LA LOMA HERMOSA

La loma hermosa

 

“El hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.

Ernest Hemingway – El Viejo y el Mar

 

En 1885 durante el apogeo de la colonización antioqueña, mucho antes de que sentaran las últimas tablas de los ferrocarriles, cuando los ríos todavía guardaban oro entre sus aguas y las montañas parecían más escarpadas que hoy, un alcalde se murió repentinamente de un infarto mientras visitaba a unos funcionarios públicos en la finca de la Marianela, por allá en el corregimiento del Cedro al norte de Antioquia. La administración del pueblo tenía la penosa obligación de devolver el cuerpo a lomo de mula hasta Yarumal, el departamento donde el alcalde, don Germán Montoya, era tanto dirigente como oriundo, para así recibir las exequias fúnebres de su familia y los homenajes respectivos en su alcaldía. Para ello debían atravesar la Loma Hermosa, que en nada hacía honor a su nombre, porque por lo contrario era y sigue siendo hasta nuestros días, una región montañosa, de pantanos traicioneros, donde nunca paraba de llover y de la que se contaban las más espeluznantes historias en voz baja. Sin embargo, a razón de los extraños acontecimientos sufridos por los expedicionarios que debieron llevar el cadáver del alcalde desde el corregimiento del Cedro hasta Yarumal, actualmente esta zona boscosa de casi 50 kilómetros a la redonda es ahora conocida bajo el amenazante e infame nombre de la Loma de las Brujas. Al día siguiente de que el médico local confirmara el inminente fallecimiento del alcalde de Yarumal, los funcionarios públicos del corregimiento llamaron al caporal más reputado para que organizara una expedición y llevara lo más pronto posible el cuerpo del alcalde, que amortajaron de la mejor forma posible entre unas sábanas blancas y atado con fuertes sogas. Estaban a casi 20 días a paso de mula entre un lugar y otro, y por eso pactaron una suma importante para esos días. Doscientos ochenta pesos si lograba llevar el cuerpo del alcalde al municipio de Yarumal en veinte días y a modo de recompensa, trescientos veinte pesos si lo lograba antes de quince. El caporal, don Manolo Correa, se vio a gatas para cumplir con cualquiera de los dos retos que le solicitaba la administración del corregimiento, ya que gran parte de los arrieros que componían su peonza se encontraban en otras partes de Antioquia y algunos en los confines más lejanos del Viejo Caldas, con sus mulas y bueyes llevando todo tipo de encargos, desde los más simples como café, carne salada, ron, aguardiente, telas, especias y sal, hasta otros definitivamente estrafalarios y con un claro gusto español, como pianos, liras, guitarras, seda y hasta guacamayas. Antes de que llegara el ferrocarril y se desatara la guerra civil de los 1000 días, Antioquía crecía a su propio paso entre una inmensa cadena montañosa y una vegetación que la hacía independiente no solamente ante la Corona Española durante los días de la conquista, sino frente al resto del Nuevo Reino de Granada en el tiempo de la colonia, y en esa expansión los arrieros serían los verdaderos constructores de la modernidad, llevando los recados, la civilización e incluso, la cultura misma de Antioquia a los confines de sus corregimientos y municipios, a riesgo de perder sus vidas entre los profundos abismos que de tanto en tanto se abrían entre sus bosques y valles. Don Manolo Correa escogió para tal misión a uno de sus mejores arrieros, al viejo Abel Gaviria, conocido en muchas fondas como “el aguardientero” por su obvia afición. Sin embargo, Abel era un hombre de derecho como todo arriero que se respete, porque eran tiempos donde valía la palabra empeñada en el oficio. Desde la noche anterior, Abel recibió el cadáver del alcalde, don Germán Montoya, envuelto en su sudario y encerrado en una gran caja rústica y cubierto de sal para retrasar la descomposición. “Mala costumbre esa de morirse lejos del hogar”, le dijo a su patrón, mientras enjalmaba las dos mulas. La más vieja al frente porque esa ya conocía el camino y la joven detrás, y entre ambas iba atado con fuertes sogas la caja del ataúd. Alistó comida seca y agua para unos diez días, en