LAS 50 MONEDAS DEL BARQUERO

II

LA VISITA

– “Papá, allá viene ella…”

– “No la mires hijo, por favor no la mires. Haz de cuenta que ella no existe”.

Le habla en un susurro de voz el papá al hijo, ordenándole silencio mientras el fantasma de la mujer se acerca a la mesa donde segundos antes, ambos tomaban agua de panela con pan. Con el corazón helado de frío, el hombre ve como el fantasma de ojos vacíos y largos cabellos, esta vez se sienta en el mismo puesto que su hijo, ocupándolo a él por completo. El rostro lloroso del niño se confunde con el de la muerta, en un siniestro efecto de refracción de la luz, como un insecto contenido en una amenazante gota de agua.

– “No te muevas, hijo. Pronto va a pasar”.

Al cabo de unos largos minutos, el fantasma se levanta como un ciego y regresa a la oscuridad. Así han vivido estos tres desdichados años enteros. Ninguno tiene más a donde ir.

 

EL SILBATO

Como respondiendo a un agudo silbato emitido desde más allá de las estrellas, se levanta de repente la sonámbula de la cama. Mira con sus ojos blancos la habitación como si fuera una fiera abandonada a su suerte en los patios de un mundo extraño. Entre sus dientes apretados se escuchan secas y repetitivas letanías de odio, como un manantial hirviendo de agua salitrosa. Tiembla de pie con todo su cuerpo, apenas igual a un perro rabioso cogido por una invisible y tensa cadena. Temblando. Temblando. Esperando solo una nota más del espectral silbato para despedazar a su esposo que duerme sin saber que la espada de Damocles pende sobre sus entrañas.

 

LEGIÓN

En una perdida y miserable finca de Yarumal hay un hombre poseído por algo muy antiguo que descendió de las estrellas. A veces sale del destartalado corral para arrastrarse a cuatro patas, sujeto por un fuerte arnés conectado por un cable de acero que se tiempla del tronco de un grueso árbol hasta otro a unos cien metros. Se mueve pesadamente, con su vientre agigantado por las decenas de órganos, corazones y pulmones que han florecido en su cuerpo, por los muchos demonios que habitan a ese pobre hombre. Cubierto por costras de lodo y maleza podrida, el desnudo poseído blanquea de dolor sus ojos dejando entrever sus muchas pupilas, como oscuras almejas en una siniestra pecera, mientras entre rebuznos y ladridos, masculla en perfecto latín algunas líneas de Virgilio y Lucrecio.

 

UN ANTIGUO RITUAL

Como siguiendo una orden anterior a los días de la humanidad misma, la anciana se despierta a las tres de la madrugada. Camina despacio y envuelta en su ruana de lana de oveja hasta la pesada mesa de madera. Se sienta en su poltrona mientras fuma lentamente un grueso cigarrillo de extrañas hojas, aspirando su humo una y otra vez, como repitiendo una salmodia. Finalmente, la anciana deja sus ojos en blanco y suelta una larga bocanada de humo contra el techo de la sala a oscuras. A medida que la humareda desciende como una blanca lluvia, va adquiriendo la forma de un traslúcido calamar prehistórico que arrastra sobre las baldosas sus largos tentáculos también de humo. Como el cangrejo que deja la inútil concha para ir a cazar en la noche del mar, así el ser de humo abandona la carne para caminar entre la neblina de las heladas tierras cundinamarquesas.

 

CENA FAMILIAR

Como un candelabro de cinco velas que agonizan con la respiración de la noche, así se sienta esa familia a comer en silencio cada noche. Apenas se miran y cualquier palabra estalla en un grito o un plato roto. Las pocas plantas de la casa están marchitas y el mercado apenas dura porque se daña en cuestión de días. Como cinco Tántalos, tienen comida, pero viven con hambre; tienen espacio, pero están presos de su rutina y estrés. Cuando al fin duermen, se escucha en esa casa el incesante rechinar de dientes de cinco bocas, como cinco ratas cavando tumbas en la tierra. Pobres diablos ellos. No saben que llevan años habitando una casa vampírica que los consume paciente, como la llama azul que devora la cera en la vela.

