LA CASA DE LOS CISNES

La casa de los cisnes

 

“La cisne se tira del árbol llorando 
Y allí con sus alas al muerto tapó
Y así terminaron la vida los cisnes
Porque el cazador también la mató.”

 Garzón y Collazos

 

“No hay nada más obstinado en el mundo que un corazón lleno de amor y de vejez”, pensaba, con cierto dejo de resentimiento, el anciano viudo aquella mañana de agosto, todavía envuelto hasta la cabeza entre sus pesadas cobijas, sin atreverse a mirar el nuevo día. Como un animal acostumbrado para siempre al invierno e incapaz de dar el primer paso hacia el verano, lleno de odiosas mariposas gravitando bajo un calcinante sol.

Así comenzaba su nuevo día sin ella. Abrazando una inmensa ausencia, estira su flaco brazo hacia el lado donde siempre dormía su esposa en la cama. En cuarenta años los sonidos de una cama también van cambiando. Desde los jóvenes gemidos de amor hasta los estornudos ahogados que traen el frío de los últimos años.

El hombre respira fuerte, tratando de sentir el aire frío que viene de las azules montañas de Boyacá, cargadas del suave olor de los claveles, de las rosas y las astromelias, de la tierra negra y las limonarias del jardín de la casa. El mundo es un oído sordo a nuestra desgracia, como un mar que no se inmuta con los ahogados que descienden a su corazón eterno y azul.

Por un instante, siente su vida como un candelabro de dos velas, donde ya una se ha apagado y la otra es apenas un cabo de luz que pareciera que la noche misma no acaba de extinguir con su frío. Mira su reloj y como si algo lo atara de nuevo a la realidad, piensa “mis plantas, hoy es quince”. Frota sus sienes con sus manos ajadas y blandas, y se levanta perezosamente. “Buenos días amor, otro día más sin ti”.

Desde la cama, mira por la ventana y siente la frescura de la mañana. El cielo tiene un azul perfecto, las montañas de la cordillera están verdes de eucaliptos y olmos en sus faldas, y en sus cumbres se hacen grises y blancas con la niebla del altiplano cundiboyacense, creando un espectáculo de helada e inquietante belleza. Cuando se es viejo, levantarse es un proceso lento y por pasos. El persistente miedo de un derrame cerebral, de una caída fulminante o al menos de un desmayo. Pareciera que a cierta edad el universo empieza a castigar la velocidad.

Sentado en su cama, como si rezara, mira sus manos abiertas, buscando alguna peca, algún lunar, algún indicio de cáncer. Nada. Absolutamente sano. Más de seis décadas fumando, tomando aguardiente y comiendo todos esos embutidos de carne que, decía su Dianita, que “estás comiendo muerte, José Elías, todos esos cerdos, esas reses sienten miedo cuando las matan. Estás comiendo una carne llena de miedo, que son puras toxinas y vos no comes nada sano”. Ironías de la vida.

Ahí estaba José Elías a sus ochenta años, sentado en su cama, mirando sus manos y rogando por un cáncer. Un cáncer donde fuera, en el colon, en los huesos, en la próstata, en el cerebro, donde fuera, pero un cáncer que lo reuniera con su Dianita. “Estoy sano… otro puto día más sin ella”. Al fin se levanta.

Desde hace más de treinta días no recoge sus zapatos debajo de la cama. Tiene la ropa tirada sobre el solterón y algunos vasos de whisky en la mesa de noche, junto a su cajita de pastillas de colores, organizadas perfectamente para la diabetes, el reumatismo, la osteoporosis, la hipertensión y todas esas vainas de las que tocará morirse algún día. Están intactas desde el último día con Dianita. Ha decidido no tomarse ninguna y dejarse morir de algo. Abriendo la puerta a todas las enfermedades posibles, llamándolas a gritos para que vengan a cebarse con su carne. Pero nada. Lleva cuarenta días y no hay señales de la muerte llegando.

Abre la puerta del cuarto, que cierra cuidadosamente por las noches para disminuir el volumen de aire en el cuarto, a ver si amanece muerto por la falta de oxígeno y asfixiado entre esa neblina con olor a momia que exhalamos cuando nos vamos haciendo viejos. El resto de la casa está hecho un desastre. “Ay Dianita mía, si me vieras ahora, te vuelves a morir, pero de vergüenza, mujer”. José Elías no ha vuelto a llamar a la niña del aseo. Nadie lo visita. El teléfono de discado es un objeto inútil, un monumento al silencio y la incomunicación, como si fuera un ladrillo más en un inmenso muro que lo separa a él del resto del mundo.

