LA CASA DE LO INEVITABLE

La casa de lo inevitable

Los antiguos locutaban indistintamente fatum y daimon,
como acepciones de lo inevitable.

 

Apenas llegamos a la casa, pasamos por llave puertas y ventanas lo más rápido que pudimos. Erika desde el piso de arriba me preguntaba desesperada si había cerrado la puerta trasera del patio. Lo único que acaso podía salvarnos era el tiempo, porque ya habíamos perdido la fe al ver aquello. Corrimos calles enteras como locos, desde la Caracas hasta casi la 24 sin siquiera cogernos de las manos. Corriendo a la luz de los faroles y semáforos de la ciudad a las cuatro de la mañana. La oscuridad era total y de nada habría servido gritar. Correr. Correr como nunca. Pero en nuestra casa y cerrados todos los modos de acceso, por fin nos sentíamos capaces de mirarnos a los ojos, pálidos y temblando. Como tratando de entender, de descifrar el compartido horror uno en el rostro del otro. Pero ella estaba tan atontada como yo.

Por un instante recordé como en mis clases de psicología de la universidad se discutía que el miedo a una fuerza primitiva tiene dos etapas: la primera es la torpe obnubilación ante las fauces que nos devoran a dentelladas; y la segunda, en el inminente final, el esfuerzo sobrehumano por escapar de la muerte.

Erika y yo llevábamos un par de semanas viviendo en esta casa alquilada en el barrio San Luis, que fue lo mejor que pudimos pagar, puesto que acabábamos de graduarnos. Nos observábamos pasmados e incrédulos, lívidos de haber corrido tantas, tantas calles casi cayéndonos del mareo. Erika rompió el silencio:

-¿Cerraste bien ambas puertas? 

Asentí con la cabeza. De pronto me miró directamente a los ojos y su pregunta fue espantosa en ese momento. Yo quería hablar de cualquier tema menos aquél.

-¿Tú viste… eso?

Cualquier respuesta me parecía fuera de lugar porque yo tampoco lo sabía. Ella insistió.

-Pero, ¿qué era?, ¿puede existir algo así en el mundo… en esta ciudad? Es absurdo.

Pensé igual. Nunca he creído en fantasmas, brujas, demonios, monstruos ni nada por el estilo. Tanto ella como yo somos profundamente racionalistas como para padecer una alucinación colectiva, suponiendo que lo que vimos fuera eso.

Habla, por amor a Dios!, ¿qué… qué crees que era eso?

– No sé –le dije musitando-, es que estaba ahí, en el callejón, entre la basura, cuando de pronto levantó esa cabeza aplanada, negra y…

-¿Viste esos ojos? Era como si pensara. Como si supiera cada uno de nuestros movimientos.

-… Sí, Erika, si vi esa cosa… – le dije resignado, casi buscando consuelo. – También sentí que me miró por un instante.

Lo que más me aterró fue que parecía infinitamente viejo… Pero a la vez, no sé, es estúpido decirlo, pero parecía alguien que hasta ahora conociera este mundo. No, de verdad no tengo ni idea como expresarlo.

Como ensimismada en un monólogo, al fin Erika soltó su última frase, como desahogándose.

-Y lo maligno, sobre todo eso. Nunca había visto tanto odio en una mirada. ¡Es que nos miró!

En ese instante caí en cuenta de la situación tan absurda: mi novia y yo hablando en la cocina sobre algo que creímos haber visto en un basural de la Caracas y que tememos nos haya visto también. Luego habernos disparado a correr por media Bogotá como huyendo de un animal salvaje. Era absurdo. La casa estaba en silencio. Ni siquiera prendimos el equipo de sonido para relajarnos un poco. Estábamos de pie. Con la mirada perdida y todavía las manos crispadas por el pánico.

El sonido agudo de una lata rodando en la calle nos hizo suponer lo peor.

Erika fue nuevamente la primera en hablar con los ojos abiertos de par en par. Su voz era un susurro.

-¿Crees… que nos… haya seguido?

