HAY UN PUNTO EN LA PARED

Hay un punto en la pared

HAY UN PUNTO EN LA PARED

 

Capítulo I

 

“¿Qué es la desgracia? Significa “caer de la gracia divina”.

Significa que un día cualquiera tu Dios dejará de soñarte para abandonarte en un universo de maldad que se asoma por las rendijas de tu cotidianidad.

¿Qué es la desgracia? Significa que un día cualquiera tu Dios dejará de soñar la boca con la que gritas de miedo y mientes cada segundo, dejará de soñar los pulmones que ennegrecen la sangre con el oxígeno que robas diariamente, dejará de soñar la luz que ilumina tus ojos, dejará de soñar el orden exacto de tus células para arrojarte al inevitable cáncer.

Así entendí lo que era la desgracia aquella noche del 26 de octubre de 2012 cuando mi Dios dejó de soñarme y empecé a creer en los Otros, en los dioses más antiguos”.

Esa noche del viernes 26 de octubre viajaba en taxi desde la calle 100 hasta el centro de Bogotá, para visitar a Catalina en su apartamento de la 22 con séptima. Desde la calle noventa hasta la setenta, veía las vitrinas con avisos en inglés y en neón, apagadas como párpados cerrados, y algunos niños pobres con sus bolsas de dulces caminando a lo largo de las ciclo-rutas, iluminados por los altos faroles y arrastrando su sombra apenas más pobre y hambrienta que ellos. El taxi seguía su recorrido por la extraña iglesia neo-gótica de la Porciúncula con más de un siglo celebrando misas fúnebres y que se hace oscura y espectral después de las cinco de la tarde.

Casi a los diez minutos llegamos a la Caracas en plena noche que, desde lejos, brilla como una ciudad enteramente viva a esa hora, agitada y fluida en cada calle. Allí, desde la ventana del taxi, escuchaba los gritos de los vendedores de mil inutilidades. La suciedad en las calles levantando vuelo y girando en espiral con los pequeños remolinos de viento de la noche, que se acerca como una marea bajando desde los cerros de Bogotá. Más allá de la inmensa catedral de Lourdes, rodeada por jíbaros y prostitutas, tanto en su plaza central como en el oscuro parque que hay detrás suyo.

Las bocinas agudas de los demás carros, el penetrante olor a aceite y frituras, las distintas músicas a todo volumen. Esa marea de rostros irregulares, bruscos, como trazados con pinceladas de odio, prestos al alarido y al insulto en cualquier segundo. Los enfermos tirados en la calle como un mercado oscuro de la enfermedad y la peste. Semejante al reino olvidado de los Decani, los treinta genios de la demonología hebrea, donde cada uno rige para maldecir una parte del cuerpo. Están en cualquier esquina con sus piernas secas o amputadas, los ojos blancos y ciegos, la piel hecha harapos y desde adentro, la entraña pudriéndose lenta y desdichada. Como flores que estallan sanguinolentas en la noche fresca.

El panorama no cambia hasta la calle cuarenta y cinco con carrera trece. Allí aparecen nuevamente algunas casas residenciales de esa Bogotá que decidió expandirse del centro hacia el norte. Haciendo cada vez más pobres y miserables a sus habitantes, en un brutal estallido de odio y violencia desde los días del Bogotazo que cambió para siempre la ciudad y a sus habitantes. El centro está lleno de esas casas vacías, de pocos vidrios y con publicidad barata pegada en sus postes de mala luz.

Al fin veo las luces de la torre Colpatria y debo bajarme, porque Catalina vive en los edificios de al frente. A pocas cuadras del Parque de la Independencia, donde a esta hora están los jíbaros fumando droga e inyectándose con la cara hacia la luna, como perros del campo en profundo silencio. Así comenzó mi desgracia esa noche del 26 de octubre de 2012 cuando mi Dios dejó de soñarme y empecé a creer en los Otros, en los dioses más antiguos.

Camino esas pocas cuadras y entro rápido al edificio donde vive mi amiga Catalina. Es un edificio supremamente alto, de unos doce pisos, rodeado por unas verjas a modo de estacas para evitar que los indigentes duerman en sus alrededores. Parece un extraño monumento a la decadencia bogotana, que va cambiando de centro a medida que se expande como una enfermedad hacia el norte. Desplazando su corazón de una entraña a otra, y dejando el espacio vacío de su lugar anterior como un nido abandonado a la miseria y a sus habitantes relegados a una nobleza caída en franca desgracia. Así es ese edificio de la 22.

Entro a la portería. Me dicen que siga. Ingreso al ascensor viejo y de rejilla de metal que tiene un sonido doloroso e intermitente en cada piso. Voy para el piso 8. Veo pasar uno a uno los pisos mientras subo. Dos. Tres. Cuatro. Al fondo están los cuadros viejos en marcos de metal e iluminados por las luces mortecinas de cada piso. Siempre he tenido el miedo de mirar fijamente desde el ascensor los pasillos. Me aterra encontrar que una misma figura se repita en cada piso. Cinco. Seis. Siete. Los fantasmas se descubren por su repetición innecesaria, como el eco de una voz en su cámara mortuoria. Al fin… piso ocho. El ascensor se detiene de golpe y abro la rejilla con cierta dificultad. El corredor es oscuro, tiene un tapete carmín casi roto y el olor a humedad es insoportable. Más cuadros de escenas de mar o de mujeres renacentistas en marcos barrocos de metal. Apartamento 801. Timbro. Un par de segundos de espera. Miro hacia atrás como espiando la oscuridad del pasillo enteramente a oscuras.