A veces las casas viejas se parecen mucho a las conchas de mar que ante la presencia de un parásito y una amenaza se cierran para siempre, convirtiendo a su habitante y a su invasor en perlas duras, rígidas e incapaces de seguir fluyendo con el río mismo de la vida. La casa del viudo se ha ido volviendo cada vez más oscura, lúgubre y silenciosa. Una inmensa concha cerrando su universo calcáreo alrededor de un hombre, que también se ha ido volviendo cada vez más oscuro, lúgubre y silencioso. Temiendo alejarse de su casa y adentrarse en aquel mundo soleado y de cielos límpidos que no comparten su duelo y su tristeza, el viudo da algunos pasos cojeando fuera del portón. “El día que yo ya no esté, sólo les va a quedar a ustedes la lluvia”, piensa mientras acaricia las hojas de las pequeñas materas con astromelias y claveles, las favoritas de Dianita. Con dificultad se agacha para esparcirles algo de nutrientes para que sus flores sigan teniendo color y los tallos raíces.

Al cabo de un largo rato, decide sentarse en una de las dos mecedoras de madera vieja que tienen en el portón, con vista a las azules montañas. Una de ellas está perpetuamente vacía. Prende un cigarrillo y se sirve un aguardiente. “A tu salud, Diana querida”. Cierra los ojos y se queda momentáneamente dormido, soñando esperanzado con el cáncer o el aneurisma. Nunca un hombre había rogado tan fervorosamente por recibir la bendición de la enfermedad. Alguna vez contempló la opción del suicidio, pero llegaron pronto a su mente todas las advertencias de sus abuelos cuando decían que matarse, era alejarse de Dios. Y no, Dianita ya debía estar con Dios y él no iba a ser tan estúpido como para matarse, mucho menos estando tan cerca de la muerte. “Un cáncer, por favor, un aneurisma, un resbalón, algo”. Así transcurrían sus largos pensamientos. Amargos como frutos pudriéndose en pleno verano.

Al fin lo despertó el frío del campo en la tarde. Se acomodó la ruana y prendió un último cigarrillo antes de entrar de nuevo a su enorme concha. A esa hora las sombras se alargaban en la casa, haciendo más inmensa la agonía del desamor y la soledad. Definitivamente, los hombres no están hechos para sobrevivir al amor. No lo superan, no evolucionan, se estancan inertes como estatuas de sal mirando perpetuamente a Gomorra en llamas.

Toda la casa se consumía en un eterno pasado, como un insecto atrapado en una gota de ámbar, como una palabra suspendida para siempre en la garganta, como una helada gota de mercurio que no se atreve a estallar. Siente el frío de la tarde que baja corriendo desde las altas montañas, haciendo temblar la naturaleza, colándose entre las ventanas y puertas de las casas. Y también entre las rendijas del corazón haciendo más intensos los recuerdos. “Ay Dianita, ¿por qué a vos te tenía que dar el cáncer?, ¿por qué te tenías que enfermar? Todo comenzó un día cualquiera. Decías que sentías picadas en el estómago. Simples picadas. Luego decías que no soportabas esos dolores ni de día ni de noche”.

Recordar es una palabra antigua que significa en latín “volver a pasar por el corazón”. Re–cordis.

Cada recuerdo de José Elías es ver a su viejita vomitando sangre a deshoras, cada vez más delgada y demacrada, convirtiéndose en un transparente fantasma minuto a minuto. Siente el frío de la muerte, tensa las mandíbulas y trata de apartarse de esos recuerdos, de llenarlos de carne y de vida, de mejores años. Piensa en los deliciosos platos que le preparaba su Dianita, en esas sopas de guineo, de maíz fresco, en los cuchucos con espinazo y aguacate, en los cocidos de habas y en las mazamorras con carne de res, mientras revisa con resignación en los anaqueles de la cocina sus últimos paquetes de sopas instantáneas. El anciano cierra desilusionado los ojos mientras calienta la leche para preparar una sopa de caja. Ni siquiera mira el sabor que le toca hoy, maíz, pollo, minestrón o cualquiera de esas porquerías prefabricadas. Suspira. “Daría mi vida entera por volver a comer un plato de los de Dianita, ¿y si me dejo morir de hambre, no será como lo mismo?”.

