisaje de agua y lluvia prehistórica, de vegetación inmemorial que se alzaba contra un firmamento profundamente oscuro y sin estrellas. Juan Fernando se sentía como un pescado que regresaba del cómodo acuario al poderoso mar, apenas recordado en su inmensidad.

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Léelo completo en:

relatos macabros 2

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