EL POSEÍDO BAJO LOS ÁRBOLES

El poseído bajo los árboles

«Cuando la tarde languidece,

Renacen las sombras».

– Moliendo Café.

José Manzo Perroni (1958)

 

EL POSEÍDO BAJO LOS ÁRBOLES

 

Capítulo I

Esa tarde de agosto la lluvia caía torrencialmente en Yarumal y el joven hombre apenas podía escuchar con el celular en alta voz a su interlocutor, a la vez que maniobraba como mejor podía el viejo jeep entre las sinuosas y escarpadas carreteras de Antioquia. Llevaba más de una hora conduciendo desde la clínica veterinaria en Barbosa hasta una imposible dirección dictada a señas de una finca llamada la Hortensia, desde donde llamaba el dueño absolutamente desesperado: uno de sus mejores caballos estaba aquejado por un peligroso malestar estomacal y terribles cólicos que podían conducirle a la muerte en cuestión de horas.

– Doctor, dígame, ¿por dónde va? Este animal resopla de dolor a cada minuto. ¿Por dónde va?

Casi a grito pelado le respondía el veterinario, mientras trataba de visualizar en cada compás que daba el parabrisas un tramo de la ascendente carretera, por la lluvia que bajaba despiadada del plomizo cielo de nubes grises sobre la cordillera central de los Andes.

– Ya voy por la carretera del Chimborazo. ¿Qué fue lo que le pasó a su animal?, ¿está deshidratado?, ¿tiene temblores y espasmos en el estómago?… ¿Ha vomitado algo?

– No, nada doctor. Está echado ahí en el pajar y no ha vomitado nada.

– Mierda… ¿en serio?, ¿nada de vómitos?

– ¿Es grave que el animal no vomite, doctor?

A medida que el jeep subía por la carretera rumbo a la finca La Hortensia, donde un caballo agonizaba lentamente, el cielo se iba cubriendo cada vez más por espesas nubes cargadas de agua. La lluvia caía en pesadas gotas, como los golpes de un macabro piano contra el panorámico del automóvil. No bien los parabrisas retiraban un tramo del agua, cuando ya el panorámico estaba totalmente cubierto de negra lluvia y lodo. Juan Fernando recordaba las clases de zootecnia en su universidad, donde uno de los momentos más difíciles era la incapacidad del animal para vomitar. El intestino delgado de un caballo va de los 19 a los 30 metros y puede almacenar casi 60 litros. Un ligero escalofrío le recorría el cuello pensando que tal vez llegar a esa finca sin dirección no sea su problema más grave el día de hoy. Apenas le respondía a su cliente algo como:

– No me vaya a colgar. Espere ahí para que me siga dando las indicaciones. Este clima está muy, pero muy berraco para llegar allá. Lo que me preocupa es la niebla, la niebla que está bajando de la montaña.

Ya eran casi las seis de la tarde y el cielo se oscurecía minuto a minuto, cubriéndose de grises circunvoluciones, como una mortaja apretando los rostros secos de mil cadáveres con sus quijadas perpetuamente abiertas. El jeep desacelera porque está comenzando la carretera para subir a la montaña. Parecía desde arriba un pequeño insecto amarillo subiendo tortuosamente por un inmenso árbol de sinuosas raíces y achaparradas ramas. Al lado izquierdo de la carretera se veían inmensas canteras de piedra caliza, donde de tanto en tanto se levantaban bosques de poderosos y verdes yarumos que le dan su nombre a la región. Y hacia abajo, el abismo. Como una vista ciclópea e inmemorial a los primeros tiempos del planeta, así se divisaba el profundo valle. Bastaba un ligero desliz de las llantas contra la tierra, porque ya desde hacía kilómetros atrás no existía el asfalto, para significar una muerte violenta y atroz. Antioquia es una región soñada por gigantes, donde destacan sus descomunales y verdaderamente monstruosas cordilleras andinas, formadas en el Cretácico en un mundo viejo, cuando la humanidad ni siquiera era la brizna en un sueño de los dioses. Con una voz lastimera, casi aniñada, el dueño de la finca preguntaba al otro lado de la línea:

– ¿Por dónde va, doctor? Este caballo se está muriendo. Se está muriendo, ¿si me entiende, compadre?

– Espere, ya veo aquí el letrero de la hacienda de La Cuiva. ¿Ahora por donde subo?…

– Avance, doctor, unos 500 metros. Coja por la primera hacia la izquierda. Suba unos 10 kilómetros que son de sólo curvas. Va a ver unas haciendas de cafetales con techo rojo. Por la segunda entrada se mete ahí y sigue subiendo hasta que vea la Hacienda del Boquerón. Avance otros 2 kilómetros. Ahí va a encontrar una tienda que tiene un anuncio de cerveza. Esa es la última tienda que hay en todo el trayecto. Tome entonces el atajo a la izquierda, avance 1 kilómetro entre las veredas y se detiene en el primer cruce. Cuando esté allí, me marca y yo envío a alguien por usted en jeep para guiarlo hasta la finca. Llegar allá le toma una hora y media aproximadamente.

– Ok, señor. Cuelgo y lo llamo cuando esté allá, para no gastar batería.

Juan Fernando cuelga el celular, toma aire y pestañea un par de segundos como para entender su situación actual. Desde hace muchísimos años que no viajaba a Yarumal, a la Ciudad Retablo, la Estrella del Norte o la Sultana del Norte. Tiene muchos nombres para ser simplemente como la llamaba su abuela, oriunda de allá: “un lugar frío, feo y faldudo”. Lamentablemente esa descripción encajaba perfectamente con ese lugar en esta precisa hora de las siete de la noche, con la lluvia que arreciaba desde lo alto y la neblina que se iba disipando por las sinuosas carreteras, como los tentáculos de un calamar abriendo una concha para comer la blanca y salada carne de la ostra. Arriba el cielo antioqueño estaba negro y encapotado, recortándose contra las montañas de la cordillera central. El médico aspiraba el olor a menta dulce de los inmensos eucaliptos que se ciernen en amplísimas franjas de bosque a diestra y siniestra, rodeados de los inmensos yarumos, acacias, almanegras, abedules, caobos, cauchos, araucarias, cedros, guayacanes, robles y borracheros, que crecen solemnes y silenciosos entre la tierra negra, como conteniendo eternamente la respiración. Antes de prender nuevamente el jeep, el doctor siente el murmullo del agua corriendo por la tierra, en los pozos que se forman en la berma del camino, en las ciénagas más allá de los bosques y en las secretas quebradas donde no llega la luz a ninguna hora.

Prende el jeep y sigue avanzando hacia su incierto destino.

Como si algo oprimiera dolorosamente su corazón, recuerda por instantes la casa de sus abuelos en San Jerónimo con sus amplios solares y su clima sofocante. El olor dulzón de la lluvia cuando se levanta como vapor sobre los ladrillos de la calle. Las historias de las abuelas antes de ir a dormir, casi a escondidas de su mamá. Historias de terror. Profundo terror. De espantos que custodiaban guacas escondidas en casas abandonadas; de monstruos de inmensos colmillos y largos cabellos que acechaban a los leñadores en la oscuridad de cualquier pantano; de brujas que caminaban por los tejados para robar a los niños, beber su sangre y abandonarlos a medio morir entre el monte, y de muchas historias más. Era imposible no mirar con desconfianza ese paisaje lluvioso y contado desde siempre en la voz de sus abuelas, mucho más ahora que estaba volviendo a él, después de años de estudio en Medellín para graduarse de médico veterinario. Todos sus estudios, sus teorías, su aparente civilización se iban disminuyendo y palideciendo a medida que avanzaba ante semejante paisaje de agua y lluvia prehistórica, de vegetación inmemorial que se alzaba contra un firmamento profundamente oscuro y sin estrellas. Juan Fernando se sentía como un pescado que regresaba del cómodo acuario al poderoso mar, apenas recordado en su inmensidad.