Finalmente, Catalina abre.

Catalina es una joven bastante atractiva. Cabello castaño largo, complexión delgada y enormes ojos negros. Tiene veinte años apenas. Le gusta tener el cabello suelto y desordenado, que cae sobre ambos hombros, usa camisa leñadora y unos jeans gastados. Está descalza y tiene las manos oscuras de carboncillo. Se nota que ha estado pintando.

– Sigue. No te quedes en ese pasillo. Asusta, ¿no?

Me da un beso ligero en la boca mientras me toma de la mano para entrar. En apenas dos pasos hay un verdadero cambio de ambiente. El apartamento de Catalina es un pequeño paraíso dentro de la ruina del edificio y del centro de la ciudad. Pequeño, iluminado y acogedor.

– ¿Quieres vino? Es un tinto Sangiovese de Puglia que compré hace poco, ¿te parece bien? Es súper raro, no lo venden en supermercados, sino solamente en una tienda que hay frente a la plazoleta del Rosario. Y es absurdamente barato…

Mientras ella sirve el vino que tiene un color hermoso, bermejo y brillante, miro por encima de su hombro sus últimos trabajos en carboncillo. Caballos en plena carrera, niños pobres abrazados a sus perros, hombres de la calle arrastrando sus carretas. Son trabajos de la universidad y sin embargo son bastante notables. Me encantaba (hasta esa maldita noche…) mirar la ciudad a través de los amplios ventanales desde el octavo piso. Hay una Bogotá distinta a la de las postales para turistas. Una Bogotá viva y real, iluminada torvamente por el fuego de los basurales y los postes desde lo alto. Bogotá es una sinfonía nocturna: el sonido agudo de mil latas girando por el viento a lo largo de las calles; los carros acelerando en las calles; el zumbido de la electricidad en los avisos de neón; el paso arrastrado de los indigentes con su pesada carga de cartones y tejas; el rasgado de las bolsas de la basura cuando alguien busca comida en ellos; el revolotear de unas manos con hambre buscando comida entre cartones, jeringas, pilas gastadas, libros rotos y papel mojado; los chasquidos de alguien comiendo con fruición las sobras de otro. Esa es la verdadera sinfonía bogotana repitiéndose una y otra vez en mitad de la noche.

-Te gusta la ciudad de noche, ¿verdad?

Asiento con la cabeza porque sigo concentrado mirando un hombre arrastrando su pesada carga de cartones, mientras su perro le sigue fiel a su lado. Amo los perros callejeros de Bogotá y de cualquier ciudad. La amistad de un perro también puede ser un hogar y un paraíso para quien la atesora. Los perros son soles durante nuestra alegría y ángeles para nuestra soledad.

– Es otro mundo, definitivamente, Cata. Es otro mundo.

Catalina me sirve un poco más de vino. El color del vino bajando de la boca de la botella y hundiéndose en la copa es hermoso. Tiene mil vetas de luz en un segundo. Sin saber por qué, miré nuevamente por encima del hombro de Catalina hacia el fondo de la sala con sus amplias paredes blancas. Mi mirada se detuvo en un punto exacto. Justo ahí comenzó mi desgracia.

Algo me llamaba la atención.

Era un punto negro en mitad de esa terrible blancura.

Estaba un par de centímetros debajo de uno de los ángulos superiores de la sala, casi en el techo. Parecía una mosca. Incluso pensé en que, como Catalina era artista plástica de la Universidad Nacional, conocía perfectamente la broma del pintor Giotto a su maestro Cimabue. Pintaba moscas en los cuadros del taller, con tanta perfección, que su maestro se desesperaba de no poder espantarlas. No era imposible que lo hiciera para divertirse un rato con sus invitados. Parecía un punto hecho adrede. Era inevitable decírselo.

– Cata, ¿a qué juegas pintando un punto en el ángulo de tu sala?

– Ya lo notaste, ¿verdad?…

Respondió con un dejo de tristeza y resignación en su voz. Como si fuera algo verdaderamente incómodo de responder, como cuando uno quiere fingir algo y alguien más lo señala confirmándolo para siempre. Ella bajó la mirada con algo de aburrimiento, midiendo sus palabras.

– Yo no lo pinté, simplemente apareció de repente ahí casi hace dos semanas.

En ese momento sentí una ligera variación de la luz, como un temblor supremamente fino y casi imperceptible. Como cuando por milésimas de segundos se va la luz y sientes un leve temblor en los sentidos. Como si estuviéramos pasando de un ambiente de alegría a otro, donde apenas cabía la melancolía y lo incierto. Simplemente había preguntado por un insignificante punto en la pared y parecía que eso afectaba profundamente a Catalina.

Era imposible no querer acercarse un poco a la pared. A medida que me acercaba, había algo curioso en ese punto. Como si tuviera una perspectiva enorme de profundidad en sí mismo. A pesar de ser un punto apenas milimétrico, en realidad parecía el remate de un infinito túnel cavado desde tierras extrañamente lejanas a este mundo.

– ¿No será pintura de alguno de tus cuadros?

