LA VENGANZA Y EL JUEZ

La distante arena

Al final de sus años de vida política, el consejero romano Lucio Anneo Séneca había caído peligrosamente en desgracia ante los emperadores romanos. Especialmente ante Nerón.

Sin embargo, esa noche se recostaba en su silla favorita y nada más parecía importarle. El fresco de la brisa sacudía las palmeras que se alzaban más allá de su amplia y lujosa villa en las afueras de Roma.

Cerraba los ojos y pensaba en voz alta.

El universo es una suma de percepciones mentales.

Pero esta inmensa noche se reduce a un único sonido.

Al aleteo de las palmeras con el viento del desierto.

Así escucho la noche, como un ciego escucha las rosas”.

Más allá de los postigos de madera, se veía la redonda luna como un gato enroscado en su cola de plata. El resto del paisaje lo componían la vasta oscuridad y las palmeras de Córdoba.

Séneca no había salido durante los últimos días. Esperaba con ansiedad una visita. Un hombre libre dispone de todo el tiempo. En cambio, un fugitivo cuenta con pocos minutos.

Al fin alguien golpeó la puerta de atrás, como marcando un código.

Dos golpes secos. Un silencio. Otros dos golpes. Un segundo silencio. Un último golpe más suave.

Lucio se levantó y abrió cautelosamente la puerta.

– Saulo, ¿eres tú? … Entra rápido. Puede haber pretorianos vigilando en las calles.

El invitado era su gran amigo, Saulo de Tarso.

Mucho más conocido como San Pablo para la cristiandad.

La relación de Pablo y Séneca había comenzado por la polémica filosófica y con los años, había madurado hasta la serena amistad. Como un rostro que se deshoja de sus máscaras, y en ese otoño encuentra la felicidad.

Porque la amistad es un prodigio todavía más grato que el amor.

Es el don tolerar, incluso a quienes nos refutan, como en un ajedrez.

Adentro de la casa de Séneca, las luces de los faroles brillaban y las sombras hacían que la pequeña sala pareciera un territorio infinito.

– Pareces más viejo que la última vez que nos vimos, mi querido Saulo.

– Ambos ya somos viejos, Lucio.

En cierto modo, la vejez es la forma definitiva de todo hombre. Es la piedra modelada por el tiempo. 

Es el rostro que saluda Dios. – corrigió dulcemente Pablo a su anfitrión.

Saulo, tú siempre con tus ideas sobre la divinidad… – sonrió Séneca.

– Más bien, tú que eres el hombre de política y de plaza pública, cuéntame, ¿cómo siguen las cosas en Roma? – Pablo prefirió cambiar discretamente de tema.

– Mal. Realmente mal. – respondió Séneca con sincera preocupación.

Abandoné mi puesto de consejero del Imperio. La locura ha excedido los límites.

Hace un mes, Nerón ordenó incendiar cristianos vivos a modo de antorchas para iluminar su fiesta de cumpleaños.

Los gritos cesaron pronto. Pero el hedor a carne chamuscada duró casi cuatro días en el jardín de palacio.

Pablo le escuchaba atentamente desde su silla y recordó con amargura su pasado como inquisidor de cristianos. Él también cargaba con sus pecados.

La última vez que estuvo persiguiendo a unos cristianos, al frente de una pequeña tropa de soldados, algo le sucedió a su caballo que lo desmontó de golpe. Al caer a la tierra, contempló una brillante cruz en el cielo que le decía, “¿por qué te obstinas en seguirme, Saulo?”

Desde entonces, Pablo se había convertido en uno de los más importantes difusores del cristianismo en el Asia Menor.

A diferencia de los demás evangelistas, Pablo predicaba sobre un Dios de amor.

No vengativo y cruel como el del Antiguo Testamento, que poco o nada se diferenciaba de los caprichosos dioses griegos.

– No puedo, no debo odiar a Nerón… – hablaba Pablo pensativo. Como si las sombras de la sala bosquejaran el rostro de Dios -.

Nerón simplemente un hombre atormentado.

El Demonio traza muchos caminos en la época del Hijo, solamente para confundirnos en el odio.

Para que venga el Tiempo del Espíritu también se precisan las manos homicidas de Nerón.

Esa sangre inocente llamará la paz.

El universo es preciso como un tiempo. Pero nosotros lo vemos confuso como las chispas de un fuego.

Cuando se ama de verdad, se entiende la esencia de ese fuego.