caso que en el camino no encontraran ninguna fonda para comer o abrevar los animales. Cuidando de cargar con campesina exactitud ambos lados de cada mula, para evitar que se despeñaran por cualquier montaña, repartió así los bultos de maíz, de panela, de arepas, un par de botellas de aguardiente, de agua bendita para los espantos y algo de forraje y zanahoria para las bestias. Llamó a su hijo mayor para que le acompañara, porque en esa época los hombres se construían con el ejemplo. “Sangrones” era el nombre de los aprendices de arriero, que, con el paso de los años y la buena fortuna, empezaban a comprar sus propios animales y si el destino les era favorable, se harían caporales como don Manolo. “Venga mijo, para que sepa lo que es ser un sangrón. Mañana partimos para Yarumal, la de las tres F, fea, fría y falduda”. Las montañas de Antioquia siempre han sido escarpadas y los descensos mortales, en medio de una vegetación boscosa y tropical. Partieron del corregimiento a las 2 de la madrugada en la más absoluta oscuridad, el hombre y su hijo montados en el caballo, las dos mulas cargando el cuerpo del alcalde fallecido y detrás el perro andariego, que siempre va atento a anunciar los peligros de la naturaleza en el monte, como el puma, la culebra y otras cosas que es mejor no decir en voz alta. A medida que fueron dejando el pueblo y subiendo la montaña, entre los vericuetos de los caminos de herradura que las mulas conocían desde siempre, ya se veían los altos árboles de yarumo, siete cueros, cauchos, acacias y eucaliptos que van haciendo el monte un lugar más oscuro e inhóspito, propicio a cualquier tipo de muerte. En esos días de la colonización antioqueña, la gente apenas se hacía mayor y tenía familia, se iba del hogar para avanzar entre esas montañas y el monte para construir su propia finca, pero de algunos no se volvía a saber absolutamente nada. En esa vorágine era común que una familia o todo un asentamiento desapareciera de la noche a la mañana. Y en ese monte de vegetación prehistórica, donde a veces no llegaba el sol del mediodía y las libélulas volaban de forma caprichosa sobre los fangales y pantanos, era donde tenía que atravesar este arriero con su joven hijo para cumplir con la entrega de su encomienda. Así transcurrieron los primeros cinco días, caminando bajo un sol canicular típico de los días de junio y con la frescura propia del bosque antioqueño que es generoso en fuentes, cascadas y pequeñas ciénagas, hasta que se encontraron de frente con la Loma Hermosa. Como si la realidad tuviera una ligera distorsión, el terreno de la base de la loma parecía más oscuro, la vegetación amarillenta y enferma y hasta el sol mismo iba menguando en su calor, como si la luz retrocediera un poco con su mundo de libélulas y gritos de loros, para empezar a ceder ante la frialdad de un nuevo territorio donde los lagartos y los búhos eran los nuevos señores. Las moradas y violetas orquídeas se abrazaban al tronco de los árboles de una manera angustiante, no como si fueran flores parasitas, sino como verdaderos vampiros que se duermen ensanchándose con la boca prendada a la jugosa arteria. “Mijo, abríguese bien con la ruana, que el frío de esta loma cuando entra por los pulmones, ya no sale”. El frío que exhalaba la loma tenía la intensidad de una tierra muerta, como si saliera en un vapor helado de sus piedras, de sus troncos abiertos y de sus inmensos árboles poblados de enormes sombras. Alguien en los días del conquistador Rodrigo de Bastidas dijo que era Hermosa, seguro fue en un día de sol, pero no podía ser un nombre peor puesto. Era una loma espantosa y helada. Así empezaron a avanzar en esa región de vegetación esquelética y desbordada, que les iba a tomar cuando menos cuatro o cinco días antes de llegar al valle que conducía a Yarumal. Al cabo de unas horas, las mulas empezaron a ir cada vez más lento, con las orejas empinadas y bufando constantemente, el perro andariego gimoteaba de tanto en tanto y no se escuchaba absolutamente nada, apenas el viento barriendo hojas entre la tierra y doblando las ramas de los árboles. “Mijo, si se da cuenta…” La tarde daba paso a la noche en