LA CASA DE LAS ACACIAS

La Casa de las Acacias

Como cualquier ser vivo, las casas nacen en algún punto del espacio, crecen y se dejan habitar por otros seres, decaen y envejecen hasta la muerte, y si están destinadas a convertirse en algo más, se tornan en fantasmas durante un largo, largo tiempo antes de volver a morir nuevamente, esta segunda muerte por puro olvido y abandono.

Dicen que cuando entré a aquella casa era demasiado niño para poder acordarme y tener un recuerdo de esa primera vez. A lo mejor, por eso durante los años siguientes, siempre sentí en esa casa antigua una rara extensión de mi anatomía, como si sus vigas fueran una continuación de mis huesos y los marcos de sus ventanas una ampliación de mis ojos, del mismo modo en que un caracol no diferencia su cuerpo de la inmensa concha que habita.

La casa de mis recuerdos está en Galerías (aún permanece allí…) en la 53 con 21, casi en la mitad de un barrio que desde hace veinte años progresivamente fue decayendo. Como un indeciso atardecer de trazos amarillos de un sol moribundo y de largas nubes grises que sólo esperan su caída para anunciar la pesada noche. Como las casas de entonces, ésta era de paredes de ladrillo puro que brillaban hermosamente con las primeras luces del amanecer. El tejado era de una sola agua, plano, y desde lejos se divisaba el tanque de reserva. Tenía un portón blanco con largas rejas negras que protegían unos vidrios esmerilados. Y como era esquinera, tenía a lo largo de la cuadra un amplio recorrido en “L” de baldosines rojizos que enmarcaba el jardín, donde crecían flores silvestres blancas, amarillas y carmines, que mi abuela Amparo regaba religiosamente cada día, vestida con su jardinera verde. Sobre el frontón estaba un enorme ventanal, desde el que se veían los Cerros Orientales y aguzando un poco más la mirada, también la catedral blanca de Monserrate, encumbrada entre los altos árboles de pinos, robles, palmas de cera, cauchos sabaneros y saúcos, como una larga falda verde oscura que se recortaba contra los últimos edificios de la capital. Ese era el tamaño de mi imaginación y mi melancolía durante esos primeros años.

Cuando mi familia vino de Medellín, esa casa en Galerías fue su primer espacio antes de echar raíces en esa Bogotá todavía horrorizada, incierta y con la boca llena de sangre y los dientes flojos por el impacto del Bogotazo. Allí crecí yo, cuidado por mi mamá, cinco tías, dos abuelas y dos empleadas de servicio, como siguiendo el adagio de “bendito entre las mujeres”. Si algo aprendí en esos años fue a amar el corazón de una mujer en sus distintas edades, como quien ama la variante luz que arroja un cristal en las distintas horas del día y la noche. Todas las mañanas antes de que me recogiera el bus del jardín Rafael Pombo, vi a seis mujeres jóvenes arreglarse el cabello, pintarse los labios, alargarse las pestañas y hacer miles de gestos ante el mismo espejo del baño. Me fascinaba sentir a esa hora cómo se mezclaban los perfumes que se aplicaban las mujeres de la casa, cómo intercambiaban entre ellas zapatos, bufandas, faldas y blusas para ir al trabajo. La humilde y dulce belleza de las hermanas de clase media que intercambian de ropa entre ellas para verse siempre distintas ante el mundo. A la hora del almuerzo, cuando regresaba yo de mi jardín, veía a todas mis tías y a mi mamá llegar, como aves que cumplen con un horario para almorzar en la casa, en el amplio comedor que tenía una larga mesa ovalada en madera. El comedor tenía paredes en largos retablos de madera, de las que me fascinaba sentir su textura rugosa y su olor puro. En una de ellas estaba un cuadro del trágico e incómodo momento de La Última Cena, donde Jesús advierte la duda de Pedro y la traición de Judas, pintado por un artista pastuso llamado Dávalos. Contra el comedor estaban dos amplias ventanas, también llenas de rejas negras a razón del miedo que sentíamos hacia la delincuencia que cada vez aumentaba más en Galerías y Teusaquillo. El segundo ventanal iluminaba la sala con una chimenea que jamás pude ver encendida, sobre la cual estaba un cuadro que se llamaba Los Pescadores, de una desilusionada pareja pobre, sosteniendo frente al gris y ominoso mar sus amplias redes, vacías de peces y de toda fortuna. En el centro de la sala había una pequeña mesa en madera color hueso, con oscuros tallados como dragones, arabescos y hombres rusos en sus carruajes de nieve. Al lado había un enorme baúl de la misma madera, haciendo juego con la mesa y eternamente cerrado. Ese baúl es el comienzo de mis pesadillas. Cada noche que bajaba en la oscuridad por un vaso de agua, lo sentía casi respirar en la oscuridad, como un inmenso ataúd conteniendo su respiración antes de desbordar su maldad en cualquier instante. Al fin y al cabo, todo paraíso tiene en su centro una nuez de pesadilla.