– Tú sabes que no, sólo trabajo con carboncillos. Y el carboncillo quita súper fácil…

Me acerqué a pocos centímetros del punto y cuando lo tuve casi al frente de mi nariz, algo me hizo pensar en la cornisa de un precipicio. Incluso sentí un atisbo de profundo vértigo. No sabría decir por qué, pero me costaba quitarme de la mente la idea de algo profundo, cuando era apenas un punto milimétrico. Pensaba en la enigmática frase de Federico Nietzche que, si miras durante demasiado tiempo un abismo, el abismo empezará a mirar en ti. En un segundo vi un brillo, como un haz de luz sobre el punto, que me hizo pensar en algo húmedo y viscoso. Como la boca de un pozo rebosante de aguas negras y pútridas. ¡Pero era apenas un punto insignificante en la pared!, ¿por qué me hacía suponer tantas cosas inconexas a la vez? Acerqué mi dedo para limpiarlo, cuando Catalina me gritó con angustia…

– ¡No lo vayas a tocar!

La miré con incredulidad. Ella con su camisa de cuadritos azules y sus jeans gastados, con el cabello desordenado cayendo sobre sus hombros, ¡alterada porque yo limpiase un punto en la pared! Qué absurdo.

– Catalina… ¿no estaremos exagerando?

– Es qué… – sonrió nerviosamente, pero la risa también es a veces la mayor expresión de la tristeza y el desconsuelo- intenté limpiarlo con un pañuelo hace unos días. No solamente el punto reapareció casi inmediatamente, sino que la marca del punto no ha quitado en el pañuelo. Lo he lavado repetidas veces y simplemente no quita.

Parecía una niña justificando algo inexplicable. Nos acercábamos al filo de la media noche. Con Catalina hemos tenido todas las variaciones que puede tener una relación de hombre y mujer: compañeros, amigos, novios, amantes, confidentes… Después de tantos años es inútil tener rodeos. Bebo un poco de vino y se lo doy directamente en su boca, mientras la abrazo suavemente para olvidar la tontería de esta situación. Tomé su mano derecha y empecé a besar uno a uno sus dedos, apenas posando mis labios sobre sus yemas. Luego tomé su mano izquierda para besar sus dedos, comenzando por el meñique y cuando llegué al índice, sentí un sabor imposible, intenso y repugnante en mi boca. Un sabor primitivo y oceánico que hacía pensar en escamas grises de antiguos peces. La miré directamente a los ojos y ella bajó los suyos para responderme casi en un susurro, mientras me dejaba ver una marca milimétrica de un punto casi de esfero marcado en su dedo índice.

– Intenté hace doce días limpiar el punto cuando lo vi por primera vez, y desde entonces, la marca no quita de mi dedo…

Queriendo olvidar la extraña situación, Catalina me abrazó con fuerza. Esa noche hicimos el amor larga y profundamente antes de dormirnos en la cama del cuarto principal. Hay unas horas de la noche que son perfectamente silenciosas, desde las dos hasta las cuatro de la mañana. La oscuridad y el silencio son absolutamente perfectos. Casi se puede escuchar nuestro corazón latiendo lento y pausado, como un sereno mar sin viento. Hay quienes temen al silencio de esa hora y sintonizan música suave en la radio o prenden el televisor. El temor al silencio es tan natural al hombre como el fuego a las bestias. Todo aquél que despierta a esa hora teme instintivamente y agudiza sus sentidos, creyendo asegurar así su supervivencia hasta el amanecer. Debe ser algo heredado de los primeros mamíferos cuando eran perseguidos por reptiles en la noche al final del cuaternario. Incluso, hay una leyenda que dice que a esa hora el diablo y los fantasmas recorren las calles y las casas. Es el silencio puro, sin embargo, esa noche escuché con perfecta nitidez un silbato. Era una frecuencia muy alta, como la que usan para llamar a los perros. No se oía realmente, era apenas un zumbido en el tímpano, capaz de enloquecer a cualquiera si la oyera constantemente. La frecuencia se parecía a un código Morse, demorándose a veces cinco segundos y otras diez. Siempre a distintos intervalos. Como un espectral telégrafo de mundos más lejanos al nuestro, diseñado cruelmente para despertar a los muertos y levantarlos enloquecidos y hambrientos de sus sepulcros. La frecuencia subía cada vez más y más, hasta que fue inevitable abrir mis ojos. Cuando lo hice, vi que Catalina también estaba despierta, con la mirada clavada y absorta en la pared. Me habló sin apenas mirarme:

– La estás oyendo tú también, ¿verdad?

– Sí, Cata… Debe ser algún dueño buscando a su perro en la noche…

– Si es así, ojalá lo encuentre algún día. Llevo casi dos semanas escuchando ese puto silbato siempre a esta misma hora.

La frecuencia era cada vez más notoria e innegable. Parecía una conversación de náufragos a la medianoche, zozobrando sobre las tablas de un barco deshecho por el oleaje. A los diez minutos, Catalina me habló más suave, como temiendo ser escuchada por alguien.

– Escucha mejor y sabrás de dónde proviene…

 

 

Capítulo II

 

Cerré esa noche los ojos para identificar ese brutal y a la vez delicado sonido. Quería sintonizarme con esa frecuencia que parecía surgida del antro de quién sabe qué lejanos y terribles planetas y órbitas.

Sostuve la respiración.

No quería que nada me distrajera del origen de ese infernal silbato. Cada vez lo sentía más y más cerca. Hasta que tuve la certeza de su origen. Lo iba a decir, cuando Catalina se anticipó. Ya sabía ella, pobre condenada, la respuesta desde hacía muchos días.

– Proviene desde la sala… desde la pared en dónde está ese maldito punto.