 

LA CAMINANTE

En la oscuridad del corredor de cierto edificio de la calle 27, una mujer muerta avanza levitando lentamente, como hoja seca que arrastra el viento. Los ojos enrojecidos porque los fantasmas no pestañean, duermen o lloran. Arrastra como chamizos sus largos brazos que rematan en un amasijo de quebradas uñas. Como un sabueso infernal, la mujer se apoya contra las puertas olfateando el latido de quienes duermen en las habitaciones del edificio. Furiosa, impaciente y hambrienta, sin decidirse todavía a cuál entrar.

 

WALPURGIS

Hay una vereda en el Tolima que ningún llanero camina de noche. Dicen que perteneció a un indígena zambo de apellido Venancio, pero ya nadie la cultiva y sólo quedan osamentas de ganado entre la tierra, cubierta por una maleza amarilla, como si desde el cielo hubiera sido quemada de un modo parejo. En el centro de la vereda hay una casa de una sola planta, con muros de piedra y argamasa, donde lo más llamativo es su techo de tejas negras de zinc, en donde tiene trazados en pintura también negra unos extraños ideogramas y fórmulas geométricas. Sin embargo, cada noche de Walpurgis sube un indígena al techo con una linterna. Abre y cierra constantemente el haz de luz que proyecta hacia la inmensa bóveda nocturna, como dictando un código Morse a las estrellas que responden al brujo con su diabólico titilar de luciérnaga, en un idioma inventado para los locos y los muertos.

 

LA HABITACIÓN

Hay una habitación donde siempre es de noche, sin importar la hora del día. Entre las rendijas de las cortinas se cuela la luz, pero se detiene contra un impasible muro negro, sin vida y opaco, reduciéndose a una extraña espuma de trazos iridiscentes y de pequeñas y doradas burbujas. El efecto se parece al del agua cuando golpea contra un dique y regresa arremolinada a su cauce original. En esa habitación cerrada vive y respira una oscuridad anterior al mundo. A veces se ensancha y ocupa todo el espacio y en otras, se concentra y adhiere contra una sola pared hasta alcanzar la textura de la piel de un lagarto. Se alimenta como una esponja de polvo, cal, insectos, hojas y plumas que llegan del exterior. Hasta del papel de las revistas y recibos que tiran por debajo de la puerta creyendo que allí vive alguien. Todo le sirve. Ojalá nunca nadie abra esa habitación maldita.

 

EL AMANECER

Así caminan los muertos esta noche. Sobre calles apestadas a sangre, ceniza y lágrima; taladradas por el zumbido de la mosca. Filipinas, Haití, Boston o Armero, todas serán iguales al amanecer. Así caminan los muertos esta noche. Con los ojos abiertos como pozos donde no desciende la luz. Hordas de antiguos salvajes cubiertos de incesante pelambre, con las quijadas negras de sangre y arrastrando las manos con uñas más afiladas que puñales. Cae la lluvia mientras caminan. El agua atraviesa las ruinas de sus cuerpos, como si fueran gastados odres o ventanas rotas. Así caminan los muertos esta noche, temblorosos, decadentes y sin rumbo. Raza invencible, descalza y sin orgullo. Harapientos monarcas del Nuevo Mundo.

 

CORAZÓN DE HIDRA

Ingrávido y azul como una llama encendida, así se sienta el demonio a la cabecera de los durmientes, hombres, ancianos, niños, madres o estudiantes. Acaricia sonriente aquel demonio los cabellos de sus hijos dormidos, mientras murmura antiguas palabras en sus oídos, con una voz más dulce que la miel y más hermosa que la de un ruiseñor. Palabras que desatan profundos rencores y que entintan de odio cada instante. Como un oscuro jardinero que con su sangre alimenta extrañas flores en la noche, como un copero que escancia veneno en un oído dormido. Al amanecer despiertan y caminan hacia las oficinas, colegios, universidades y cualquier lugar, con el corazón aguijoneado de ansiedad, furia y espanto, a punto de estallar con todo su veneno como una hidra ante la más suave ola, ante la más inocente palabra. Media Bogotá está poseída y aún no lo sabe.

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