LA CASA DEL NIGROMANTE

La casa de la nigromante

Capítulo I

 

Hay una derruida calle de Bogotá por la que no me atrevo a caminar de noche. Y tampoco de día.

Se encuentra perdida entre decenas de talleres viejos de metalurgia y carpinterías de las que desde lejos se siente el olor dulzón de la madera verde, el aerosol y la pintura fresca.

Es una calle perdida en algún barrio del sur de la ciudad, donde no se ven los niños con frecuencia y la luz es borrosa y gris, como si siempre fueran las tres de la tarde y estuviera a punto de llover.

Las casas de ese barrio son tan pobres que no tienen nomenclatura y es fácil extraviarse, los caminos no están pavimentados como en un perpetuo abandono del mundo exterior y cuando llega la noche, los postes de luz tienen los bombillos eternamente muertos, dejando que la oscuridad invada cada milímetro, tal como lo haría una sustancia viscosa e impenetrable.

Allí hay una casa de una sola planta de ladrillo negro, achaparrada y humilde, de vidrios rotos en sus dos ventanas, como ojos cerrados a puñaladas. En frente suyo hay algo parecido a un jardín inundado de largas maleza y de pasto amarillo quebradizo que se asoma entre la tierra macilenta, donde de tanto en tanto se levanta una zarza de eugenias, rechazando con sus largas y endiabladas espinas a cualquier visitante que ose tocar la puerta oxidada de la entrada.

En los alfeizar de las quebradas ventanas reposan extrañas matas que crecen en frascos de vidrio y oxidadas latas.

Es una casa muerta en una calle muerta y en un barrio igualmente muerto, como una célula negra y cancerosa que se esconde bajo la piel de la civilización, esperando su momento para estallar y liberar todo su espanto.

Como en una olvidada tumba, nada se escucha en esa casa durante el día. Sin embargo, desde hace más de diez años, al final de la noche, las ventanas de la casa se iluminan torvamente como un par de luciérnagas.

Con la precisión de un reloj infernal ya sin cuerda, una demacrada anciana de cabellos grises y revueltos, apenas vestida por un inmenso y manchado camisón blanco.

Avanza desde el fondo de algún cuarto, con sus pies descalzos de abultadas venas, hasta el centro de la penumbrosa sala, donde prende con sus largos dedos un par de lámparas de aceite en una amplia mesa de coser de bruñida madera.

Por unos instantes se vislumbra el resto de la casa con sus paredes rotas por la humedad y los amarillos hongos que crecen desde el subsuelo siguiendo el canto de la lluvia.

Con la cenicienta luz de las lámparas de aceite se alcanza a ver parpadeante una cocina con unos fogones a gas infinitamente viejos donde reposan unas ollas quemadas y sin asas.

La anciana repasa, con los ojos grises como almejas muertas, sus anaqueles donde reposan cientos de ramas, semillas, ungüentos y piedras en quebrados frascos de mermelada, galletas, encurtidos y de cualquier otra forma de la miseria.

Sobre la humilde nevera hay pegada una foto borrosa y un calendario estático en una fecha cualquiera, 4 de octubre de 1978, como si el tiempo a partir de ahí hubiera dejado de correr en esa casa olvidada de Dios.

Con la exactitud de un tigre en la oscuridad, la encorvada mujer saca del estante un libro de tapas color piel y gastadas hojas amarillas que guardan imposibles trazos euclidianos y fórmulas matemáticas. Como trazados con las afiladas patas de la mosca y la suavidad del ciempiés.

La oscura lectora repasa las hojas con sus retorcidos dedos hasta dar con la elegida. Apenas despegando sus secos labios, inicia una profunda y grave salmodia, que se repite una y otra vez en un murmullo de escarabajo carnívoro, dictando un diabólico telegrama a una inteligencia lejana.

 

Capítulo II

 

“Ella te ruega que la hagas suya, que taladres su carne, que invadas su cuerpo… Parece una niña, pero no lo es… Es una pequeña ramera que pide a gritos que la hagas suya, … ¿Ves cuántas veces pasa cerca de tu casa? Y te mira… Sabes que te mira cuando pasa cerca de tu ventana, cargando su maleta con cuadernos… No es una niña, Rodolfo… En la caída ninguno es inocente… No es de hombres dejar pasar algo así… ¿Eres un hombre o qué eres?… Ella también lo quiere…”.

Así se despierta Rodolfo cada mañana, asfixiado por el peso de las voces que lo inundan en sueños.

Todavía está mareado por el olor de la carpintería en la que vive y trabaja en un negocio familiar.

Escucha la voz de su papá llamándolo a desayunar, a tomarse un agua de panela, una mogolla y a trabajar en unas repisas que toca entregar hoy.