Lo dijo con resignada ira antes de desplomarse de físico cansancio en un profundo sueño. No hay mayor soledad que la de alguien despierto junto a alguien dormido. Son habitantes de dos ciudades distintas y lejanas, la de quienes están despiertos y las de quienes duermen. Son mundos aparte con lógicas incompatibles. “Proviene desde la sala, desde la pared dónde está ese maldito punto”, era la frase que llenaba mi mente. No dejaba de pensar en ese punto, húmedo y oscuro, profundo e insignificante. Trayendo consigo una frecuencia aguda y atroz. Como a lo largo de un infinito túnel, desde donde corre un tren con su amenazante silbato por rieles ajenos a nuestra imaginación.

Tal vez eso fue lo que me condujo a soñar la pesadilla de esa noche.

Soñé ese 26 de octubre de 2012 que me veía a mí mismo dormido abrazado junto a Catalina en la misma cama, con sorprendente exactitud de detalles: los papeles con carboncillos regados por doquier, la ropa en desorden y las cobijas revueltas. Así como san Pablo decía que él cuando muera se vería del mismo modo en que Dios le ve ahora. De ese modo perfecto me veía dormido junto a Catalina. Pero lo más alucinante y aterrador de la escena era que en mi pesadilla había una especie de monstruo descolgándose desde el techo hacia abajo, acuclillado y estirándose con infinita maldad y odio sobre nosotros aún dormidos, absolutamente vulnerables durante el sueño y ajenos a todo el horror.

El monstruo tenía la forma de una gigantesca gota de negra tinta mate, de casi metro y medio de radio. En lo que podríamos llamar su rostro o su cabeza (¿cómo pensar en cabeza, si únicamente tenía cuerpo?) no había ojos ni nada que delatara la menor expresión. Apenas su enorme boca en V invertida, la cual estiraba exageradamente, como si fuera una tensa y lisa goma, dejando ver su paladar negro mate con unas líneas negras y brillantes. El engendro aquél no tenía colmillos como tal, sino una serie de largos filamentos en su boca. Idénticas a las de las ballenas. En sí mismo, la monstruosidad del sueño no tenía apéndices, patas o tentáculos que le permitieran atraparnos. Era sólo su cuerpo negro y ovalado con la enorme boca en V invertida. A su alrededor crecía una espesa y blancuzca telaraña llena de ojos abiertos como embalsamados, abarcando casi por completo las paredes del cuarto donde Catalina y yo dormíamos. Desde el techo escurría esa telaraña en largas estalactitas de ojos abiertos y vidriosos, como de millares de muertos.

Me despertó un grito agudísimo. Era Catalina soñando una pesadilla. La miré y aún dormida manoteaba en el aire, como tratando de defenderse de algo terrible. Decía palabras incoherentes y tenía la frente empapada de sudor frío:

– ¡Esa cosa… negra… escurre…techo!, ¡miles de ojos!, ¡me miran!, ¡me miran!, ¡no parpadean!, ¡todos están muertos!, ¡siguen mirando!

A los pocos segundos se despertó por completo. Estaba temblando como una hoja a punto de ser arrancada para siempre del Libro de la Vida. Tenía los ojos vidriosos de miedo y miraba a doquier, como adivinando una presencia espantosa en cualquier rincón del cuarto. Con la voz hecha un hilo dijo:

– Otra vez… esa pesadilla…

Esta vez era yo quien realmente quería llegar al fondo del asunto. Antes que ella dijera una palabra más, le propuse en broma para disipar la tensión del ambiente:

– No me la cuentes, Cata. ¿Por qué no la pintas en carboncillo? Sería un experimento increíble…

Ella asintió de afán, a la vez que miraba la hora:

-Ya son casi las cinco de la mañana. Mejor nos alistamos, para que tú vayas a tu trabajo y yo me pongo a organizar mis trabajos de la exposición de la U.

– Perfecto, me voy a duchar.

El tiempo sucede de un modo distinto en la ducha. Pareciera que uno piensa con mayor facilidad bajo el agua que en otros lugares. Si fuera por mí, cada lugar de trabajo debería tener una ducha para pensar mejor. Las mejores ideas siempre se me ocurren en la ducha. El contacto con el agua es básico, es un regreso natural a lo que realmente somos. Un regreso al útero, ese primer océano de sangre. Apenas entré a la ducha, escuché la voz preocupada de Catalina:

– ¡Creo que nos va a tocar desayunar afuera! Mira que acabo de abrir la leche y está totalmente agriada. No entiendo por qué si la compré apenas ayer… Es como si la hubiera tenido desde hace meses. Huele terrible. Y para colmo de males, abrí un par de huevos y están casi negros. La gente de la tienda cómo putas vende semejantes porquerías. Todo está podrido, ¡todo!

Mientras salía y me secaba con la toalla, Catalina abría las persianas para que entrara la luz del amanecer. Todos los amaneceres en Bogotá tienen una luz gris brillante que baja desde los cerros y que anuncia una pronta lluvia al medio día. Esas primeras horas de sol son sofocantes. Mucha gente dice que ese calor se debe a la construcción desaforada de Bogotá, que el pavimento genera refracción de los rayos solares, que estamos prácticamente jodidos, que ya casi no hay campo ni zonas verdes. Ni árboles ni…

– Catalina, ¿qué les pasó a tus plantas?

– ¡Mierda, es cierto!, están totalmente secas.

– Pero putamente disecadas…

Las plantas que están en el apartamento de Catalina estaban absolutamente muertas y hasta ayer eran verdes como cualquier otra. Las enredaderas de la cocina, las flores púrpuras de la sala y todos los helechos tenían un color gris oscuro y se encontraban en un nivel de fragilidad absurdo. Como si les hubieran succionado la vida por completo. Catalina tomó con suavidad un pedacito del helecho, y entre sus dedos se diluyó en un ligero polvo gris. Catalina abrió con preocupación las cortinas para revisar el resto de su apartamento. La luz inundaba el espacio.

