LAS 50 MONEDAS DEL BARQUERO

LA CAMINANTE

En la oscuridad del corredor de cierto edificio de la calle 27, una mujer muerta avanza levitando lentamente, como hoja seca que arrastra el viento.

Los ojos enrojecidos porque los fantasmas no pestañean, duermen o lloran.

Arrastra como chamizos sus largos brazos que rematan en un amasijo de quebradas uñas.

Como un sabueso infernal, la mujer se apoya contra las puertas olfateando el latido de quienes duermen en las habitaciones del edificio.

Furiosa, impaciente y hambrienta, sin decidirse todavía a cuál entrar.

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