Seguía lloviendo cada vez más fuerte. Como si la naturaleza misma le rogara no continuar avanzando, como gritándole que abandonara su misión de ir a salvar un caballo que acaso ya estuviera muerto, y que se devolviera a su capital, a su mundo civilizado de Internet, de conexiones y de pasos seguros. Sin embargo, el médico veterinario seguía afincado en su propósito de llegar, aún con el corazón latiendo de miedo y fragilidad, porque a cada kilómetro sentía que algo iba perdiendo, alejándose progresivamente de todas esas murallas que nos defienden de la soledad y la oscuridad donde anidan monstruos y espantos. La primera señal que tuvo fue cuando la emisora dejó de funcionar. Ya las enormes y frías montañas iban cerrando toda señal, como cinco afilados dedos que cierran para siempre todo grito y súplica en una garganta.

A lo lejos se veían las últimas fincas de cafetales con sus hermosas pepas rojas bajo las hojas verdes. El olor amargo del café bajo la lluvia impregnaba el ambiente. Fincas con techo rojo a dos aguas como los últimos vestigios de la civilización. Unas fincas cada vez más lejanas entre sí, como abandonándose las unas a las otras, entre más y más curvas del bosque de montaña en el que se internaba el jeep bajo la lluvia y la noche. Juan Fernando recordó por un momento una de las premisas de la colonización antioqueña. Cuando una familia era lo bastante numerosa y sus hijos estaban en edad de ser padres, se despedían del hogar e iban avanzando hacia el sur para armar su propio minifundio y dedicarse a la agricultura. Ese pensamiento progresista, mezcla de sangre española, criolla y africana, siglos más tarde iba a mostrarse como uno de los hechos de mayor trascendencia para el país. Sin embargo, cada vez las casas eran más escasas y a su vez, más ruinosas y distantes en su humanidad, como si ya fueran parte misma del musgo, la tierra negra y los helechos. El corazón del médico latía como si fueran campanadas de sangre.

Al cabo de un tiempo, los ojos de Juan Fernando se habían acostumbrado a la lluvia y la noche, y se dio cuenta tarde que el último poste de luz lo había dejado hacía un par de kilómetros. Solamente viajaba con las luces altas del jeep, con los ojos abiertos como un sonámbulo. Hacia adelante. Siempre hacia adelante. No creía haber tomado ninguna curva. Es fácil tomar una curva en semejante oscuridad de tumba salitrosa. Hacia adelante. Siempre hacia adelante. Igual que la lluvia. En Yarumal la lluvia se teme porque no para. Es un municipio a 2.350 metros sobre el nivel del mar, en una zona principalmente acuífera por el río Cauca, testigo principal de la explotación del oro, y se encuentra sumergida en un clima de bosque húmedo, lleno de cuencas, humedales y arroyos, que nutren la lluvia de una forma cíclica. La lluvia ciega, la lluvia te pierde y la lluvia te mata, silenciosamente y a cuenta gotas.

Juan Fernando no encontraba la tienda con el anuncio de cerveza, desteñido seguramente con el tiempo y la constante lluvia. ¿Dónde estaba esa tienda para llamar al señor de la finca?, ¿sería que, por estar absorto en sus pensamientos de la casa de las abuelas, lo pasó de largo, o simplemente estaría esa tienda oculta tras algunos inmensos helechos o encumbrada en una alta berma?

– Maldita sea esta mierda de viaje. Esa puta tienda no existe en ningún lugar y ya son casi las nueve de la noche.

Toma su celular y marca. No hay señal. Marca de nuevo. No hay señal. Marca dos, tres, cuatro, cinco y hasta diez veces. No hay señal. Las montañas de Antioquia han dado su último aviso a su prisionero en la noche.

Casi a punto de llorar, se aferra al timón del jeep y maldice a grito herido, sabiéndose infinitamente perdido en la mitad de unas veredas que no conoce, desposeído de toda la tecnología que lo hacía sentir seguro; sintiéndose ahora un hombre desnudo y caminando a gatas entre las zarzas y la noche, en un laberinto tan inmenso que no precisa de muros ni vericuetos. No sabe si devolverse por un camino incierto o seguir avanzando con la esperanza de encontrar una señal. Sin saber siquiera por qué, sigue avanzando.

Creyendo ver algo parecido a una tienda, una cabaña o un par de latas juntas con unos troncos, donde un par de lugareños podrían sentarse a tomar unas cervezas, decide tomarlo como un punto de referencia. Intenta sin novedad marcar. No hay señal. Avanza y toma por la primera entrada a la izquierda, internándose en la más profunda oscuridad. Veredas y más veredas, ausentes de la mano humana, como si hasta aquí hubiera llegado el hacha de los colonos antioqueños del siglo XIX, como si algo también los hubiera hecho retroceder a ellos de espanto y replegarse hacia el norte. Otra vez, los oscuros pensamientos se van colando, de los cuentos a media voz de las abuelas, de los espantos que reclaman su sepultura, de las risas de las brujas en lo alto de los árboles, de los cientos de niños perdidos en ríos, en montes y en quebradas.

Cada tanto se detenía Juan Fernando a marcar, ya sin esperanza de tener señal, como usando un pequeño objeto muerto en su tecnología, despojado de su carácter milagroso de conectarse con el mundo entero. Al fin, derrama algunas lágrimas, como si la lluvia exterior al jeep, finalmente se hubiera colado no solamente en el vehículo, sino en él, pobre médico de ciudad, desatando todos los miedos, todo el lodo y toda la fatalidad. No hay señal. No hay señal.

Miraba a doquier buscando en donde parar. No podía quedarse a esperar hasta el amanecer en cualquier lado. Otra vez, los mismos pensamientos que creía haberlos abandonado hace años. Recordaba mucho una vieja historia que le contaba la abuela, de tres infortunados que viajaban con sus alforjas hacia la Loma Hermosa, no recordaba donde queda. Cuando se internaron en lo más profundo del bosque, cayó la noche. Tenían miedo, justo como él ahora, de ser atacados en la noche y buscaron un lugar donde guarecerse mientras amanecía. Finalmente encuentran una humilde cabaña de dos pisos. Dos de los viajeros son un tío con su sobrino, profundamente católicos, que deciden quedarse en el primer piso, donde se disponen a rezar el rosario. Sin embargo, el tercer viajero, un amigo díscolo, decide pasar la noche en el tercer piso a tomar aguardiente. A eso de las dos de la mañana, el sobrino siente que algo gotea sobre su cara. Alarmado despierta a su tío, que prende una cerilla y ve al niño con la cara roja de sangre, que gotea desde el segundo piso. Prende una segunda cerilla y sube, levantando la puerta de madera. Sólo hay oscuridad y algo que cree escuchar como un crujir de dientes. Prende la tercera cerilla y grita antes de quedarse para siempre sumido en la más profunda oscuridad. Ve algo parecido a una hembra casi humana, cubierta por un espeso y largo pelambre, devorando con sus fuertes colmillos los restos de su amigo. Una historia como esas no se olvida nunca. Y menos ahora, sintiéndose perdido en el corazón de la Sultana del Norte, la tierra de las historias de la familia materna, como un subterráneo manantial hirviendo con sus aguas estancadas, donde de tanto en tanto, se levantan burbujas con luces extrañas y de olor acre. Así son los recuerdos de la infancia cuando levantan su hosco rostro para afirmarse en la adultez.

Más oscuridad. Más veredas. Más lluvia. Más miedo.