El barrio antes se llamaba Sears, como recibiendo el apellido del centro comercial. Pero progresivamente se fue llenando de galerías de arte, de pintores, de bohemios y de artistas por toda la carrera 24, haciendo que el nombre cambiara al de Galerías. Mi casa tenía cuadros por doquier y había uno que detestaba en particular: el de un payaso triste hecho con trazos rojizos y azules, que estaba en el bar esquinero cerca del portón blanco. Como buena familia antioqueña, el bar estaba lleno de copas de todos los tamaños. Al lado se encontraba el amplio garaje, con piso de baldosines en parqués negro con rectángulos amarillos, verdes y rojos, que tal vez era mi espacio favorito para jugar, viendo como entraba la luz difusa a través de las rejas del portón que daba contra la calle. Todavía recuerdo las reuniones familiares de hace algunos años, cuando nos reuníamos casi tres generaciones enteras (suena mucho, pero nunca sumamos más de cuarenta o cincuenta personas) y veía primos, tíos y tías de todas las edades en la casa, como una jaula llena de felices pájaros en un verano de cerezas en flor. Frente al garaje estaban las escaleras en “L”, siempre iluminadas contra un enorme ventanal hexagonal, por donde se colaba la luz, y en la pared del descanso había un cuadro de brillantes flores rojas con un fondo oscuro, al estilo de Rembrandt, que anunciaba la llegada al segundo piso.

El piso en tablas de madera del segundo piso era para mí un territorio de fantasía, un oscuro reino de la imaginación en cada centímetro. Recuerdo cada grieta en la madera y cada porosidad, el olor dulzón de la cera cuando la empleada limpiaba el piso y me gritaba que no caminara en medias, las rendijas entre la madera y la pared, frente a las que me acostaba horas enteras a mirar la oscuridad de las entrañas de la casa, viendo el polvo acumulado, como ruinas de un tiempo detenido ahí bajo el piso. En más de una ocasión perdí alguna pieza de los juguetes que tanto me gustaban, las pistolas de los Gi-Joe o las espadas de los de He-Man. Y así, acostado boca abajo, abría el ojo desmesurado contra la rendija tratando de encontrar esas piezas de juguetes en ese relieve oculto bajo las tablas de mi casa, como buscando un tesoro en el anverso del universo mismo. Todavía recuerdo el calor de la madera contra mi pecho durante los días que hacía sol. También el largo frío en las tardes en que bajaba la temperatura en Bogotá y se hacían más oscuros los Cerros Orientales, presagiando las noches de lluvia.

Al fondo de la casa estaba el amplio cuarto de mi abuela Amparo con el ventanal que daba contra la calle, que tenía al lado de su cama un enorme Cristo al que solamente me acercaba cuando estaba perdiendo el año escolar, es decir, cada noviembre infaltablemente. Aún tengo presente la mirada frustrada del Cristo, como diciéndome: “¿y esta vez a qué venís, álgebra, química o geometría?” Al frente de la cama estaba el televisor viejo de la abuela en un largo mueble de pared en donde colgaban decenas de collares y joyerías. Un anaquel del piso al techo dividía el cuarto de lo que podríamos llamar un balcón interno, donde siempre estaban dos poltronas, en donde me acomodaba a terminar mis tareas, mientras esperaba a mi mamá que llegaba por las noches de Artesanías de Colombia, donde trabajaba. Si ella venía directamente por la 53, yo sabía que seguramente traía pasteles de hojaldre y crema con forma de pescados, que me encantaban, porque esa era la ruta del bus y la pastelería JaiAlai. Al lado de la habitación de Abue estaba otra habitación que, cuando mis tías y mi mamá se fueron, se convirtió en un espacio de televisor y dos camas, siempre tendidas y organizadas, esperando a los huéspedes que nunca llegaron. Y pasando el corredor, estaba la habitación más grande con su estudio lateral, que nuevamente digo, cuando mi familia se arraigó en otras partes de Bogotá, terminó siendo la mía y la de mi perro. Así terminamos viviendo años enteros mi abuela, mi perro y yo en la casa de Galerías.

