LAS 50 MONEDAS DEL BARQUERO

LAS 50 MONEDAS DEL BARQUERO

Es de noche en Villa de Leyva, y en un pequeño patio colonial adornado de coloridos cortinajes, con tapetes y cojines de la India, están sentados un par de demonios tocando con sus largas uñas las cuerdas del sitar y el laúd, mientras otro golpea las tablas que resuenan como imponentes latidos en las humildes paredes.

Un criado ataviado de ropas púrpura y dorada, sirve té con cianuro en pequeñas copas que beben unos veinticinco hombres y mujeres de todas las edades y rangos sociales, sentados como budas en el patio.

Pasan el veneno por sus gargantas mientras siguen aplaudiendo al ritmo de la vertiginosa música.

Obedientes al llamado del cencerro, todos se acuestan sonrientes con los brazos abiertos y sus piernas cerradas, como si fueran cruces humanas, mientras el criado cubre uno a uno sus párpados con pesadas monedas de oro que saca de una oscura bolsa de cuero.

En los últimos espasmos de la agonía, los asistidos a curarse del dolor de la vida, de las jornadas interminables y de la monotonía de la felicidad o de la tristeza misma, abren su boca levemente, dejando que sus almas se levanten liberadas como una suave neblina, al compás de los golpes del tambor que toca un demonio de ojos soñolientos.

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