LA VENGANZA Y EL JUEZ

El repetido actor

“Somos de la misma materia de los sueños y nuestra poca vida está rodeada por un sueño”

– Ricardo III, William Shakespeare.

 

El amor, como la lluvia y el tiempo, apenas se recibe también se está dejando.

Inquirir la naturaleza del amor es cuestionar los designios de los dioses y el universo mismo. Es preciso contentarse con la visión del incienso sin entender nunca el milagro.

Si la religión es el límite de la ciencia, el amor es el de nuestra voluntad. Napoleón conquista Europa y Egipto, pero no puso nunca un pie en el corazón de Josefina.

Quien emplea la espada, escribe con fuego sobre la piedra. Quien ama, traza sobre arena,  viento y agua. Shopenhauher agonizante exige no ser recordado por un rechazo sentimental, sino por sus páginas.

Nada se posee, del mismo modo en que dos cuerpos no ocupan nunca un mismo espacio.

Nada es nuestro. Ni las manos que tienden a la ceniza en una infinita caída libre. Tampoco la memoria, tan cercana del olvido y sus constantes inundaciones. Memnon, general del rey Darío, pide a su joven mujer que se desnude y la mira lento y absorto antes de morir.

Si la identidad personal no sobrevive a la muerte, mucho menos el amor que es la suma de muchas rutinas, palabras y gestos compartidos.

Mi anécdota es bastante más que sencilla. Es universal y está sucediendo en cualquier lugar de la tierra.

Soy actor cómico y hace algún tiempo tuve una presentación en un teatro. Allí la conocí. Ella estaba haciendo su presentación y las luces me permitieron saber que era alta y de complexión delgada. Al bajar del escenario, pude ver su mirada azul y el cabello color de avellana. Luego vino mi presentación, de la que no hablaré.

En el intermedio, conversamos vaguedades hasta encontrar alguna afinidad que sería Shakespeare.

Si el mundo tiene un centro, ese es Shakespeare.

En la historia universal hebrea a la vez que sucede el génesis y el diluvio, a San Juan le es revelado el Apocalipsis. Es decir, no es imposible suponer que Dios haya dejado algunas líneas de Macbeth en el Adán y otras de Hamlet en el último hombre.

En cierto modo, todos somos Shakespeare. Nada refuta que una línea infinita sea engendrada desde el punto medio hacia el alfa y el omega. Nada tampoco nos niega que Shakespeare, alguien que fue tantos rostros, no sea el punto o el hombre del que partan la línea de la futura y pasada humanidad.

Salimos ella y yo del teatro tomados de la mano.

Los gnósticos aseguran que ver es reconocer. Yo no la vi. Simplemente la reconocí. Se parecía más a un recuerdo de mi adolescencia que a su imagen en el escenario. No sería improbable que usara el mismo perfume que una compañera mía hace años o tuviera un tono de voz similar. Toda imagen tiene un alto componente verbal que nos permite cierta perspectiva para entender el mundo, pero el olfato y el oído interactúan con los instintos primarios.

Ella comentó que la tarde caía entre los gritos de las ranas.

Nos abrazamos menos como un par de enamorados que como un par de náufragos en las oscuras aguas de un tiempo sin regreso. Como una sombra que se desliza bajo el sueño o el agua, como si no entendiera el significado de sus palabras, ella musitó una línea del segundo acto de Romeo y Julieta:

“Júrame tan sólo que me amas y dejaré de ser una Capuleto”.

Lo atroz, lo misterioso y aterrador fue que esa línea era tan suya como cualquiera de sus rasgos.

Las estrellas del 1600… habían vuelto a su antigua posición.

Supe instintivamente, que esta noche cualquier asesino sería MacBeth y cualquier traidor Yago. Cualquier enamorada Julieta, cualquier suicida Ofelia.

Supe también, como en una epifanía, cuál era mi papel, mi ínfimo papel, en aquella noche en que el desquiciado mundo se transformó enteramente en el Globe Theatre y los dioses todos fueron William Shakespeare.

Entonces, la besé por primera y última vez.

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