LA VENGANZA Y EL JUEZ

La noche de San Juan

No es aconsejable abusar de la filosofía, pero es mi manera casi física de entender el mundo y mi destino. Borges, el infaltable Borges, en su página más famosa dice que son cuatro los argumentos universales y que constantemente se repiten: el dios crucificado y muerto por los fieles; el héroe que defiende una ciudad perdida; el navegante que busca por mil mares regresar a la ciudad natal, y el amanecer luego del diluvio universal. Cuatro tramas universales y en todas presiento la sombra de una secreta trama, aún más genérica y sencilla, de la que surge toda idea, todo argumento, todo libro. Esta trama, este argumento es la de quien quiere recuperar el paraíso perdido. La premisa de buscar lo que una vez fue amado y ahora se ha perdido irremediablemente. La variable en todas es el objeto perdido. Ese oscuro y feliz paraíso perdido: para algunos es la infancia, para otros un amor o la paz en que creímos el mundo cuando éramos niños. Nadie busca lo que no ha perdido. Qué simple es la idea, pero esa es nuestra esencia. Buscar lo que nos fue querido. A lo mejor, encontrar ese paraíso no hace parte de nuestra esencia y es ahí donde radica el milagro. La gracia manifestada cuando excedemos los límites de nuestra búsqueda y voluntad. A mí no me interesa encontrar fama en las letras de los hombres, sino el equilibrio que de niño tuve con el universo y he ido perdiendo paulatinamente al pasar de los años. No más. Así de simple es mi perdido paraíso.

Vagamente ese irrecuperable niño y el hombre que ahora soy, coinciden en algunos momentos. Como pueden coincidir al trasluz los mapas de dos ciudades. Porque ahora somos esencialmente distintos. ¿Cuáles son esos puntos de coincidencia que hablo? La dulce alegría de ver a mi mamá cuando ella no me ve y parece que yo no la viera, sino más bien la recordará desde muy lejos. Mi manera de jugar con los Gi Joes, sosteniéndolos e imaginándoles las mil articulaciones que no les dio el juguetero. La delicia de imaginar espantos y pesadillas en un cuarto sin luz. El gusto de mezclar la mantequilla con la mermelada sobre el pan. En mi perplejidad, que voluntariamente demoraba, horas antes de abrir la caja de un juguete, y ahora lo hago con los discos y los libro. Mi cariño y agradecimiento por Petete, quien de un divertido modo es hoy Borges. También de niño escribía, y no sé hasta dónde haya perdido ese lindo tono en la voz de quien con humildad se sorprende de tanto universo. Pero volvamos al punto: ese niño, esa infancia, ese equilibrio son mi paraíso. Y mi vida, la constante búsqueda. Esos puntos de coincidencia no son mi renovado equilibrio, sino más bien mi nostalgia del pasado. Esa piedrita que pude conservar en un bolsillo antes de salir del paraíso. Este relato consta de dos partes que por su constancia y frecuencia, son más bien rasgos de mi personalidad, como lo puede ser el color de mis ojos o la forma de mi rostro.

El primero es este: mi mamá trabajaba en Artesanías de Colombia. Allí cada tanto realizaban fiestas para los hijos de los empleados. Al igual que ahora, de niño no fui muy bueno para relacionarme con los de mi edad. El caso es que en uno de los patios que da contra la calle, apenas separada por una alta verja de hierro, escuché por primera vez a Beethoven. Era la Novena Sinfonía. Por supuesto, en ese momento no lo supe. Esa música no tenía nombre. Era algo más que sucedía en la tarde. Pero, desde entonces no puedo escuchar Beethoven sin pensar en un niño retraído, sentado y armando insectos ficticios con las hojas y las ramitas que caen de los árboles. Cada tanto voy al centro de la ciudad. Muchas veces sin mayor razón que eso. Subo hasta la iglesia de la cual es vecina la empresa donde trabajaba mi mamá, y me quedo al menos media hora mirando por las rejas de la verja. Existen constantes en el tiempo, y pienso que no sería imposible que esa constancia fuera anterior a mi infancia. Alguna vez ese niño pudo mirar hacia fuera y ver mi rostro, que sería el suyo veinte años después, y no haberse reconocido. El anciano que cruzó hoy la calle frente a mi casa, llevaba mi propio rostro transformado por la vejez. Y tampoco supe entenderlo.

El segundo hecho es más simple aún, porque no consta de tiempo ni espacio. Es un sueño. Un sueño que constantemente tuve siendo niño. A veces se me ocurre que los sueños son tramas de libros escritos o por escribir, y ya están perfeccionadas por siglos de olvido y relectura. Digamos que alguien sueña con aventuras que quisiera vivir. Eso no aparece, pero dentro del sueño se sabe lo pasado y lo futuro de un modo simultáneo. Luego el soñador busca algo con desesperación, y finalmente siente una vaga tristeza de ser y no ser. Como de algo que sabe que ha empezado a inexistir. El hombre que despierta del sueño ignora que ha mejorado el argumento del Quijote, que a lo mejor todavía no se ha escrito. Cuando uno sueña algo constantemente, cada tanto lo está perfeccionando como un ebanista pule un mueble. Nada más asombroso que rectificar un sueño o un castillo de arena. Y nada nos es más involuntario, porque generalmente lo hacemos.

Mi sueño consistía de esto: sucedía en una casa gigantesca y en madera. Casi de juguete. Subía por una escalera que al terminar se bifurcaba en dos corredores. Había cuartos pero todos estaban cerrados. Y como es sabido, si una puerta se abre en un sueño, es porque estaba obligada a abrirse, pero nunca por la voluntad del soñador. Es como si fuese un tercero quien soñara nuestro íntimo sueño. Y nosotros, los de los demás. El caso es que cuando subía toda la escalera, tomaba por un corredor cualquiera y avanzaba hasta el final. En el sueño no existe derecha ni izquierda. Una puerta estaba entreabierta. Entré. Todo estaba a oscuras y hacía frío. Era una amplia habitación apilada de libros por doquier. O al menos eso parecían las cajas que se amontonaban unas sobre otras. Nada más que oscuridad y libros, pero al fondo una seda silueteaba como fantasma. Me acerqué y era una sábana blanca extendida en la mitad de la habitación como cubriendo algo. Jalé de un manotón y la sábana cayó suavemente y mi asombro fue súbito. Sin importar las veces que ya había soñado la misma escena.

Aquello que la sábana cubría era la noche constelada. La imposible noche de San Juan y “el monstruo de mil ojos” que llamó Chesterton. Pero el repetido milagro no consistía en la visión de la noche, sino en el olvido de la existencia de esa infinita oscuridad titilante de luces mientras subía la escalera, caminaba por el corredor y entraba a la habitación de los libros, para llegar al siempre renovado, feliz y escalofriante descubrimiento al rasgar la sábana o el velo. Que un ser humano olvide la existencia de la noche y luego la descubra, no deja de ser atroz. Durante años enteros dejé de soñar esto. Pero ahora lo he vuelto a soñar. Como si un ciclo de sueños regresara a mis noches.

 

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