la loma y los cielos se hacían profundamente grises como presagiando la lluvia. “¿De qué, papá…?” Los yarumos y los sauces de esa región alcanzaban a veces más de treinta metros haciendo que tramos enteros de tierra quedaran para siempre desprovistos de luz, creciendo entre las ramas de los árboles una vegetación malsana y fungosa. “Del silencio, mijo, desde que dejamos las últimas fincas de la montaña, no se escucha nada, no hay animales”. Atrás habían quedado los cantos de las aves silvestres que les habían acompañado en la montaña, de las palomas, de las torcazas y los pájaros carpinteros, no se escuchaban los gritos de los micos, ni los perros de las otras fincas y mucho menos los mugidos de las vacas. En la Loma Hermosa no se escuchaba nada, apenas el viento, y así llegó la noche, el hombre con su hijo a caballo, seguidos por dos mulas cargando un cuerpo amortajado y un perro que no paraba de mirar con inquietud. Parecían un cortejo fúnebre caminando hacia su propia muerte. La noche cayó en forma de temporal y el agua doblaba las ramas de los árboles. Era imposible armar tiendas. De lejos se veían algunas luces fatuas, como si fueran ventanas de casas. “Papá, si pedimos posada en alguna de esas fondas o fincas”. El arriero se persignaba y le decía por lo bajo como si temiera ser escuchado. “No mijo, para que vaya aprendiendo, esas no son casas, son luces que aparecen en los caminos para desorientar a los viajeros. Nunca, pero nunca las siga. Son trampas”. Amarraron las bestias y durmieron entre sus ruanas bajo las ramas de un árbol. El día siguiente fue caluroso para poder secar las ropas y continuar cuesta arriba. Con la tarde llegó el frío y también los grandes pájaros que los sobrevolaban desde las ramas más altas, como si fueran gigantescas sombras. “Son brujas, mijo”. En esos años luego de la colonia, los expedicionarios, mineros, arrieros y peones hablaban de los espantos de los bosques y contaban sus relatos a modo de cuentos, de coplas y de chistes al calor de un par de aguardientes en las fondas, como si el hombre viviera en un mundo familiarizado con el miedo, así como en la antigüedad se hablaba con Dios de forma directa y no se consideraba milagro. “Vea mijo, cuando vea brujas y esté en el bosque, insúltelas, no les tenga miedo y si se le acercan, les tira agua bendita y eso es todo”. Pasaron toda la tarde insultándolas y gritándolas mientras seguían avanzando entre los lodazales de la Loma Hermosa y al paso lento de las mulas que se resistían a continuar. “Papá, pero no se están yendo”, dijo el muchacho al cabo de unas horas cuando llegaba la noche. “No se preocupe mijo, son solo como pájaros con hambre; los arrieros nunca demuestran el miedo”. Armaron las tiendas de campaña con sus ruanas y ponches. Amarraron las bestias a unos cuantos metros. Al día siguiente caminaron en silencio y fumando tabaco. Los grandes pájaros no se iban y volaban en círculos sobre ellos como si fueran buitres velando unos cadáveres frescos. A las seis de la tarde comenzó la lluvia haciendo más intenso el olor de las orquídeas y las flores silvestres. Esta vez ninguno comentó nada de las luces fatuas que parecían multiplicarse por doquier, como invitando a dormir en extrañas casas donde nadie despierta vivo. Apenas faltaban tres días para salir de la Loma Hermosa y alcanzar el valle y sus fincas pobladas de lugareños. Durmieron profundamente esa noche hasta que los despertó el ladrido furioso del perro andariego. A un solo movimiento, el arriero tomó su revolver de trabuco y su machete, y se fue corriendo al lugar de los ladridos. El muchacho iba detrás imitando el gesto de su padre desenvainando el machete. Frente a un inmenso pantano recubierto de maleza y donde sobresalían algunas inmensas y recortadas flores de loto, el perro andariego estaba de pie, salivando de furia y en un profundo gruñido hacia el vacío de la oscuridad. “¿A qué le ladra Titán, papá?” Con un gesto el hombre le indica silencio, mientras avanza a paso lento hacia el perro que se encuentra estático ladrando hacia las aguas aposadas del pantano en la noche. Nada se ve ni se escucha, como si ladrara ante un muro falso. Los