LAS 50 MONEDAS DEL BARQUERO

EL NACIMIENTO

De la boca fría y entreabierta de un hombre muerto surgen en la noche unos dedos casi líquidos.

Luego aparece un brazo completo y seguidamente el otro.

Así, el fantasma apoya sus manos contra el cadáver, levantando su cabeza transparente y vacía.

Detrás va su largo pecho y sus piernas, como náufrago arrastrándose hacia la arena.

Desciende de la cama, casi doblado por el peso de la gravedad del mundo exterior, tan distinta a la habitada en la carne y la sombra.

Como un pájaro levantando su primer vuelo, con los ojos dolorosamente cerrados, el fantasma atraviesa la habitación hacia un nuevo y brillante mundo de semáforos, celulares y ciudades construidos con la misma sustancia del insomnio y la demencia.

Camina como un paria, un desterrado, un leproso, debatiéndose entre el horror de sí mismo y la melancolía del tiempo perdido.

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