LA VENGANZA Y EL JUEZ

La venganza y el juez

En su trineo arrastrado por media docena de perros, el hombre atraviesa el bosque de abetos. La tierra estaba cubierta de nieve y la tormenta parecía nunca acabar. Ni siquiera los lobos blancos y de fauces rojas se atrevían a salir de sus madrigueras.

Aún no amanece. El hombre es anciano y de espesa barba, acentuando sus rasgos nórdicos. Sabe templar con firmeza el látigo. Es juez. Aunque esta vez no viaja al pueblo a obrar en pro de la justicia, sino a retirarse de su cargo. Ya más de cuarenta años entregados al oficio de discernir el bien y el mal en los actos humanos, le han hecho comprender que en sí no existe ningún acto puramente bueno o malo, sino contextos éticos que los hacen parecer como tales. Meditaba sobre aquellas cuestiones, cuando un llanto le hace abandonar su cavilación y mirar hacia atrás.

Es una niña de escasos diez años y aspecto bastante deplorable. Su llanto no tiene lágrimas. Los ojos están inflamados de sangre. El juez desciende del trineo. Cuando la toma en sus brazos, advierte que su temblor no es de frío, sino de miedo. Algo terrible ha sucedido. El anciano considera prudente no preguntarle nada y a cambio, le ofrece un poco de té caliente para que se desentumezca un poco. La tormenta ha cesado.

Al cabo de una hora, avistan las luces de la aldea. No bien se detiene el trineo, la gente se aglomera a recibir al juez. Pero al advertir la presencia de la niña, el asombro es general.

Hace dos días, la niña que es huérfana y sus amigos de la misma edad, habían salido a jugar al bosque. Y hasta ahora solo regresaba ella. El temor se apodera de los padres ante la inminencia de alguna calamidad. Se reúnen todos los hombres y mujeres en la pequeña iglesia, prestos a escuchar el relato de la niña. Relato que palabra a palabra es confirmado por el terror en sus ojos:

«Casi al medio día, salimos los seis al bosque a jugar entre los abetos y a arrojarnos bolas de nieve. Ya atardecía, cuando alguno advirtió que nos acercábamos demasiado a la Casa del Muerto. Vladimir, el niño mas fuerte del grupo, nos gritó cobardes y nos desafió a jugar a las escondidas allí mismo”.

Palidecieron por completo los semblantes de todos los concurrentes. Alguna madre ahoga entre sus manos un grito de espanto. El ambiente de pesadilla casi podía olerse. Las leyendas de los montañeses contaban que La Casa del Muerto era un lugar aparentemente deshabitado y atroz, donde hasta las bestias evitaban pasar muy cerca.

Desde hace casi un año, esas leyendas suponen la existencia abominable de una monstruosidad putrefacta que se niega a morir. Sus únicos rastros son sus descompuestas huellas en la nieve, como únicas pistas de sus habituales descuartizamientos de animales. Suponía el pueblo que el sanguinario muerto viviente o ghul se escondía en la casa. Pero jamás le habían visto.

Tras un breve silencio, la niña prosigue: «Tuve miedo. Todos tuvimos miedo. Pero pudo más la insistencia de Vladimir y nuestro temor a parecer cobardes. Entramos. Nosotros habíamos entrado a jugar allí mucho antes que apareciese la leyenda del muerto vivo. Conocíamos ya todos los recovecos de la casa hecha en madera. El olor a humedad me hacía toser a cada instante. Recuerdo que Vladimir dijo que iba a contar en la primera ronda. Apenas le vendamos los ojos, él empezó a contar y todos salimos disparados a escondernos. Unos arriba, otros abajo. Me encerré en un cuarto de la planta inferior. Y ahí me quedé conteniendo el aliento, mientras Vladimir nos buscaba. Así esperé en vano. Pasaron cinco, diez, quince, veinte minutos. Y nada se escuchaba distinto al silencio. Casi a la media hora, cuando ya estaba dispuesta a abrir la puerta y preguntar qué había pasado con el juego, escuché unas pisadas que se acercaban al cuarto cerrado donde me encontraba. Me incliné hasta el suelo para ver los zapatos de Vladimir a través de la ranura. Pero lo que vi fue algo distinto. No eran los zapatos de Vladimir. Ni siquiera eran pies, sino un par de espantosos muñones podridos y verdosos. En otro tiempo debieron ser dedos humanos. Comprendí el absoluto horror de lo que significaba el silencio para mis amigos. Apenas pude, abrí la puerta. Salí de esa casa embrujada y me perdí en le nieve sin mirar atrás. Transcurrieron casi dos días antes que el señor del trineo me recogiese».

El juez mira discreto los rostros congestionados de tristeza, ira y temor de los impotentes padres. El asunto es claro. El engendro de la casa de las montañas había dado buena cuenta de los niños y la única sobreviviente resultaba ser la huérfana. En el pueblo se organizaron varias batidas en el bosque entre los cazadores. Pero fueron inútiles. Ordenaron que nadie bajo ningún motivo volviese a entrar a la Casa del Muerto o se acercara a sus alrededores.

El apiadado juez permite que la niña duerma en su habitación. Cuando se es huérfano, la noche y el universo son enormes. El anciano ve como la pequeña, al desenrollarse la bufanda de lana, deja caer involuntariamente un papel arrugado. Ella se acuesta y cae en un sueño profundo que le permite al juez averiguar el contenido de aquel manuscrito. Lo abre. Al parecer es una suerte de diario.