– Cata, mira los espejos del cuarto…

– Pero ¿qué es esto? Están casi negros, como nublados.

Los espejos del cuarto estaban casi enteramente negros, mientras que, en la sala, en la cocina y en el baño apenas estaban algo nublados. Como si un extraño degradado avanzara de un espejo hacia otros. Tomé un pequeño espejo de cartera del cuarto de Catalina y lo miré de cerca.

– Está negro, casi mate. No hay brillo en él.

– Como si el espejo se hubiera muerto…

Sentenció Catalina con algo de tristeza. La frase era muy poética, sin embargo, representaba la realidad: ya no había vida en el espejo. Como si hubiera dejado de existir de un día para otro. Ya eran casi las siete de la mañana y no valía de nada llorar ni lamentarse.

– Cata, me tengo que ir. Envíame por fa tu dibujo a mi oficina, envíamelo por e-mail.

Catalina me dio un leve beso en la boca mientras me terciaba la chaqueta. Nunca la vi con una mirada más triste y con las lágrimas reprimidas en la garganta. Realmente estaba preocupada por algo. Cuando me despedí de ella, miré hacia el ángulo de la pared. Había algo levemente distinto alrededor del negro punto en la pared, como si tuviera finísimas grietas. De esas que quedan después de un estremecimiento de tierra, pero no estaba enteramente seguro.

 

 

Capítulo III

 

Las calles de Bogotá por la mañana tienen algo verdaderamente mágico. Hay una rara energía positiva en el ambiente. Veo en las primeras horas a las mamás llevando a sus niños al paradero del bus; los ejecutivos jóvenes con el nudo mal hecho de sus corbatas y zapatos mal lustrados; las tiendas que comienzan a abrir y los mercados de barrio de donde se levanta ese olor a campo, a legumbres frescas, a carne pulpa recién cortada, a frutas y a tierra.

Bajo hasta la estación de Transmilenio. Francamente lo detesto, pero es la única forma de llegar a tiempo a mi oficina. Recuerdo un experimento de Konrad Lorenz que hizo con ratas en un espacio cerrado. Mientras más restringía el espacio, las infelices ratas adoptaban nuevas conductas cada vez más brutales: agresividad, canibalismo y crueldad desaforada hacia ellas mismas. El modo en que viajamos evidencia nuestra forma de percibir nuestro mundo y ciudad: caníbal. Es un indicador de nuestro descenso como especie que a la vez somos dominantes, pero a diferencia de los delfines y los elefantes, nos reproducimos con la celeridad de las cucarachas y las langostas. Un transporte es la metáfora de este siglo: muchas bocas canibalizándose unas a otras por un par de migajas. Los rostros de las personas en un transporte público son tristes y alargados, como el humo de los trenes desdibujándose en el aire. Saco mi celular y escribo un largo post en Facebook, de hecho, el último que podría haber escrito.

“Nadie es dueño de sí mismo. Triste títere pendiendo de infinitos hilos, que despiertas con miedo a las seis de la mañana. Te vistes para agradar a otros títeres que cuelgan de otras manos. Lees revistas y libros que no entiendes, pero te dan palabras para adornar tu desconocimiento en cualquier reunión. Títere que miras el reloj mil veces al día, almuerzas deprisa y ya pensando en regresar a tu cubículo de trabajo. Títere cuya tarde avanza y no sabes si tus hijos títeres han llegado a casa o no. Envejecido títere que ya perdiste el sonido de la voz de tus amigos porque los prefieres por chat. Títere, abandonado títere, te estás quedando solo y te excusas diciendo que eres workaholic. Sales tarde para impresionar a más títeres adictos al trabajo. Camina títere, camina entre las calles atestadas de más títeres temblorosos por llegar a tiempo a casa. Tu mujer títere llega casi contigo, comes en silencio porque únicamente eres locuaz por chat y el emoticón reemplazó tu boca. Títere sin fe, cuelgas de lazos que no ves, paseas el control remoto por sesenta canales hasta desmayarte de cansancio a la una de la mañana y dormir un raro sueño donde sigues siendo un títere, apenas un títere soñado. Ya ni el sueño es tuyo, ya ni el sueño te libera de las cuerdas”.

Así, llego a la estación de la 100 y subo a mi oficina en la agencia.

Sin proponérmelo, durante la mañana seguí pensando en los incidentes de la noche anterior. El punto, la marca indeleble en el dedo de Catalina y el pañuelo, la frecuencia del sonido tan alta que emitía, la terrible pesadilla, los miedos de Catalina, las plantas secas, la leche y los huevos podridos, los espejos negros, las grietas esta mañana alrededor del punto…

– ¡El espejo! – dije casi en voz alta.

Por descuido me había llevado el espejo de cartera de Catalina en el bolsillo de la chaqueta. Lo saqué como esperando ver algo distinto. Nada. Totalmente negro mate sin el menor brillo. “Como si hubiera muerto”, la frase de Cata.

Eran casi las cuatro de la tarde para ese momento. No había mucho que hacer en la oficina. Con los años me he dado cuenta que es más difícil fingir que uno trabaja a realmente trabajar.