ladridos aumentaron con fuerza, pero desde la oscuridad al perro le respondió un gruñido profundo, largo e imposible de definir, que lo dejó por completo en silencio y gimoteando como si un animal superior le hubiera callado de golpe mostrando con su voz toda su fuerza y violencia. “Titán…” le llamó en un susurro el arriero. El perro andariego se devolvió rápidamente hacia su amo, casi más huyendo que obedeciendo, pero algo oscuro lo atrapó levantándolo en el aire, quedando la sensación de un aullido de dolor que iba a subiendo cada vez más y más hasta alcanzar las ramas de los árboles. “Titán… mi perro”, alcanzó a llorar el muchacho y esta vez su papá, arriero curtido en las más escarpadas montañas de Antioquía, no tenía la más remota respuesta. Pasaron el resto de la noche en silencio mirando cómo los rodeaba un mundo antiguo y cubierto de inmensos árboles. Al día siguiente les dieron forraje a las bestias antes de enjalmarlas, porque desde ayer no probaban bocado de ninguna de las hierbas macilentas y pastos amarillentos que crecían en la Loma Hermosa, como prefiriendo quedarse en los huesos antes que comer algo de esa tierra. Los pájaros no daban tregua en el cielo, como si haberse cebado solamente les hubiera vuelto frenéticos por el gusto a la carne y la sangre. El arriero y su hijo habían caminado a buen paso y ya solamente les quedaban dos días para salir, llegar al valle y entregar el cuerpo del alcalde. “Qué desgracia la gente que se muere lejos de su tierra para que otros tengan que cargar con sus huesos”, se lamentaba el arriero, mientras apuraba un largo trago de aguardiente. “Por qué esas cosas no se van, papá”. Habían amarrado las mulas a unos cuantos metros suyos y la caja con el cadáver la habían puesto con unas ramas de eucalipto encima. “No sé, mijo, no sé si es por el olor del muerto que traemos o porque simplemente están en temporada de caza, pero nunca había visto u oído que las brujas se acercaran tanto a los viajeros”. Por la noche cayó otra vez un fuerte aguacero que hundía las lonas de las tiendas y solamente se escuchaba el tintineo de las pesadas gotas de agua. Allí llueve en exceso y la humedad tropical es sofocante, porque Yarumal es una de las zonas más fluviales de Antioquia creando un largo entramado de ríos, ciénagas, cuencas, pozos y pantanos, nutridos por el río Nechi que hasta la época del siglo 18 era rico en oro y de expedicionarios que fueron yéndose por las montañas, enfebrecidos de sueños de riquezas imposibles y dejando un rastro interminable de casas deshabitadas, a medio construir y hasta sus osamentas pudriéndose eternamente detrás de los fangales. Antes de que despuntara el débil sol de la mañana, los despertó el bufido triste de las mulas. Cuando llegaron el arriero y su hijo al improvisado pesebre, allí estaban los dos animales sufriendo y acostados de lado, dando débiles coces de moribundos, con sus estómagos enteramente abiertos a zarpazos y a su alrededor, los restos mordidos de sus intestinos regados sobre la tierra enferma de la Loma Hermosa. “Putas sean estas brujas malparidas”, mientras se pasaba la mano por la frente sudorosa y se quitaba el sombrero de fique. Al lado su hijo temblaba de miedo y tenía los ojos brillantes de lágrimas. “Rosita… Aurora… las mataron… se las comieron” Para un arriero las mulas eran parte de su familia, porque en un mundo todavía colonial, de gente miserable y descalza, ellas eran con su fuerza y trabajo, las que les daban de comer, para darles estudio a sus hijos y con el tiempo, comprar una finca o una casa, por eso les daban nombres cariñosos. No eran solo mulas, también eran familia y estaban ante sus ojos, a medio devorar y agonizando.  