Hasta que, al fin, encuentra una luz a unos metros del camino. Como una luciérnaga desde lejos. Donde hay una luz, hay humanidad. O al menos, eso pensó Juan Fernando, aquella noche en este extraño mundo.

Capítulo II

Desvió su jeep sobre el camino de tierra hacia aquella quinta, avanzando entre el lodo hasta llegar a la puerta de rejas de la quinta. Era una finca ciertamente derruida, de una sola planta, con techos de pesadas tejas grises que replicaban aterradoramente el sonido de la lluvia. A lado izquierdo crecían un par de olmos y yarumos de profundas raíces y altas ramas, que seguramente daban sol a la quinta en un día de verano. A unos cuantos metros de la casa había un pozo de agua lluvia, que a esta hora debía estar desbordándose por los lados, como un barboteante caldero de brujas, con todas las ramas, plumas, lagartijas y pájaros muertos que van quedando en su oscuro fondo. El médico desciende del vehículo dejándolo con las luces altas. Siente la lluvia pesada sobre sus hombros, como las manos azules de un espectro haciendo presión sobre su cuerpo. Escucha el ladrido de un perro anunciando la llegada de él, un intruso en aquel bosque antioqueño, buscando posada bajo la lluvia por una noche. Se acerca a la puerta de madera rústica y golpea un par de veces. Del techo de la finca cuelgan unos canastos de mimbre con algunas hortensias que se ven púrpuras a esta hora de la noche, oscureciendo su bello azul original. Nadie responde, únicamente el repetido ladrido del perro. Las ventanas no tienen rejas, sino que están protegidas por tablas clavadas sin mayor orden y a bruscos martillazos, como una rústica cárcel. La lluvia. La noche. La inmensa soledad de ser un extraño. Golpea una vez más. Parece que no hay nadie. El hombre respira profundamente y antes de devolverse al jeep, lo intenta una última vez. Golpea. Al fin alguien responde desde adentro con una voz fuerte y seca. Es una mujer mayor.

– ¿Quién es?, ¿qué quiere?

– Doña, mi nombre es Juan Fernando Bedoya, soy médico veterinario. Iba a atender una llamada de urgencia en una finca, la Hortensia, ¿si la conoce?

– No.

– Pues, mi señora… el caso es que creo que me perdí y no tengo señal. Y con esta lluvia, pues quisiera saber si usted me deja pasar la noche acá.

– …

– Es sólo por esta noche, por favor.

Un momento de duda. Al fin la señora abre la puerta.

– Siga, doctor, pase. Está en su casa. Somos muy humildes. Vivo sola con mi hijo. Ah, y mi perra que nos cuida de los extraños. Usted entenderá, no todos son amables por aquí. Entre que se está lavando ahí afuera.

El doctor apaga el jeep y las luces. Entra. Es una casa bastante humilde y de una mirada es fácil recorrer todo el escenario: el piso está en baldosa rojiza de color ladrillo, apenas iluminada por un par de viejas lámparas de aceite. Una cocineta blanca al fondo, con almanaques vencidos de El Granjero y afiches de Pielroja. Y en el centro, una pesada mesa de madera envejecida, en donde un indiferente niño de unos diez años en sudadera roja dibuja sus tareas con un par de crayones. Se acerca a olerlo la perra labradora. Juan Fernando extiende la mano amablemente para acariciarla. Al extremo se ve una puerta cerrada que debe conducir a un zaguán, como es costumbre en la construcción de esos minifundios improvisados en el monte.

– Muchas gracias, mi señora.

– ¿Quiere una taza de agua de panela, doc? No es mucho lo que tenemos, realmente.

– Gracias, así está bien.

Juan Fernando saluda al niño de la sudadera roja, que ignora por completo al recién llegado y sigue haciendo rayones fuertes y en desorden sobre un cuaderno rayado. Tiene la mirada casi vacía, indiferente a la fuerte lluvia, a los ladridos amistosos de la perra y al mundo exterior, como una concha indiferente a la violencia del mar.

– Quiubo mijo – saluda más duro Juan Fernando.

El niño no lo mira en absoluto, es como si no lo escuchara, como si Juan Fernando fuera un fantasma sin voz y sin sombra. La señora amablemente toma al médico del brazo y le habla en un tono neutro:

– No se desgaste, doc. Mi hijo… pobrecito mi hijo, es así. Tiene problemas de concentración. Él a veces habla, pero vive como en su mundo, ¿si me entiende?

– ¿Autismo?

– ¿Perdón?… No, no sé qué sea eso realmente. Sólo sé que el pobrecito no está bien. A veces de pronto le da por garlar, y habla bobadas, tontadas, pues.

–  Qué pena… ¿Nació así?

– No. En realidad, no, no fue así. Pero es una historia muy larga, muy complicada como para aburrirlo con eso esta noche. Dejemos así. Tómese su agua de panela y más bien esperemos a que pase esta lluvia. ¿Qué lo trajo hasta por estos lares?

– ¿Qué le dijera yo, comadre? Me llamaron a la clínica donde trabajo, que allá nos especializamos en animales grandes como caballos, vacas, ovejas, por ese estilo. Me dijeron que en una finca hay un caballo que está mal del estómago, según el dueño, se está como muriendo, pues. Entonces me estaba dando las señales y bueno, creo que me perdí. A propósito, comadre, ¿tiene aquí teléfono?

– No, mijo. Nada. Aquí sólo llega el viento y la lluvia. Teléfono, ¿pa’ llamar a quién? Aquí estamos es desconectados de todo y de todos.

Le alcanza el vaso de agua de panela en un pocillo despicado en los bordes. Huele bien y el médico aspira suave el olor caliente y dulzón. Siente algo de yerbabuena y gotas de naranja en la bebida, que le da una mezcla deliciosa de calor y frescura a la vez. Está sentado al lado del niño idiota que sigue rayando una y otra vez unos dibujos de sus tareas escolares, como en un acto más mecánico que por gusto. Por encima del hombro, parece que dibuja a un hombre bajo un árbol, o algo parecido. Por un momento, Juan Fernando siente en aquel humilde hogar una conexión con el mundo, como cuando un animal herido entra a una caverna donde hay fuego y le aceptan como uno más. Sin celular, sin datos, sin electricidad y sin rumbo, pero a la vez encontrando su lugar en un mundo natural, hecho con la sustancia de la noche, la lluvia y el monte. Sigue lloviendo y el agua traquetea sobre las tejas de una forma insistente, como si muchos y enormes pájaros caminaran ebrios arrastrando sus alas, haciendo un ruido descomunal. Siente el vapor de la lluvia ascendiendo de la tierra con el olor de las rosas silvestres, de las gardenias, de las hortensias azules, de las naranjas, del tomillo, del anís, del laurel y de la albahaca, que con el agua abren sus flores y sus hojas verdes, haciendo más intenso su perfume natural. Tres personas sentadas en una mesa de madera vieja, apenas iluminadas por el fuego oscilante de las veladoras encendidas, mientras la perra labradora se acuesta de lado en las baldosas, con el lomo destendido y la cola tranquila. Es sólo la lluvia cayendo, es sólo la noche muriendo.

– Mejor voy a poner la tranca de una vez, ya salir a esta hora es imposible. Conducir a esta hora por estas carreteras de Yarumal es imposible. – Dice la matrona mientras se levanta, resoplando a cerrar la puerta – Este lugar es condenadamente frío, feo y faldudo, y el monte no es algo para retar por la noche.

