LAS 50 MONEDAS DEL BARQUERO

IV

LA LLAMADA

En pleno centro de Bogotá, justo debajo de la catorce, hay un teléfono público desde el que se puede llamar a los muertos. Con una ligera gota de sangre se marca el discado de la casa donde antes vivía esa persona, y debe ser un teléfono ya deshabilitado para que funcione. De hecho, sí debe funcionar en algo el truco ya que cada tanto vienen personas de toda índole, hablan por horas con sus seres fallecidos y luego la mayoría se va llorando a mares y otros pocos regresan con una profunda mirada de serenidad. Lo aterrador es cuando Ellos son quienes nos llaman y el teléfono repica de una forma escalofriante horas enteras esperando a que alguien vivo se atreva a contestar.

 

LOS QUE RETORNAN

Hay amaneceres calurosos en los que, desde el puesto de vigilancia de la Brigada de Tolemaida, se ven bajar entre las aguas rápidas del río Sumapaz una procesión de cadáveres rotos y descompuestos de soldados y de guerrilleros, que se van hundiendo lentamente hasta el fondo, convirtiéndose en comida de pescados y pequeñas babillas. Pero también hay noches de sofoco inundadas por el llanto de los grillos y el aleteo de las cucarachas, en que se ven algunos cadáveres levantar su mirada vacía, apoyarse en sus muñones sobre la orilla fangosa del río, y caminar cabizbajos cuesta arriba al monte, como motivados por la inercia de volver a la guerra, el único hogar que conocen.

 

EL PARÁSITO

El hombre de unos cuarenta años se mira en el espejo. Se acerca para confirmar que uno de sus ojos se está decolorando progresivamente. La semana pasada se rompió una uña, pero tras la carne ya ascendía otra uña de cutícula amarilla como de mulato. Los médicos le han dicho que no es cáncer, pero igual el cabello le sigue cayendo a puñados en la ducha, aunque hoy ve una ligera brizna de pelo saliendo de otro color. Lo que más le aterra es que se ha venido encorvando y cada vez su barriga es más prominente y desigual, a pesar que ya casi ni quiere comer y constantemente vomita un líquido blancuzco o transparente, dependiendo de la hora. Pobre tipo, no se imagina que, desde hace semanas, en su interior crece un parásito espectral que lo habita, así como un crustáceo invasor amolda la concha a su horrendo crecimiento.

 

EL CORTEJO

En el centro de un bosque de eucaliptos y pinos con más de treinta metros de altura, vuela de pie y lentamente una mujer sin rostro y coronada por retorcidos cuernos de cabra, apenas vestida por una bata blanca que deja entrever sus pies muertos. La siguen en el aire otras veinte mujeres más, ancianas y niñas, de rostro velado y cuernos de todos los tamaños. Avanza así el espectral rebaño sobre el aire con la parsimonia y elegancia misma de la niebla de Boyacá cuando cubre las tierras negras y los cultivos de los campos. Al frente de todas y a paso lento, también camina el Oscuro Pastor con su cayado, como rezando una salmodia de suaves chasquidos con su lengua bífida.

 

LAS MARIONETAS

Los brazos de cien hombres se levantan con la exactitud de un reloj para abofetear a sus esposas por cualquier nadería. Los brazos de quince madres se levantan para arrojar a sus bebés al vacío. Los ojos de siete jóvenes bajan a la vez para mirar sus celulares y perder el control del carro atropellando a la multitud. La boca de miles se abre en un solo compás para insultar y escupir su odio. Los párpados de miles se cierran al tiempo para ignorar la miseria y evitar dar una limosna. Todos en Bogotá son marionetas de una misma mano que jala diariamente los hilos de acero con la precisión y la constancia de un infierno.

