LA LOMA HERMOSA

La loma hermosa

 

“El hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.

Ernest Hemingway – El Viejo y el Mar

 

En 1885 durante el apogeo de la colonización antioqueña, mucho antes de que sentaran las últimas tablas de los ferrocarriles, cuando los ríos todavía guardaban oro entre sus aguas y las montañas parecían más escarpadas que hoy, un alcalde se murió repentinamente de un infarto mientras visitaba a unos funcionarios públicos en la finca de la Marianela, por allá en el corregimiento del Cedro al norte de Antioquia. La administración del pueblo tenía la penosa obligación de devolver el cuerpo a lomo de mula hasta Yarumal, el departamento donde el alcalde, don Germán Montoya, era tanto dirigente como oriundo, para así recibir las exequias fúnebres de su familia y los homenajes respectivos en su alcaldía. Para ello debían atravesar la Loma Hermosa, que en nada hacía honor a su nombre, porque por lo contrario era y sigue siendo hasta nuestros días, una región montañosa, de pantanos traicioneros, donde nunca paraba de llover y de la que se contaban las más espeluznantes historias en voz baja. Sin embargo, a razón de los extraños acontecimientos sufridos por los expedicionarios que debieron llevar el cadáver del alcalde desde el corregimiento del Cedro hasta Yarumal, actualmente esta zona boscosa de casi 50 kilómetros a la redonda es ahora conocida bajo el amenazante e infame nombre de la Loma de las Brujas. Al día siguiente de que el médico local confirmara el inminente fallecimiento del alcalde de Yarumal, los funcionarios públicos del corregimiento llamaron al caporal más reputado para que organizara una expedición y llevara lo más pronto posible el cuerpo del alcalde, que amortajaron de la mejor forma posible entre unas sábanas blancas y atado con fuertes sogas. Estaban a casi 20 días a paso de mula entre un lugar y otro, y por eso pactaron una suma importante para esos días. Doscientos ochenta pesos si lograba llevar el cuerpo del alcalde al municipio de Yarumal en veinte días y a modo de recompensa, trescientos veinte pesos si lo lograba antes de quince. El caporal, don Manolo Correa, se vio a gatas para cumplir con cualquiera de los dos retos que le solicitaba la administración del corregimiento, ya que gran parte de los arrieros que componían su peonza se encontraban en otras partes de Antioquia y algunos en los confines más lejanos del Viejo Caldas, con sus mulas y bueyes llevando todo tipo de encargos, desde los más simples como café, carne salada, ron, aguardiente, telas, especias y sal, hasta otros definitivamente estrafalarios y con un claro gusto español, como pianos, liras, guitarras, seda y hasta guacamayas. Antes de que llegara el ferrocarril y se desatara la guerra civil de los 1000 días, Antioquía crecía a su propio paso entre una inmensa cadena montañosa y una vegetación que la hacía independiente no solamente ante la Corona Española durante los días de la conquista, sino frente al resto del Nuevo Reino de Granada en el tiempo de la colonia, y en esa expansión los arrieros serían los verdaderos constructores de la modernidad, llevando los recados, la civilización e incluso, la cultura misma de Antioquia a los confines de sus corregimientos y municipios, a riesgo de perder sus vidas entre los profundos abismos que de tanto en tanto se abrían entre sus bosques y valles. Don Manolo Correa escogió para tal misión a uno de sus mejores arrieros, al viejo Abel Gaviria, conocido en muchas fondas como “el aguardientero” por su obvia afición. Sin embargo, Abel era un hombre de derecho como todo arriero que se respete, porque eran tiempos donde valía la palabra empeñada en el oficio. Desde la noche anterior, Abel recibió el cadáver del alcalde, don Germán Montoya, envuelto en su sudario y encerrado en una gran caja rústica y cubierto de sal para retrasar la descomposición. “Mala costumbre esa de morirse lejos del hogar”, le dijo a su patrón, mientras enjalmaba las dos mulas. La más vieja al frente porque esa ya conocía el camino y la joven detrás, y entre ambas iba atado con fuertes sogas la caja del ataúd.

 

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