Pasa un segundo por la cocina, toma un amplio puñado de maíz y lo arroja afuera, antes de cerrar la puerta con un pesado candado. Seguidamente corre las botas pantaneras que estaban al lado, y las pone cuidadosamente al revés y al frente de la puerta, el pie izquierdo donde debiera estar el derecho, y el derecho en el izquierdo. Como si fuera todo un gesto más de seguridad, como haber pasado tres candados más en esa envejecida puerta de madera que la protege de ese mundo exterior y prehistórico de Antioquia que avasalla a cualquier mortal. Juan Fernando la mira con extrañeza, y le pregunta con su mejor tono:

– ¿Y eso de echar el maíz afuera y poner las botas al revés, para qué, comadre?…

Como si dudara antes de responder, la matrona lo mira, como calculando la edad de su joven invitado, como intentando comunicarle algo tan simple y puro a alguien de la ciudad que, así no lo comprenda aún, se ha ido progresivamente desconectando de la realidad, de las verdaderas raíces que nos atan al pasado y definen nuestro lugar como individuos, como especie, en un mundo que no gira alrededor de nosotros, sino de fuerzas invisibles, antiguas y más poderosas. Como diciéndole a alguien una verdad tan obvia, como que el agua moja y el sol es caliente, la matrona le dice en voz baja una sola palabra, que parece una sombra más, alargándose sobre las baldosas.

– Brujas, mijo.

“Brujas”. Juan Fernando siente como una voz del pasado llega a su corazón, recordando nuevamente los cuentos de su abuela, pero escuchándolos claramente en el lugar donde surgieron esas fantasías, esas leyendas, esos terrores campesinos hacia el monte y la noche. Esas historias que, luego en las clases de humanidades y literatura que tuvo en la universidad, entendió y asimiló que eran sencillamente mitos coloniales, que alcanzaron su punto más fuerte durante la expansión antioqueña, como una forma de advertir a los leñadores, a los cazadores y especialmente, a los mineros, sobre la importancia de proteger al medio ambiente, de no talar desmedidamente los árboles, de no socavar los ríos y las piedras en busca del oro, de no matar y torturar a los animales. Que en su mundo universitario sencillamente esos relatos eran mitos de campesinos, pero una cosa es hablar de brujas en un aula de clase, y otra muy distinta es escucharlas nombrar con seriedad en lo más profundo del monte antioqueño, donde a través de la lluvia, se escuchaban los sonidos de las lechuzas, de las guaguas, de los micos y de quién sabe qué más. Respondiendo en el mismo tono bajo, apenas murmura:

– ¿Existen?… ¿aquí?

La matrona sonríe tristemente ante la pregunta aniñada y estúpida del médico. Le responde con la practicidad que define al campesinado y casi en un susurro, apenas audible con el tintineo de la tempestad.

– No sé. Pero como dicen, es mejor prevenir que lamentar. En noches de lluvia es mejor echar maíz fuera de la puerta, para que cuando lleguen las brujas en forma de pájaros y de chuchos, se entretienen toda la noche picoteando el grano, y así no entran. Y si acaban el maíz antes de que salga el sol, y entran a la casa, pues ven las botas al revés y eso las enreda, ¿si me entiende? Se despistan, y con eso no vienen y le hacen algo a mi niño.

– ¡Brujas, no me lo puedo creer!, ¡las brujas son un mito!

Habla sorprendido Juan Fernando ante el disgusto de la señora, que le mira con cara de por qué habla tan duro. Sin embargo, como si algo se activara en el cerebro del niño idiota que hasta entonces no paraba de rayar en sus cuadernos, se ilumina su rostro y los ojos antes perdidos se enfocan en el extraño visitante, como si lo acabara de ver por primera vez. Abre su boca babeante y de dientes torcidos, hablando con voz destemplada y riéndose de una forma en que los niños no debieran nunca de reírse.

– Jejeje, el viejo árbol invita a las brujas a bailar, a bailar.  A bailar bajo la lluvia hasta que les de hambre. Jejeje.  Con hambre entran las brujas a las casas a bailar, a bailar. Jejeje.

El silencio se va haciendo tenso entre la matrona y el médico, y ahora lo único que queda entre ellos es la risa y el canturreo estúpido del niño, como despertando de otro mundo donde los muertos sintonizan con los locos y hablan un mismo abecedario trazado con alfileres y uñas rotas.

– Ve lo que pasa, doctor – ya no era “doc”, volvía a ser “doctor”, haciendo sentir la distancia entre local del campo y visitante de la ciudad -. Más bien voy a calentar en la olla un poco de agua con algunas yerbas que siempre tengo. Azabache, ópalos, tomillo y laurel, que el olor espanta a los malos espíritus.  Así usted, doctor, no crea en nada de esto. Eso es asunto suyo y de los doctores de la ciudad, que piensan que los campesinos creemos en cosas raras.

– Discúlpeme, yo no quería ofenderla – dice con sincera preocupación Juan Fernando.

– Jejeje, las luces viajan desde lejos y se quedan, se quedan. Como globos que no suben a las nubes, no, no, no. Globos que viven en los árboles, en los yarumos. Jejeje.

Como una mancha de aceite en el agua, sigue aumentando la distancia entre los tres en la casa. Ese silencio le permite unos cuantos minutos de reflexión al médico, que mira lentamente las paredes de madera que lo rodean. Detiene su mirada unos instantes en la puerta cerrada y se imagina un zaguán inmenso, lleno de árboles frutales, de yarumos y de eucaliptos, recibiendo de lleno la tempestad. A su lado, el ahora sonriente niño sigue dibujando cada vez con más nitidez a un hombre junto a un árbol, quien está agachado boca abajo como recogiendo frutas. Mira su reloj y ve que son casi las once de la noche. Sabe que tendrá que dormir sentado en esa incomoda butaca de madera, porque al fondo sólo se ve una pequeña cama donde evidentemente duermen la madre, el hijo… y ¿alguien más? Casi coincidencialmente ve una pequeña foto familiar donde hay un hombre, un arriero típico con su sombrero, bigote poblado y su carriel, junto a la señora visiblemente más feliz y al niño que tiene algo distinto, algo que no tiene ahora. El niño se ve normal en la foto, con la boca sonriente y clara, y los ojos enfocados y no perdidos como el cretino babeante que es ahora. Es decir, calculando la edad del niño, perfectamente la foto no es de más de hace un par de meses o si acaso, un año. Un niño a esa edad no se puede volver idiota de repente, porque no está en sus genes, es como si algo lo hubiera consternado de tal forma que hubiera quedado así, en esa mezcla de estado animal y vegetal, que de tanto en tanto masculla y canturrea palabras humanas sin sentido. ¿Y el papá del niño?… Al fin, la lluvia está bajando un poco. Tal vez el señor esté a punto de llegar y a lo mejor no le guste encontrar a su señora y a su hijo en compañía de un extraño. El médico siente cierto escalofrío de imaginar a un arriero llegar a esta hora con unos tantos aguardientes en la cabeza. Le urge preguntar.

– Comadre… – buscando la cercanía nuevamente -, ¿y su señor marido llega más tarde?

La mujer lo mira con ojos de desconfianza, como si hubiera hecho la pregunta más inapropiada posible. Responde secamente:

– Mi señor marido no va a llegar más tarde ni nunca.

– …

– Está muerto. Murió este año.

– Cuánto lo siento, reciba mi más sincero pésame.

Como interrumpiendo el silencio, la destemplada risa del niño a su lado, mostrando todos sus dientes en absoluto desorden, y babeando en cada palabra, como si fuera una oveja imitando el sonido humano:

– Jejeje, mi papá muerto no está, muerto no está. Es la casa de los globos de luces, los globos que bailan y hacen fiesta jejeje. Ahora tengo muchos, muchos, muchos papás. Jejeje. Ay de quién diga lo contrario. Jejeje.

En un tono de rara suavidad, la matrona le dice al médico, como disculpando la situación:

– Disculpe, doc. Mi hijo todavía no supera la muerte de su papá.