Al rato me llegó un e-mail de Catalina con un archivo adjunto de imagen. El titular me sorprendió. Decía simplemente: “Figura del sueño”. Inmediatamente lo puse a descargar. Cuando vi la imagen por completo en mi computador, sentí un largo y profundo estremecimiento que me devolvió por completo a la realidad de la noche anterior, como si una larga y cadavérica mano me sujetara de los tobillos para arrastrarme a un terrible lugar. La luz de la tarde había bajado sensiblemente, dando paso a la noche y con ella, al frío y la oscuridad.

Sentí no solo miedo, sino melancolía viendo la imagen que me enviaba Catalina, pintada rápidamente en ligeros trazos de carboncillos. Había una pareja dormida entre las cobijas y sobre ellos bajaba desde el techo una figura negra y dominante, como un negro globo ovalado totalmente liso, sin rostro alguno y a su alrededor escurría una babaza decorada con ojos abiertos, cubriendo las paredes y parte del techo. Lo más atroz de ese apresurado cuadro era su inmensa boca en V invertida, abriéndose como en un ahogado alarido de odio y repugnante victoria sobre el género humano.

Sentí frío en mis manos y miré a lo lejos por las ventanas de la oficina. Sentí a Bogotá como una ciudad monstruosa y ajena, presintiendo que habitamos desde el comienzo una tierra prestada y que de un momento a otro nos será cobrada la renta por los antiguos dueños.

Realmente me impresionó esa imagen que concordaba perfectamente con mi pesadilla, ¿cómo ambos habíamos podido soñar exactamente lo mismo? Imprimí la imagen para poderla revisar con mayor detenimiento. La dejé unos segundos sobre mi escritorio porque no me sentía realmente bien. En ese preciso momento (el mundo es una caja de espejos y coincidencias), pasó cerca uno de mis compañeros de la agencia de publicidad. Se quedó mirando la imagen fijamente.

– ¿Puedo detallarla?

Se la acerqué con cierta perplejidad.

– Me resulta familiar esa cosa que está ahí dibujada.

– ¿Seguro, Javier? – le dije con cierto temor en la voz. No era capaz de decirle que esa misma cosa la habíamos soñado al tiempo una amiga y yo la noche anterior. Me hubiera muerto de espanto si Javier la hubiera soñado también.

– Sí… pero no sé dónde realmente…

Javier la miró con cierto detenimiento, pero con curiosidad y hasta algo de diversión. Mientras que para mí no dejaba de ser abominable esa figura negra y ovalada con su boca en V invertida y rodeada por esa baba de millones de ojos mirando fijamente desde el papel.

– ¡Ya sé! Ya me acordé. Alguna vez en los últimos semestres de antropología en los Andes, estudiamos mitos del altiplano cundiboyacense, anteriores a la mitología muisca y chibcha. Había un dios al que rendían culto. Espera y buscamos en Google a ver qué sale.

Se sentó a mi lado y entró a Google. Puso de palabras de búsqueda: dioses antiguos precolombinos – cultos prehispánicos – tradiciones prohibidas. Entró a una serie de libros digitales. Uno de ellos tenía un diccionario virtual.

– ¡Este, es este mismo! La figura se llama Saxrahue, que significa “El anciano malvado”, “El antiguo mal” o “La maldad antigua”. Realmente es difícil encontrarle un significado exacto en español. No sabía que te interesara esa clase de temas de antropología.

Me dijo mientras se levantaba para irse. Ya no sé ni qué pensar. Leo en esa página universitaria un poco más del tal Saxrahue, que me resulta apenas impronunciable.

“(…) los antiguos pobladores del altiplano cundiboyacense practicaban un culto a Saxrahuehueh, el cual se replegó considerablemente ante la imposición de las figuras del ciclo mitológico Chibcha-Muisca (…) llegando a ser un culto de carácter secreto por algunos caciques (…) ofrendaban a este ser impuro que consumía la vida de sus víctimas y todo aquello que las rodeaba (…) el culto recibía el sacrificio de hombres de otras tribus atrapados en guerra. Algunos cronistas anotan que dicho sacrificio de vida o sangre (trad.) era necesario para mantener replegado al mundo de los muertos llamado Ukhupacha. (…) Con la aceptación de dioses más benignos y que preferían el ofrecimiento de cosechas al de la sangre, el culto a dioses más bien oscuros como Saxrahue quedó erradicado de esta cultura precolombina (…)”.

Más adelante leo:

“(…) Según los adoradores de este oscuro culto, este dios o criatura conserva, en una especie de capa o telaraña que surge de su cuerpo, los millones de ojos de las víctimas que ha devorado en sus largos eones de existencia (…) Cabe pensar en los trofeos de guerra de los antiguos aborígenes” …

Al lado de este texto había un grabado muy al estilo de los de Bartolomé de las Casas. Parecía más bien una abstracción con sus líneas trazadas casi de memoria por el ilustrador. Era una imagen de la negra y ovalada criatura colgando de un inmenso árbol. Devorando por la cabeza a un aborigen que tenía sus manos amarradas a la espalda, mientras otras víctimas esperaban su turno en el sacrificio. Detrás había un cacique azuzándolos con una lanza para evitar su huida. De las ramas del alto árbol colgaba una rara telaraña hecha de millones de ojos abiertos. Y otra vez, esa atroz boca en V invertida devorando un hombre vivo y consciente.

No sé qué pensar, sinceramente no sé qué pensar.

 

Capítulo IV

 

Son casi las ocho de la noche y prácticamente no hay nadie en la oficina.

