LA VENGANZA Y EL JUEZ

El extraño cuadro del dios Pan

Mi nombre no importa. Basta decir que desde hace siete años pertenezco al departamento de investigación del cuerpo de policía de la ciudad de Birmingham, Inglaterra. Mi fe católica ortodoxa prohíbe dar por cierto lo que ahora comúnmente denominan como fenómenos paranormales, pero cierta experiencia que tuve en mi campo de acción me ha obligado a replantear mi concepción del universo y la linealidad del tiempo.

El caso sucedió hacia 1968, a mediados de abril. Nos encontrábamos los del turno de vigilancia nocturno en la Estación  de Policía Red Hawk de Birmingham. Serian las diez pasadas cuando sonó el teléfono. Un compañero, estudiante de criminalística y fervoroso lector de Freud, fue quien recibió la llamada. Era una niña de unos diez o doce años, a juzgar por la altura de su voz, aunque posiblemente esta se viera alterada por la urgencia. La situación era aparentemente simple: Su padre, después vine a saber que era antropólogo, se había encerrado ebrio en su habitación y de ella emanaba una extraña melodía de violines y flautas fluía detrás de la puerta. Lo singular, repetía constantemente la niña, consistía en que en el cuarto cerrado no existía algún tipo de transistor, radio o estéreo, y su papá no tenia el más mínimo conocimiento musical como para interpretar algún instrumento.

Motivados más por un sentido cívico que por una verdadera alarma, nos embarcamos tres hombres en una radiopatrulla. Al cabo de una hora alcanzamos la Winston 329 street, que era donde se encontraba la casa. No bien llegamos, una niña nos estaba esperando en la puerta principal. Adentro estaba la menor llorando de bruces replegada contra la pared. La sensación (acaso imaginaria)  de una música antigua, casi primordial y ciertamente siniestra nos impulsó a los tres a mirar hacia el segundo piso, todavía a oscuras. Las niñas no miraban: Ya el terror brillaba en la perpleja carne de sus ojos. Casi simultáneamente mientras subíamos los escalones, la melodía descendía hasta sumirse en un silencio sepulcral, que únicamente contribuía a realzar el aspecto de cripta de aquella habitación cerrada.

Golpeamos insistentemente, gritamos que abriese o nos veríamos obligados a entrar a la fuerza. Nadie respondía. El silencio era estremecedor: Creímos un suicidio o algo peor. Derribamos la puerta con un golpe seco y brutal.

Adentro se hallaba el hombre tendido en el suelo boca arriba, una botella de vino tirada a su lado y efectivamente, no había ningún tipo de estéreo que justificara la extraña y desconcertante música.

El hombre estaba muerto y su cuerpo era liviano como el de un niño y su piel estaba enteramente blanca, apenas surcada por venas azules, casi vacías.  Cuando le llevamos al médico forense, se determinó que tenía menos de litro de sangre en su cuerpo, casi toda concentrada en su abdomen, y no mostraba algún rastro de cortadas, mordiscos o heridas que explicaran el fenómeno. No era un asesinato ni un suicidio. El hombre se llamaba Isaac Andrew Campbell, antropólogo y reciente ex colaborador del prestigioso Museo Nacional, viudo y padre de dos niñas.

Por simple curiosidad, decidí averiguar más sobre el asunto. A primera luz del día me encamine al centro de la ciudad, al Museo Nacional, con objeto de entrevistar al director sobre lo que pudiera decirme acerca de Isaac A. Campbell, y tal vez las razones de su reciente despido. Reproduzco textualmente las palabras del director, el respetable Sr. Weinberg“Campbell era uno de mis mas interesados y valiosos colaboradores hasta el día en que murió su esposa. Desde ese momento, su ánimo se tornó mohíno, huraño, taciturno, agravándole su adicción al alcohol. Era frecuente verle en estado de ebriedad. Ya la Dirección del Museo le había sancionado con dos memorandos, pero el asunto rebaso sus limites cuando Mr. Campbell tras haber bebido un par de sus acostumbrados whiskys tropezó contra un anaquel destrozando una valiosísima  cerámica grecorromana costándole su inmediata destitución del cargo”. Instigado por una particular curiosidad, le pregunte al Sr. Weinberg qué tipo de cerámica había sido esa. “Una de las vasijas ceremoniales en que los antiguos romanos ofrendaban sangre humana a la deidad Pan hace más de dos mil años”.