– Pobrecito.

– ¿Fue un accidente? Disculpe que le pregunte.

Como pensando cada palabra, como equilibrando el peso de cada nota, de cada sílaba, antes de soltar toda la verdad en una frase, la mujer simplemente responde:

– Digamos que se fue y luego supe que se había muerto. Mi esposo era arriero y también era buen cazador. Tenía buen ojo para disparar a las palomas silvestres, a los conejos y a las guaguas. Pero simplemente una tarde se fue al monte y no volvió. Está muerto y hasta dejó aquí su carabina. Aquí en estos páramos siempre hay muchas cosas buenas para cazar.

– ¿Y usted es buena para cazar, digo yo? – pregunta el médico, recuperando la jovialidad en la conversación.

– Jajaja, ¿qué le dijera yo, doc? Esta carabina vive descargada y es tan vieja que sólo sirve para espantar ratones, jajaja.

Como interesándose en el tema nuevamente, el idiota de la sudadera roja, canturrea destemplado:

 – Jejeje, ratones grises, ratones negros y otros muy negros. Todos los ratones bailan y comen. En la casa de carne de mi papá, si señor; comen queso y otros comen hueso. Bajo el árbol vive una familia de ratones negros, muy negros. Jejeje, sí señor, sí señor.

En ese preciso momento, los tres escucharon, palideciendo como velas ante un frío soplido, como un aullido largo, profundo y lastimero de un animal, parecido al de un perro silvestre, se elevaba desde las profundidades del zaguán que se encontraba oculto tras la puerta cerrada. Era un aullido de un animal enfermo, entristecido y bajo la lluvia. Como respondiendo, la perra labradora, con su pelaje erizado y enhiesto, comenzó a ladrar furiosamente contra la puerta cerrada, con los ojos inyectados de sangre, salivando profusamente entre sus afilados colmillos. Ladrando con la garganta apretada, con furia y con miedo.

– ¿Afuera hay otro perro?… ¿por qué no lo entran?

– ¿Cuál perro? Yo no escucho nada.

– Jejeje. Jejeje. La luna aúlla y así habla la noche. Jejeje. La noche llama a sus invitados al árbol a que bailen, a que bailen. Jejeje. – Mientras aplaudía a manotazos sobre la mesa de madera, verdaderamente feliz ante los aullidos.

El aullido se repitió con más fuerza, haciendo imaginar a un perro encadenado bajo la lluvia. Era un ladrido largo y profundo que partía el alma al médico veterinario, quien, por su vida consagrada a los animales, sentía en ese llanto una súplica.

– ¡Afuera hay otro perro y está sufriendo!

Como queriendo cerrar el tema, la matrona soltó de un golpe:

– Es sólo un perro rabioso. Por eso vive afuera. 

 

Capítulo III

Ahora la noche se poblaba de aullidos en el zaguán sumados a los ladridos furiosos de la perra labradora en la casa ante una puerta cerrada, además de la lluvia invocando soterrados espantos.

– ¿Esto tiene que ver con… lo de las brujas?

Pregunta Juan Fernando, con el corazón temblando de miedo, apretado en un puño, empezando a sentirse pequeño, minúsculo y desvalido ante la fuerza y el misterio de la naturaleza que se extiende más, mucho más allá de la capital, de las torres iluminadas de Medellín y sus perfectas calles; una fuerza y misterio que muestran todo su siniestro señorío aquí, en las montañas que se recortan como afilados dedos de cadáveres contra las cordilleras andinas; aquí, en los fangales de aguas turbias y de fondos inciertos, que se esconden tras helechos gigantescos y árboles de pesadilla; aquí, en las quebradas de aguas heladas donde abrevan seres más antiguos que el hombre y que apenas la torpe imaginación atisba a llamarlos mitos o leyendas. Aquí, en el monte, donde el miedo es la sustancia, la savia y la flora.

– Pero, doctor… ¿para qué las menciona si usted no cree en ellas? Usted piensa que son avechuchos negros que vienen solamente a comer maíz y ya, que nosotros somos campesinos asustadizos de cualquier pajarraco que viene en la noche. – Responde la matrona en una voz baja y como queriendo zanjar el tema de una vez por todas, como no queriendo despertar algo que vive más allá de la lluvia – Más bien, deje así. Usted tiene que dormirse ya porque mañana tiene que irse a ver si le salva la vida a ese bendito caballo en esa finca. No piense en pendejadas a esta hora. Simplemente hay un perro aullando afuera y ya, eso es todo.

A la vez que habla, apaga una de las dos veladoras, quedando prácticamente a oscuras los tres en esa casona derruida y cerrada con una puerta que conduce a un zaguán. Apenas se escucha la risa ahogada del niño idiota, cuya letanía se siente cada vez más oscura y monstruosa, como un cántico de alguien cuya mente ha sido trastornada brutalmente ante una visión de pesadilla.

– Jejeje, mi papá tiene muchas, muchas esposas, que vuelan y bailan, que son señoras y a la vez son lechuzas, jejeje. Pobre papá donde viven todas sus esposas, jejeje. Pobre papá porque lo volvieron un pobre nido. Jejeje.

Pero en ese momento, se escuchó desde el fondo del zaguán, con una fuerza inusitada, el claro relincho de un caballo encabritado, como queriendo zafarse a coces de un establo. Era un relincho alto, de notas fuertes, como golpes de una castañuela. Se sabe que los caballos de zonas boscosas tienen vocalizaciones más amplias que los de la ciudad. El grito de este caballo era fuerte, como si estuviera dando la alarma de algo, era una combinación de agresivos relinchos, seguido de profundos resoplidos secos y al final, roncos bramidos, como si fuera un viejo animal atado a algún poste bajo la lluvia. Juan Fernando tiene los ojos abiertos como platos y mira al niño a su lado, que raya con más intensidad sobre el papel, pero también está temblando como una hoja a punto de ser arrancada del árbol de la vida.

– ¿Escuchó usted a ese caballo relinchando… en el zaguán?… ¿Ustedes tienen a un caballo allá afuera?

– Yo no escucho nada – dice secamente la mujer, sentada en la butaca, con los labios apretados, la mirada fija en la puerta cerrada del zaguán y ahora sosteniendo, para alarma del médico, la carabina en la mano.

La infernal voz del caballo se hace cada vez más audible, resoplando de una forma inmisericorde y bramando por sus fosas nasales ensanchadas y su jeta babeante de furia. Es fácil imaginarse a este animal amarrado contra un yarumo en el inmenso zaguán, relinchando y dando coces contra la lluvia y el lodo.

– Señora, hay un caballo allá afuera… ¿No lo escucha?

– No. Nosotros no tenemos caballos, doctor. Allá afuera no hay nada. – las manos de la mujer tiemblan mientras sostienen esa vieja carabina, con los ojos ensanchados como a punto de presenciar un oscuro milagro.

– Allá afuera hay un caballo, escuche.

– …

Como acercándose todos a una profunda revelación de la naturaleza de los bosques antioqueños, escucharon otra voz que venía del oscuro y cerrado zaguán, que era un grito infinito de notas altas y rotas como un destartalado violín. Un grito alarmante y agudo como la risa quebrada de una bruja, aullando de deleite al abrir con sus quebradas uñas la carne de un niño perdido en la ciénaga. La matrona tiene la mirada vidriosa, a punto del llanto, mientras sostiene una inútil carabina, apuntando hacia el mundo exterior lleno de niebla, lluvia y noche. El médico en un acto reflejo coge su inútil celular sin señal y aprieta las llaves de la camioneta, como aferrándose a sus dos objetos de la civilización, ahora carentes de importancia ante un horror prehistórico que vuelve a la vida.