Casi sin querer, miré cerca de mi computador y vi un brillo donde antes no había nada. Era el espejo de Catalina. Había vuelto a brillar. Ese negro mate se había disipado por completo. Sentí la urgencia de llamar a Catalina y contarle de mis descubrimientos. Llamé a su apartamento. El teléfono repica tres, cuatro, cinco, seis veces. Nada. Suena el contestador. Prefiero llamarla ahora al celular, porque puede estar en cualquier otro lado. Bogotá es una ciudad de mil posibilidades. Qué raro, no contesta. Insisto más veces. Realmente no contesta.

Empiezo a sentir una rara opresión en el pecho. Es miedo. Pero un miedo mayor, más profundo, como impuesto desde cielos más altos y oscuros que los nuestros, donde moran otro tipo de conciencias que se expresan bajo formas que nosotros solamente entenderíamos como monstruosidades o pesadillas.

Ya son las ocho y media de la noche. El frío baja desde los cerros y se cuela por las calles, helando los huesos de quienes viven en la calle sobre sucios cartones y cobijados por plásticos.

No dejo de pensar en Catalina y tengo auténtico miedo. No hay momento más humano que cuando tienes miedo y no sabes de qué. Cuando presientes que algo aterrador está sucediendo y eres incapaz de detenerlo. Como si un dique invisible se hubiera destrozado al fin y una marea de infinita maldad invadiera tu hogar.

Catalina no contesta al celular. Sigo marcándole mientras llamo a un taxi por teléfono. Llega el carro al cabo de diez minutos. Yo ya estoy abajo en portería.

– Por favor, lo más pronto a la séptima con veintidós…

Me acomodo con dificultad en el asiento. No dejo de mirar la ventana. Por la séptima los gamines esperando víctimas en cualquier esquina, las putas viejas con la cara llena de maquillaje, los travestis caminando casi desnudos por las calles y los indigentes arrastrando sus cartones y abriendo las bolsas de basura.

Es imposible no pensar en esa cosa negra, en el punto en la pared, en la marca en el dedo de Catalina, en ese sabor terrible y antiguo que sentí cuando besé sus dedos, en el sueño compartido con ese monstruo, en la ilustración de esa cosa antigua y maligna colgando de un árbol como una boa para devorar a esos aborígenes con la complacencia de un cacique, en las plantas secas, en los huevos y la leche podrida en el apartamento, en las grietas alrededor del punto, en ese silbato en código Morse a las dos de la mañana viniendo justo desde ese maldito punto, en ese detestable nombre Saxrahue…

Prácticamente ya estoy frente al edificio de Catalina. Durante todo el trayecto no ha contestado al celular una sola vez. Son casi las nueve y media de la noche. Hay una rara quietud. Ni siquiera el viento helado habitual a esta hora. Timbro. Abre el vigilante que me conoce desde hace años. Lo saludo cortante:

– Voy para donde Catalina, ¿ella está arriba?

– No ha salido en todo el día.

Tomo el viejo ascensor de rejilla que sube aparatosamente piso a piso, haciendo escala en cada uno de ellos. Tengo el corazón a prisa. No me puedo quitar la idea de que algo malo sucede en estos momentos. Piso cinco, seis, siete. Piso ocho. Abro la rejilla. Camino a zancadas a lo largo de ese pasillo con tapete carmín y deshecho por la humedad. Avanzo a través de las puertas de metal de los otros apartamentos. El pasillo está iluminado débilmente por los dos únicos bombillos de luz amarilla. El miedo me invade como una nausea. Presiento algo terrible y no sé qué es. Me acerco a la puerta. Apartamento 801. Huele a algo raro. Como algo amargo. Huele terriblemente a óxido. Al acercarme al picaporte la puerta está enteramente oxidada y tiene un raro color oscuro por su alto grado de deterioro. Como vencida por la sal de mar. No parpadeo por la impresión y tengo los ojos secos. Escucho un ruido al interior del apartamento. Un golpeteo monótono. Como si estuvieran subiendo algo pesado por medio de una polea. De un golpe abro la puerta. Cede con relativa facilidad por su grado de oxidación.

Ahí fue mi ingreso. Mi descenso a la pesadilla. Al maelstrom.

El apartamento de Catalina estaba en un terrible desorden y caos. Papeles por doquier, muebles tumbados y cientos de cosas regadas a lo largo del corredor. Como si hubiera sucedido una implacable persecución en círculos y la víctima se hubiera defendido arrojando todo lo que encontraba a su paso. Contengo la respiración. Hay un verdadero hedor en el apartamento, como de repugnantes acuarios de tortugas o descompuestos nidos de reptiles antiguos. Camino a cuentagotas con el corazón a punto de estallar. La garganta apretada para evitar el menor grito.

¿Dónde está Catalina?, ¿dónde está Catalina?

Paso por la sala… ¡Dios! El lugar donde antes estaba el punto, ahora es un boquete abierto de casi dos metros. Como si algo hubiera explotado desde adentro de la pared hacia afuera. Hay restos de pared y cemento en el suelo.

Avanzo por la sala centímetro a centímetro, con los ojos agigantados de miedo en la oscuridad, mirando a doquier, incluso al techo. Sobre todo al techo… No he respirado en los últimos segundos. Con la garganta seca y el corazón hirviendo de miedo, termino de recorrer la sala. Miro al techo con frecuencia y lo veo distinto, como si fuera nuevo. Como si algo hubiera pasado por allí arrasando cualquier detalle. Como un borrador sobre una hoja. Mirándolo con detenimiento, se parecía al rastro pálido y brillante de una gigantesca babosa. El ruido era insistente. Como si estuvieran subiendo algo de mucho peso por medio de una polea. Los muebles están tirados del peor modo. Realmente hubo una persecución aquí. Catalina. Catalina, ¿qué pasó aquí? El olor es cada vez más y más insoportable, como de peces muertos y en putrefacción. Dios mío… El ruido… el ruido proviene del estudio… Contra toda prudencia, abrí de un golpe terrible la puerta del estudio y ante lo que vi, no pude evitar el grito.