Abue era una mujer antioqueña, testaruda, amorosa y de temperamento difícil, pero éramos los mejores amigos y nos entendíamos por estar en extremos opuestos de la misma vida. Yo comenzando y ella yéndose. Casi todas las noches teníamos el mismo diálogo gritado de un cuarto a otro, en un perfecto tono paisa.

– Luis A (así me decía ella…), ¿te provoca jugo de naranja?

No Abue, gracias – con mi cabeza metida en mis tareas de la universidad -, así estoy bien. Dejá así.

– ¿No se te antojan como unas tostadas a la francesa con café…?

– No Abue, en serio, gracias, ya son casi las nueve de la noche, y a esta hora yo ya no como nada. Así estuvo bueno, gracias.

Y quedaba entre los dos un silencio teatral de casi diez minutos, hasta que al fin la escuchaba decir desde el otro cuarto en un tono de divertida queja:

– Bueno, Luis A, ahora pregúntame vos…

Sabiendo yo lo que venía a continuación, comenzaba a apagar el computador…

– ¿Qué te provoca Abue?… ¿Qué tal unas tostadas a la francesa, con jugo de naranja y algo de café?…

Dicho y hecho…

– Pues bueno, Luis A, ya que insistís tanto.

Así me bajaba a la cocina por las noches con mi perro Dandy a prepararle las consabidas tostadas a la francesa. De todos los lugares de la casa, uno de los que más amaba era la cocina, porque era de esas antiguas, amplias y con muebles rústicos. Una de esas noches de hacer naranjada a las diez, descubrí que no teníamos azúcar, que la empleada no la había comprado y por ningún lado de la casa había nada parecido para endulzar el jugo como tanto le gustaba a Abue, a pesar de las inútiles prohibiciones de su doctor por la temida diabetes. A excepción, por supuesto, del aguardiente que guardábamos por cantidades en el bar, como un par de enanos guardan celosamente el oro de la montaña. Desde esa noche en adelante, la naranjada que tomaríamos con Abue sería prácticamente mitad aguardiente con hielo. Siempre la pobre mujer me decía lo mismo acostada en su cama, mientras veía El Minuto de Dios.

– Pero es que, Luis A, a vos la naranjada y todos los jugos te quedan muy buenos. A mí nunca me quedan así.

Hasta que muchos años después, un día sentí su profunda desilusión mientras mercábamos en Carulla y llevábamos el carrito por la sección de las frutas, cuando me dijo de repente, como soltando un gran pesar:

– A ver, decime, ¿vos cuáles son las naranjas que comprás, las Golden, las Tangelo, las cuales? Es que cuando yo hago el jugo de naranja, nunca me queda tan bueno como a vos…

Sentí que me iba a morir y de paso iba a matar a esa mujer nonagenaria con mi respuesta, pero me ganó la piedad y se lo dije de frente, para que dejara de buscar infructuosamente esas imposibles naranjas anisadas.

– … Ay Abue, no sé ni cómo decírtelo, pero desde hace más de cinco años, casi la mitad de la naranjada que nos tomamos es sólo aguardiente con hielo…

Todavía recuerdo la mirada fría de mi abuela con sus ojos que eran una mezcla hermosa de tonos grises y azules, tristes y amplios como un mar peruano. Pero recuerdo mucho más la respuesta:

– Pero qué maravilla de invento, Luis A, vos sos muy entendido. ¿Qué es lo que estudiás?
– Comunicación Social, Abue, allá en la montaña, en el Politécnico.
– Qué maravilla de muchacho… entonces va a tocar tener más aguardiente en la casa para que podamos seguir haciendo jugos.

Una noche llegando del fabuloso Politécnico, descubrí que Abue no podía casi leer, que así dijera lo contrario, se estaba quedando ciega por las cataratas. Sin embargo, no era algo evidente, porque Abue conocía las escaleras, la cocina, la sala y las materas del jardín con una precisión de relojero. Desde ese momento, apenas llegaba de la universidad, empecé a leerle todas las noches en su cuarto. Ella se acomodaba en la cama con su jugo mitad naranja y mitad aguardiente. Yo me sentaba al lado suyo con un vaso de wiski puro y mi perro acomodado en el suelo de madera. Así comenzamos primero a leer las noticias del periódico. Al cabo de los meses, fuimos agregando algunos libros como La Novela de Perón, que a ella le encantaba, y finalmente nos fuimos yendo por algunos más simples, más hermosos realmente. Como los cuentos de los Hermanos Grimm, los de Anderssen, algunos que Borges hizo cuando también se estaba quedando ciego, algunos pasajes de las 1001 Noches, pero de todos, creo que el más importante fue Corazón, que era un compendio de historias infantiles de Edmundo Damici, sobre las aventuras de unos niños en un colegio italiano, Enrique, Stardi, Garrón, Derossi, Precossi y otros más. A Abue le gustaba tanto ese libro que una noche que llegué tarde de la universidad y no le había podido leer absolutamente nada, cuando subí por la casa enteramente a oscuras, estaba ella esperándome a medio dormir en su cama y con la puerta abierta del cuarto. Me dijo secamente:

