LA VENGANZA Y EL JUEZ

El sueño del ateo

A mi edad ya puedo decir que nunca fui religioso y jamás lo seré. Mis padres tampoco lo son, así me insistan lo contrario para sentirse cómodos con sus conciencias. Ni siquiera me podría acreditar como un hombre de fe. Incluso, para mí Jesucristo, Dios, la Escolástica y la Biblia ocupan el mismo renglón literario que Hamlet, Cthulhu, la Ciencia Ficción y las 1001 Noches. Es decir, me apasionan estéticamente todos, pero me es absolutamente imposible creer en cualquiera de ellos. Ni qué decir de la resurrección o la reencarnación, que no sabría decir cuál de las dos me resulta más innecesaria, cuando ya una sola vida puede ser bastante feliz o insoportable para repetirla. Escribo todo esto únicamente para poder contar con tranquilidad el sueño que tuve hace un par de noches, y estar plenamente seguro que nadie me va a culpar de ahora ser un hombre religioso, porque nuevamente: jamás lo seré.

El sueño era algo así: serían las nueve o diez de la mañana y caminaba directo hacia el parque de Galerías, que fue el barrio donde transcurrió toda mi infancia y juventud. Años atrás Galerías o Sears era un barrio importante en Bogotá, pero con la llegada del comercio cayó en franca decadencia y las bellas casas coloniales de antaño terminaron siendo reemplazadas por altos edificios de pequeños apartamentos. Allí, en el parque estaba un hombre joven de una edad similar a la mía, treinta y cuatro años, vestido como cualquier universitario y sentado en una de las enormes, frías y planas sillas de cemento. A los pies de ese hombre estaba sentado mi perro batiendo la cola suavemente. Mi amado perro murió de cáncer hace ya dos años y por supuesto, esto es un sueño.

  • ¿Me puedo sentar al lado tuyo? – le pregunté al desconocido, que me sonrió levemente y apenas me dirigió la mirada.

En el sueño (y también en la realidad de la noche que avanza) mi corazón temblaba de ansiedad. Si a alguien le entregué mi corazón por completo fue a mi perro, desde el primer día en que le tuve en mis brazos hasta la última noche en que suavemente le pude liberar del cáncer. Creo que esta es la página más personal que he escrito. Mientras estiraba mi mano para acariciar el negro pelo de mi amado perro, miré de nuevo al rostro del extraño hombre y le dije en un tono que bien podría parecer el más triste reclamo o la más enfurecida súplica, porque sólo el lenguaje del amor permite semejantes tonalidades.

  • ¿Por qué tienes a mi perro?
  • Ahora es mío.

Así de tajante fue la respuesta de ese hombre que tenía mi edad y cada vez lo sentía más familiar y cercano en sus ropas a mi vida de ese entonces, de universitario sin dinero apenas abriéndose campo con las uñas en el difícil mundo de las agencias de publicidad. La respuesta de él parecía la más dulce sentencia y a la vez, el más duro consuelo, porque sólo el lenguaje del perdón permite semejantes tonalidades. No podría decir por qué o cómo (de verdad, no tengo la más mínima idea), pero en ese instante del sueño, supe que ese hombre joven era Jesús y si adivinaba un poco más, él definitivamente era ahora el dueño de mi amadísimo perro muerto.

Hubo un largo momento de silencio.

Ambos sentados en una banca de cemento, Jesús y yo, casi sin mirarnos, y mi perro acostado de lado con sus ojos brillantes, la boca abierta como si sonriera, con ese corazón que tienen en la cara algunos pastores alemanes, el pecho blanco puro y a los lados el pelaje color miel que remata en el más negro azabache, batiendo su larga y peluda cola, como si nada importara, como si en las orillas del territorio del sueño y el amanecer, los vivos pudiéramos hablar con los muertos, los hombres reales con los imaginarios, y todos estuviéramos hechos y pensados con la misma sustancia. De fondo se veían los edificios y se escuchaban los ruidos de los automóviles alrededor del parque, y el sol de la mañana despuntaba entre las ramas de los árboles a nuestra espalda. Creo que más por costumbre que por otra razón, le pregunté a Jesús lo siguiente:

  • ¿Tú también le haces diariamente sopa de avena con carne?
  • Sí. Igual que tú lo hacías. Y también la sopa de carne y pan que le hacía tu abuela.
  • ¿Cada cuánto lo sacas a jugar al parque?
  • Al menos seis veces y jugamos toda la noche en el parque. Jugamos pelota en la cancha de basquetbol hasta las diez u once de la noche. Igual que tú.