Sujeta al techo, como un inmenso caracol de una hoja, un monstruo negro de forma ovalada y de casi un metro de radio, abría una gigantesca boca en V invertida, de donde colgaban las piernas de Catalina con su jean gastado. A la vez que, por donde podría ser la parte posterior del engendro, colgaba seco y sin vida el torso, los brazos y la cabeza del esqueleto de mi amiga.

El monstruo, a la vez que lentamente devoraba a Catalina, también la iba excretando. En ese proceso se inflaba repetidamente como un globo profundamente negro. Llenándose con la sangre, la carne y los líquidos vitales de ella. No caía una sola gota de sangre al piso. Y la otra mitad del cadáver de Catalina pendía en el aire. Como un manojo de secos pelos envolviendo unos huesos secos y quebradizos.

Desde el techo y hacia las paredes se expandía una espesa capa de millones de ojos vidriosos enteramente abiertos. Inexpresivos e indiferentes ante el horror de pesadilla que habitaba ese cuarto. A pesar que el monstruo no tenía ojos, ante mi presencia, giró su boca en V sin dejar de tragar el cuerpo de Catalina. Grité. Grité como nunca. Grité hasta que me dolió el fondo de mis pulmones.

Mientras corría como un loco por el apartamento buscando la salida que se me hizo lejana e infinita. Tropecé con todos los muebles en desorden. No bien caía, gateaba hasta volver a correr. Cualquier segundo podía costarme perder la vida del modo más cruel que uno pudiera imaginarse.

El monstruo desde que me vio, no dejaba de emitir un alarido inaudible. Era como el silbato para llamar perros, pero aumentado cien veces más. Mil veces más. Era una frecuencia altísima que me aturdía casi hacerme perder la razón. La cosa se arrastraba lentamente por el techo, llevando detrás suyo esa telaraña de millones de ojos abiertos. La puerta del apartamento. Miro un segundo hacia atrás y veo ese inmenso globo negro con su odiosa boca triangular abierta de ira y terminando de devorar a mi amiga, cuyo cadáver seco se desmoronaba a lo largo de la sala. Paso corriendo por la puerta y tiro la puerta con fuerza sobre el monstruo, que sigue a pocos metros míos. Dios mío, ese olor es indescriptible y ese silbato horrendo me está reventando los oídos. Sé que me están sangrando y el mareo por el dolor me hace caer constantemente. El ascensor. Al final del pasillo. Todo es oscuridad. El monstruo sigue detrás de mí. El ruido de un tronco seco cayendo en el pasillo, me obligó a mirar hacia atrás: ¡ha acabado de devorar a mi amiga y excretó su cadáver seco sin jugos vitales ni sangre en el pasillo! Y ahora abre enteramente su boca en V detrás de mí. ¡Dios! ¡Esos filamentos como de ballena a lo largo de su negro paladar! Por las paredes se arrastran esa blanca babaza con millares de ojos de sus víctimas. Seguramente los de Catalina ya están entre sus trofeos. Cada vez abre más su boca y la frecuencia del silbato es más y más alta. Dios, el ascensor no abre. ¡No abre! La boca se extiende como un abismo sobrenatural, como un pozo de muerte y podredumbre, como un descenso al maesltrom donde la carne viva se hace polvo y ruina. ¡Acaba de abrirse el ascensor! Entro en milésimas de segundas y cierro la reja casi contra la boca del monstruo que no deja de vociferar iracundo. Le he tocado. ¡He tocado el liso y negro rostro del monstruo! La reja se oxida ante su sola presencia. El ascensor baja rápidamente. Estoy acuclillado en una esquina temblando de miedo y miro asqueado mis manos. Están manchadas de negro. Esa será la marca de por vida, recordando mi contacto con esa cosa. Abre el ascensor. Abajo está el vigilante asustado:

– ¿Qué fue esa cantidad de gritos, gran pendejo?, ¿dónde está Catalina…? ¡Voy a llamar a la policía ya mismo!

Ni le respondo, abro la puerta y sigo corriendo como un lunático a lo largo de las calles de la séptima. Corro como un alma en pena huyendo del diablo. Los gamines y los indigentes me miran con miedo. Corro con los ojos desorbitados y a veces cayéndome del mareo, solo para vomitar agua y seguir corriendo. No dejo de escuchar un frenético silbato como para perros, en una frecuencia de intenso odio, como si la telegrafiaran desde más allá de las estrellas, desde donde nos alcanzan los sueños de los muertos.

Desde esa noche, llevo ya casi media semana encerrado en mi casa. No aparto de mi mente esos vengativos dioses antiguos anteriores al universo y que se expresan a través de las rendijas de nuestra cotidianidad para cobrar crueles tributos de carne, sangre y alma.

Escribo esto con mis manos por siempre negras porque quiero explicar la insólita desaparición de María Catalina Valencia la noche del 27 de octubre de 2012. Y también porque presiento que mis horas en este mundo están contadas. Acabo de descubrir en una pared de mi cuarto una larga serie de puntos negros que jamás había visto. Una inmensa colmena poblada de diminutas madrigueras.

Pronto terminará la triste noche de la existencia del hombre y despuntará el espantoso amanecer de los verdaderos Dioses de este mundo.

 

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