– No supe esta noche qué pasó con Garron…

Apagó la lámpara y se durmió.

Uno de los últimos libros que le leí por las noches a Abue fue uno que, recuerdo con mucho cariño, que era Cuento de Navidad de Truman Capote. Trata de un niño que vive en una casa con su abuela y una perrita labradora. Ellos construyen cometas para venderlas y comprar harina, dulce, miel y ron para hacer tortas. Finalmente, el niño se hace joven y debe irse a una academia militar. Y desde el patio del claustro, siempre mira al cielo para saber si hay cometas en el cielo y de una forma u otra, saber si su abuela y su perrita están bien. Terminé de leerle el cuento, pensando que a Abue le había encantado.

– Qué historia tan absurda, Luis A. ¿Qué tal una anciana viviendo con un muchacho y un perro en la misma casa? Eso no tiene sentido… no tiene imaginación…

Ese relato de Truman Capote era el espejo de nuestros días, como un cuadro de Velásquez en donde la cruda realidad se mira a sí misma y en su mismo dolor no se reconoce. Al cabo de unos meses, cuando Abue murió, yo compré mi casa en Chía y la casa de Galerías quedó deshabitada mientras la familia decidía su destino, quedando como el piso de una pajarera vacía, apenas cubierto con los huesos y las plumas secas de sus aves.

Como cualquier ser vivo, las casas nacen en algún punto del espacio, crecen y se dejan habitar por otros seres, decaen y envejecen hasta la muerte, y si están destinadas a convertirse en algo más, se tornan en fantasmas durante un largo, largo tiempo antes de volver a morir nuevamente, esta segunda muerte por puro olvido y abandono.

Al cabo de casi un año, volví una noche a la casa porque todavía conservaba las llaves..

Mirándola desde afuera, la casa de Galerías parecía apenas una inmensa cosa muerta en la calle. Infinitamente muerta. Infinitamente solitaria. Las cortinas cerradas en las ventanas como las monedas sobre los ojos de los antiguos muertos. Cuando entré, sentí de golpe ese olor seco y frío de las casas que no se han abierto en muchas semanas a la luz del sol. En el piso seguían cantidades de periódicos y catálogos, abultados unos sobre otros y llenos de tierra, como si el mundo de afuera siguiera enviando noticias del exterior a una casa muerta. La oscuridad iba del garaje hasta la sala y el comedor, subiendo como un pesado mar de tinieblas por la escalera en “L” hasta llegar a las habitaciones vacías del segundo piso. De vez en cuando, las luces de algún carro en la calle iluminaban repentinamente las formas de los muebles, de la mesa del comedor, de la mesa circular con los grabados en madera y hasta del baúl cerrado que durante años lo creí como un ataúd. Ahora solamente me parecía un objeto hermanado a la soledad y al abandono. Los cuadros de la sala y el comedor estaban cubiertos por sábanas para protegerlos del polvo. También estaban cerradas con cortinas los ventanales de la sala y el comedor, creando la atmósfera de una inmensa cámara mortuoria.

Decidí, entonces, prender la luz del comedor.