Es un aullido largo que va desde los lodazales más profundos y se asoma sobre las desvencijadas ramas de los olmos, los pinos y los eucaliptos, como una hiedra de quejidos que va inundando de miedo y repugnancia a la naturaleza misma, con las inflexiones imposibles de esa voz hueca y a la vez aguda. Una voz de notas largas y glotales, como si vinieran no desde un estómago blando, sino desde una garganta pétrea, hecha para silbidos, para gemidos y alaridos de espanto.

Silencio.

Más alaridos y aullidos del zaguán.

Nuevamente el silencio. El silencio y la lluvia.

El médico trata de razonar en su cabeza ese alarido, ese tipo de alarido. Las brujas no existen. Los monstruos son solo el límite de nuestra razón. Pero, ¿por qué ese miedo abismal de la matrona, antes tan confiada de los rituales de sus supercherías?, ¿el maíz arrojado afuera de la casa, las botas puestas en desorden y la olla burbujeante con ramas, no eran para ella seguros suficientes ante sus propios miedos? Sin embargo, Juan Fernando trata de imponer su pragmatismo de médico veterinario, dándose confianza a sí mismo. Faltan pocas horas para el amanecer y largarse de esa casona abandonada en los confines de Yarumal, un lluvioso y escarpado pueblo entre los espesos bosques antioqueños, poblados de los horrores contados a media voz por su abuela en algún solar y a escondidas de sus padres.

– Ya sé. Es un mico aullador. ¿Hay afuera micos aulladores en esta época del año?

– No. No hay nada.

– Son micos aulladores. Viven siempre cerca del agua y de los pantanos en bosques espesos de Suramérica. Tienen un hueso entre la garganta y la boca, lo que les permite vocalizaciones tan agudas y con ese tono hueco que se acerca al silbido. Lo raro es que no son animales noctámbulos en su gran mayoría…

– Doctor, allá afuera no hay micos aulladores ni nada. Mejor calle esa boca.

Como si el zaguán fuera más que un espacio, sino una verdadera inteligencia supraterrenal y odiosa, capaz de leer pensamientos y los más profundos miedos, desde ahí, desde esa puerta de metal cerrada, guardando un inmenso patio poblado de oscuridad y árboles antiguos, comenzó un verdadero pandemónium.

Un pandemónium de sonidos desconcertantes y aterradores, a veces por separado y otras como superponiéndose por algunos instantes: los bramidos y bufidos arrastrados y profundos de un inmenso toro, fuertes y casi metálicos como una trompeta del apocalipsis; los gruñidos odiosos y repugnantes de una piara de cerdos, como cebándose en carne descompuesta con sus negras trompas; los cloqueos nerviosos de las gallinas que son aves caníbales que se picotean y destrozan hasta matarse en un charco de sangre y plumas; el maullido profundo del gato de monte, que es sanguinario cuando olfatea a la oveja, quien también dejaba escuchar de tanto en tanto su balido trémulo; el castañeo seco de las perdices cuando se arrojan a la lujuria, haciendo sonar de forma aterradora sus picos, y así, hasta llegar al rugido prolongado y seco del tigre, bebedor de sangre por excelencia en los montes colombianos. Era un pandemónium de horror, como escuchar un arca de Noé con los animales drogados y matándose a zarpazos, a cornadas, a picotazos y a coces, los unos a los otros, masticándose mutuamente la carne blanda o emplumada, resbalando, patinando y ahogándose en un profundo pozo de espesa sangre, entrañas deshechas y pieles rotas.

– Jajaja, ¿si oye al caballo y al tigre?, jajaja, ¿al toro y las perdices? Mis papás hablan con todos los animales, jajaja. Los que mugen y los que se arrastran, los que vuelan y los que gritan, jajaja. Jajaja, todos bailan dentro de mi papá, jajaja.

– ¿Qué pasa aquí?, ¿qué hay en ese maldito zaguán de mierda?, ¿qué hay?, ¿qué hay?

– ….

– Dígame, ¿qué hay?, ¿es que usted no escucha nada?

– No doctor, aquí no se escucha nada.

El médico, con el corazón suspendido y creyendo levitar de terror, con la luz oscilante de la única veladora prendida, mira con detenimiento el cuaderno del niño y lo toma. El niño apenas sonríe y dice con la claridad que le permite su idiotez:

– Son mi papá, jejeje.

En un gastado cuaderno infantil de hojas rayadas, Juan Fernando mira con detenimiento el dibujo del niño de sudadera, que ha estado a su lado en esa noche, dibujando frenéticamente a rayones. Es la figura de un inmenso árbol verde con inmensas naranjas y debajo suyo, pareciera que hay un hombre acostado, pero a la vez… hay muchos otros hombres acostados del mismo tamaño y en distintos ángulos, como si se superpusieran los unos sobre los otros en una imposible figura geométrica. Cada hombre tiene un color distinto, uno es amarillo, otro verde, otro morado, otro azul, otro rojo y otro negro. Al parecer son seis hombres en distintos puntos cardinales, como mapas de una misma ciudad en papel mantequilla y en un ligero desorden, creando juntos una nueva e infernal ciudad. ¿Por qué esa pluralidad cada vez que habla el niño de su papá? Mira a lo lejos, sobre la humilde cama de frazadas azules, y ve esa foto, esa maldita foto que inició toda la conversación de esta noche, en donde se ve a un arriero con su sombrero, la mirada adusta, con su hijo todavía sano y su mujer aún feliz. ¿Qué le pasó a esta pobre familia en los últimos meses?

– ¿Cómo murió su esposo?

La pregunta cae fría y rompe el cristal de la mirada ida de la matrona, que hasta ese momento no dejaba de apuntar hacia la puerta cerrada del zaguán, como escuchando la voz de la lluvia y quién sabe qué más. Al fin lo mira con profundo odio.

– Doctorcito de mierda, ¿cómo se le ocurre a usted preguntarme por mi esposo?, ¡usted aquí no es nadie! – mientras aprieta con furia la carabina, inconscientemente apuntando hacia Juan Fernando, sentado a pocos metros suyos.

– ¡Cómo murió su esposo, dígame! Yo a usted no le creo nada. Usted hace como si no hubiera nada en ese zaguán maldito, ¿es que no escucha o se hace la estúpida, mujer? Hay cerdos, toros, caballos, tigres, gatos de monte, perdices, micos y quien sabe qué más en ese zaguán de mierda. ¡Usted es una bruja y quién sabe qué hizo con su marido!

– ¡Yo no maté a mi marido!, ¡yo no maté a mi marido!, ¡yo no maté a mi marido!, usted no sabe lo que le paso, ni nadie lo sabe. Pero mi marido está muerto – grita la mujer, sin dejar de apuntar peligrosamente a Juan Fernando, sentado e indefenso en la mesa. La mujer grita enloquecida de furia, de culpa, de odio. Tiene los ojos vidriosos, el cabello revuelto y la boca temblorosa. Como un agua estancada de hace mucho tiempo, fermentando su podredumbre entre capas y capas lagunosas, a la cual al fin el dique cede, en una imposible combinación de alivio y odio. Termina la mujer gritando al médico, casi en un llanto de espesas lágrimas que brotan desde lo más profundo de su alma. – Fueron las luces, esas malditas luces.

Una palabra nueva acaba de ingresar al diccionario de horror de esta noche. “Luces”.

– ¿De cuáles luces me habla usted?

– De las que bajaron en la noche y se comieron a mi marido.

Queda la casa sumida en un profundo silencio, roto al fin por la voz del niño, como entrando en sintonía con su madre. Recordando algo visto, imaginado o contado a medias.