Entra al baño, se echa agua fría en la cara y, como si todavía fuera parte del sueño, la ve pasar a ella cerca de su ventana, una distraída niña de acaso siete años camino a la escuela del barrio.

Como si fuera el eco de un mar remoto, le parece escuchar las voces de los sueños, como cientos de mujeres ancianas que le hablan sin parar.

“¿Ves, Rodolfo, que ella vuelve a pasar cerca de tu ventana? Te ruega a gritos que la hagas suya… y tú no eres hombre… no haces nada… ella se ríe de que tú no tienes con qué…”

 

Capítulo III

Apenas dejando el libro abierto sobre la mesa de coser, la anciana bruja va escogiendo uno a uno sus pequeños frascos de los anaqueles de su cocina, apenas iluminada por las dos lámparas de aceite.

Escogiendo un poco de cada uno para mezclarlo en una olleta a fuego lento. Raíz mandrágora, cebolla, ajo, belladona, sangre de sapo, rábano, beleño, tabaco, aguardiente, tierra de cementerio, uñas de muerto…

Recita mecánicamente.  “Oh gran Lucífago, te recompenso por el tesoro que me has dado. Agión, tetragram, vaycheen, stimilimato y expares, oryoram iron, erglion existión eryona brasin movn messia soler Emamnuel Sabast Adonay. Te alabo. Te invoco”.

Al cabo de varios minutos la sustancia se hace más espesa y casi negra a la luz de las veladoras.

La mujer sonríe satisfecha y continúa con voz suave: “Oh gran Rofacale, te llamo cada noche para confirmar nuestro pacto. Ambos hemos firmado sobre la clavícula de Salomón. Príncipe Belzebú, Conde Astarot que tienes a tus órdenes las milicias infernales, Ayperos, Neberus y Glasyabolas. Hazme propicia esta noche a mi venganza”.

Casi segura de la consistencia de ese oscuro líquido que crepita burbujeante en una olleta, muerde uno de sus dedos con sus afilados dientes y escupe la sangre en el brebaje.

“Oh gran general Satanachia, elévame ante tu gloria. Soy esclava tuya y de tus espíritus infernales. Agaliarept, Nebiros, Sargatanas y el mismísimo Fleurerry lo saben. Firmo esta noche nuevamente”.

Por un instante mira la foto que hay en la nevera, al lado del almanaque deshojado, y se hace más clara la imagen de una niña de apenas siete años que levanta su mano, en un eterno saludo o en un eterno adiós.

La bruja sonríe amargamente mientras repasa el caldero suavemente con su dedo sangriento.

“Las cosas que me toca hacer”, dice resignada antes de abrir la nevera y sacar un platón con algo parecido a una cabeza humana.

 

Capítulo IV

Todos en ese barrio al sur de Bogotá recordarían para siempre ese miércoles 4 de octubre de 1978

Una columna de humo de grasiento fuego y con olor a carne chamuscada despertó a muchos de los vecinos, que corrieron alarmados a su lugar de origen.

Allí encontraron a Rodolfo de pie en un cobertizo. Atizando como un autómata las llamas de un pequeño cuerpo ennegrecido y retorcido de dolor.

Ante los reclamos airados de la turba enfurecida, apenas atinó a decir que había castigado a un perro rabioso que intentó morderlo.

No era tal.

Al lado estaba una maleta con cuadernos infantiles y lápices de colores regados entre la tierra.

Luego vino el grito y el llanto de la desconsolada madre que acababa de unirse a la multitud.

Mientras lo arrestaban, Rodolfo solamente decía: “no fui yo, unas viejas de negro me decían que lo hiciera. Las mujeres sin cara me obligaron a que lo hiciera. Esa niña me pedía que lo hiciera”.

 

Capítulo V

 

Con los años el horror de ese día se fue olvidando.

Porque lo más atroz del mal es su tendencia a caer en el olvido, frente a nuevos incendios, asesinatos, violaciones, secuestros y monstruosidades.

Dicen que la madre de la niña violada, asesinada y quemada, sencillamente perdió la razón, enclaustrándose para siempre en su casa de una sola planta.

Las matas del jardín empezaron a secarse paulatinamente, haciéndose enfermizas y quebradizas, como si fueran una expresión del alma de esa casa-mujer que iba muriéndose día a día, dejando que sus muros se fueran agrietando y cubriendo de maleza y hongos.

Con el tiempo algunos vecinos nuevos, ignorantes de la tragedia inicial, tildaron de loca a esa triste mujer de ojos abandonados que ya salía únicamente cuando caía la tarde y la lluvia arreciaba. Como si fuera un ser de pantano que se arrastraba de la marisma hacia la oscuridad, cargando con su propia, invisible y olvidada cruz.