La sensación de la luz me impresionó porque ya me había empezado a acomodar a la oscuridad de la casa. Pero me impresionó mucho más lo que encontré en la mesa del comedor: perfectamente organizados uno a uno, casi de mayor a menor, como si alguien hubiera tenido un tiempo infinito para hacerlo, se encontraban los juguetes que yo había perdido en las rendijas de esa casa años atrás cuando era niño. Ahí estaban en milimétrico orden las diminutas figuras de GiJoe: el soldado naranja de FragViper con sus granadas y su rifle de asalto; CrocMaster con su cocodrilo de caucho y el látigo amarillo; SciFi de traje verde, casco metálico y rifle láser; el robot negro BAT con sus manos intercambiables de lanzallamas, tenaza y láser. Al lado, con el mismo minucioso orden, los de Masters of The Universe: el dragón que escupía agua de Skeletor y su cadena verde; el escudo amarillo de SciClone; el cangrejo de Clawful, que siempre pensé que me lo había robado una empleada de servicio. Y luego, regadas casi sin orden, como piezas molares o insectos muertos, algunos pedacitos metálicos de un robot japonés que me dieron en la primera comunión, y luego se fue perdiendo poco a poco. Era como si la casa misma hubiera decidido devolverme todo lo perdido en un solo instante. Con cierto pavor sagrado, los guardé todos en mi maleta de la universidad. Y me dirigí luego hacia la cocina, también a oscuras. Prendí la luz. Algunas puertas de los muebles superiores estaban abiertas. En la pared había dos huevos que quedaron en la imitación del galpón de madera pintada de colores. Al lado seguía colgado el Almanaque del Granjero en un mes suspendido en el tiempo. Y en el fogón había una paila con aceite reposado, una olla llena de arroz seco y al fondo una olleta con algo de café… ¡Todavía prendida después de más de un año y medio!

En ese momento escuché los pasos de alguien bajando suavemente, apenas haciendo crujir la madera del entablado. Como una lluvia de amanecer bajando por los cerros. Ahí la vi a ella, de pie.

– Luis A… ¿vos que hacés a esta hora?… ¿venís de la universidad?

Era Abue. Tenía puesta el pijama de la última vez, antes de llevarla a la clínica, donde murió ahogada. Tenía los ojos algo irritados, como de quien ha dormido muchas horas y al despertar le fastidia la luz. Ambos nos miramos, como dos seres de mundos opuestos, en la desvencijada cocina, apenas iluminada por un bombillo de 60 vatios y de fondo la llama azul calentando infinitamente una olleta de café.

– ¿Te desperté, Abue?…

– No, los muertos casi no dormimos. Ahí te organicé las cosas que decías que se te habían perdido… Algunas estaban entre las rendijas…

La luz de la sala todavía prendida proyectaba la sombra de Abue, dejando ver cómo sus pies descalzos y glaciales no alcanzaban a tocar el piso por un escaso par de milímetros. Como si su nueva y espectral vida fuera una débil llama sostenida por una mano invisible, como si a los muertos les prohibieran tocar el piso con sus pies vacíos de vida. Los ojos grises de Abue ya se habían acostumbrado a la luz de la cocina, y me miraban con más tranquilidad. Me acerqué a ella.

– ¿Te apago la olleta del café?…

– No, dejá así. Ese me lo tomo más tarde.

Sentí una oleada de pesar de ver aquél fantasma en la cocina, cuidando del fuego de la olleta de su café para seguir despierta en la oscuridad de esa casa abandonada de Galerías, llena de matas secas y cuadros cubiertos de sábanas, acumulando más, más y más polvo en cada atardecer, recibiendo periódicos y catálogos de venta que tiraban debajo de la puerta cada día, de un mundo exterior todavía vivo y cambiante.

Miré alrededor mío en la cocina, viendo sus magras provisiones, lo que había quedado en la casa antes del trasteo. Cuando no dejaron pero nada, apenas unas latas casi vacías de mermelada, un tarro de café seco, una olla con arroz petrificado, medio paquete de galletas viejas y un par de naranjas arrugadas en la nevera ya desconectada.

Mi abuela era un fantasma viviendo entre los ladrillos de una casa igualmente fantasma.

No supe si abrazarla o no, porque por un instante temí que sería como abrazar el aire de esa naturaleza melancólica y etérea que inundaba a la casa y, a la vez, era su sustancia misma.

Mientras cerraba mi maleta con los juguetes recuperados, le dije:

– Abue, ¿te venís conmigo?…

Mientras Abue daba la vuelta y salía de la cocina, apenas levitando unos milímetros sobre esa tierra, sobre esas baldosas, sobre ese piso de madera, que desde ahora y para siempre iba a ser un territorio velado para ella, me pareció escucharla decir cuando subía por las escaleras a su habitación.

– No Luis A, yo no puedo salir de la casa. Salí vos que podés.

Desde entonces, cada vez que paso por la 53 con 21, frente a cierta casa esquinera de paredes de ladrillo, con su árbol borrachero de flores amarillas, como en el cuento de Navidad de Truman Capote, miro sus ventanas cerradas tratando de advertir algún cambio, así sea un leve, un mínimo detalle, en aquellas cortinas cerradas.

Como quien busca desesperadamente un saludo invisible en una multitud.

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