 

UNA PAREJA DE INQUILINOS

En esta casa vive un fantasma. La veo a veces cuando bajo al oscuro patio y extiendo a lo largo una sábana o una toalla, entonces veo sus pies cadavéricos en frente mío. Otras tantas abro el mueble de la alacena y entre los tarros del arroz, las lentejas y la panela, ahí están sus manos azules y muertas. Una que otra vez desde el vapor de la ducha de agua caliente, miro su cuerpo roto e infame. Por las mañanas evito siempre levantarme por la izquierda, ya sé que a mi lado está su mejilla hueca esperándome. Ya me he acostumbrado a su espanto y ella a mi indiferencia. A nuestro modo, nos acompañamos en esta casa donde solo vivimos los dos. Mi mayor miedo es que algún día ella se desvanezca y así, aparezcan nuevos fantasmas a poblar el vacío de esta casa.

 

LAS SIRENAS

Hay oscuras riberas del río Amazonas que hasta evitan los pescadores y los indígenas más osados, porque allí se ven las sirenas, acostadas como manatíes sobre los fangales y sonriendo con sus dientes filudos de serpiente. El canto de arpa infernal que emiten las bocas triangulares de esas sirenas tiene algo que hechiza a los hombres y hasta a las mujeres, despertándoles un hambre imposible de saciar, un brutal deseo de amor que nace desde el estómago mismo, haciéndoles saltar como posesos a las profundas aguas del Amazonas, y nadar a brazadas hasta llegar a ese nido de monstruos. Luego las sirenas les chupan hasta el tuétano de los huesos y los arrojan a los fangales, como cáscara de arroz luego de la cosecha.

 

UN HORLA

(Dedicado a Guy de Maupassant)

Cuando llegué a la frontera hacia el Brasil, los tukanos me hablaron con mucha seriedad que los rondaban demonios engendrados por Los De Afuera y durante el día eran casi invisibles, que apenas los delataban los gritos de los loros y las guacamayas. Algunos pescadores han visto el contorno de su feroz anatomía cuando cae la lluvia tropical o se levanta una ventisca de arena de río, porque acecha las orillas del río Vaupés. Todos concuerdan que esos engendros son como enormes tiburones de cuatro patas con garras de reptil y caminan de forma simiesca oliendo la sangre, mientras agitan una pequeña cola de cocodrilo. Nunca creí en esa leyenda local, hasta que una tarde vimos a un niño correr despavorido de la selva hacia el pueblo y luego casi encima suyo ahogando sus gritos vino una explosión de sonido como de cientos de colmillos chocando entre sí. El torso sangriento y sus piernas alcanzaron a correr un par de metros más, como si fuera una gallina recién decapitada.

 

LA COSECHA

Frente a una pequeña fosa rectangular cavada en la tierra fresca, rodeada de hermosas y coloridas flores de campo, unos humildes campesinos hacen fila en la noche. Cada uno cargaba en sus brazos un bebé muerto casi azul y con el cuerpo lleno hasta la boca con la ofrenda de sus cosechas. Algunos pequeños cadáveres estaban llenos de arroz y papa, otros de maíz y guisantes y algunos más de tomate o fresas, pero todos estaban punto de desbordarse a través de los apretados hilos negros con que sus madres les habían cosido sus labios, después de haberlos bañado y vaciado de entrañas previamente. Cuando cada labriego se agachaba para dejar su ofrenda en la fosa, de paso hincaba la rodilla para besar agradecido la pezuña escamosa de las tres brujas que de pie aguardaban misericordiosas a que terminara el ritual de la bonanza.

 

EL INTERCAMBIO

Sobre los tejados de zinc de un humilde pueblo en lo más recóndito del Chocó, levanta el vuelo sobre su escoba, una esquelética bruja envuelta en harapos negros, mientras sostiene del pie a un niño negro que grita bocabajo de puro pavor y vértigo. El pobre niño desde el aire va quedando afónico de tanto rogar ayuda a su mamá, que desde el patio se despide de él con una mano, mientras con la otra sostiene agradecida una enorme canasta de mercado y un par de gallinas para que sus otros cinco hijos no se mueran de hambre.

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