LA VENGANZA Y EL JUEZ

Bóveda # 5

Soy profundamente alemán y devoto lector de Shopenhauer y Hegel. Mi nombre es Rudolf Von Dziony, siquiatra profesional. Pasé mi última temporada colaborando con el departamento de sicología en la Universidad de Lyon, Francia, la tierra de los duros normandos. Un antiguo amigo de la infancia, el Sr. Klenze Müller, decano de la facultad de medicina me había recomendado para prestar mi asistencia como psicólogo a los estudiantes de último semestre que iban a empezar a realizar prácticas de necropsia y medicina legal. La facultad había destinado al grupo de jóvenes al Instituto de Medicina Forense en donde debían permanecer enclaustrados dos semanas en compañía de otros futuros galenos, prontos a ser egresados de otras universidades en convenio con nuestra Facultad de Lyon, y ambos grupos estarían bajo la tutoría del notable profesor Antoine Berguier. Pasé cerca de un mes en mi oficina de catedrático, escuchando por las tardes las melodías hermosamente alemanas de Strauss, Lehan y Wagner, degustando de vez en vez un humeante plato de boeuf bourguignon o una bouillabaise con su típico sabor mediterráneo. Así transcurrían mis días, hasta que a finales de abril ocurrió un caso de repentina locura y pesadilla: uno de los estudiantes había asesinado brutalmente a su compañero de cuarto y a un profesor, obligando a las autoridades policiales a recluirle en una de las celdas del manicomio de la ciudad.  Como es de suponer, la Facultad de medicina inmediatamente me envió allí a escuchar su narración y a dictaminar un informe sobre su salud mental. Narración que ahora me ha obligado a mantenerme alejado de los cementerios, mausoleos, criptas y en sí, todo lugar en donde estén confinados aquellos cuerpos que por siglos enteros hemos creído inmóviles y sin vida. A través de una pequeña grabadora de periodista, dejé testimonio de las palabras del joven estudiante de veintitantos años, escaso cabello rubio y anteojos que parecían darle más vida a sus ojos a medida que transcurría su escalofriante relato:

 “Cursábamos último semestre de medicina y nos habían enviado al Instituto de Medicina Forense, ese lugar que ahora detesto con toda mi alma.  Éramos cerca de setenta alumnos contando los de otras universidades francesas, para desarrollar en grupo las prácticas de medicina forense bajo la monitoria del Dr. Antoine Berguier, hombre de unos sesenta y cinco años, cabello blanco y bonachón… Tuve por compañero de cuarto a mi fiel amigo y compañero de casi toda la carrera universitaria, a mi buen Austin, a quien todos estúpidamente creen que yo asesiné… Al cabo de los primeros días, Austin y yo demostrábamos ser los primeros y más audaces de la clase de medicina legal, porque superábamos con creces los escrúpulos y miedos naturales que puede tener cualquier amateur de medicina. Secretamente, a ambos nos atraía ese gusto de husmear las entrañas rojas y negras del extraño cuerpo humano, sentir la elasticidad pulposa de los tejidos antes de descomponerse, la dureza de los globos oculares y el crecimiento interminable de las uñas y el cabello. Realizábamos nuestras prácticas con los cadáveres más frescos que proporcionaba el Instituto. Al poco tiempo, a Austin y a mí nos empezaron a aburrir realizar nuestros ejercicios con cadáveres enteros y en perfecto estado. Ambos ansiábamos experimentar con la carroña humana sumergida en profundas etapas de la putrefacción.  Ese era el material que nos tenían prohibido usar, ya que se hallaba disperso y mutilado sin orden alguno en el último congelador de la bóveda # 5 del sótano. Un enorme refrigerador del tamaño de una pequeña casa y puesto bajo llave. Fue tanta la insistencia que tuvimos con el monitor Berguier y tan firme su negativa a dejarnos experimentar con ese tipo de cadáveres, que poco a poco empezamos a maquinar nuestra ciega venganza. Estábamos obsesionados por descubrir los descuartizados tesoros de ese helado universo de horror que estaba bajo llave, tanto así que parecía esa ser la única razón de estar en el Instituto. Ya estaban por terminarse los quince días de nuestra estancia como practicantes, cuando se presentaron dos hechos cruciales. El primero fue haber conseguido, por cierta suma de francos, una llave maestra que nos abriría todas las puertas del plantel y la bóveda. Y el segundo, una infidencia nos reveló un aspecto sensible de la personalidad de nuestro odiado profesor Berguier: el anciano era enormemente supersticioso. El destino había sellado nuestra particular venganza. Poco antes de la media noche, tras habernos asegurado que los demás estudiantes durmieran en sus respectivos cuartos, y aprovechando que el Dr. Berguier debía realizar unos informes académicos en su diario y únicamente alcanzaría a retirarse a su dormitorio hasta dentro de casi hora y media. Mi amigo y yo descendimos a la bóveda # 5. Cuál no sería nuestra emoción al introducir la llave maestra en la cerradura y sentir como la pesada puerta del macabro refrigerador cedía ante nuestros deseos criminales. La iluminación era casi nula y el frío nos devoraba, pero pudimos entrever esos negros bultos de carne seca como ruinas de un universo olvidado. Brazos y piernas amputados por doquier, cabezas destrozadas y envueltas en su cabellera, algún tórax a medio abrir. Avanzamos fascinados a lo largo de ese piso de hielo, atiborrado de las extremidades que cada noche le arranca el voraz mar del tiempo y la enfermedad al género humano. Al final del refrigerador encontramos algo que nos impactó de sobremanera: el cuerpo extrañamente integro de una mujer como si fuera un maniquí arrugado y seco. La muerta era de un aspecto bastante siniestro. El cabello deshilachado sobre la calavera apenas cubierta por algunas lonjas de carne y piel, los labios gangrenados sobre los putrefactos dientes, las apretadas entrañas dentro de sus costillas ligeramente revestidas por una telaraña de piel, las uñas de las manos y los pies transformadas en retorcidas garras, y los ojos, ¡válgame Dios! esos ojos parecían más de insomnio que de muerte. Austin se adelantó, tomó la sierra y cortó casi de un golpe la mano izquierda de la muerta. Guardó la cadavérica mano en su bolsillo. Salimos apresuradamente de la bóveda luego de pasarla por llave, y subimos al dormitorio antes que el confiado Dr. Berguier regresara de sus cavilaciones académicas. Con la misma llave maestra entramos al dormitorio en donde el profesor dormía. No había nadie. Bajo la almohada le dejamos el aterrador souvenir. De ese calibre era la broma que le pensábamos gastar a nuestro supersticioso monitor Antoine Berguier. ¡Ah!, doctor Von Dziony, se me olvidaba contarle un pequeño detalle: ¿por qué la mano izquierda y no la otra? Sencillamente porque nuestra víctima, el Dr. Berguier era judío: lo supimos desde el primer día por esa pequeña cadena de oro con la estrella de David, la de seis puntas, que siempre cargaba en su cuello. Pensamos que ese detalle reafirmaría su horror; la mano izquierda en la gran mayoría de las religiones y leyendas es la que actúa como presencia y símbolo del mal. En fin, tras habernos reído largamente de nuestra diabólica jugarreta, nos encerramos en nuestro cuarto a dormir, ya que al día siguiente tendríamos el examen final de la práctica antes de regresar a la Universidad de Lyon. Todo era silencio y tiniebla en el instituto. Serian acaso las dos de la madrugada, cuando algo enorme azotó nuestra puerta, como pretendiendo entrar de una embestida brutal a nuestra recamara. Gritamos quién era y qué quería, y el silencio fue la devastadora respuesta. No sé qué oscuro presentimiento le habrá asaltado a Austin para que empuñase el escalpelo y me impidiese encender la luz para no llamar la atención. Abrimos la puerta de par en par. Y ahí, en la penumbra del amanecer, vimos la espantosa figura que nos heló la sangre de pavor: el cuerpo inerte del Dr. Antoine Berguier, arrodillado como si orara y casi desollado hasta los huesos, como si una fuerza ciclónica le hubiera arrancado la carne a zarpazos. Eso es lo último que recuerdo antes de desmayarme. Al día siguiente me encontraron inconsciente los demás estudiantes, y a mi lado, aparte del mutilado doctor judío, estaba para desgracia y consternación mía, el cadáver igualmente destrozado de mi gran amigo Austin, y en mi mano izquierda, empuñado un delator y ensangrentado escalpelo. Juré como le juro a usted ahora, que yo no cometí semejante atrocidad.»