No supe si sentirme inmensamente triste o feliz. Mi perro mordisqueaba perezosamente su pelota entre sus enormes manos. En todo caso sentía mi corazón hecho una llanura donde cualquier sentimiento era posible, incluso el que alberga la magia del milagro. Tras escoger cuidadosamente mis palabras, y sin mirar al Jesús del sueño, le dije algo como:

  • ¿Me devuelves a mi perro, por favor?

El hombre me respondió con una sonrisa leve, como indecisa entre la fantástica melancolía de las cosas imposibles y el razonable consejo del único escenario posible:

  • Ya quisiera hacerlo, pero por ahora no puedo.

No sé qué gesto debí haber hecho ante esa respuesta, porque ahí fue el único momento en que vi quebrarse la serenidad en el rostro de Jesús, como cuando arrojas una piedra en las aguas de un lago, causando mil ondas concéntricas. Como rompiendo un antiguo protocolo, él puso su mano joven en mi rodilla, y (no recuerdo exactamente las palabras) me dijo algo así:

  • Mira, no te preocupes más por tu perro. Mientras tú vienes aquí, yo lo voy a cuidar como si fuera el mío. Cuando estés aquí, te lo regreso, porque él sigue siendo tuyo.

Sentí algo parecido al primer día de paz después de la guerra o al raro alivio del perdón después del odio. Diez años de amor forjados con largas caminatas a sol y sombra en decenas de parques, de jugar como niños hasta la caída de la noche, de compartir la carne, el pan, el agua y la constante soledad, reducidos luego a sesenta días de cáncer, sangre y doctores sin respuesta, ¿y ahora, qué?

Al comienzo de esta página dije todo lo que no creía, sin embargo nunca mencioné aquello en lo que sí podía creer. Creo en el amor. Creo en el alma. Creo en la bondad. Creo en la ética. El alma no nace contigo como un derecho adquirido, sino que el aprendizaje del amor, la comprensión de la ética y el ejercicio de la bondad, hacen la ganes y la puedas mantener, así como un caminante guarda con su abrigo una lámpara encendida en medio de la noche más helada y oscura. Por eso siempre creí (ahora lo sé) que el regalo más importante que mi perro y yo pudimos darnos en esta vida fue cultivarnos mutuamente un alma en esa tierra baldía y árida llamada carne.  Mi amor te salvó, amado perro mío, y tu amor me salva diariamente.

Sabía que el final del sueño se aproximaba (a todos nos sucede) y me levanté de golpe del banco de cemento, mientras Jesús todavía estaba sentado con la mirada queda y acariciando en la cabeza a mi perro. No sentí necesidad de despedirme o ser enfático, al fin y al cabo, la respuesta seguía siendo una sola. Sin embargo al alejarme seis o siete pasos, caí en cuenta de algo importante que estaba olvidando: la retribución. Al fin y al cabo, soy hombre de negocios (incluso en sueños) y es básico que ambas partes ganen en un acuerdo. Esta vez le hablé con convicción y sin titubear:

  • Te propongo algo para que ambos ganemos. Cuídame tú a mi perro como yo lo haría, y de mi lado me comprometo a cuidar tus perros de aquí abajo.

En ese instante Jesús (la invención de mi sueño, construido con mis angustias, miedos y esperanzas) sonreía plenamente como cuando de niño le dices a tu papá que algún día le vas a comprar el mejor carro del mundo.

  • Me parece un trato excelente. Cuando vengas aquí, te entrego a tu perro.

Desde ese entonces, los perros que vagan como fantasmas por las calles, con hambre y frío, desahuciados y enfermos, ahora son mis hermanos, son mis hijos, son mi alma gemela. El brillo de sus ojos también es el mío; esa búsqueda infinita sin saber de qué, también es mi búsqueda; ese lamento en sus ladridos cuando cae la noche, se parece demasiado a la voz interior de mi alma. A ellos, a mis perros de la calle, a los perros de Jesús, a los perros de nadie, dedico mis manos y mi esfuerzo.

Ya sé que cada vez que alimento a un perro sin nombre, Alguien alimenta al mío en otro lugar.

 

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