– Jejeje, a mi papá lo llamaban a bailar los globos de las estrellas. Jejeje, a papá lo llamaban despierto o dormido, a bailar, a bailar. Jejeje. Por la noche caminó al árbol de los globos, y no quería bailar, no quería bailar. Jejeje. Pero los globos bajaron y lo pusieron a bailar, sí señor, a bailar. Y los globos nunca salieron de mi papá, jejeje, hacen fiesta todas las noches. Jejeje, mi papá es la casa, la casa de los globos y de las lechuzas. Jejeje.

El médico estaba absorto en su horror y su ignorancia de este antiguo mundo al que había entrado por error.

– Dios mío. Santo dios.

Mira por última vez el frenético dibujo del niño y entiende que esas bolas amarillas pintadas en el retorcido árbol del zaguán no son naranjas, sino las “luces”…

– ¿Qué hay en el zaguán, señora?, ¿usted tiene a alguien en el zaguán?

– Allí no hay nada que ver.

Y fue así, en el cenit de esa noche, acercándose a las once, cuando Juan Fernando, médico veterinario, escuchó a través de esa puerta cerrada, y acompañada por el tintineo de la lluvia, la voz del animal más extraordinario del universo:

– sed si tantus amor casus cognoscere nostros et breuiter. Troiae supremum audire laborem, quamquam animus meminisse horret luctuque refugit, incipiam. fracti bello fatisque repulsi ductores Danaum tot iam labentibus annis. Instar montis equum diuina Palladis arte aedificant, sectaque intexunt abiete costas; uotum pro reditu simulant; ea fama uagatur. Huc delecta uirum sortiti corpora furtim includunt caeco lateri penitusque cauernas ingentis uterumque armato milite complent.

Era la voz serena de un hombre de edad, allá afuera en el zaguán, recitando en perfecto latín un pasaje de la Eneida de Virgilio. Los conocimientos de las clases tomadas de literatura antigua en la universidad le hicieron saber que aquello que la espectral voz recitaba era el oscuro pasaje de la Eneida, en el que los griegos construyeron esa abominación de caballo de madera para esconderse en su vientre, y así salir en la noche a degollar a los troyanos, engañados e indefensos dentro de sus propias murallas.

 

Capítulo IV

– ¡Hay un hombre afuera!, ¡hay un hombre afuera en el zaguán!

Como guiado por un extraño impulso, se levanta el veterinario de la mesa y se acerca a la puerta cerrada del zaguán. La perra labradora no ha parado de ladrar furiosamente y de aruñar frenéticamente con sus patas la puerta de metal. La mujer se levanta también y le grita al médico:

Deje así, doctor. Más bien tome su camioneta, lárguese y déjenos. Usted aquí no ha visto ni oído nada.

No señora, usted afuera tiene a un hombre. ¡Su marido no está muerto, usted lo tiene secuestrado de alguna forma!

Y así comenzó el fatal desenlace de esa noche, cuando el médico en vez de caminar en dirección opuesta, tomando las llaves de su camioneta y alejarse en plena noche de regreso hacia la ciudad, avanzando con las luces altas y esquivando las sinuosas carreteras del monte antioqueño, hasta llegar al menos a Barbosa, donde allí tendría una historia para contar y nunca olvidar. Pero hizo todo lo contrario. Como una luciérnaga que corre hacia el fuego, jalada por la curiosidad y el embrujo de la luz, Juan Fernando empujó de un seco golpe a la matrona que cayó torpemente, mientras gritaba enloquecida de miedo:

– ¡No abra la puerta!, ¡Hijo de puta, no abra esa puerta!

Ya el médico acababa de abrir la puerta del zaguán y la perra acababa de salir disparada ladrando furiosamente hacia el corazón de la oscuridad.

Lo recibió el viento frío de la noche y el manto de niebla que bajaba de las montañas más altas de la cordillera. El olor de la lluvia era dulce porque se levantaba con el sabor de la tierra negra, las hojas de los árboles y los eucaliptos jóvenes y viejos que caen de las ramas. Como lo había supuesto, el zaguán era de una inmensidad casi intraducible en palabras, un amasijo de vegetación ondulante, de gigantescos helechos que crecían alrededor de largos corredores de árboles altos y oscuros en la noche, como eucaliptos, borracheros, cedros y yarumos, embebidos con sus raíces de las corrientes de agua que corren subterráneas y silenciosas en esa región acuífera de Antioquia, donde se conectan de formas insospechadas las ciénagas, los humedales y los pantanos. De lejos llegaban olores frescos y frutales, de árboles colmados de frutas y otros de ramas cabizbajas rodeados de guayabas caídas y mangos abiertos, de curubas picoteadas por los pájaros y de ciruelas reventadas por el sol. La lluvia golpeaba en oleadas como azuzada por el viento que corre en círculos.

Desde el suelo, la pesada matrona se levanta apoyándose en la butaca de madera, le grita a lo lejos al médico:

– ¡No entre!, ¡no entre!, ¡allí no hay nada que ver!

El médico ya había entrado corriendo al zaguán en la noche, internándose entre la maraña de helechos y de árboles, sintiendo bajo sus pies el crujido de los eucaliptos y casi creyendo escuchar, mientras se alejaba, el último canturreo del niño estúpido, en una entonación casi angelical, como la voz de un retrasado querubín:

– Jejeje, doctor, vaya a bailar con mi papá. Jejeje. Ahora que mi papá no tiene ojos, ve más que cualquiera. Jejeje. Felices quienes no ven las caras de los viajeros de las estrellas. Jejeje.

El hombre corre dando tumbos entre los árboles. La noche estaba sin estrellas, sin constelaciones, como una amplia franja muerta recortada entre la alta cordillera y los profundos valles de Antioquia. Las montañas se hacían casi invisibles contra el firmamento, como si estuvieran construidas con la misma sustancia de la noche y el asesinato. A medida que corría, veía las gruesas cortezas por capas de los yarumos, las amplias ramas de los eucaliptos, y seguía avanzando en la oscuridad como un venado que ignora los caminos y los designios del monte. Cada diez pasos, Juan Fernando se resbalaba en algún lodazal que eran verdaderos pozos de agua lluvia que parecían como espejos de negro mate, porque no había estrellas que reflejar en su hondura. El olor a fruta caída mezclada con la lluvia y el eucalipto, el toronjil y la menta era cada vez más intenso, como si la realidad del miedo aumentara sus sentidos y sus percepciones. Hasta que escuchó un aullido. Un aullido de dolor, largo e intenso. Seguido por un furioso crujir de dientes. Y el olor a potasio, a sangre, a muerte.

Era el aullido de la perra.

La perra aullaba de dolor desde lo más profundo del zaguán, a unos cincuenta metros suyos. Era una alternación de ladridos furiosos y de tristes aullidos, como si corriera en círculos y algo la atacara cada vez más, más y más de cerca, cerrando un círculo de la muerte. El veterinario camina más deprisa. Resbalándose en el lodo y con la ropa hecha guiñapos. Con los ojos habituados a la oscuridad, sintiendo el peso del celular y las llaves en sus bolsillos, y enjuagándose el sudor de tanto en tanto. Más aullidos, frenéticos pero débiles, como los de un animal aceptando su destino de morir ante otro. Treinta metros. El cielo de la noche era de una arquitectura espectral, un oscuro océano hecho para que naveguen otras formas del cielo, como inmensas hidras zambulléndose en la tinta. El médico sigue corriendo, cada vez más ahogado, sintiendo que el corazón se le sale, con su impulso de rescatista, intentando salvar una vida. Ya no se escuchan los aullidos, sino débiles gimoteos de algo que está terminando al fin. Veinte metros. Quince metros. Diez metros. Sabe que está a punto de presenciar algo imposible, que puede cambiar su vida por completo. Por un instante cree escuchar pasos corriendo detrás de él, pero muy lejos. Cinco metros. Despeja a manotazos los helechos e instintivamente lleva la mano a su bolsillo para iluminar con la linterna del celular. El haz de luz inunda la vegetación y ahí fue cuando ambos se encontraron, el médico y el otro, el encadenado.