Sólo así nuestro tiempo también será el mismo Tiempo de Dios.

Porque el amor es comprender o compadecer los actos de nuestras manos y las de los demás.

Esa comprensión o compasión prefiguran la salvación del Hombre.

Esas habían sido las apasionadas palabras de Pablo, las mismas que habían hecho sonreír de admiración toda la vida a Séneca.

Como buen filósofo, Séneca buscaba un pragmatismo en el mundo, lejano a las razones sobrenaturales del cristianismo.

– Nunca he podido entender porque siempre antepones el amor a todo.

Incluso, a la fe, al intelecto, a la ciencia y a la belleza… No te entiendo, Saulo – respondió mientras le estiraba una copa de vino griego, rojo y especiado.

– Lucio… –dijo suavemente Pablo. No en el tono del predicador, sino en el de quien aconseja a un hermano -.

Sé que eres filósofo, pero el universo no está compuesto sólo por razones naturales.

El amor no es natural. Proviene de Dios.

Es como la música, ¿quién la ha visto? Sin embargo, llena los corazones y la casa del más rico al más humilde.

El amor es el silencioso río que dirige las vidas de los hombres.

La instintiva locura que hace que unos prefieran morir por otros. Aunque muchos hombres buenos no lo entiendan, como tú, mi querido amigo.

Séneca y Pablo bebieron vino y conversaron de vaguedades hasta el amanecer.

Al final se despidieron sin prisa. Como alguien cuando memoriza un verso y lo guarda en su boca, como si fuera una joya eterna.

Ambos amigos sabían que era la última vez que iban a verse en esta vida.

Pablo de Tarso partió nuevamente hacia el Asia Menor a predicar el evangelio del amor a Cristo.

Un par de años después de esa noche, en el 65 DC, a Séneca le encarcelaron por oponerse abiertamente al sangriento régimen de Nerón.

Desde la insoportable humedad de la cárcel, Séneca recordaba su último encuentro con Pablo. La noche avanzaba como una furiosa tormenta de potros salvajes, doblando las hojas de las palmeras.

Sentado en un rincón, Séneca, esperaba a cumplir con su destino. Había sido sentenciado al suicidio por traición al emperador.

En sus manos débiles sostenía la navaja que le habían permitido los pretorianos. Debía cortarse él mismo sus venas en un último gesto de honor. Pero esa navaja resultaba un juguete inútil en sus manos arrugadas, más acostumbradas a los libros que a otra cosa.

Miraba el anciano romano la noche con un profundo dejo de tristeza. Quería conservar un pedacito de esa constelación infinita.

“¿En la sangre derramada también se queda algo la vaga memoria de haber vivido?”, se preguntaba melancólico, jugando con la navaja en su mano.

Entonces, Séneca respiró profundo, miró el techo de la cárcel y cortó rápido sus muñecas. No quería demorarse en el dolor.

La sangre brotaba lenta y espesa. Ya era un hombre viejo y con venas tapadas. A veces la muerte no llega cuando se precisa.

Entró repentinamente un pretoriano a la cárcel.

Acomodó suavemente a Séneca en la cama. Como si fuera un paciente presto a ser curado de la enfermedad de la vida.

Con un rápido golpe de espada, el pretoriano le cortó ambos tobillos para apurarle la muerte.

Ahí, en ese preciso instante, se abrió nuevamente la puerta de la cárcel.

Entre el mareo por la sangre perdida, Séneca vio entrar a Paulina.

Paulina era su anciana esposa. Avanzaba con las manos en alto. Caminaba lentamente como un ave cansada.

Había decidido morir con él.

Llevaba las muñecas cortadas y los brazos rojos de sangre.

Séneca intentó incorporarse, pero el dolor no se lo permitió.

Ambos ancianos agonizantes se abrazaron silenciosamente en la humilde cama de aquella cárcel.

Parecían un par de flores muertas deshojándose con el viento de la tarde.

Entonces Séneca recordó satisfecho las palabras de Pablo. 

“El amor es el silencio río que dirige las vidas de los hombres.

La instintiva locura que hace que unos prefieran morir por otros”.

No le importaba que la razón hubiera sido de Pablo.

La verdadera amistad siempre es una justa metáfora del ajedrez, donde nunca hay ganadores ni perdedores.

La arena del tiempo de Séneca y Paulina fluyó de sus venas a otro desierto.

A un desierto mucho más simple y sin calendarios.

 

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