Tras escuchar estas palabras, el instinto de psicólogo me hizo tomar mi auto, dejar el manicomio y conducir en altas horas de la noche hasta el Instituto de Medicina Forense. Al llegar, la tempestad se había desatado furiosamente. A pesar de la hora, los porteros al ver mi carnet de catedrático de la Universidad de Lyon, me permitieron seguir. Le pedí a uno de ellos que por favor me llevase a la bóveda # 5 del sótano. Un tanto desconcertado por la extraña petición, aunque seguramente al ver en mi rostro la voluntad de no dar un solo paso atrás, accedió de mala gana. Descendimos al sótano. El gendarme, no sin cierta reticencia, abrió la puerta del enorme refrigerador de los cadáveres. Un vapor pestilente me hizo doblar casi hasta la náusea. Sin embargo, avanzamos en esa penumbra de horror apenas iluminada por el haz de la linterna, y de vez en cuando, tropezando con esos pedazos de podredumbre de los que tanto gustaban Austin y su amigo. En un momento incierto (el tiempo siempre es incierto en la oscuridad), el foco de luz iluminó cierto cadáver negro y amputado de la mano izquierda: mi respiración se contuvo de espanto. Le quité de inmediato la linterna a mi compañía, y empecé a revisar a la muerta, dispuesto en cualquier momento a salir corriendo del macabro lugar. Afuera caían las gotas de lluvia sobre el mundo. Recorrí con el haz de luz cada recoveco de esa execrable anatomía, revisando su maldita cabellera mientras miraba atentamente su hueca sonrisa disimulada en un grotesco rigor mortis. Ya estaba a punto de irme, cuando algo brilló pálidamente en la oscuridad haciéndome volver la atención sobre la muerta. Algo que noche a noche pone a prueba mi cordura y las colma de terror y siniestras voces ahogadas. Me incliné a ver qué era aquello que alcanzó a brillar tenuemente con el reflejo de la luz de la linterna. No pude reprimir el alarido en mi garganta. Ahí, entre los largos dedos de la única mano de la muerta, empotrados de negra sangre, cabellos y carne fresca, se encontraba como un terrible y brutal trofeo, enredada la cadena con la estrella judía del doctor Antoine Berguier.

 

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