En un claro del monte había un miserable hombre desnudo y a cuatro patas gateando entre la hojarasca. Estaba encadenado del pecho por un arnés de cuero que, por medio de una pesada argolla en su espalda, quedaba así, atado por una larga y templada cadena de hierro que iba de un árbol a otro más lejos, permitiéndole andar con cierta libertad, en una distancia de unos veinte metros en línea recta, como si fuera un perro de finca.

El médico permanecía de pie con su celular proyectando la luz en la oscuridad, sintiendo cómo la náusea subía a su pecho, viendo cómo el demencial preso había atrapado hacía varios minutos a la perra labradora y la tenía abierta en canal, dejando ver sus costillas rotas por fuera del pelambre azabache, mientras hundía gustosamente su rostro entre sus entrañas, en un festín de intestinos derramados en la tierra. Apenas se escuchaba el sonido sordo de los dientes aserrando con fuerza las entrañas del animal, devorando la carne dura del corazón, jalando frenéticamente los cortes lisos del hígado y las moradas entrañas, como si fuera un nadador buceando en un mar de sangre y con la cabeza totalmente hundida en la corrupción.

Juan Fernando retrocedió temblando de lívido miedo, asco y horror, entendiendo en un sólo instante que los dibujos frenéticos del niño idiota no eran una fantasía infantil, sino que eran una verdadera y certera simbología de la realidad de su padre. En realidad, no era un hombre, era como si fueran muchos, que se sobreponían los unos a los otros. El médico siendo de familia católica, recordó con espanto la respuesta del diablo a Jesús en la región de Gadara, recogida en el evangelio de San Lucas: “- ¿Cuál es tu nombre? Y él dijo: Legión. Porque muchos demonios habían entrado en él”.

Verdaderamente eran muchos hombres habitando una sola carne.

La anatomía de un monstruo es algo imposible porque rompe todos los patrones de la lógica, pero así era la forma de este hombre desnudo que, amarrado de un arnés entre los árboles, devoraba a una perra labradora, esa noche en lo más profundo de un zaguán en Yarumal, entre los montes y ciénagas de la cordillera.  Con la luz temblorosa del celular vio las decenas de retorcidos y largos dedos con centenares de capas de uñas quebradas, que de sus manos y sus pies se hundían, como raíces de arracachas en la tierra fangosa de lluvia, sangre y entrañas. Los brazos y las piernas eran extremadamente fuertes y nudosos, como si muchos músculos se alojaran en sus extremidades, asemejando a ramas anudadas en sí mismas, que se movían de forma desequilibrada, como si estuvieran impulsadas cada una por una fuente de energía distinta. El poseído tenía un abdomen inmenso y abultado, como el de los zancudos de tierra fría, que tienen el pecho gigantesco y abombado de sangre. Como si en su cavidad torácica se alojaran distintos corazones con sus respectivos sistemas sanguíneos, impulsando la velocidad de la sangre a distintas extremidades y en desorden, haciendo caóticos y veloces los movimientos del monstruo, como si fuera una casa con bombillos de alto voltaje que se apagaran y encendieran en un ritmo demencial. El cuello de la bestia era enorme e inflamado por toda la vida que succionaba a bombazos del pobre animal destrozado entre sus manos, tragando a una velocidad imposible pedazos de hueso, carne y sangre, como una aspiradora humana. Entonces, en un instante de claridad, el poseído levantó su ensangrentado rostro ante una noche sin luna ni estrellas, como un tigre olfateando la espesura del monte. En sus ojos vacíos de humanidad flotaban sin orden alguno cinco o seis pares de pupilas, como negras almejas en acuarios repletos de éter. Y su boca, es decir, sus bocas, sumaban juntas un abismo de carne y oscuridad, recortado por distintas hileras de dientes afilados, caninos, molares y otros a medio nacer, como los de un tiburón prehistórico, bajando hasta su imposible paladar, de la que surgían media docena de largas y venosas lenguas, con las que el poseído imitaba todos los sonidos de la Creación, desde la belleza del bramido del toro y el rugido del tigre hasta la brutalidad y monstruosidad de la voz humana cuando miente y engaña.

Como en una epifanía inversa, en la que no se recibe la inmensidad y gracia de Dios, sino que suben el azufre desde el abismo y cadalso de Satán, el médico vio o creyó ver por segundos cuando las antiguas Luces bajaron de las estrellas en la noche y se quedaron flotando entre la oscuridad de las ramas de los árboles del zaguán de esa humilde familia. Las imaginó llamando por su nombre completo al campesino, torturándolo de día, de noche, en la vigilia y en el sueño, obligándolo a acercarse a ellas, reduciéndolo al insomnio y a la locura. Casi creyó ver el instante en que el campesino abrió la puerta de su casa para ir caminando, como un sonámbulo, hasta el árbol y recibiendo las luces en su cuerpo, como fuegos de Pentecostés. En esa epifanía inversa entendió cómo esos espíritus, esos fuegos fatuos, esos demonios de luz o brujas, como se llamen en el folclor antioqueño, poseyeron cada célula de ese pobre hombre, enloqueciendo su cuerpo vacío de alma, construyendo en días y semanas nuevos órganos, nuevos corazones, nuevos sistemas de vida y de respiración, como semillas malvadas creciendo en la carne. Sintió la agonía, la tristeza y el espanto de su mujer y su hijo viendo la transformación de su padre en una casa de otras vidas, en un nido de monstruos. Vio el instante en que su mujer, incapaz de matarle con su propia carabina, decide amarrarle un arnés a su cuerpo, cuando todavía era débil y su furia era menor porque las Luces no lo dominaban por completo. Como sin importarle si entendía o no uno de los misterios del universo y del folclore de los montes colombianos, el médico sintió un aguijonazo de humanidad, de compasión por ese hombre encadenado y mucho más por su familia y la pesadilla inenarrable que habían vivido los últimos meses en esa casona olvidada de Dios. Siente los pasos cansados de la pobre mujer llegando detrás suyo, respirando a golpes, ahogada por seguir su paso en aquél inmenso patio de altos árboles. Sin dejar de mirar al poseído encadenado y a cuatro patas, el médico le habla con serenidad a la matrona que acaba de llegar jadeando a su lado y seguida torpemente por el niño.

– Tenemos que largarnos de aquí, mi señora. Por usted y por su hijo. Vámonos ya.  Déjeme ayudarla…

Juan Fernando giró sobre sus talones para irse de aquel paraje infernal, salvando a esa pobre mujer y su hijo, cuando sintió de frente el golpe seco y doloroso de la culata de la carabina asestándose entre su nariz y su boca, haciéndole caer de espaldas entre la fría hojarasca. Casi al segundo, el médico se incorporó en el suelo, todavía resoplando sangre y mirando sorprendido a la mujer que acababa de noquearlo, mientras el niño estúpido sonreía y aplaudía en una extraña felicidad. Quiso gritarles un insulto o algo parecido, pero la fuerza ciclónica de una mano de largos y anudados dedos que remataban en cientos de uñas, le arrastró con fuerza y hambre hacia el fondo del zaguán, desde donde sus huesos jamás volverían a sentir el calor del sol, ahogando para siempre todo llanto, todo lamento y todo remordimiento, sintiéndose mortalmente engañado y vencido.

Engañados y vencidos, así como en la Eneida también debieron de sentirse los troyanos cuando vieron descender del inmenso caballo a los griegos con los puñales descubiertos y con la mirada iluminada por una pasión asesina.

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