LAS 50 MONEDAS DEL BARQUERO

I

EL CERREJÓN

El grupo de mineros había avanzado infructuosamente por todos los vericuetos del oscuro socavón, cuando se encontraron con un antiguo demonio sentado sobre una excelente pila de carbón, quien los miró con cierta dulzura paternal mientras detallaba sus cascos con lámparas, sus caras ennegrecidas, sus manos toscas y, sobre todo, esa alma miserable y hambrienta que los hacía abandonar sus casas en la superficie para bajar hasta aquellas profundidades infernales por unas cuantas pepas de carbón. Sonriendo siempre les dijo una palabra en la lengua antigua de los ángeles, que podría significar como “bienvenidos” o “liberados sean”. Al escucharla, empezaron los mineros a masacrarse unos a otros con sus picos y azadones, como enloquecidos cuervos que se matan a picotazos para evitar el invierno.

 

EL BARQUERO

Alrededor de la inmensa laguna de Tota, las casas de los pueblos arden en largas llamas y las fábricas de ladrillo despiden negras humaredas. El mundo entero ha caído a dentelladas por millones de muertos vivos que vagan sangrientos por doquier. Sin embargo, un hombre rema incansable en su chalupa sobre las plateadas aguas de la laguna, avanzando hacia una isla verde de pinos. Al lado de sus provisiones, conserva la cabeza de una muerta que lanza mordiscos al aire, mientras sus cabellos se levantan con la brisa matinal. Sin secarse las lágrimas, el barquero musita a su decapitado trofeo: “Aguanta amor mío, pronto vamos a llegar a casa”.

 

EL GENIO DE LA BOTELLA

Con las últimas fuerzas, la decrépita bruja exhala una y diez veces más su aliento, conteniéndolo en una botella, cuyo vino tinto se estremece recibiendo todo el efluvio cancerígeno, de pulmones reventados y de un corazón desfallecido. Antes de subirse a su lujosa camioneta, la mujer ataviada con su abrigo de piel y con cadenas de oro rosado, maldice y escupe una última vez, mientras sella con un corcho la botella maldita que deja visible como una caridad en una calle de la Zona T de Bogotá, rogando que la encuentre pronto algún indigente para calentarse con su vino. Pobre infeliz quien beba semejante cáliz de enfermedad, pagando con su vida la renovada salud a una bruja que tiembla ante la cercanía de la muerte.

 

EL GÉNESIS

En el comienzo sólo había oscuridad y formas básicas de vida que flotaban sin orden en el mar primitivo que cubría la tierra. Luego cayeron del cielo las enormes piedras de fuego que traían consigo los huevos, las semillas y los signos que viajaban desde mundos más antiguos, como un mensaje cifrado, como un fertilizante cósmico. Mil veces, un millón de veces el planeta engendraría nuevas especies de vida y de horror en la tierra, en el aire, en el agua y en el fuego. Ahora que veo las perfectas ciudades y las soberbias enciclopedias como otras formas básicas de vida, ¿cuándo volverán a caer esas piedras de fuego, cargadas de alienación y locura, trastornando para siempre nuestro mundo?

 

LA PERSECUCIÓN

Justo cuando ya el atardecer se hacía noche, el granjero divisó desde lejos a un vampiro de largas alas descender como una sombra de los árboles, mientras sonreía con su boca vertical. El granjero corrió a toda prisa entre los pastizales hasta alcanzar a su esposa y a su hijo que recogían curubas y guayabas. Sin mediar palabra, entraron a la hacienda pasando la puerta con candado. Siguieron corriendo por el comedor hasta salir al patio lleno de árboles frutales, y no pararon hasta llegar al último cuarto hecho de ladrillos para guardar carretillas y palas, que cerraron con una pesada cadena. En algún punto del piso de tierra, el hombre levantó una aldaba para descender al sótano en donde almacenaban los sacos de grano y café, y ahí fue en ese espacio oscuro y mínimo en donde se escondió junto con su esposa e hijo. También fue ahí en esa oscuridad cuando escuchó detrás suyo un sonido áspero que parecía una risa o un aleteo.

