LAS 50 MONEDAS DEL BARQUERO

III

EL NACIMIENTO

De la boca fría y entreabierta de un hombre muerto surgen en la noche unos dedos casi líquidos. Luego aparece un brazo completo y seguidamente el otro. Así, el fantasma apoya sus manos contra el cadáver, levantando su cabeza transparente y vacía. Detrás va su largo pecho y sus piernas, como náufrago arrastrándose hacia la arena. Desciende de la cama, casi doblado por el peso de la gravedad del mundo exterior, tan distinta a la habitada en la carne y la sombra. Como un pájaro levantando su primer vuelo, con los ojos dolorosamente cerrados, el fantasma atraviesa la habitación hacia un nuevo y brillante mundo de semáforos, celulares y ciudades construidos con la misma sustancia del insomnio y la demencia. Camina como un paria, un desterrado, un leproso, debatiéndose entre el horror de sí mismo y la melancolía del tiempo perdido.

 

LOS ESPEJOS

En ese espejo habita algo malvado y tan antiguo que no es humano. Cada mañana se despierta para deformar la cara de la adolescente que detiene la mirada en su cristal, como masacrando la greda entre sus dedos. Desde el espejo le susurra palabras obscenas y amargas, compara su carne con la de sus amigas y reduce sus amaneceres a ceniza. Cuando al fin, la niña llora toda su miseria contra el espejo, ese viejo demonio bebe sediento sus lágrimas calientes, como un corrompido buey abrevando en el fangal.

 

LOS ÁRBOLES

Hay árboles que no dan sombra en verano y donde no se posa nunca un pájaro. Crecen en cualquier parque de la ciudad y se levantan esqueléticos y sin hojas, como altos fantasmas que tiemblan con el viento de la mañana o de la noche. El alma de madera de esos árboles únicamente sirve para horcas, incendios, potros de tortura o ataúdes. No florecen, no dan fruto ni belleza al amanecer. Mirarlos fijamente es acercarse a un abismo de melancolía. Dueños de una naturaleza ajena a nuestro mundo, parecen nacidos de semillas caídas de negros cielos y monstruosas constelaciones, infinitamente lejanas al sol que conocemos, desde universos donde la maldad es el átomo mismo. Por las raíces de esos cadavéricos árboles desciende una savia venenosa, lívida y espesa que alimenta a los muertos del subsuelo, que esperan atentos la llamada de los astros, los antiguos astros, para abrirse paso a zarpazos hasta la superficie, como ratas hambrientas de un nuevo mundo.

 

LAS BALLENAS

Los antiguos fenicios decían que algunos navegantes confundían el oscuro lomo de las ballenas con pequeñas islas, y en ellas se instalaban armando tiendas para dormir, hacían fogatas y se olvidaban del resto del mundo. Hasta que el monstruoso cetáceo se daba la vuelta, llevando consigo a sus invasores hasta el fondo del mar. Lo mismo sucede con algunas casas viejas, cuando alguno de sus inquilinos se despierta a las 3 de la madrugada y siente como si abriera los ojos por primera vez en otra dimensión. Las bisagras de las puertas rechinan lentamente y la madera del piso cruje con el frío de la noche. Los vidrios vibran en una notación aguda contra el marco de las ventanas. Se hace opaco el cristal de los espejos evitando cualquier reflejo. Escurren pesadas las gotas de agua entre las tuberías, como si la casa misma retuviera su fantasmal respiración. Y así, hasta cuando la casa–ballena se despierta, dando un coletazo brutal y llevando consigo a sus inquilinos hasta el fondo del horror.

 

EL OTRO AMANECER

Cuando al fin descienda la noche sobre los hombres, ascenderán los muertos sobre las aguas, en los bosques, en las tierras, en los fangales, en los campos y en las ciudades. Caminarán tambaleante algunos, otros arrastrándose y algunos esperando insidiosos en la oscuridad. Todos olfateando la dulce sangre de su constelación familiar, para regresar a sus hogares rompiendo las puertas que una vez abrieron, callando a mordiscos a quienes hablaron sus palabras y abriendo en canal a quienes heredaron sus ropas, como enloquecidos sabuesos incapaces de olvidar su propio olor. Como si el hambre fuera el equivalente del amor en los muertos.

 

LA LLUVIA

Ni siquiera cuando calienta el sol de noviembre bajo el cielo azul, hay cierto barrio al occidente de Bogotá donde nunca para de llover. Es como si una oscura nube vampira anidara sobre esas calles, tiendas y edificios, alimentándose diariamente de la enfermedad, la gripa ahogada y la amarga melancolía de sus habitantes, que van envejeciendo grises entre sus casas de muros igualmente grises, donde cuelgan de sus balcones plantas grises, de las que de tanto en tanto, brotan pálidas flores de pétalos mortalmente grises.

 

LOS PUENTES

Como un animal estático y con los ojos encandilados, así mira el gul las luces de los automóviles que pasan veloces al lado del arco del puente donde habita esta noche. Desde la oscuridad, se yergue sobre sus largas ancas mientras sostiene del hueso un brazo roído. El monstruo detiene su mirada en los Cerros Orientales cerca a la circunvalar, aspira bruscamente el aire de las montañas que se cortan contra los puentes del centro de Bogotá, como quien recuerda por un instante una vida anterior.  Escucha de fondo al resto de su manada repartirse a zarpazos las últimas entrañas de un desafortunado estudiante perdido, cuyas ropas deshechas flotan en un charco negro cada vez menor. Algunos gules lamen la sangre directamente del asfalto.

 

FANTASMAGORIA

– Pronto demolerán estos muros y entrará el sol.

– ¿Qué pasará con nosotros?

– Pero si ya estamos muertos.

– Será como una segunda muerte. Un olvido final. Casi un alivio.

Susurraban así dos fantasmas, traslucidos y vacíos como pompas de jabón, escondidos tras los muros rayados y a medio caer de una inmensa casa, donde pronto construirían un reluciente edificio lleno de familias y almas nuevas.

– Luego de nosotros vendrán otros. Cientos. Miles.

Vivos y fantasmas, todos buscando un espacio en Bogotá para existir, latir y desaparecer dos veces: una por muerte y otra por olvido.

 

LA CIUDAD MUERTA

Desde los postes de luz, un continente de chulos con afilados picos, vigila con hambre a una ciudad de ocho millones de muertos, donde sólo se oye el zumbido de la mosca y el arrastrar de los pasos.

Caminan con sus ojos vacíos tropezando los unos contra los otros, sintiendo como el hambre los inunda desde sus bamboleantes pies hasta su corazón sin sangre. Los muertos se atestan brutales como hormigas caníbales en altos edificios, en vacías oficinas, en las autopistas, en los puentes, en los parques y en los Transmilenios.

Cabizbajos todos, vacíos de pensamiento y chateando sin parar.

 

EL ÁRBOL DE LAS BRUJAS

“Mijo, aprenda a reconocerlas en la oscuridad y desde lejos, por si un día usted tiene que ir solo de arriero en el campo. ¿Si ve ese pino candelabro, el que está más cerca del riachuelo? Lo que brilla como puntos entre las hojas no son ojos de lechuzas ni de gatos. Son brujas paradas ahí con sus alas negras sobre las ramas. Esas anidan en los árboles cerca del río porque viven con sed y les gusta mirarse en el agua”.

Pobre del niño que pase cerca de uno de esos árboles cargados de brujas a medianoche. No quedarían ni los huesos.

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