Cierta noche los niños del vecindario rompieron a pedradas las dos únicas ventanas de su casa, que quedaron como ojos perpetuamente abiertos de espanto.

A veces se veía a la mujer de noche caminando en círculos en su abandonado jardín. Como un pájaro ebrio.

Mirando eternamente al cielo toldado.

Recitando entre dientes largas salmodias y oraciones.

Como quien espera una respuesta urgente de las estrellas y los más altos planetas.

 

Capítulo VI

Los reclusos de la cárcel La Picota recuerdan que, al cabo de los años, cuando llegaba la noche, a Rodolfo le entraba un miedo irracional.

“La oscuridad me va a llevar por los aires… una nueva señora oscura se ha unido al círculo y ahora viene por mí… La he visto en sueños… Y ella en sueños me ha visto a mí”.

Armó todas las peleas posibles en el comedor contra gendarmes y reclusos hasta lograr ser confinado, para alivio suyo, en un calabozo de los sótanos del plantel penitenciario.

Absolutamente cerrado y desconectado del mundo exterior dentro sus muros de hormigón.

La tarde en que lo condujeron al calabozo de alta seguridad, muchos vieron a Rodolfo sonreír estúpidamente. Se sentía seguro al fin de superar sus miedos a ser secuestrado por algo invisible.

Sin embargo, al día siguiente, cuando abrieron la puerta para llevarle el desayuno, la celda estaba inexplicablemente vacía.

 

Capítulo VII

El antiguo mundo del mal tiene fronteras invisibles que se fusionan con las calles y la cotidianidad de los vivos, como un silencioso y oscuro veneno que corre con la sangre en el laberinto de las venas y arterias, tanto de las ciudades como de los hombres.

Con los ojos vacíos de humanidad, sin el menor atisbo a duda o perdón, la harapienta mujer se acerca a la cabeza muerta y casi azul de un hombre, servida en una escarchada bandeja de humilde plata, como la de san Juan Bautista.

Como si fuera un delicado manjar, la nigromante ubica la cabeza del cadáver al centro de la mesa. Poniéndola entre ambas lámparas de aceite y el abierto libro. Extiende un negro mantel que guarda los más brutales instrumentos de tortura: largos alfileres, sacabocados, tijeras de punta, un pequeño martillo y un tenedor de dos inmensas puntas.

Los cabellos y las barbas del decapitado escurren por los bordes de la bandeja como las largas patas de una gran araña muerta. No han parado de crecer con el insomnio de la muerte.

La bruja acerca una olleta a medio llenar con un líquido negro y sanguinolento que ha estado cocinando una hora antes, donde también flotan sin orden alguno, largas agujas, botones y oxidadas monedas.

Vierte una cucharada en la boca perpetuamente abierta del decapitado, mientras en su oreja fría susurra un par de antiguas y oscuras palabras.

Una y otra vez, como un telégrafo que comunica dos orillas separadas por la vida.

Una y otra vez, como el parpadeo de una luciérnaga llamando a otra.

Hasta que milagrosamente se van haciendo rojas las venas de la pálida y descompuesta cabeza. Como si una cucharada de esa sopa infernal la reviviera por dolorosos instantes, obligándole a abrir sus azules y pesados párpados, descubriendo unos ojos inyectados de dolor, como dos blancos planetas que flotan en el éter.

Con sus pupilas deshechas, el muerto recorre lentamente con su mirada la espantosa sala que ha sido su prisión durante casi diez años.

Como un tartamudo, tiemblan sus labios quebrados intentando pronunciar una palabra de perdón, de arrepentimiento para que la nigromante le permita morir al fin y liberar su alma en la eterna oscuridad.

Pero no puede, porque le faltan pulmones para construir con aire una palabra de perdón y tampoco tiene manos para rezar. Es sólo una cabeza sin cuerpo eternamente condenada.

Nuevamente la anciana acerca su boca maldita a la oreja de la cabeza, como quien retiene una mariposa disecada. Vocalizando perfecta, suave y teatralmente cada palabra suya. Las lágrimas brillan en los ojos muertos de su prisionero que le escucha temblando de horror.

La anciana le habla con la autoridad de un antiguo y sabio demonio.

“No, no soltaré jamás las amarras de este barco cargado de sufrimiento.

No, no cortaré el cuello de esta implorante ave sin alas.

Cada noche repetiré esta y cuántas formas haya de morir, mi despreciado Rodolfo, porque nunca abriré la puerta de la muerte al verdugo de mi hija”.

Hay una derruida calle en Bogotá por la que no me atrevo a caminar, perdida entre talleres viejos con puertas destartaladas y postes sin luz, donde pasan las noches en vela, una vieja nigromante y su cabeza trofeo, entre imprecaciones y torturas, que solamente cesan con las primeras luces del amanecer.

 

 

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