 

Luego de la entrevista con el señor Weinberg, decidí documentarme sobre la existencia mitológica del dios Pan.

“Pan: Divinidad grecorromana de origen arcadio. Dios de los rebaños, el vino, la música, la fecundidad y la naturaleza. Representado con barba, pequeños cuernos, patas de macho cabrío e interpretando una flauta”. Fue la primera definición que encontré. Supe luego por otras fuentes que al dios Pan en otras culturas es adorado por nombres como Baco, Shiva y Dionisio, entre otros. El mito reza que la divinidad hipnotizaba a la gente a través de las melodías de su flauta, construida por siete cañas distintas, obligándolos a trabajar en sus viñas, en las cuales eran habituales las bacanales, las orgías, los sacrificios humanos e infinidad de actos de barbarie y crueldad, con el fin de ofrendar la sangre para preservar la salud de las uvas y la dulzura del vino.

A la noche siguiente de mi corta investigación, no me pareció descabellado averiguar sobre el estado de ánimo del fallecido Campbell con sus amigos de bebida y fiesta. Uno de ellos me insistió largamente que el viejo “Camp” alucinaba después de algunos tragos con la extravagante idea que “se hallaba en la vieja Roma, rodeado de trabajadores de las viñas que le arrastraban a los horrores de la orgía en medio de la algarabía de sonidos de flautas, violines, tambores y gritos.” Otro amigo lo corroboraba: “Efectivamente, Campbell alucinaba de manera progresiva con  el trago. Decía que cada vez era más intensa la sensación de hallarse sumergido en la bacanal romana y la pesadilla de ser sacrificado por cierto error de haber destrozado cierta vasija ceremonial. Una vez me confesó que casi podía olfatear el sudor de los esclavos con el aroma dulzón de las uvas. Yo le aconsejaba que tomase unas vacaciones porque su trabajo como antropólogo le estaba consumiendo. Recuerdo que me contestó que el vino y el arrepentimiento eran el camino a la misericordia de Pan. Personalmente no sé qué o quién sea Pan. Eso es todo”.

Decidí regresar a la casa de la Winstown 329 street. Allí hablé con la mayor de las hijas del fallecido ex colaborador del Museo Nacional. Melissa, con su voz cortada por el llanto me confeso que esa singular noche, Isaac, su difunto padre “las había llamado a las dos a la mesa, les leyó un par de salmos de la Biblia, cenó con ellas sobriamente, casi como si presintiera que era la última vez que iban a estar juntos. Luego besó a ambas en la frente, y subió con una botella de vino en la mano a enclaustrarse para siempre en su habitación”. Estos eran todos los datos que había podido recoger sobre el inexplicable caso de Isaac Andrew Campbell, hombre que fue hallado muerto una noche de abril de 1968, casi desangrado por completo, sin ningún tipo de heridas encontradas, encerrado en su cuarto tanto por puertas y ventanas, mientras se escuchaba una clara y antigua música de flautas y violines ante cinco testigos.

Apenas amaneció, tras haber revisado toda la noche mi libreta de anotaciones, tuve la fatal decisión de volver al Museo. Inmediatamente me dirigí al pabellón que guarda los anaqueles de las cerámicas grecorromanas, donde hace ya más de un mes, Isaac Campbell, bajo efectos del alcohol destrozó involuntariamente una de las vasijas en que ofrendaban sangre a cierto dios prehistórico que después de lo que ya sé, no me atrevo ni a susurrar su nombre en las noches. Un instinto (ahora me arrepiento) me hizo correr el amplio anaquel que cubría entera la pared y allí, en la blanca cal de esa maldita pared estaba el más aterrador y detestable cuadro dibujado cuidadosamente en auténtica sangre,  mostrando la escena de la orgía de las viñas romanas y en su imposible centro, en perfecto detalle la imagen del monstruoso y enorme Dios Pan, sonriente y maléfico, interpretando su flauta, como presidiendo el holocausto y rodeado de sus carniceras hordas de demonios violinistas. Y lo peor, en el centro de la atroz pesadilla, la figura diminuta, pero perfectamente nítida, de Isaac Campbell, presto a estallar del más vivo terror, a punto de ser sacrificado brutalmente por los esclavos del Dios Pan.

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