Abel sacó con tristeza su revólver del cincho, les cubrió a ambas mulas la cara con la mulera, para que no vieran el final que les esperaba, y por piedad les descerrajó una bala en la cabeza para que dejaran de sufrir. “Por Rosita y por Aurora”, cada uno se tomó un vaso de aguardiente, mientras miraban esos cielos antioqueños eternamente grises por la lluvia, que se iban poblando lentamente de pájaros negros que no parecían tener forma. En ellos no había plumajes o picos, sino que eran sombras parduscas y cubiertas de un áspero pelambre de ratas. En los cuentos de brujas que contaban en las fondas siempre hablaban de mujeres hermosas que seducían a los hombres y les perdían para siempre de sus caminos, otros decían que eran ancianas espantosas y desdentadas que soltaban terribles carcajadas entre los árboles. Algunos más describían a las brujas como enormes pájaros con ojos inyectados de sangre que caminaban por los tejados y se robaban a los niños. También decían que se espantaban con los insultos y se morían si se les echaba agua bendita. Pero una cosa es el cuento escuchado alrededor de la fogata tomando aguardiente y escuchando música de tiples, y otra muy distinta es verla sobrevolando con hambre infinita entre los bosques. “Ya se comieron al perro y las dos mulas, ¿por qué no se van”, murmuró con rabia el arriero, mientras enjalmaba al caballo con la pesada caja del cadáver del alcalde, que ahí amortajado entre sus sábanas blancas y cubierto de sal hasta los ojos, parecía estar disfrutando de la amarga travesía que él y su hijo tenían que hacer para llevarle a Yarumal y que recibiera sus pompas fúnebres. “Políticos de mierda, que se debieran enterrar justo ahí donde se mueren” remató con amargura, mientras el caballo se resistía ligeramente a convertirse en bestia de carga. Todavía más lentos que antes siguieron adentrándose entre los bosques y los pantanos de la Loma Hermosa, caminando a pie con sus alpargatas al lado del caballo que arrastraba penosamente una caja mortuoria. La noche cayó y otra vez las pequeñas luces se fueron iluminando como si fueran ventanas de oscuras casas, algunas más cerca que antes, apenas a doscientos metros, como si no estuvieran caminando entre un bosque vacío, sino poblado de fincas, fondas y casas. Pero en realidad caminaban solos hacia la noche. “Mijo, no mire esas luces de frente, evítelas y siga caminando”, le recordaba Abel a su hijo que estaba cada vez más cansado por el esfuerzo de andar a pie entre esas trochas y esos solitarios caminos de herradura que se abrían como venas entre las montañas y los valles de Antioquia. “¿Esos son silbidos, papá?” Quebrando el silencio que dominaba la loma, donde no había aves, insectos, pumas, bueyes ni micos, se escuchaba un largo silbido de pocas notas. Infinitamente largo como producido por unas flautas de madera. Eran notas tan agudas que erizaban la piel y el caballo corcoveaba de miedo, y a la vez tan extensas que parecían estar desde siempre en la memoria como un silbido producido por la oscuridad y que venía de todo lado, desde los fangales, bajando de la copa de los árboles, entre las orquídeas y las flores silvestres y hasta debajo de las piedras. La loma entera era un solo silbido que parecía volver loco a quien lo oyera. Cuando el arriero iba a darle una respuesta a su hijo, el caballo no soportó más esas espectrales notas y de una sola coz reventó la caja que arrastraba, cayendo a la tierra el sudario del alcalde en un blanco mar de sal, y se alejó huyendo en una veloz carrera entre la arboleda, como si se estuviera incendiando por el dolor tan infinito que le causaba ese silbido imposible. Hasta Abel y su hijo se cayeron por el impacto del estallido de madera de la caja. “Caballo malnacido y traidor”, le gritó desde la distancia. Aunque en el fondo lo entendía. Así quedaron definitivamente solos en el bosque el hombre y su hijo, sentados y mirando con odio un cadáver que ya sin la sal iba a empezar a podrirse en cuestión de un par de días. “¿Qué hacemos ahora, papá?” Mientras se levantaba, le soltó la única respuesta que podría darle un arriero que llevaba décadas en el oficio. “Pues levantarnos y cargarlo, mijo, porque eso es lo que hacemos”. Tardó toda la tarde en partir a golpe de machete las tablas de la caja y con las sogas construyó una rústica silla, que se la colgó a la espalda como hacían los silleteros durante los días de Von Humboldt, donde mucho antes que existieran arrieros, eran ellos quienes cargaban a los expedicionarios sentados a sus espaldas como si fueran mulas, atravesando las más inhóspitas montañas y cumbres. Al final se amarró el cadáver que