Mientras la sopa se calienta en la olla, se acerca a la empolvada biblioteca a sacar un elepé, de esos antiguos que todavía se guardaban en bolsas transparentes, buscando alguno para acompañar la tarde. Como tecleando en el aire, va pasando por algunos del Dueto de Antaño, de Jaime Llano, aquí uno casi destartalado de Los Tolimenses, las joyas de Jhonny Albino y su trío, de Los Panchos, del maestro Jorge Villamil… Esa preciosa y triste música de cuerda y tiple que dejaron en nuestras tierras los sanguinarios conquistadores españoles y los colonos de la Nueva Granada, como único consuelo ante tanto sufrimiento causado.

Casi escogiendo al azar, pone un elepé de “Los Cisnes” de Garzón y Collazos. Cuarenta minutos de melancolía en estado puro. En cada acorde de guitarra está representada la belleza de las montañas campesinas. José Elías se sienta malhumorado en la mesa a tomarse la sopa llena de grumos y natas, mientras desmigaja un pan viejo. Tiene su mirada fija en el jarrón metálico con las cenizas de Dianita, que permanece entronizado en el centro de la mesa de madera, como su única compañía. “Dianita, me estoy muriendo a pedazos”.

En ese puñado de cenizas está la boca de su mujer, están sus piernas blancas y su cabello negro, está el sonido de su voz y el arco de su risa, están sus manos, su infancia, su juventud y su vejez. Ahí está su corazón profundo, lleno de catedrales y abismos, con las palabras dichas y las que quedaron por decir. Y también para siempre, están ahí las cenizas del cáncer en su estómago, unidas para siempre a su existencia por el fuego. “Puto cáncer de mierda”, cierra los ojos con furia. “No tienes derecho a estar con el resto de Dianita”. Y se echa a llorar como nunca había llorado antes, dejando caer su cabeza gris contra la mesa, como un colegial cubriendo su cara entre sus brazos.

No hay sonido más triste que el de un hombre viejo llorando, porque es el sonido mismo de la desesperanza. Abraza el metálico jarrón con las cenizas de su esposa, como un náufrago muriendo junto a su tabla en la mitad del solitario mar, mientras sigue llorando dormido y ebrio. Aferrado a la nada en el borde de la existencia. Únicamente se escuchaba el sonido repetido de la aguja del tocadiscos contra el extremo vacío del elepé. Y la respiración a golpes del anciano, cansado de haber llorado ochenta años sobre su mesa.

Entonces, al igual que las últimas cuarenta noches, se acerca lentamente su amada mujer a la mesa.

El fantasma todavía conserva la cabeza rapada por la quimioterapia. Tiene los ojos enrojecidos por el insomnio y apenas levita sobre las baldosas del piso. Mira con dulzura a su marido dormido en la mesa, abrazado al frasco con sus cenizas, frente a una botella de aguardiente y una sopa fría llena de grumos. Acaricia su cabeza sin poder tocarlo o sentirlo, así como pasa la niebla vacía sobre la tierra del campo. La mujer tiene la mirada cansada como si fuera un globo estancado en las sombras y para siempre atado al mundo por un suplicante lazo de amor, imposible de cortar. El fantasma cierra los ojos por un segundo, meditando su imposible tortura de no poder abandonar la vida. Como si fueran dos prisioneros encadenados de la mano, el uno vivo y el otro muerto, sin poderse hablar para cortar con una sierra esta miserable condena. “El uno sin poder vivir y el otro sin poder morir”.

Con un esfuerzo inmenso, el fantasma empieza a escribir lenta y dolorosamente con su dedo vacío de carne en el polvo de la mesa. Como si en ello se le fuera toda su energía, como si correr una brizna de polvo desde el plano astral fuera como levantar una tonelada en nuestro mundo terrenal:

DÉJAME IR

Al día siguiente, el anciano se despierta adolorido de todos sus huesos y sintiendo una fatiga extraordinaria. Monótonamente repite en su mente: “Buenos días amor, otro día más sin ti”. Y se levanta por pasos, sin ver jamás el mensaje de su esposa escrito en el polvo de la mesa, porque definitivamente no hay nada más obstinado en el mundo que un corazón lleno de amor y de vejez.

 

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