– No lo creo…

Lo dije más para convencerme yo mismo que para convencerla a ella. ¿Qué éramos nosotros, sino un par de recién graduados viviendo en una humilde casa vieja? Erika tenía cuatro meses de embarazo y ambas familias apoyaban la relación. Incluso nos estaban ayudando a amoblar modestamente la casa en el barrio San Luis. Una casa que de otro modo estaría vacía, pues mi ingreso haciendo consultas free-lance como sicólogo no era suficiente para correr con todos los gastos. Miré a Erika y parecía una niña asustada. En ese momento, yo era la figura paternal, protector y amo de casa. La besé en la frente.

– Todo va a estar bien. Por si acaso, voy a llamar a la policía para que esté rondando y vigilando estas cuadras. Además, ya va a amanecer. ¿Me alcanzas el teléfono, por favor? Es que tengo el celular cargando arriba.

– No… Eso nos está escuchando…

Erika y yo lo sabíamos tácitamente. Una inteligencia maligna y anterior a muchos tiempos nos espiaba desde la infinita noche. Y las paredes de nuestra casa no eran barrera para sus ojos muertos y membranosos. Ignoro si este sea el punto más alto de la locura, pero sentíamos, sentíamos que Algo nos olfateaba y nos escuchaba desde distancias inmensas.

– Mejor envía un mensaje de texto a la estación de la policía. Di que un par de ladrones quieren entrar a la casa. Al menos para que vengan.

Ella tenía razón. Era mejor así. Subí de a dos gradas hasta mi cuarto donde tenía cargando mi celular desde por la tarde. Erika prefirió quedarse abajo en la cocina a tomarse una aromática que la calmara, cosa que necesitaba con urgencia tanto por ella como por el bebé.

A veces pienso en mi hija que aún no tiene rostro y destino. ¡Qué líneas irrevocables ya se empiezan a trazar en su mano! En cierta ocasión Carl Sagan explicaba que el universo no se desarrolló en la mejor opción, sino en la primera opción viable. Es decir, ahora estoy viviendo con Erika, pero ¿quién me niega que el amor de mi vida llegase a aparecer tres años después? Asimismo, nadie puede cuestionar que, durante mis años universitarios, fue ella mi único apoyo sentimental y ahora es la madre de mi hija. O, por ejemplo, también pude ser médico, pero fue psicología la carrera más accesible al bolsillo de mis padres. La línea del destino tiene el tamaño del desierto. En cualquier esquina acecha la fortuna, la enfermedad y la desgracia. Como en una atroz lotería donde cualquier número es posible.

Estaba buscando en mi celular la cuenta de Twitter de la policía para enviar el mensaje, así nos enviarían a alguien a cuidar el cuadrante donde estaba la casa.  Durante esos instantes de irrealidad que genera la luz de la pantalla del celular, alcancé a perder cierto interés en el asunto. Mi mamá siempre me decía que el punto más frágil es cuando dejamos de hacer lo que debíamos.

En ese preciso momento se fue la luz en la casa.

Era imposible determinar si solamente en nuestra casa porque a esta hora el resto del vecindario estaba en la más absoluta oscuridad. El grito vino desde abajo:

– ¿Qué pasó?, ¡Dios mío, no hay luz!, ¡no hay luz! ¿estás bien?

Le respondí desde arriba tratando de no gritar.

–  No te preocupes, seguramente está lloviendo en algún sector de la ciudad y se fue la luz en algunos puntos, pero ya debe estar por volver. Tranquilízate.

Casi simultáneamente con la respuesta, regresó la luz y apareció en la pantalla de mi celular un mensaje tosco, como un telegrama inhumano y cruel emitido por una inteligencia primitiva, capaz de filtrarse por la más breve rendija de nuestra cotidianidad, como una lluvia negra colándose por el tejado. Mi sangre se heló cuando leí el mensaje.

Stoy n tu casa. Tngo ambre. La embra tnia 2 crias dntro

Sentí entonces como algo reptaba a cuatro patas por las gradas, subiendo del primer piso hasta mi cuarto. Lento, pesado, satisfecho y siniestro. No tuve valor para gritar.

 

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