iría sentado a su espalda y sin mayores aspavientos, siguió caminando el último tramo de la Loma Hermosa porque, al fin y al cabo, ya mañana en la tarde estarían descendiendo por el valle directo hacia Yarumal donde hay muchas fincas, como la Villa María, la Palmera, la Marianela, la Sorrento y la Padua, donde podía pedir ayuda y terminar la encomienda. El muchacho cargó con la tula donde llevaban todos los víveres, junto con las pertenencias del muerto que consistían de un sombrero, un maletín con unos documentos y un reloj español de cadena de oro. Los silbidos habían ido disminuyendo hasta regresar al silencio sepulcral de la loma. Al cabo de unas horas cuando el sol de la tarde ya apenas era un trazo rojizo en las hojas de los árboles, dieron con el perchero del caballo, arrojado entre un fangal como algo muerto y vacío. “Pobre amigo, no dejaron ni los huesos”. Se persignaron y siguieron monte adentro, mientras las aves revolaban sobre ellos. Sólo quedaba una noche más y estarían del otro lado de la Loma Hermosa frente al valle que desciende hacia Yarumal. Cuando la oscuridad fue completa y la vegetación parecía tan negra como el petróleo, las luces pálidas se fueron encendiendo desde distintas partes del bosque. Algunas desde lo más alto de los árboles y otras escondidas entre las piedras, sobre los fangales como si fueran luciérnagas, entre las orquídeas, detrás de los helechos y algunas apenas sobre la tierra como arrastrándose. Parecía que el bosque mismo estuviera en llamas con esas luces pálidas, insistentes y enfermizas que los rodeaban a cada paso, como una constelación de fuegos de Pentecostés. “Tengo miedo papá, esas luces no nos van a dejar bajar de la loma”, mientras apretaba su machete. Era la primera vez que Abel Gaviria, un arriero que conocía todo el Viejo Caldas como la palma de su mano, también sentía un profundo escalofrío. Había ciertos tramos del bosque que por las luces se veían perfectamente iluminados, pero con otros colores y tonalidades, como si fuera una deformación de la luz del día. Algunas luces se iban apagando como si se cansaran momentáneamente de levitar en la oscuridad, regresando a la profunda oscuridad en que siempre debiera estar la Loma Hermosa en las noches. Ahí fue cuando empezaron a escuchar Las Voces. “Arriero, arriero, deja ese cadáver y huye con tu hijo al pueblo”, pronunciadas lentamente en un susurro y desde distintos ángulos. El muchacho miraba a su papá con desconcierto y horror, pero lo único que encontraba como respuesta era continuar hacia adelante. “Arriero, arriero, déjanos ese cadáver para alimentar a nuestros polluelos y no te haremos daño”. Como si Las Voces solamente le produjeran un odio súbito, el hombre empuñaba con más fuerza la silla donde llevaba sentado a sus espaldas el cuerpo inerte del alcalde. Pisaba con fuerza la tierra haciendo caso omiso a esas voces y empujando del hombro a su hijo para que caminaran más rápido. Ya estaban bajando entre la arboleda y el camino de herradura brillaba a veces con los rayos de la luna. “Arriero, arriero, déjanos comer ese cadáver y te lo pagaremos con monedas de oro”. Abel miró con dureza a su hijo, empujándolo a continuar con más prontitud porque algunas luces brillaban a escasos metros de ellos, mirándolos desde el suelo como si fueran gatos de monte arrastrándose entre la tierra. “Hijo de arriero, hijo de arriero – hablaron así Las Voces -, déjanos el cadáver y abandona a tu padre, y te daremos montañas de oro, mujeres hermosas y riquezas que no podrías terminar de gastar nunca”. Ambos temblaban de estremecimiento y mucho más cuando sintieron pasar de un árbol a otro el aleteo de inmensas aves, tan grandes como bueyes y oscuras que parecían gigantescas sábanas negras. Otras se arrastraban como caimanes entre la tierra y el fango, tocando a veces sus pies con su pelambre oscura y áspera, haciendo que Abel y su hijo se retorcieran de asco y espanto, como si caminaran entre un río de ratas. “Arriero, arriero, suelta ese cadáver que, si no lo haces, te devoraremos a ti y a tu hijo esta noche”. El hombre se detiene, mira con cansancio la hora en el cielo nocturno, suelta con desgano la silla con el cadáver del alcalde que cae de bruces contra la tierra. Acerca a su hijo de los hombros, abre la botella de aguardiente y de un largo trago la deja vacía. Toma la botella con el agua bendita y con cariño empapa la frente de su hijo, su cuello, sus brazos y toda la ruana, al tiempo que le deposita en la mano el reloj español de cadena de oro del alcalde, mientras le habla con un cariño que no es común entre los hombres de campo: “Mijo, quiero que corra como nunca hasta el valle, sin mirar atrás y no pare de correr hasta que llegue a alguna finca con personas. Que la Virgen me lo proteja. ¡Corra ya, mijo!”