 

MI HIJA

Por las mañanas peino sus cabellos transparentes haciéndole trenzas que parecen aire, mientras la siento sobre mis piernas con su peso ingrávido. Le hablo maravillas del sol dorado que se levanta sobre las montañas verdes de Cundinamarca, de las casas de ladrillos naranja y techos de tejas negras que rodean el parque de árboles cafés. Por sus ojos transparentes y de párpados eternamente abiertos no entran los colores, y ella me responde alborozada con palabras que están en la frecuencia del silencio. Me conmueve y la abrazo sintiendo los latidos de su corazón hecho de viento. Cuando regresa la noche, la llevo de su mano de niebla hasta nuestro hogar en las afueras del pueblo. Le doy un beso de buenas noches en su frente que es como un espejo muerto, mientras la cubro con una larga sábana que a, medida que baja, delinea su rostro y su cuerpo de niña de cinco años. La dejo vagar libre entre las habitaciones y el patio, como si fuera el silencioso fantasma de un gato. No se escucha ni se siente. Cuando se duerme, encuentro la sábana arrojada y vacía de ella en cualquier lugar.

 

EL OSCURO MAESTRO

Cuando el Hombre todavía recordaba haber caminado a cuatro patas en alguna caverna, el Demonio de Muchas Formas en Muchos Tiempos, le enseñaba el álgebra y el lenguaje trazando con su báculo figuras en la arena, para iluminar la mentira y la confusión; le señalaba con su mano garfiada las estrellas y las constelaciones en la noche, para impulsarle a navegar e incendiar otras orillas; y también le trazaba con su pezuña los círculos del arado y la cosecha. Como un abuelo descastado que acaricia los cabellos desordenados de su nieto, bajo un firmamento en constante guerra, así el Demonio le decía a su Hombre: “no apagues nunca ese fuego de estrellas / no calmes jamás esa hambre de cielo / hijo mío / porque ese fuego y esa hambre recuerdan la patria perdida”.

 

LAS CASAS DESIERTAS

Hay algo malo con esta casa en Chapinero. A izquierda y derecha suyo se alzan enormes edificios relativamente nuevos. Sobreviviente del estilo colonial, la casa está ciega por sus ventanas rotas y exiliada del mundo para siempre. Nadie la compra, la visita ni la demuele. Pervive así la casa en su tiempo estancado, como un cáncer, un fantasma o un sonámbulo. Entre sus muros la luz tiene efectos imposibles a cualquier hora y los hongos trazan rostros incompletos en la humedad. A su alrededor, la ciudad de los vivos crece imparable, ignorando que entre sus grietas los fantasmas también hacen sus nidos.

 

LA ASUNCIÓN

Transcurre la noche en el anfiteatro de medicina de cierta universidad. Como si fuera un esmerado artesano del horror, una joven estudiante traza pincelazos y garabatea sobre la carne endurecida de un cadáver desnudo. Prácticamente le tiene tatuado de pies a cabeza, simulando las venas como si fueran cuerdas, los órganos principales y los párpados marcados con letras griegas y en cada centímetro de piel traza una cantidad imposible de números y letras, similar a una tabla periódica. Es así, como a la orden de un seco aplauso, el cadáver abre dolorosamente su boca y empieza a elevarse unos diez o treinta centímetros sobre la bandeja de plata, mientras la joven bruja sonríe alborozada y feliz ante el oscuro milagro.

 

EL VELO

Cada equinoccio, a las diez de la noche, en una iglesia cerca del norte de la autopista en Bogotá, rodeada de enfermizos jardines, sucede un misterio: sin ningún aceite o fuego que la aliente, se levanta una larga llamarada azul sobre la pila bautismal de agua bendita. Como una blasfema e imponente cobra, la llama sisea antiguas palabras fenicias y proyecta sombras infernales contra las paredes y vitrales de la nave de la iglesia. Al cabo de unos largos minutos, el alma cansada de ese demonio extingue su luz y regresa nuevamente a la caverna del sueño, ocultando su lepra tras un velo púrpura.

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