«Nunca pude ir a la escuela, pero aprendí muchas cosas de mi mamá antes que ella enfermara y muriese. Entre ellas, que quien no es capaz de olvidar las razones de su odio, también es incapaz de perdonar. Yo escribo para no olvidar. No tengo juguetes ni padres. Ni ahora a mi hermano. Solo tengo mi odio y no lo puedo perder. Es mi única y más valiosa posesión.

A mi hermanito y a mí siempre los demás niños de la aldea nos tomaban como objeto de burla y menosprecio. No teníamos padres que velaran por nosotros. Pero igual nos admitían entre sus juegos. Como acostumbrábamos, esa tarde fuimos a jugar a la casa inhabitada. Era nuestra mayor entretención en aquellos días. Las otras dos niñas y yo nos subimos a jugar al segundo piso y dejamos a los chicos abajo. Al rato se me ocurrió llamar a mi hermanito por alguna tontería. Y ahí lo vi todo. Asomada tras la baranda de la escalera. No sé por qué razón había un altercado entre el mayor de los niños, Vladimir, y mi hermano, evidentemente más débil.

Vladimir estaba encolerizado. Le gritaba cosas horribles. Mi hermanito apenas balbuceaba. Desde mi escondite quise hacer algo. Pero tuve miedo y ya era tarde. El malvado Vladimir le asestó un golpe tan brutal a mi hermano que le derribó contra el suelo. Quién sabe qué tendría en su puño. Uno de los chicos se acercó y le palpó el cuello. Inclinado sobre mi hermano, miró fijamente a Vladimir: “Le has matado”. Vladimir apenas se inmutó. Alguno pregunto: “¿y la hermana?” Una lágrima contenida brillaba en mis ojos. “Si pregunta demasiado, le matamos también.” Temblando regresé donde las otras niñas y seguí en sus juegos. Cuando bajamos, alguien dijo que mi hermano se había descalabrado mientras jugaba en la escalera. Fingí creer y pude desahogar al fin mi llanto. Mientras ellos me abrazaban, ya maquinaba mi venganza».

El hombre vuelve a guardar el  manuscrito y piensa que la noche que ahora se extiende sobre la nieve no es más misteriosa e inentrañable que el corazón humano.

No bien amanece, el juez monta a la pequeña en su trineo y se arma de una escopeta de cañón doble. Algo ella intenta preguntar o protestar, pero el semblante severo del hombre la hace callar.

Recorrieron el bosque de los abetos. Absolutamente emblanquecido como un mausoleo, inmemorial y terrible. La huérfana advierte que se acercan progresivamente a la Casa del Muerto. El pánico la invade por completo. Grita, gimotea e incluso intenta morder y arañar el brazo del juez para que detenga el veloz trineo. Pero todo esfuerzo es inútil. Ya están al frente de la inhabitada casa de madera vieja y es imposible no mirarla sin cierta aprensión.

El vigoroso brazo del anciano empuja con fuerza a la niña dentro de la casa. Apenas entran, sienten el sofocante ambiente de humedad. La niña quiere huir, pero él la sujeta fuerte de la mano, mientras suben las escaleras. Allá arriba el juez empieza a abrir violentamente las puertas de los cuartos y a tumbar los  pocos muebles, a la vez que apunta por doquier con su escopeta doble cañón, dispuesto a disparar contra todo aquello que se mueva.

La niña hace rato ha dejado de llorar. Como temiendo que alguien o algo le escuchase. Nada arriba. Bajan en tres zancadas. La pequeña camina detrás cautelosamente. Aguardando lo inesperado en cualquier momento. El juez abre el último cuarto y apenas puede reprimir el grito.

Del techo de la habitación penden de garfios de carnicero seis cadáveres infantiles con el vientre abierto. Y en el suelo de madera, la sangre hecha escarcha.

El juez mira a la niña y ella avergonzada baja su mirada. Sin mirarlo a los ojos confiesa su crimen. Ella había maquinado su venganza desde hace un año. Yendo silenciosamente cada noche al bosque, al lugar del crimen de su hermano. Dejando a sus alrededores restos de animales brutalmente descuartizados. Simulando cuidadosamente las espantosas huellas de un ser abominable y putrefacto. Impulsando a los lugareños a imaginar la consabida leyenda de la “casa del muerto vivo” o ghul. Para un año después retar a los niños a jugar escondidas en la casa del muerto. Quien contó en la primera ronda no fue Vladimir, sino ella. Y así, ir asesinando uno a uno a los demás niños a medida que los encontraba en sus escondites y transcurría el atroz juego. Esperar casi dos días escondida en la casa para parecer inocente y asegurar ser la única sobreviviente del horror. Lavando así sus manos de la masacre, inventando un monstruo inexistente ante un pueblo supersticioso que jamás se hubiera atrevido a investigar.

El juez comprende que el destino le ha guiado hasta allí únicamente para juzgar. Ahí estaba tanto la prueba del delito como su artífice. Únicamente faltaba el martillo de su sentencia final. Podía entregarla a las autoridades del pueblo y la condena sería terrible.

Antes del amanecer, la niña y el juez, sin mirarse un solo instante a los ojos, sepultan los seis cadáveres. Como dos fantasmas desvaneciéndose, se despiden entre la tormenta y la noche.

 

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