. No hubo un abrazo de padre, sino un fuerte empujón para que saliera corriendo como loco entre ese bosque de oscuridad, mientras el arriero sacaba su revolver en una mano y el machete en la otra, dispuesto a vender cara su vida a las brujas que no paraban de reírse entre las ramas y las piedras, acercándose a cuatro patas como si fueran pumas o caimanes a punto de destrozar a su víctima. El muchacho sólo corría y corría, rompiéndose la ropa entre los zarzales y a veces enredándose entre las nudosas raíces de los árboles que parecían querer detenerlo en su fuga. Al cabo de unos metros escuchó la primera detonación del revolver de su papá, viendo como el bosque se iluminaba por fugaces instantes con el estallido de la pólvora. Luego vino una segunda detonación que lo hizo quedar estático por unos instantes, hasta que escuchó el escalofriante grito de su papá alzándose sobre el silencio, en una frase que jamás hubiera imaginado escuchar. “¡Juan Darío Gaviria, corra por su vida!”. Era la primera vez que su papá lo llamaba por su nombre completo, como si fuera un regaño o una orden que no se pudiera discutir en lo absoluto. Siguió corriendo enloquecido del bosque hasta el valle, mientras escuchaba una a una las otras cuatro detonaciones que faltaban, como si cada una fuera el latido de un corazón a punto de morir. El muchacho corrió horas y horas con sus alpargatas ya ensangrentadas por el camino de herraduras y las filudas piedras de las montañas. Al día siguiente, algunos peones lo encontraron desmayado bajo unos árboles de naranja cerca de la finca de la Viscaya. En la fonda más cercana, Juan Darío todavía temblando y sufriendo espantosas convulsiones, contó la historia y entregó a modo de prueba el reloj español con la cadena de oro, que fue lo único que pudo llegar del cuerpo del alcalde de Yarumal. Los que escucharon la historia de las brujas luego le añadieron algunos detalles folclóricos y divertidos, como sombreros y palos de escoba. Pero con el tiempo se hizo una realidad palpable que todo arriero que ingresaba a la Loma Hermosa no volvía nunca. Con el tiempo la empezaron a llamar la Loma de las Brujas, concediéndole cierta veracidad folclórica a la zona y dejaron de transitarla, abandonándola a su soledad de lugar maldito. Pasaron los años y en 1931 el ferrocarril de Antioquia era una realidad que conectaba todo Caldas y el Valle del Cauca, desde Puerto Berrío hasta la capital, pasando por Caracolí, Cisneros y Barbosa, haciendo que llevar un piano costara apenas 18 pesos y se demorara un día, y no 280 y casi veinte días como antes, acabando casi por completo el oficio de los arrieros. Del todo, Juan Darío Gaviria nunca pudo recuperarse del espanto de aquella noche y se vio reducido a padecer un irritante tartamudeo que progresivamente le convirtió en el bobo de la estación del tren en Yarumal, donde trabajaba por unos cuantos pesos llevando de un lado a otro las maletas de los viajeros. A veces cuando alguien le invitaba un ron o un aguardiente, regresaba en su mente a esa noche fatídica con su papá allá en la Loma Hermosa, hace más de treinta años, y con una escalofriante fluidez murmuraba casi a punto de llorar. “¡Esas sombras malditas abrían desde todas partes de su cuerpo unos ojos inmensos, como de sapo, como de vaca o de buey!, ¡Cientos, miles de ojos dentro de esas sombras!, ¡Y esas luces, no eran luces de casas, eran esas bocas infernales y lenguas de fuego que se abrían y cerraban, como masticando la noche!”

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